
Grandes marrones de la literatura (Enrique Alcina)
Ha llamado Paul Auster preguntando por Franquito. "Dos veces ha pagado Franquito el pato, como algunos de mis personajes", soltó de primeras este escritor tan austero. Y el encargao de la tinta china le contestó que fueron los duendes de la tecnología pu(n)ta, que el titular que correspondía ayer en verdad, "Grandes marrones de la literatura", aludía a su gran enemigo, el sieso e intrigante Dan Brown. Y al final, el marrón se lo comió Franquito, pobrejito. Y al final de los octavos, de los cuartos y de la semifinal tridimensional, llegó la gran final, la noche del oráculo. "Tengo entendido que en Cádiz los poetas escriben pa que les den un premio". No, espérate, van a escribir por amor al arte como usted, chufla. En Cádiz se escribe por necesidad, de toda la vida, y al concurso se apunta uno pa ganar ¿no?
Pa que no pierda puntada desde su New Jersey natal, con la rebequita puesta, de lo que esta noche brindará al mundo el palacio de la luna, le endiñamos el tocho "La trilogía de Cádiz". Y le aconsejamos que en sus próximas novelas se meta con Jerez, "para parecer gaditano de los pies a la cabeza", autocrítica con retranca made in Love.
Tan ilustre juntaletras, maestro en el arte de transformar lo cotidiano en extraordinario, mediante bifurcaciones de ratitos dispares que componen una obra sencilla construida con una compleja estructura narrativa, morirá en el Falla. Mismamente. La hermosa e insospechada musiquita transportará al gachó a un mar con dos caras en un tango orquestal, hallará sentimientos encontrados en un pasodoble de los Lerendas o un suave balanceo a bordo del vaporcito, entre El Puerto y Cai chiquito. "El mar, la mar …, me suena a Alberti" ¡Premio!
El libro de las ilusiones se abre a la percepción cada año para largar fiestas sobre lo divino y lo humano, señor Auster. O como se llame. Oferta espacial: viaje al país de las últimas cosas y comprobará que el pueblo soberano persuade a sus fantasmas interiores con lindas coplas elocuentes y ampulosas. Siga la línea carmesí, y en el corazón de la calle del arte peatonal recorra la historia del coro genuino, las huellas de las comparsas lisonjeras y el ritmo contagioso de los juglares supersónicos. A la velocidad de la luz de Cádiz se escriben cuplés de actualidad, como el último tomatazo a Paquirrín de los Pito-risas o la quiebra definitiva de la familia según el cuarteto del Gago. Un niño con el brazo roto, una niña con la cadera partía. Se está perdiendo tó. De primera mano, conocerá el espectador las mejores chanzas, la maldad intrínseca, la ironía verdadera y las imágenes que las voces de Cádiz sugieren a bombo y platillo. Un poné, un monigote con bigote, adivinen la foto en formol del presi que la formó con sus riñas y embustes. ¿Aznar? ¡Premio!
Más internacional que el premio Planeta, Cádiz relata vicisitudes tan universales como personales. Aquí se canta a la Onu y al padre del Remolino. Aquí se montan en lo alto de David Meca diez o doce moritos pa cruzar el Estrecho y se da vía libre al surrealismo terapéutico. Aquí Paul Auster escribiría dos o tres trilogías acerca del milagro de la vida submarina, alucinaría con la guerra mundial revisitada con "mucha poca vergüenza" por cuatro tíos como trinquetes capaces de rimar vía satélite, cavilaría en torno a los vericuetos psicosomáticos de gente tan simple y tan rara a la par. Pediría socorro a sus musas de cabecera. Tequiyá.
Paul Auster ya sabe que la trilogía de Cádiz, ambientada en la música del azar, se sustenta en la poesía popular, el capillismo ilustrado y la religión del fúrbo. Ya ha escuchado la copla de unos bichos que reclaman un presidente que sienta los colores, y ha preguntado por Muñoz y Baldasano, grandes tunantes de la literatura gadita, autores al alimón de una tragicomedia dantesca que a Paul Auster, que se sepa, ni le viene ni le va. Pero el Carnaval le va a molar. Ya verán. Y le oirán cantar aquello de "¡Esto es Brooklyn y aquí hay que mamar!".
25 comentarios:
o Casale dijo...
Grafitti en la calle San Jacinto de Valencia:
"mi alma reposa tranquila, acurrucada, tímidamente... entre querellas, utopías inalcanzables, extintos recuerdos oscurecidos"
12:31 AM
Anónimo viejo Casale dijo...
Calle En Blanch: "el jefe de este bar es un comemierda"
12:33 AM
Anónimo happel dijo...
Escándalo en el karaoke. Cómo me gusta sentirme Raphael.
VIVO MI VIDA
SOY COMO SOY
NO HAY QUIEN ME PARE
POR DONDE VOY...
http://www.youtube.com/watch?v=wLG_c0ziPUg
Ayer almorcé al lado de Arévalo. Con la boina calada bebía cerveza y hablaba con una vieja demacrada esperando que lo reconociera. Luego empezó a atacar a la camarera china, pero se tuvo que ir solo por donde había venido. Claro, la china no sabía quien era el gran Arévalo.
12:50 PM
Viento. Marejada. Lluvia.
Asturias !!!
Precioso. Vamos ahora con los cuplés. el primero para el Solitario y el segundo para Fernando Alonso, ya oído en la primera ronda del concurso. Muy grande el remate de este cuplé, "te animaré allí donde corras, pero estate ya quieto que llevo 300 euros gastaos en gorras". Genial, y ahora el popurrit.
Mi primera comparsa, mi primera final
Requiebro. El que fuera mítico grupo de Pedro Romero no tenía autor ni yo nada que perder; así empezó todo l Mi padre quería quitarme las ganas de salir en Carnaval, pero no pudo conseguirlo
CORRÍA el año 1983 cuando mi padre intentó quitarme las ganas de salir en Carnaval utilizando lo que hoy se conoce como terapia de choque. Hacía poco tiempo que mi viejo me había comprado una guitarra con la que me fui a casa de mi primo Enrique, quien me juntaba los dedos para que saliera algún sonido decente. Un mes más tarde actué por primera vez en los concursos que a finales de verano celebraba la Peña de Paco Alba, en la que grupos de aficionados cantaban coplas de toda la vida, muchas de ellas enterradas en el olvido.
Nosotros ensayábamos en una habitación de un bar de la Avenida de Portugal y nos hacíamos llamar 'Los de Puerta Tierra', ole. En ese grupo estaban Nono, que luego sería la estatua central de 'Los Mohosos', El minuto, Javier Osuna y mi padre, entre otros. Meses después mi viejo, viendo que yo no me bajaba del burro, se reunió con El Piojo y otros cracks de la Peña Nuestra Andalucía. Ellos no tenían autor y yo no tenía nada que perder, así que me presenté en la peña con mi cara llena de barrillos, mi pelo con rayita al lado, mis gafas de pasta y mi guitarra. El primero que me saludó nada más llegar a la peña se llamaba Antonio Zulueta Ahumada, 'El Piru', y fue hasta el final de sus días como mi segundo padre. Me echó un vistazo y sentenció "¡Pero si es un niño" y El niño se me quedó para toda la vida, aunque a veces también me llamaba El poe, el poeta. Me invitó a un refresco e intentó controlar los nervios de un chaval que mirara donde mirara veía a sus ídolos. A una señal de Jesús Monzón nos metimos en la secretaría de la peña, una habitación pequeña, bastante pequeña, donde me invitaron a cantar ese pasodoble que yo guardaba con tanto esmero. Me senté en una silla y cuando quise darme cuenta estaba cantando rodeado de toda la comparsa que tanto había pregonado las coplas de Pedro Romero. Cuando acabé de cantar el primer pasodoble, que era un piropo a Cádiz, se me salía el corazón por la boca. Hubo un silencio y de pronto alguien dijo: "¿Puedes cantarlo otra vez?" Yo, para mis adentros me decía: "¡Esta no puede ser mala señal!" Me armé de valor y volví a cantarlo. Al término de la segunda cantata me miraron, se miraron y quedaron para ensayar días más tarde.
Yo me levanté, me tomé otro refresco y fue entonces cuando me di cuenta de que el único que no estaba contento era mi padre. A estas alturas de la liga sigo pensando que ese comparsista que salió algunos años con Paco Alba creía que me iban a dar calabazas y dejó allí a un niño concibiendo Requiebro. Días más tarde, en el escaparate de Benito del Moral estaba colocado el boceto de la comparsa con mi nombre y apellidos. Cómo echo de menos esa tradición de ver los tipos de las agrupaciones por los comercios gaditanos. La tarde siguiente a mi bautismo de fuego quedamos en casa de El Piru, que colindaba con la peña, en la calle María Arteaga, y allí me presentaron a los que serían mis compañeros de viaje: Ángel Zubiela, Manolo El Gitano, Antonio El Tarta, el Güili, Rafael, Félix y la columna vertebral de los romeristas: Monzón, Purri, Carlos Brihuega, Pepe el bombista, El Piojo, Carlos Peña, etcétera.
Los componentes tenían claro que la comparsa tenía que ser muy muy muy gaditana pero yo no tenía ni idea de cómo se hacía una comparsa. Menos mal que conté con la ayuda de un genio, de Manuel Rosales Agüillo hijo, que se encargó de hacer el ochenta por ciento de los cuplés y el estribillo.
El local de ensayo era un garaje inmenso ubicado, si no me falla la memoria, en la calle Belén, eso al principio, porque a falta de dos meses para actuar en el Falla nos trasladamos a los camerinos del Parque Genovés. El disfraz nos lo hizo Pepe Berenguer, el mismo sastre que confeccionó el disfraz de mi última agrupación. Todas las comparsas de Cádiz, por aquel entonces, tenían tres componentes que tocaban la guitarra; nosotros sólo dos. Yo tenía conocimientos muy primitivos de sonanta pero nunca dejé que el pánico que sentía se me notara.
Para colmo, los principios de las canciones tenían un punteao, básico, pero muy básico, que también hacía yo. ¿Qué más podía pasar?
Cuando me dieron el disfraz, una parte de la camisa era más larga que la otra y me faltaban botones, los leotardos me picaban y las sabrinas me quedaban para que me dieran dos patadas en la cara y me quitaran de golpe los barrillos. ¡Ah, bueno, eso sin contar lo del gorrito! Un sombrero calañé con un pañuelo blanco de seda, ¡ja! Era todo muy surrealista, porque yo debía representar a un bandolero y por más que me miraba al espejo veía a un tío muy feo con gafas de pasta y acné juvenil disfrazado de torero en tonos rojo y blanco y con un sombrero que parecía una teta gallega pintada de negro. Pues con todo y con eso fuimos al Falla. Recuerdo que el primer día que cantamos compré claveles rojos y blancos en la Plaza de las Flores para colocarlos entre los clavijeros de las guitarras, una monería, vamos; éramos unos pastelitos. Pues así y todo nos metimos en la final. Mi cara cuando nos nombraron en la radio era un poema. No me lo podía creer. El día de la final Jesús Monzón no estuvo con nosotros, asuntos laborales, era calderero de profesión, requerían su presencia en Galicia, así que El Purri se hizo cargo de la dirección de la comparsa esa noche, que fue la última en la que entraban seis grupos por modalidad (y se quejan ahora de que la final es larga, pobrecitos). La gran final la abrimos nosotros y acabó sobre las ocho de la mañana y cuando dieron los premios empecé a ser consciente de donde estaba y en lo que me había metido, tanto, que cuando dijeron: "¡Sexto premio, Requiebro!", yo dije: ¡Eso cómo va a ser!, ¡Nos han robao el premio, el primer premio! El virus del carnaval ya corría por mis venas. Qué lástima de mí.
Articulo de Antonio Martinez Ares - Diario del Carnaval - 14 de Enero de 2008
El cementerio del comparsista
Zombies. Un día en la peña vi el vídeo de Michael Jackson 'Thriller' y me dije: eso es lo próximo que quiero hacer l Conectamos bien con el público joven, con ganas de cambiar lo típico y lo tópico
MI vida transcurría entre el instituto Columela y la peña Nuestra Andalucía. Yo, que nunca fui amigo de las peñas, me había casi convertido en un peñista y, aunque no jugaba al dominó, ni era diestro en el manejo de las cartas, ni consumía valdepeñas, robé todos los trucos de la profesión de comparsista. La peña estaba ubicada en la calle María Arteaga y cuando hacía la Berzá Popular en época de Carnaval daba de comer a cientos y cientos de personas que te degollaban con el plato de plástico si te colabas. En Cádiz decir gratis es como gritar ¡Al ataquerrrr! Recuerdo un año que la cola empezaba en la peña y llegaba hasta el freidor de la calle Hospitalito de Mujeres. Qué curiosa es la vida, al lado de la peña las monjitas se las veían y se las deseaban para dar de comer todos los días a los indigentes y en la peña se las veían y se las deseaban para que los que llegaban a final de mes pudieran comer garbanzos gratis.
Nos habíamos acostumbrado a la vida peñística, no faltábamos ni una tarde hasta que se hacía de noche y ansiábamos que llegara el sábado para echar el rato del mediodía ¿dónde? ¡En la peña! Así nos pasamos algunos años entre Nuestra Andalucía y el bar La Primavera, el reducto oficial de El Piru, un hombre que bien podría haber salido de cualquier novela de Cervantes, espigado, alto, con un bigote rancio y con solera, con mucha mucha gracia, un vocabulario que se inventaba y unas dotes inconmensurables para bailar, sobre todo claqué. Era clavao al actor Luis Cuenca. Un día hablando con él me di cuenta que nosotros éramos prácticamente su familia.
Una tarde de tantas estaba yo viendo la televisión en la peña cuando de pronto pusieron el videoclip de Michael Jackson Thriller. ¡Oh!, para mí aquello fue una revelación. Enseguida lo vi. Eso era lo próximo que yo quería y tenía que hacer. Pero había un problema ¿era un tipo gaditano gaditano a los que estaban acostumbrados en la peña? ¡No! Mi segundo año y ya cambiaba el grupo. Yo hablé con algunos de ellos y les comenté que para el próximo tipo había que estar en forma y que tendríamos que hacer ejercicio… una vacilada mía, vamos. Era la manera de romper lazos con la peña y hacer mi propio camino. También se comentó que pasé algunas noches en el cementerio para meterme en faena y saber qué pasaba allí. La gente, que se aburre mucho.
La cosa es que en agosto ya estábamos ensayando 'Zombies' en un garaje de la Cruz Verde. La búsqueda de personal fue bastante dura. Recuerdo que un día se presentaron en mi casa dos chicos, los conocía, eran vecinos míos. Uno era Fali Vila, que años atrás vivía encima de mi casa, él en el tercero, yo en el segundo, y el otro su primo hermano José Luis, que el año de 'Requiebro' había salido en una comparsa juvenil. José Luis acompañaba a Fali ese día para que éste entrara en la comparsa sin saber que era él quien se quedaba conmigo para ser mi gran apoyo, mi sombra, la voz de mi conciencia durante años. También hubo momentos amargos, como cuando alguien trajo a la comparsa a un hombre que había salido algunos años atrás con Antonio Martín. Después de varios días de ensayos le dijimos que no, la cara de ese hombre expulsado de la comparsa jamás se me olvidará. Los demás llegaron de grupos muy diversos, Rafael Velázquez, Noso, Bruno, Fernandi, y muchos más. Hubo uno, se llamaba El Negro, muy bien vestido, que sólo decía: ¡Una cervecita, pero no muy fría! Pero no cantaba. El día que lo intentó duró medio pasodoble.
En octubre tuvimos que buscarnos un local de ensayo nuevo y alguien nos ofreció el Café El Correo, Eso sí, con una condición, (listo, el tipo) había que limpiar una zona -muy parecida a la zona cero de las torres gemelas- de escombros con una altura de un segundo o un tercer piso. Pues nada, manos a la obra, lo hicimos, lo dejamos niquelado y ensayamos. El que se libró de limpiar los escombros fue Miguel Ángel García Cossío, que aunque ensayaba con nosotros lo llamaron para salir con Antonio Martín en 'Entre Rejas' justo cuando empezaba a coger la pala. Se fue, algunos no lo entendieron ni se lo perdonaron.
Ese año también colocamos nuestro boceto para que lo viera el público gaditano, en esta ocasión adornó un escaparate de Ivarte en la calle Novena. La ropa la buscamos nosotros y la adaptamos. Imaginación al poder. Una tarde llegamos al ensayo con un maquillador y además coreógrafo. Nos dio unas lecciones básicas, unos pasos de baile; la cosa es que cuando quisimos imitar un momento bailongo del videoclip de Michael Jackson en vez de bailar volaron los mecheros, los paquetes de tabaco, las llaves, los bolígrafos… vamos que le dijimos al coreógrafo adiós con la manita. Como teníamos que abrirnos un hueco en el panorama carnavalesco se nos ocurrió la idea de hacer un almanaque disfrazados de zombies. Las fotos las hizo Kiki y la verdad es que todavía hoy me siguen pareciendo una barbaridad. Se vendieron como rosquillas. El maquillaje de esa comparsa fue obra de Paco Leal y Miguel Ángel Butler, quienes tardaban aproximadamente unas siete horas en caracterizarnos. Rafael Velázquez se rompió un brazo y el primer día de concurso se coló en el Falla vestido de muerto con una escayola, pa echarnos, vamos. Jose Luis se afeitó la cabeza y Paco Leal lo maquilló como si le hubieran abierto la cabeza con una hacha, como José Luis Moreno. Impresionante. El primer pasacalles fue brutal. Íbamos haciendo tipo y la gente nos miraba como diciendo: ¡Esto qué es! Justo cuando íbamos a doblar una esquina nos dimos de bruces con un chiquillo que nos vio, se acojonó y rompió a llorar llamando a su padre. Ahí nos dimos cuenta que habíamos clavado el disfraz.
Llegamos al Falla y fue entrar y encenderse la llamita de la expectación. Habíamos conseguido cambiar algo, los conceptos primitivos de la fiesta, habíamos roto con lo gaditano gaditano, y conectamos con el público joven, ávido de otra cosa, con ganas de cambiar los tópicos y lo típico. Entonces no había dinero para comprar decorados pero los trabajadores de la tramoya nos buscaron uno bastante acorde con el tipo. El regidor de sala dio la orden y nos acercamos al escenario. Yo ese año tenía melena y barba, no me molestaba ser El Niño pero no quería aparentarlo. Una máquina de humo empezó a ambientar nuestro cementerio particular. Estábamos tumbados en el suelo con lo cual nadie nos veía, excepto a los que tocaban guitarras, caja y bombo: Angelín, su hermano, Tey, el hermano de Guili y El Monaguillo. Manolo El Gitano era el director y un momento antes de que se abrieran las cortinas, ya estábamos todos en el suelo mirándolo, nos pidió que cantáramos bonito, que controláramos los nervios, en fin, dando ánimos, y de pronto se le escapó un punto, que yo creo que no se le escapó y que no fue un punto sino un punto enorme. Subió el telón y entre el humo de la máquina y el áurea del punto de Manolo nos quedamos petrificados. Cuando todo alcanzó su mayor esplendor nos dimos cuenta que teníamos que respirar para cantar, entonces uno de nosotros dijo: ¡Manolo, picha, estás podrío! Los nervios se fueron y las risas amainaron, pero el olor se quedó.
El año de nuestras luces
De locura. Tras 'Zombies', pese a no pasar a la final, el listón estaba alto y teníamos que mantener el tipo l Para que al grupo le gustaran mis cuplés, me inventé que me los hacía Juan Rivero
" De locura", en escena. A la derecha, Ángel Subiela, a su lado, con barba, Martínez Ares, tras Ángel, Fernandi, con bigote.
LA última actuación de 'Zombies' ocurrió en la discoteca Mobby Dick en San Fernando, y digo ocurrió porque en mitad de la actuación Tey, el bombista, de buenas a primeras desapareció del improvisado tablao que instalaron en el antro. Nos dimos cuenta cuando en mitad de la actuación oímos un "¡Ahhhhhh!" y vimos un platillo rodando por el local. Esa noche nos presentó ante el público el padre de Manolo El Gitano tal que así: "Recién llegados de Jolivú y tras una larguísima gira por toda España hoy, con ustedes…". Así fue. Lo juro. Genial.
Tuvimos que buscarnos otro local de ensayo porque hubo desavenencias con el dueño del Café El Correo, qué jodío, tuvimos desavenencias después de limpiárselo de escombros, eso es arte de Cádiz. El nuevo local, que nos costó Dios y ayuda conseguirlo, lo encontramos al lado de mi casa, frente a urgencias del Hospital Puerta del Mar, hoy día es el café bar Victoria. En esta ocasión no hubo que trabajar pero se nos escuchaba por toda la calle. Otro de los problemas de los locales siempre ha sido la falta de luz y si no que se lo digan a todos los que se han enganchado al suministro de una farola o de un vecino, que nunca supo que le robaban energía. Nosotros hablamos con el dueño de un establecimiento próximo, quien nos suministró de tapadillo la luz para los ensayos.
Estaba claro que el listón, aún sin haber llegado a la final, estaba alto y después de 'Zombies' teníamos que mantener el tipo, nunca mejor dicho. La idea también me la suministró la televisión a través de un videoclip. La canción era lo de menos, lo que me interesaba era la idea: un nido con huevos plateados de los que nacían seres envueltos en una piel de cristal: era una locura, como el Carnaval en sí mismo, como yo mismo. Convencí al grupo de que ése tenía que ser el tipo porque era una sucesión de metáforas: Cádiz, tacita de plata, plateada, la luz de la ciudad, el brillo de las mañanas, la locura del Carnaval con sus colores, el chovinismo gaditano, el egocentrismo que nos hace encerrarnos en un nido de plata. Ahora sólo había que buscar la manera de vestir lo que había visto en el vídeo. Después de mucho preguntar (antes no había internet ni móviles de última generación) nos dimos cuenta que el disfraz nos traería de cabeza. A través de un conocido encargamos unos monos de trabajo que, si la memoria no me falla, lo hacían chicos de Afanas. También compramos unas planchas plateadas semirígidas que luego convertiríamos en miles de cuadraditos plateados de un centímetro por un centímetro; cada disfraz tenía la nada despreciable cantidad de casi cinco mil espejitos. La parte de las rodillas, la cintura, los codos y la espalda iban vestidas con tela de lamé color plateada y, aún así, para subir un bordillo nos tenían que ayudar y para hacer pis, no te digo nada. Para rematar la locura se confeccionaron unas especies de camisas de fuerza -qué haríamos sin las madres, gracias vieja- que nos colocábamos en la presentación. Cuando nos la quitábamos las luces rebotaban en nuestro cuerpo y desde el patio de butacas al gallinero todo resplandecía. El disfraz también contaba con otros detalles, unas puñetitas de encaje en las mangas y una chorrera a modo de corbata que nos daba un toque Marqués de Sade muy curioso y el grupo, menos uno o dos, era el mismo que el del año anterior.
Nuestros sábados en la peña seguían siendo sagrados y allí todos los que salían en agrupaciones se enfrascaban en eternos debates carnavalescos. Había de todo. Unos que no se hablaban con otros, otros que volvían a hablarse después de varios años, dos en una esquina cantando por lo bajinis un pasodoble marcando el compás en la pared, los de siempre jugando a las cartas o al dominó, lanzamiento de cuchillos al estilo comparsa… así hasta las tres de la tarde, más o menos, que nos íbamos para casa con la cabeza como un bombo, de Carnaval, claro.
Ese año también uno de los nuestros recibió una llamada de la comparsa de Antonio Martín. Manuel Serrano Mac-Gregor empezó a ensayar con nosotros pero terminó vestido de 'Soplos de vida'. ¡Ojo, yo también he llamado a algunos a lo largo de mi vida carnavalesca! Esto es puramente anecdótico. A mí me costaba la vida hacer cuplés, o mejor dicho, el grupo pensaba que a mí no se me daba bien hacer cuplés, así que me inventé que me los hacía Juan Rivero, que en esa época era un crack de las chirigotas. Mentira, los hacía yo, pero ellos se lo creyeron, lo que es el poder de la sugestión.
'De locura' gustó en el Falla y el grupo de seguidores seguía creciendo, sin embargo, tras otro año sin llegar a la final, en la comparsa había división de opiniones. Unos pensaban que si dábamos con un tipo gaditano nos meteríamos en la final y otros apostaban claramente por seguir rompiendo moldes y crear y crear para abrir la mente, porque era nuestro momento. De hecho, en el tintero, y eso a veces algunos que todavía nos hablamos lo recordamos, se nos quedaron tipos como 'Basura', una inmensa montaña de basura que reflejara la desesperación de la madre tierra ante tanta falta de concienciación con el medio ambiente, además de sacar a flote la basura del Carnaval, que es mucha, por cierto. Ya entonces pensábamos en hacer una comparsa ecológica.
El día del estreno, como es normal, también nos pasó algo. Nosotros no podíamos ponernos las camisas de fuerza porque el tipo era incomodísimo, así que los tramoyistas, los chicos y chicas de la radio, todos los que podían nos echaban un cable. El regidor dio la orden a sala. Todos estábamos un poco tensos. Se escuchó una voz: "¡Va cortinas!" Y de pronto digo yo: "¿Dónde está Rafael? ¡¡¡Rafael!!! Rafael estaba con la camisa de fuerza puesta hablando con un tramoyista sobre una reclamación de una factura del recibo de la luz. A mí me iba a dar un infarto. Las cortinas estaban abriéndose. "¿Rafael, por Dios que están abriendo las cortinas?" El me contestó: "Tranquilo, chiquillo, no te preocupes, vísteme despacio que tengo prisa". Lo mataba... Ese año concursamos en El Puerto de Santa María y conseguimos el primero de muchos primeros premios consecutivos. Y ahora que me acuerdo, en un camerino del teatro el alcalde de El Puerto se arrancó a bailar y se le cayeron las gafas y yo no me di cuenta y… ¡crack! Nadie se agachó a recoger las gafas. ¡No podíamos con el tipo!
A la final obviando principios
Esto es Carnaval. Los que apostaron por el cambio de estilo se salieron con la suya, para mí fue dar un paso atrás l Aunque no es de mis agrupaciones favoritas, creo que conseguí lo que quería
Antonio Martínez Ares, el primero por la izquierda, durante la actuación en la final con 'Esto es Carnaval'
EL debate lo ganaron aquellos que pensaban que debíamos volver al Falla con un tipo más de aquí, más de nosotros y menos difícil de confeccionar. Estaban convencidos que sólo de ese modo podríamos, de nuevo, acariciar una final en ese emblemático coliseo gaditano; digo yo que lo de coliseo tiene que ser porque allí nos convertimos en gladiadores y nos despellejamos unos a otros. De nuevo odisea para conseguir local de ensayo. Lo que es la vida, volvimos al Café El Correo que ya estaba limpio de escombros, menos mal. Regresó al redil Manolo El Monaguillo, entró como cajilla Martín, contamos con uno de los pupilos de Jesús Monzón, el Carli, hijo de Carlos Brihuega fue nuestro bombista y el Kako, que estudiaba conmigo en el Columela participó como guitarra. Antes que llegara el Carli estuvo con nosotros el Lele, y a pesar de ser un grandísimo amigo mío, no contaba con el respaldo de algunos componentes. En mi comparsa teníamos un código interno: si tú traes a un componente y no vale, tú te encargas de decirle que se vaya. A mí me tocó darle la mala noticia a César sentados en un escalón de una casa bebiéndonos una litrona. César lloró como un niño pequeño y desde ese día le puso la cruz al Carnaval; jamás volvió a salir. Durante mis veinte años de concurso he dejado en el camino a mucha gente y puedo asegurar que es, sin duda alguna, casi lo peor de esta fiesta. La amistad la mantuvimos durante un tiempo. Luego distancia y más distancia.
La idea de hacer 'Esto es Carnaval' no me convencía mucho, pero era atractivo saber si de ese modo nos colábamos en la final, cosa que ocurrió. Esa comparsa era tópica, tópica y rayaba lo rancio. Estaba obligado a crear un pasodoble más clásico y, aunque no es de mis agrupaciones favoritas, creo que conseguí lo que quería. El disfraz todavía no sé lo que representaba, lo mejor para estos casos es usar el término fantasía, porque diciendo esto uno se cura en salud y cualquiera se lo traga, pero para mí éramos como unos pintores con unos plumeros de brillo y un par de coloretes en las mejillas, ni fu ni fa, eso sin hablar de los calcetines, uno amarillo y otro azul, lamentable. La presentación, por tanguillos, más típico no lo hay y en el escenario más de cuarenta personas que tenían que dar la impresión de estar pasándoselo bien en una calle de Cádiz mientras aparecía una comparsa para actuar. Como remate final, cuatro niñas vestidas de piconeras que bailaban de maravilla, eso sí. Por supuesto, entre toda esa patulea de gente estaban amigos nuestros, muchos del barrio de Loreto y vecinos de Trille y sus alrededores. Para colmo de males contrataqué contra la chirigota 'Los tontos de capirote' que cantaron un pasodoble antológico a las gaditanas feas. Mi poca madurez me llevó a componer una letra contestataria que me llevó directamente a los Juzgados. Me estuvo bien empleado. Nuevamente me disculpo, Javi.
Entonces las sesiones del Falla se dividían en tarde y noche. Una vez tuvimos que abrir sesión a las cinco de la tarde y no pasaba nada, anda que no le hemos dado vueltas al dichoso reglamento y yo me pregunto ¿para qué? ¿acaso vamos a mejor? Ese fue el mismo año de 'A fuego vivo', la tercera de la mejor trilogía que para mi gusto llevó a escena Antonio Martín García, que para este que suscribe seguía siendo el mejor con muchísima diferencia con el resto de los mortales comparsistas en ese momento.
Ni que decir tiene que cuando supimos que habíamos pasado a la final en la cara de los que habían apostado por el cambio estaba escrito: "¿Lo ves?, ¡te lo dije!" Ahora que el tiempo ha pasado puedo decir con claridad que yo me sentía como si hubiera dado un paso atrás en mis aspiraciones carnavalescas. Eso no era por lo que yo luchaba pero no tenía más remedio que aceptarlo. Ese año sí grabamos pero nos tuvimos que desplazar con Carlos Ordóñez hasta Ubrique. Nos fuimos una mañana súper temprano y ahí empecé a desarrollar una alergia a las grabaciones que todavía me dura. No soporto las tediosas sesiones de grabación de comparsas, y eso que ahora se pincha, se copia y se corta y se canta sólo un estribillo para duplicarlo luego. No, no, antes había que hacerlo de una tacada y si te equivocabas a empezar de nuevo, compañero. Luego había que ecualizar, poner las voces en su sitio y, francamente, cuando te das cuenta que ya es de noche y llevas más de doce horas metido en una burbuja ya no distingues el contralto del tenor, ni el tenor de la tos del técnico de sonido. Qué sufrimiento.
'Esto es Carnaval' tenía un estribillo pegadizo pero bastante ñoño, sobre todo la parte de: "Y el que no quiera a Cai, ay, ay, ay, el que no quiera a Cai que se lo coman los tiburones". En fin, un bastinazo que sin embargo nos dotó con el cuarto premio, un verdadero triunfo teniendo en cuenta todo lo anterior. Yo no conservo ningún disfraz y ese precisamente se lo di, con muchísimo placer a un primo mío de San Fernando que le venía de escándalo para las noches carnavalescas que tenían lugar en el Club Las Salinas. Por el contrario cantamos mucho ese año, porque los seguidores, gracias a Dios, seguían siendo fieles, aunque ahora en la actualidad pienso que los fieles fieles son los que no te siguen. Yo me entiendo, un amigo prácticamente nunca te dice la verdad, pero un buen enemigo, ése, ése está a tu lado para toda la vida, recordándote dónde y cómo la has pifiado. ¡Vivan los enemigos! El verano se nos dio muy bien y en el grupo volvieron los debates. Ahora me tocaba a mí darle la vuelta a la tortilla y durante mucho tiempo me dediqué a pensar en una idea diferente para el próximo año que me hiciera sentir bien conmigo mismo. Rafael Velázquez, José Luis y Ángel Zubiela eran los puntales en los que yo me dejaba caer cuando necesitaba ayuda o cambiar impresiones y lo cierto es que en el noventa por ciento de los casos siempre estaban de acuerdo conmigo.
Aquella comparsa era un canto a las fiestas de toda la vida, esos carnavales en los que uno andaba por la calle y las serpentinas le llegaban por las rodillas, un tiempo que yo no viví y si viví no recordaba. Por segundo año concursamos en El Puerto de Santa María y nos llevamos el primer premio, ole. Allí éramos más famosos si cabe que en Cádiz y la gente nos adoraba hiciéramos lo que hiciéramos. Manolo Casal retransmitía desde Ser El Puerto el concurso y, carnavalero de pro, enseguida conectamos con él. Nuestra vinculación con la peña ya no era la misma y la reunión de los sábados la trasladamos al bar La Primavera, lugar donde nos llamaban para contratarnos. Hoy por hoy evito pasar por ese lugar cuando voy a La Viña porque sé que si paso por La Primavera voy a ver allí al Piru sentado, esperándome. Que Dios me perdone.
Dejad que los niños tiren de sus padres
Entre tus brazos. Quise sacar 'Chacolí' pero otro grupo se nos adelantó y tuve que darle un giro a la idea l Ese año ensayamos en una casa antigua que tenía más ruidos raros que 'El orfanato'
CARNAVAL nuevo, más complicaciones. Kako seguía en el grupo pero había que buscar dos componentes que tocaran la guitarra. Después de muchas llamadas telefónicas y de ir de casa en casa contactamos con los dos nuevos fichajes: El Wufi y el Kiki. Vaya con los nombrecitos. Como mandan los cánones el local de ensayo se nos volvió a atragantar. A través de Rafael Velázquez nos trasladamos a una finca que estaba medio en ruinas en la calle Zaragoza, la cual sería rehabilitada para albergar otro Hogar del Pensionista. Nosotros ocupamos una habitación de una casa antigua que estaba repleta de enseres muy íntimos, me imagino que de la familia que allí vivió durante años, y todo tipo de ruidos que ríete tú de Belén Rueda y El Orfanato. La habitación estaba situada en la primera planta. El primer día que entramos para ver el local nos llevamos un susto de muerte. La curiosidad nos hizo registrar todas las habitaciones, cuando abrimos las ventanas y entró la luz del sol, José Luis y yo nos quedamos de piedra, había una cuna antigua llena de agua y dentro una muñeca de porcelana que más bien parecía una niña a punto de ahogarse. La imagen era para salir corriendo de allí. En algunos lugares concretos de la finca había boquetes enormes en el suelo por los que podíamos vernos y comunicarnos desde el segundo piso hasta el patio. Y claro está, no había luz. Así que nada, a hablar con los vecinos. De vez en cuando bajábamos al patio y allí nos poníamos en formación comparsera porque la habitación se nos quedaba chica. Eso, y que el primer piso nos daba cague.
Mi decisión estaba tomada; quería sacar una agrupación dedicada a los niños porque siempre he creído que si consigues captar la atención de un crío detrás van los padres, aunque no quieran. En mi mente siempre estuvieron presentes las matinales y vespertinas en La Casa del Niño Jesús, en las Puertas de Tierra, cuando actuaban los títeres con el personaje de Chacolí y la bruja. Me encantan los títeres, sobre todo porque considero que es maravilloso darle vida a un ser tan frágil y cadavérico. Al fin y al cabo creo que todos somos títeres de otros en menor o mayor medida. Pero en esta ocasión tuvimos un problema que me obligó a cambiar de idea radicalmente. Una comparsa de Cádiz estaba ensayando y se llamaba 'Chacolí'. Yo me reuní con ellos para intentar convencerles de que cambiaran el tipo pero no estaban por la labor, lógico. Podíamos haber salido los dos con el mismo tema pero ya en las bases del concurso se reflejaba que dos tipos iguales como que no. Absurdo, como casi todo lo que pasa en Cádiz, perdón, en el concurso, quise decir.
No cejé en el empeño y le di la vuelta al calcetín. Esta vez no iba a bajarme del burro, así que me limité a buscar en mis recuerdos infantiles y descubrí que desde el silencio de los muñecos que abandonamos cuando dejamos de ser niños podía escribir al mundo de los adultos. Me faltaba el nombre y días antes de registrarnos en la Fundación Gaditana del Carnaval se me encendió la bombilla: 'Entre tus brazos', ole. No sólo había parido un nombre bonito -también cursi, también- sino que además seguía cortando de raíz con la tradición de empezar los nombres de comparsas con artículos, los… el… lo de siempre, vamos.
La comparsa respiraba colores por todos sus poros y contagiaba alegría y algo de sopor, que todo hay que decirlo. Los pasodobles comenzaban con una intro clásica, como una nana que ya preparaba al público a dormir, ja, ja. Además del Piru, ese año se integró con nosotros Chicuelo. Su hija René era la que al principio de la presentación nos dejaba solos en la habitación del Falla. Fernandi, Kiki y sobre todo el Pati eran las voces que predominaban en un repertorio que ahora se me antoja el más sosito y aburrido de todos los que he creado. Si pudiera, igual que otras agrupaciones mías, la quitaba del currículum. ¡Al cajón del olvido! Será que ha pasado tanto tiempo que ya no me queda nada del niño que fui.
Paco Leal seguía siendo nuestro maquillador particular. En el popurrit hice alusión a Paco Alba, de un modo que no gustó a muchos, concretamente la letra se refería a: "…un tal Paco". Las luchas internas con otros grupos, algo que será eterno en esta selva gaditana, provocó que brindara algunas palabras a antiguos miembros de la peña Nuestra Andalucía. ¿Qué sería del Carnaval sin la salsa del morbo, verdad? La gente quería sangre fresca y yo se la proporcionaba de todos los grupos sanguíneos. Ese año, además, la mayoría de los autores punteros decidieron no salir y yo les mandé un regalito. Gracias a que no participaron también es verdad que nos metimos en la final, y mi menda ya iba adquiriendo una fama de enfant terrible que todavía llevo a cuestas. Y hablando de terrible, el Falla necesitaba una remodelación y se tomó la decisión de que ese año sería el último en el que allí se celebrara el concurso hasta nueva orden. Todos para el teatro Andalucía. ¡Malditos asustaviejas!
Llegamos a la final y conseguimos el cuarto premio. Estábamos abonados a ese número. La noche de autos José Luis perdió su gorro con pelitos de lana y se tuvo que poner el de Chicuelo. El otro día alguien me dijo que había visto en su casa la final de ese año y recordé lo mal que canté, lo rematadamente mal que lo hice. Salimos del Falla y la gente estaba encantada con nosotros. No había dado uno sino dos pasos adelante sin yo saberlo y me había quitado la espinita del año anterior.
Y, cómo no, después cogimos carretera dirección a El Puerto de Santa María, donde revalidamos el primer premio del año anterior. Durante la semana de Carnaval tuvimos una actuación en el teatro de Puerto Real que fue antológica. Esa noche, antes de cantar, nos habíamos tomado unas copas y estábamos la mar de a gusto. Terminamos el primer cuplé y cuando estábamos en pleno estribillo sucedió algo que jamás volvió a repetirse. El estribillo era una sucesión de juegos antiguos que, supuestamente, practicaban los niños cursis de Cádiz. Pues bien, cuando llegó la parte de ¡Inmóvil! todos nos quedamos quietos menos Rafael, que se adelantó a un micrófono y dijo algo que nosotros no oímos pero que provocó la risa del respetable, que nos aplaudió mientras vitoreaba: ¡Chirigota, chirigota! Ay, si no fuera por estos ratitos.
Los que le pusieron el cascabel al gato
Con uñas y dientes. Ese año escuché 'Soldaditos' y me dije que en la próxima contienda cambiaría por completo mi forma de escribir l La idea del tipo me la dio la portada de un disco de Tino Casal.
LA movida madrileña disparó nuestra manera de entender y ver la vida. Nosotros crecimos desayunando los sábados con La bola de cristal y merendando con aquellos grupos que empezaban a ponerle música a la transición española. Qué razón tenía el crítico musical Diego Manrique cuando en un artículo señaló que "no fue la más grande ocasión que vieron los siglos pero casi, casi".
En el primer coche, de segunda mano, claro está, que se compró José Luis, una chatarrita azul, escuchábamos hasta la saciedad a Mecano, Alaska, Danza invisible, Los burros, Los rápidos, El último de la fila, Toreros muertos, Gabinete Caligari, Radio futura, Tequila, Rubí y cómo no, a Tino Casal. 'Con uñas y dientes' nació justo cuando cayó en mis manos la portada de un disco de este músico asturiano que comenzó su carrera con Los zafiros negros y que vio truncada su vida en un accidente de tráfico, como tantos otros compañeros, en 1991. Era evidente que le gustaba llamar la atención y su excentricidad se palpaba en su vestuario y en su poderosa garganta. Estos criterios me bastaron para experimentar más que para crear una comparsa que quería volver a romper los estereotipos gaditanos. Ese año volvieron al redil Angelín y el Noso, repitieron experiencia Mariano Varela, Juan José El Lobo y entraron en nuestras filas un jovencísimo Juan José Araúz, El chupa, a la guitarra y Francisco Villanego, como cajilla.
Se nos quitó el miedo del cuerpo, aunque sabíamos que no estábamos solos, y ocupamos una habitación del primer piso de la finca de la calle Zaragoza. Ese año se nos cruzó en nuestras vidas un gato negro ¿o era gata? que encontramos en la calle y que había recibido una paliza; uno de sus ojos estaba casi cerrado. Mi novia y yo lo cuidamos y lo llevamos a vivir al local de ensayo. Le pusimos de nombre Mijita y era otro gato más en la agrupación. Se perdía por la casa y cuando le venía en gana aparecía por la habitación, se sentaba en una silla, nos miraba y se echaba a dormir, quizás era un mensaje subliminal gatuno que en el fondo quería decir: "chavales, como que no". El Piru le llevaba todas las noches un poco de pescado del freidor y nunca le faltaba la leche ni el agua.
Insonorizamos la habitación con corcho, cartones de huevo, planchas de poliuretano, de todo, y nos quedó como una burbuja de las de estudio de grabación. Tengo que decir que siempre trabajábamos los mismos para disfrute de todos, pero eso ocurre hasta en las mejores familias.
El pasodoble era clásico y muy corto, creo que el más corto de todos los que hice, y el cuplé de los más originales, musicalmente hablando. Con el popurrí tuvimos serios problemas, de hecho el primer día que cantamos en el Falla nos pasamos de tiempo tres pueblos, no cinco segundos ni diez, no, no, como más de un minuto. Eso nos obligó a modificarlo y ya no era lo mismo. Al final del popurrí improvisábamos una fiesta en el callejón de los gatos con una canción de Gabinete Caligari, concretamente 'Tócala Uli', yo aporreaba un xilófono; para no equivocarme le quité al xilófono las láminas que no tenía que usar y me quedé con las que sí. Ni eso nos salvó del cajón.
Mijita, como ya he dicho, era un gato negro, y aunque yo no soy supersticioso, muchos de los míos le echaron las culpas la noche que casi no llegamos a cantar en el Teatro Andalucía, que el Falla estaba cerrado por reformas. Nuestra primera actuación estuvo a punto de no producirse porque una agrupación anterior no se presentó y eso alteró el orden del concurso y nuestras prisas. Paco Leal nos maquilló en una casa al lado de donde vivía Rafael Velázquez, cerca del Falla. Paco nos retocaba por el camino, mientras nosotros corríamos como posesos para poder cantar en el Andalucía. Llegamos cansados y justísimos, tan a lo justo que no pasamos ni por los camerinos que se habían habilitado en la Torre Tavira. Aviso para navegantes: buscaros siempre pero siempre un local cerquita del teatro, por si las moscas.
Pero ese año ocurrió otro suceso que para mi vida carnavalesca fue determinante. Ocurrió una noche que me fui más temprano que de costumbre del ensayo para ver la actuación de la comparsa 'Los soldaditos' y fue durante la misma cuando refrendé la teoría de que mi comparsa era eso, un experimento. Aquellos soldados terminaron de cantar y yo me levanté de la butaca para aplaudir como un loco, ese final de popurrí era lo mejor que había escuchado en años. Salí del teatro y busqué a la comparsa para felicitarlos por la actuación. Uno por uno les di la mano, era mi manera de decirles: gracias. Al día siguiente, en mi ensayo, tuvimos un pequeño debate porque algunos de mis componentes no entendieron mi comportamiento. Eso, desgraciadamente, sigue y seguirá pasando porque los carnavaleros entienden de lucha con los demás pero no de abrazos y felicitaciones con otros que no sean de su clan, ¿o no? Ellos llegaron a la final y nosotros nos conformamos con la fidelidad de los que nos seguían, que eran muchos más que antes, sin embargo yo tenía claro que para la próxima contienda iba a cambiar por completo mi manera de escribir y de contar las cosas, tenía que adelantarme a mi tiempo como José Luis Bustelo y Paco Villegas habían hecho aquel año.
Una noche me olvidé de cerrar la puerta del local y Mijita se escapó. Nunca más volvimos a ver a ese gato ¿o era gata? que terminó por llevarse lo que quedaba de esa agrupación tan excéntrica como la portada del disco de Tino Casal. Y como no podía ser menos también participamos en el concurso del El Puerto de Santa María y también conseguimos el primer premio. El hermano de El Chupa, Ezequiel Aráuz compuso ese año la comparsa 'Donde Dios duerme', pues bien, una noche en El Puerto, su hermano terminó de cantar con nosotros y sin decir ni mú corrió todo lo que pudo y más al camerino. Minutos más tarde salió El chupa vestido de la comparsa de su hermano y cantó con él sin que nadie se diera cuenta, y es que la familia hay que cuidarla, abajo y arriba del escenario. De todos modos, lo único que lamento de aquel año es no haber cerrado bien la puerta de la casa donde todas las noches me esperaba mi gato ¿o era gata?
Dame una silla que yo haré el resto
Sonri-sillas. El de payaso era un tipo tan absurdo, tan explotado que quizá ahí se escondía el reto l La tela y el tipo causaron un rifirrafe entre Ángel y yo y no nos hablamos hasta el primer día del concurso.
Llegó el verano y con él nuestras interminables tardes en las olitas del Paseo Marítimo, frente al Canadá, donde éramos socios de honor. Todas las noches caían unas cuantas macetas de cerveza con sus correspondientes tarrinas de patatas con mayonesa. Los dos chicos del bar servían a los chavales, que éramos cientos, desde una ventana no pequeña sino ridícula. Años pasó ahí dentro esa pareja de camareros que nos adoptaron como si fuéramos de la familia. José Luis llegó una tarde al cuartel general de las olitas, desde donde veíamos los paseos de las niñas gaditanas con sus modelitos de verano, y me dijo: "Vente conmigo que tengo que hablarte de una cosa y de paso nos compramos un par de macetas de cerveza". Dicho y hecho, cruzamos la acera y ya con las consabidas prevenciones le escuché. "No me digas que no, tú escucha primero, y después, al final, dime qué piensas, pero no me digas nada y déjame hablar". Hay muy pocas personas que me conozcan realmente, tres si me apuran, y una de ellas es José Luis. Fue entonces cuando me lanzó el guante de sacar una comparsa con un tipo de payasos. Le dejé hablar y pronuncié un: "Lo pensaré". Ya en casa, fui madurando la idea y sí, podría ser, ¿por qué no? Era un tipo tan absurdo, entiéndanme, quise decir tan explotado, que quizás ahí se escondía el reto para el próximo concurso. Claro está, había que complicarlo porque de lo contrario sería un rotundo fracaso. Había que evitar crear el payaso de toda la vida y dar con un personaje entrañable y… al momento visualicé en mi mente al mítico payaso catalán Charlie Rivel y su inseparable silla. El concepto estaba claro: el Carnaval, el Falla, era nuestra carpa y el nombre tenía que hacer alusión a ese payaso en particular que daba tanta pena cuando nos reíamos de él, y de ahí nació el título 'Sonri-sillas'; pura metáfora, o al menos a mí me lo pareció. Lo del guión trajo cola, la gente decía ¿qué querrá decir? ¿qué querrá decir? ¡Por Dios, si era evidente!
Ese año el grupo cambió aunque ya se empezaba a formar una firme columna vertebral. Yo decidí no salir para dedicarle más tiempo a la comparsa y entraron tres guitarras nuevos, Sema, José Manuel y Antonio Jesús, un bombista, Santiago Pérez, primo del Carli, lo que ocasionó que éste dejara de ser esclavo del gordo instrumento y un tenor, Manuel Coronilla. El siguiente cambio fue la dirección del grupo que recayó en Ángel Zubiela, quien se lesionó en una pierna jugando al fútbol y estuvo a punto de salir escayolado en el Andalucía.
Mantuvimos el local de ensayo sin Mijita y con ruidos extraños en ocasiones; las noches de tormenta en esa casa eran dignas de Alejandro Amenábar. Tal como me prometí cambié mi manera de escribir, o mejor dicho, de expresarme y eso se lo dejé muy claro al grupo cuando llevé el primer pasodoble que empezaba con la frase: "Cádiz, la de alma de niña…" . El Chupa dejó la guitarra y pasó a ocupar un puesto en la primera fila como contralto y apoyando las voces de Pati y Fernandi; Carli, tímido donde los haya, poco a poco iba marcando su territorio con su particular timbre de voz. Ángel estaba muy agobiado por su lesión y yo me encargué de diseñar el tipo de la comparsa, realicé un boceto y compré, en principio, las telas de una chaqueta larguísima en color burdeos, si no recuerdo mal. Chari Delgado, hija del famoso chirigotero Eduardo Delgado, esposa de Carlos Brihuega y madre del Carli era nuestra sastra ¿se dice así, no? y empezó a trabajar en el tipo hasta que un día Ángel y otros componentes llegaron a su casa con otras telas, lo cual evidenció que la chaquetita burdeos me la iba a comer con patatas fritas. Aquello provocó un tremendo rifirafe entre Ángel y yo. Durante mucho tiempo ni nos hablamos, ensayábamos, pero no nos hablábamos, así hasta el primer día de concurso.
En el ánimo de todos planeaba la idea de montar una peña y después de muchas vueltas por el casco antiguo Rafael Velázquez encontró una a muy buen precio, de alquiler, claro. De todos modos la peña funcionó poco y mal, ni siquiera íbamos, siempre nos sobraba comida, nadie se quería hacer cargo de la barra y encima se nos inundó el local porque una noche se nos olvidó cerrar la llave de paso y de paso el grifo, una ruina, vamos. Así y todo, esa peña que estaba ubicada al lado del colegio San Felipe Neri nos sirvió para vestirnos los días de concurso. Yo seguía mudo con Ángel y me dio por disfrazar el bombo, me acuerdo que cuando me vieron coger una caja y tomarle medidas al instrumento le dijeron a Ángel. "¿qué está haciendo el loco éste?" y él contestó "dejadlo, lo mismo así se le pasa el mosqueo". Terminé la obra y se la coloqué al bombo, el resultado fue un bombo cuadrado. Estoy convencido que a nadie le gustaba aquello pero me dieron cuartelillo como diciendo: "Venga va, ya pasó, te dejamos que saques un bombo cuadrado". 'Sonri-sillas' no llegó a la final pero fue, sin duda, la agrupación que mejores recuerdos nos dejó a todos. Al término de la primera actuación, componentes de 'Los soldaditos', que ese año salían con 'De ida y vuelta' nos felicitaron y nos dijeron que nos habíamos adelantado a nuestro tiempo. ¡Sí, me había quitado la espinita gatuna del año anterior! Ese fue mi mejor premio. La presentación impactó más que nunca, los pasodobles convencían más que siempre, los cuplés empezaban a tener gracia y daban paso a un estribillo romántico y surrealista y el popurrí era alocado, divertido, triste, dinámico, con coreografía diseñada para bailar de un lado a otro las sillas que transportábamos en la espalda como si fuera una mochila. Como broche final el popurrí estallaba con la mítica canción Video killed the radio star, que grabara el grupo británico The Buggles en 1981.
Otra cosa, en la chaqueta, no la burdeos, la azul, a la altura del corazón llevábamos la típica flor de payaso que lanzaba agua. ¡Pero había más! Dejadas de caer en las orejas ocultábamos dos pequeños tubos que también salpicaban agua cuando queríamos aparentar que estábamos llorando, además de un reloj precioso y enorme y unos zapatones maravillosos. Todo eso nos los hizo Ángel, no el Zubiela, otro, un sibarita de la decoración y el buen gusto. En la espalda, además de la silla, había un laberinto de tubos que terminaban en dos perillas que accionábamos con las manos, la derecha era para el agua del corazón, la de la izquierda para los ojos. Y otra vez para El Puerto de Santa María, y otra vez el primer premio, qué pesadez. El verano fue muy intenso y compartíamos función con todos los grandes grupos del momento. Poco a poco nos hacíamos un hueco en la fiesta gaditana pero lo importante es que nosotros éramos felices, muy felices, lo que no fuimos muchos años después.
Hombres de paja, teatro sin remiendos
Calabazas. El tipo se me ocurrió viendo un anuncio de televisión con un espantapájaros l No me quedan fotos porque alguien que luego fue miembro de la comparsa se las quedó y las vendió
Frente al local de la calle Zaragoza había y sigue existiendo un bar pequeño por donde nos dejábamos caer antes y después de los ensayos. Una de esas tardes que perfilábamos el repertorio de 'Sonri-sillas', entre tapita y cerveza, eché un vistazo a la televisión de este establecimiento. Recuerdo que estaban martilleándome la cabeza los cientos de anuncios que ya por aquel entonces nos obligaban a ver, cuando entre col y col… un flash de un anuncio de noches temáticas en la segunda cadena, pero lo más espectacular era el personaje que lo anunciaba: un espantapájaros o mejor, un chico que hacía de espantapájaros, que disfrazaba una de sus piernas como la continuación del madero donde se apoyaba y mostraba otra falsa. Antes de ver el final ya lo había captado: "Cuando las dos piernas se muevan parecerá que está en el aire", me dije. Y así fue. El anuncio duraba lo que un suspiro. Si en ese momento no hubiera visto la televisión jamás hubiera salido de ese bar con la idea de hacer la comparsa 'Calabazas'. Después de un tipo tan vistoso como el de 'Sonri-sillas', Ángel quería rizar el rizo y sobrecargar de colores el vestuario de estos muñecos de paja. También en esta ocasión nuestra sastra fue Chari Delgado. Como bien habrán adivinado, yo no dije ni mú en lo referente a telas ni a diseño, es más ni siquiera me hice el tipo, pero sí me dediqué, además de la composición literaria y musical, a hacer cruces.
En un piso propiedad de una tía de Manuel Coronilla, en la calle Arbolí, en un tercero concretamente, ideamos, diseñamos, creamos y pintamos las cruces de la comparsa. Los encargados de esta parte tan poco gratificante fuimos casi exclusivamente Sema, Manuel Coronilla, Angelín, que volvió ese año a la comparsa y yo. No sé cuántas tardes pasamos en aquella casa ni cuántos cafés nos bebimos pero sí sé lo bien que lo pasamos en la cocina, fumando y tomando cafés, fumando y tomando cafés, y algún cubata, también, también.
El Carli recibió ese año una mala noticia: "Tu primo no sale, te ha tocado otra vez el bombo" y Juan Miguel Cortina relevó al 'Lobo' en la función de voz segunda. Una vez más decidí no salir en la comparsa, aunque de vez en cuando viajaba con ellos después del concurso y actuaba, ¡qué digo actuaba!, yo era el comodín, cuando no podía ir el Carli yo tocaba el bombo, cuando faltaba un guitarra yo lo suplía, cuando enfermaba un segunda yo iba en su lugar… menos la caja, siempre que me llamaban, ahí estaba el tío.
'Sonri-sillas' también dejó en la memoria un momento terrible. Hacía tiempo que había intimado con dos amigos que eran y siguen siendo para mí mucho más que eso, Cristóbal, componente de 'España la nueva' y 'Los soldaditos' y Paco Delfort, ese año voz segunda de la comparsa de Antonio Martín. Cuando acabó el Carnaval de 1990 Cristóbal cayó gravemente enfermo, tanto que una noche el médico habló con la familia y los más allegados y nos preparó para lo peor. "Las próximas cuarenta y ocho horas serán cruciales para su vida", dijo el de la bata blanca y de una manera u otra Paco, José Luis y yo no nos separamos de él, ¿te acuerdas de esas noches, Paco? Cristóbal ganó la primera batalla pero la guerra era muy muy larga y las expectativas, francamente, no presagiaban nada bueno. El coraje y las ganas de vivir lo resucitaron y pisó las tablas del Falla casi sano vestido de 'Ida y vuelta'. Hoy día sigue haciéndolo en su 'Mercado de las maravillas'. Qué mala experiencia o qué buena, según se mire.
Cuando ya nos habíamos acostumbrado a pasar las tardes noches con los invisibles de la calle Zaragoza nos anunciaron que comenzaban de inmediato las obras de rehabilitación del edificio. Aquello acabó con la tranquilidad de los tres años anteriores. Por cierto, compartíamos local con una orquesta que ensayaba en el patio, éramos unos okupas musicales en toda regla. Así que nos fuimos a un local pequeño pero cómodo en Puerto Chico. José Luis pensó que las típicas lámparas de papel de las habitaciones de los niños pequeños nos podrían servir para tapar nuestra cabezas dibujando en ellas la figura de una calabaza. Lo probamos. Quedaba formidable pero había un problema: no escuchábamos bien, así que reciclamos las cabezas pintadas de calabazas y las pusimos en la parte superior de los maderos. Paco Leal aprovechó el dibujo que hicimos en las lámparas y lo maquilló en los rostros de los componentes. La comparsa rebosaba colorido y alegría. La chaqueta del espantapájaros era una sucesión de remiendos y remiendos y remiendos, cada uno de un matiz. Por supuesto, clavamos el efecto bailarín de la pierna falsa que también hicimos nosotros y disfrazamos una como el soporte del madero, tal y como vi aquella tarde en la televisión.
Nuestra primera actuación fue extrañísima por culpa de los últimos retoques que nunca terminaban. Muchos miembros del grupo estuvieron más pendientes de que todo estuviera en su sitio y que nada se cayera que a la actuación en sí; aquellos espantapájaros perdieron kilos ese día, me consta. Pero lo más maravilloso de todo es que cantábamos otra vez en el Falla, en nuestra casa y además fuimos la primera comparsa adulta que pisaba el teatro una vez rehabilitado, era todo un honor. Una foto inmortalizó el momento en que Carlos Díaz, alcalde de Cádiz por aquel entonces, conversaba con nosotros en un camerino del Gran Teatro Falla. Lástima que esa y otras fotos se las quedara y las vendiera sin escrúpulo alguno uno que años más tarde fuera componente de algunas de mis comparsas. Ese fue el año que Antonio Martín puso en escena esa barbaridad de comparsa titulada 'Encajebolillos'. Lo difícil no era intentar ganarle, que más bien parecía imposible; lo difícil fue batallar con la mala experiencia del primer día e ir ganando puestos conforme fue avanzando el concurso hasta llegar a la gran final y conseguir el segundo premio, que nos supo a primero. Aquellos hombres de paja dibujaron en el madero otro primer premio en el concurso de El Puerto de Santa María y ya advertían de su peligro en la capital. Qué lastima, no tengo ni una foto de aquel año. A veces pasa que uno le da la mano a quien cree que es un amigo y éste se lleva el brazo y las tres piernas, incluida la falsa.
Adiós, niño coplero
"Calle de la mar" fue la última comparsa de Martínez Ares que ha cantado en el Falla
MUCHOS de los míos duermen el sueño eterno bajo las aguas de Cádiz y eso fue precisamente lo que hice con mi comparsa, llevarla hasta el mar para que allí se quedara por los siglos de los siglos. 'Calle de la mar' llegó al gran teatro Falla de puro milagro, porque yo no estaba psicológicamente preparado para terminarla en óptimas condiciones, aún así, para mí era la mejor de ese año, cariño de padre, supongo. Un famoso cómic de Hugo Pratt, Corto Maltés, sirvió de modelo para crear un marinero elegante pero desenfadado, distinguido pero chulesco, habitante de un barco incapaz de navegar y con el futuro incierto siempre mirando al mar. Se puede decir que los encargados de vestir a la agrupación se acercaron muchísimo al diseño del dibujante italiano, pero a mí me daba igual, yo en el fondo lo que quería era acabar cuanto antes y plantearme seriamente mi futuro, un futuro donde el carnaval no tenía lugar. Llegar al ensayo era para mí una prueba de fuego diaria porque en el ambiente olía a traición. Yo me hice una promesa: "Me queda poco para acabar la obra, así que a lo mío y punto".
Grabamos en el teatro de la ONCE, en Bahía Blanca, ante un público fiel y familiar un repertorio con letras cargadas de enjundia, un estribillo marinero cien por cien puro de oliva y un popurrí con unas alegrías que sólo podía cantar Javi Pájaro y un final apoteósico que tenía como gran protagonista la mar, sí, la mar, aquí el mar es femenino, eso es lo que hay. Algunos de los componentes hicieron cuplés para la comparsa y se cantaron en el Falla, entró ese año Lali como voz segunda supliéndome y la gran sorpresa, o tal vez una de los dos señales que me ratificaban que se acababa el show, Pepe Berenguer, el sastre que confeccionó el vestuario de mi primera comparsa, allá por 1984, volvía a encontrarse en mi camino para coser mi última viñeta gaditana. Dentro de poco se va a cumplir el primer aniversario de la boda de Pepe Berenguer con una pedazo de señora que se llama Manoli, que lo rescató de las cenizas, de lo que quedaba de Pepe en Vejer de la Frontera. Y fue en su boda donde le regalé el tipo de 'Requiebro', con sombrero calañé incluido, dentro de una enorme caja. Quién mejor que él, que lo parió, para cuidarlo.
Los disfraces que quedaban en mi casa, incluido el de 'Calle de la mar', también reposan en el mar, es una metáfora, lo que realmente quiero decir es que los tiré o los partí, pero creo que quedaba más romántico dicho de la otra manera ¿o no? Mi padre conserva unos cuantos porque sigue confiando que algún día tendremos un museo del Carnaval. Para qué le voy a quitar las ganas al pobre hombre si él es feliz así. Qué lástima de carnavales perdidos por falta de iniciativa política. De momento, sólo tenemos coplas para dejarles a nuestros hijos, ah, e internet, donde los grandes valientes se esconden para insultar a los demás.
Os acordáis de Jose Luis Perales cuando decía aquello de: "Una camisa, un pantalón vaquero y una canción, lalalá…", pues así empecé yo el mes de diciembre, con lo puesto, mis papeles y una guitarra, viviendo en un apartamento frontal al mar y terminando a duras penas un repertorio que se me atragantaba cada noche. Yo llegaba al local de ensayo y a veces me quedaba o me iba, eso no era normal en mí; yo que había vivido intensamente cada minuto de todos mis años de carnaval le daba la espalda y prefería quedarme en mi casa viendo la televisión o fumando sin parar contemplando puestas de sol y amaneceres. Igual que le ocurrió a Pepe Berenguer, en febrero conocí a mi actual mujer, a Fany, que me levantó del suelo y me ayudó a levantarme y a seguir luchando. En una ocasión me dijeron que uno se había enterado por un amigo que le había contado a través de un conocido… lo normal que ocurre aquí siempre, vamos, "que sí, que una madrileña que está con él tiene la culpa de que no salga más en carnaval, que le ha comío el coco y ahora quiere ser cantante". Pues no, craso error compañeros del metal, ella es gaditana, me apoya en todo lo que hago, ya sea carnaval o macramé y no es la culpable de que yo haya dicho adiós al mundo del tres por cuatro; de no haber sido por ella, posiblemente yo ni siquiera hoy estaría aquí, así que aclarado este punto espero que nunca más tenga que escuchar un comentario semejante que ponga en entredicho su papel como mi esposa que lo es desde el trece de julio del pasado año.
Llegó el día de la final. Esa noche estaba cantando con Pasión Vega en el Teatro Lope de Vega de Sevilla y horas más tarde Fany y yo nos pasamos por el colegio Carlos III, lugar escogido para maquillar al personal. Cantamos, mejor dicho, cantaron, y cuando me quise dar cuenta reparé en que la segunda señal estaba delante de mis narices: mi comparsa cerraba la gran final, éramos los últimos, sólo quedaba yo y se cerraría la puerta del teatro. Era el final de todo. Con un tercer premio bajo el brazo dije adiós a los integrantes de la comparsa y me fui con mi mujer para soñar con tiempos mejores. Aprovecho la ocasión para agradecerle a Isa Gallardo, mi hermanita chica, y a Pedro, su pasión por mis coplas y su apoyo en unos momentos de grandes debilidades.
Y esto es todo amigos, hay muchas cosas, muchas más que se me quedan en el tintero pero que nunca verán la luz. He contado lo que viví y me he callado lo que no le interesa a nadie saber de mi vida. Hoy me toca pregonar el Carnaval de Cádiz y una vez que acabe este niño coplero desaparecerá para siempre. He amado, he sufrido, he ganado, he perdido, he aprendido, he llorado, he resucitado y todo gracias al Carnaval. Bendito sea.
Posdata. Fue un tal Antonio quien mató a Martínez Ares.
chirigota
Los monstruos de pueblo
No hace ni 24 horas desde que esta chirigota actuó por última vez sobre las tablas. Ahora, los del Yuyu y Sánchez Reyes vuelven jugándose el primer premio. Ambientazo en el teatro para recibirles y estruendosa ovación tras su presentación. El Yuyu como en él es habitual se mete en el papel y se gana al público. Primer pasodoble ya oído para Ángel Cristo, "que sí le pones un traje colorao de purpurina parece el cojín de un puticlub". Vaya ingenio. El Yuyu bebe agua y la gente le dice aquello de IIIIIIINNNNN CAB.... "Amo a cantá un pajodoble típico de tranjilvania, que las momia salen en la comparsa de los vendas lerendas". Qué arte. Letra inédita, con unos puntos de envergadura, que relaciona a los miembros de la chirigota y los carnavales y la Semana Santa. Vamos con los cuplés, el primero al número del Jueves que sacaba en portada al príncipe y Letizia... "no zecuestre el jueve, zecuetra el lune y hacemo puente". Segundo a los 2.500 euros por niño, absolutamente antológico también.
Al anochecer, cuando llegaron a la frontera, Nena Daconte se dio cuenta de que el dedo con el anillo de bodas le seguía sangrando. El guardia civil con una manta de lana cruda sobre el tricornio de charol examinó los pasaportes a la luz de una linterna de carburo, haciendo un grande esfuerzo para que no lo derribara la presión del viento que soplaba de los Pirineos. Aunque eran dos pasaportes diplomáticos en regla, el guardia levantó la linterna para comprobar que los retratos se parecían a las caras.
Nena Daconte era casi una niña, con unos ojos de pájaro feliz y una piel de melaza que todavía irradiaba la resolana del Caribe en el lúgubre anochecer de enero, y estaba arropada hasta el cuello con un abrigo de nucas de visón que no podía comprarse con el sueldo de un año de toda la guarnición fronteriza. Billy Sánchez de Ávila, su marido, que conducía el coche, era un año menor que ella y casi tan bello y llevaba una chaqueta de cuadros escoceses y una gorra de pelotero. Al contrario de su esposa, era alto y atlético y tenía las mandíbulas de hierro de los matones tímidos. Pero lo que revelaba mejor la condición de ambos era el automóvil platinado, cuyo interior exhalaba un aliento de bestia viva, como no se había visto otro por aquella frontera de pobres. Los asientos posteriores iban atiborrados de maletas demasiado nuevas y muchas cajas de regalos todavía sin abrir. Ahí estaba, además el saxofón tenor que había sido la pasión dominante en la vida de Nena Daconte antes de que sucumbiera al amor contrariado de su tierno pandillero de balneario.
Cuando el guardia le devolvió los pasaportes sellados, Billy Sánchez le preguntó dónde podía encontrar una farmacia para hacerle una cura en el dedo a su mujer, y el guardia le gritó contra e1 viento que preguntaran en Indaya, del lado francés. Pero los guardias s de Hendaya estaban sentados a la mesa en mangas de camisa, jugando barajas mientras comían pan mojado en tazones de vino dentro de una garita de cristal cálida y bien alumbrada, y les bastó con ver el tamaño y la clase del coche para indicarles por señas que se internaran en Francia. Billy Sánchez hizo sonar varias veces la vocina, pero los guardias no entendieron que los llamaban, sino que uno de ellos abrió el cristal y les gritó con más rabia que el viento: Merde! Allez-,. es pece de con!
Entonces Nena Daconte salió del automóvil envuelta con el abrigo hasta las orejas, y le preguntó al guardia en un francés perfecto dónde había una farmacia. El guardia contestó por costumbre con la boca llena de pan que eso no era asunto suyo. Y menos con semejante borrasca, y cerró la ventanilla. Pero luego se fijó con atención en la muchacha que se chupaba el dedo herido envuelta en el destello de los visones naturales, y debió confundirla con una aparición mágica en aquella noche de espantos, porque al instante cambió de humor. Explicó que la ciudad más cercana era Biarritz, pero que en pleno invierno y con aquel viento de -lobos, tal vez no hubiera una farmacia abierta hasta Bayona, un poco más adelante.
-¿Es algo grave? -preguntó.
-Nada -sonrió Nena Daconte, mostrándole el dedo con la sortija de diamantes en cuya yema era apenas perceptible la herida de la rosa-. Es sólo un pinchazo.
Antes de Bayona volvió a nevar. No eran más de las siete, pero encontraron las calles desiertas y las casas cerradas por la furia de la borrasca, y al cabo de muchas vueltas sin encontrar una farmacia decidieron seguir adelante. Billy Sánchez se alegró con la decisión. Tenía una pasión insaciable por los automóviles raros y un papá con demasiados sentimientos de culpa y recursos de sobra para complacerlo, y nunca había conducido nada igual a aquel Bentley convertible de regalo de bodas. Era tanta su embriaguez en el volante, que cuanto más andaba menos cansado se sentía. Estaba dispuesto a llegar esa noche a Burdeos, donde tenían reservada la suite nupcial del hotel Splendid, y no habría vientos contrarios ni bastante nieve en el cielo para impedirlo. Nena Daconte, en cambio, estaba agotada, sobre todo por el último tramo de la carretera desde Madrid, que era una cornisa de cabras azotada por el granizo. Así que después de Bayona se enrolló un pañuelo en el anular apretándolo bien para detener la sangre que seguía fluyendo, y se durmió a fondo. Billy Sánchez no lo advirtió sino al borde de la media noche, después de que acabó de nevar y el viento se paró de pronto entre los pinos, y el cielo de las landas se llenó de estrellas glaciales. Había pasado frente a las luces dormidas de Burdeos, pero sólo se detuvo para llenar el tanque en una estación de la carretera pues aún le quedaban ánimos para llegar hasta París sin tomar aliento. Era tan feliz con su juguete grande de 25.000 libras esterlinas, que ni siquiera se preguntó si lo sería también la criatura radiante que dormía a su lado con la venda del anular empapada de sangre, y cuyo sueño de adolescente, por primera vez, estaba atravesado por ráfagas de incertidumbre. Se habían casado tres días antes, a 10.000 kilómetros de allí, en Cartagena de Indias, con el asombro de los padres de él y la desilusión de los de ella, y la bendición personal del Arzobispo Primado. Nadie, salvo ellos mismos, entendía el fundamento real ni conoció el origen de ese amor imprevisible. Había empezado tres meses antes de la boda, un domingo de mar en que la pandilla de Billy Sánchez se tomó por asalto los vestidores de mujeres de los balnearios de Marbella. Nena Daconte había cumplido apenas dieciocho años, acababa de regresar del internado de la Chattelainie, en Stblaise, Suiza, hablando cuatro idiomas sin acento y con un dominio maestro del saxofón tenor, y aquel era su primer domingo de mar desde el regreso. Se había desnudado por completo para ponerse el traje de baño cuando empezó la estampida de pánico y los gritos de abordaje en las casetas vecinas, pero no entendió lo que ocurría hasta que la aldaba de su puerta saltó en astillas y vio parado frente a ella al bandolero más hermoso que se podía concebir. lo único que llevaba puesto era un calzoncillo lineal de falsa piel de leopardo, y tenía el cuerpo apacible y elástico y el color dorado de la gente de mar. En el puño derecho, donde tenía una esclava metálica de gladiador romano, llevaba enrollada una cadena de hierro que le servía de arma mortal, y tenía colgada del cuello una medalla sin santo que palpitaba en silencio con el susto del corazón. Habían estado juntos en la escuela primaria y habían roto muchas piñatas en las fiestas de cumpleaños, pues ambos pertenecían a la estirpe provinciana que manejaba a su arbitrio el destino de la ciudad desde los tiempos de la Colonia, pero habían dejado de verse tantos años que no se reconocieron a primera vista. Nena Daconte permaneció de pie, inmóvil, sin hacer nada por ocultar su desnudez intensa. Billy Sánchez cumplió entonces con su rito pueril: se bajó el calzoncillo de leopardo y le mostró su respetable animal erguido. Ella lo miró de frente y sin asombro.
-Los he visto más grandes y más firmes- dijo, dominando el terror, de modo que piensa bien lo que vas a hacer, porque conmigo te tienes que comportar mejor que un negro.
En realidad, Nena Daconte no sólo era virgen sino que nunca hasta entonces había visto un hombre desnudo, pero el desafío le resultó eficaz único que se le ocurrió a Billy Sánchez fue tirar un puñetazo de rabia contra la pared con la cadena enrollada en la mano, y se astilló los huesos. Ella lo llevó en su coche al hospital, lo ayudó a sobrellevar la convalescencia, y al final aprendieron juntos a hacer el amor de la buena manera. Pasaron las tardes difíciles de junio en la terraza interior de la casa donde habían muerto seis generaciones de próceres en la familia de Nena Daconte, ella tocando canciones de moda en el saxofón, y él con la mano escayolada cuntemplándola desde el chinchorro con un estupor sin alivio. La casa tenía numerosas ventanas de cuerpo entero que daban al estanque de podredumbre de la bahía, y era una de las más grandes y antiguas del barrio de la Manga, y sin duda la más fea. Pero la terraza de baldosas ajedrezadas donde Nena Daconte tocaba el saxofón era un remanso en el calor de las cuatro, y daba a un patio de sombras grandes con palos de mango y matas de guineo, bajo los cuales había una tumba con una losa sin nombre, anterior a la casa y a la memoria de la familia. Aun los menos entendidos en música pensaban que el sonido del saxofón) era anacrónico en una casa de tanta alcurnia. “Suena como un buque había dicho la abuela de Nena Daconte cuando lo oyó por primera vez. Su madre había tratado en vano de que lo tocara de otro modo, y no como ella lo hacia por comodidad, con la falda recogida hasta los muslos y las rodillas separadas, y con una sensualidad que no le parecía esencial para la música “No me importa qué instrumento toques –le decía- con tal de que lo toques con las piernas cerradas”. Pero fueron esos ares de adioses de buques y ese encarnizamiento de amor los que le permitieron a Nena Daconte romper la cáscara amarga de Billy Sánchez. Debajo de la triste reputación de bruto que él tenía muy bien sustentada por la confluencia de des apellidos ilustres, ella descubrió un huérfano asustado y tierno. Llegaron a conocerse tanto mientras se le soldaban los huesos de la mano, que él mismo se asombró de la fluidez con que ocurrió el amor cuando ella lo llevó a su cama de doncella una tarde de lluvias en que se quedaron solos en la casa. Todos los días a esa hora, durante casi dos semanas, retozaron desnudos bajo la mirada atónita de los retratos de guerreros civiles y abuelas insaciables que los habían precedido en el paraíso de aquella cama histórica. Aun en las pausas del amor permanecían desnudos con las ventanas abiertas respirando la brisa de escombros de barcos de la bahía, su olor a mierda, oyendo en el silencio del saxofón los ruidos cotidianos del patio, la nota única del sapo bajo las matas de guineo, la gota de agua en la tumba de nadie, los pasos naturales de la vida que antes no hablan tenido tiempo de conocer.
Cuando los padres de Nena Daconte regresaron a la casa, ellos habían progresado tanto en el amor que ya no les alcanzaba el mundo para otra cosa, y lo hacían a cualquier hora y en cualquier parte, tratando de inventarlo otra vez cada vez que 1o hacían. Al principio lo hicieron como mejor podían en los carros deportivos con que el papá de Billy trataba de apaciguar sus propias culpas. Después, cuando los coches se les volvieron demasiado fáciles, se metían por la noche en las casetas desiertas de Marbella donde el destino los había enfrentado por primera vez, y hasta se metieron disfrazados durante el carnaval de noviembre en los cuartos de alquiler del antiguo barrio de esclavos de Getsemaní, al amparo de las mamasantas que hasta hacía pocos meses tenían que padecer a Billy Sánchez con su pandilla de cadeneros. Nena Daconte se entregó a los amores furtivos con la misma devoción frenética que antes malgastaba en el saxofón, hasta el punto de que su bandolero domesticado terminó por entender lo que ella quiso decirle cuando le dijo que tenía que comportarse como un negro. Billy Sánchez le correspondió siempre y bien, y con el mismo alborozo. Ya casados, cumplieron con el deber de amarse mientras las azafatas dormían en mitad del Atlántico, encerrados a duras penas y más muertos de risa que de placer en el retrete del avión. Sólo ellos sabían entonces, 24 horas después de la boda, que Nena Daconte estaba encinta desde hacía dos meses.
De modo que cuando llegaron a Madrid se sentían muy lejos de ser dos amantes saciados, pero tenían bastantes reservas para comportarse como recién casados puros. Los padres de ambos lo habían previsto todo. Antes del desembarco, un funcionario de protocolo subió a la cabina de primera clase para llevarle a Nena Daconte el abrigo de visón blanco con franjas de un negro luminoso, que era el regalo de bodas de sus padres. A Billy Sánchez le llevó una chaqueta de cordero que era la novedad de aquel invierno, y las llaves sin marca de un coche de sorpresa que le esperaba en el aeropuerto.
La misión diplomática de su país los recibió en el salón oficial. El embajador y su esposa no sólo eran amigos desde siempre de la familia de ambos, sino que él era el médico que había asistido al nacimiento de Nena Daconte, y la esperó con un ramo de rosas tan radiantes y frescas, que hasta las gotas de rocío parecían artificiales. Ella los saludó a ambos con besos de burla, incómoda con su condición un poco prematura de recién casada, y luego recibió las rosas. Al cogerlas se pinchó el dedo con una espina del tallo, pero sorteó el percance con un recurso encantador.
-Lo hice adrede -dijo- para que se fijaran en mi anillo.
En efecto, la misión diplomática en pleno admiró el esplendor del anillo, calculando que debía costar una fortuna no tanto por la clase de los diamantes como por su antigüedad bien conservada. Pero nadie advirtió que el dedo empezaba a sangrar. La atención de todos derivó después hacia el coche nuevo. El embajador había tenido el buen humor de llevarlo al aeropuerto, y de hacerlo envolver en papel celofán con un enorme lazo dorado. Billy Sánchez no apreció su ingenio. Estaba tan ansioso por ~ el coche, que desgarró la envoltura de un tirón y se quedó sin aliento. Era el Bentley convertible de ese año con tapicería de cuero legítimo. El cielo parecía un manto de ceniza, el Guadarrama mandaba un viento cortante y helado, y no se estaba bien a la intemperie, pero Billy Sánchez no tenía todavía la noción del frío. Mantuvo a la misión diplomática en el estacionamiento sin techo, inconsciente de que se estaban congelando por cortesía, hasta que terminó de reconocer el coche en sus detalles recónditos. Luego el embajador se sentó a su lado para guiarlo hasta la residencia oficial donde estaba previsto un almuerzo. En el trayecto le fue indicando los lugares más conocidos de la ciudad, pero él sólo parecía atento a la magia del coche.
Era la primera vez que salía de su tierra. Había pasado por todos los colegios privados y públicos, repitiendo siempre el mismo curso, hasta que se quedó flotando en un limbo de desamor. La primera visión de una ciudad distinta de la suya, los bloques de casas cenicientas con las luces encendidas a pleno día, los árboles pelados, el mar distante, todo le iba aumentando un sentimiento de desamparo que se esforzaba por mantener al margen del corazón. Sin embargo, poco después cayó sin darse cuenta en la primera trampa del olvido. Se habla precipitado una tormenta instantánea y silenciosa, la primera de la estación, y cuando salieron de la casa del embajador después del almuerzo para emprender el viaje hacia Francia, encontraron la ciudad cubierta de una nieve radiante. Billy Sánchez se olvidó entonces del coche, y en presencia de todos, dando gritos de júbilo y echándose puñados de polvo de nieve en la cabeza se revolcó en mitad de la calle con el abrigo puesto.
Nena Daconte se dio cuenta por primera vez de que el dedo estaba sangrando, cuando abandonaron a Madrid en una tarde que se había vuelto diáfana después de la tormenta. Se sorprendió, porque había acompañado con el saxofón a la esposa del embajador, a quien le gustaba cantar arias de ópera en italiano después de los almuerzos oficiales, y apenas si notó la molestia en el anular. Después, mientras le iba indicando a su marido las rutas más cortas hacia la frontera, se chupaba el dedo de un modo inconsciente cada vez que le sangraba, y sólo cuando llegaron a los Pirineos se le ocurrió buscar una farmacia. Luego sucumbió a los sueños atrasados de los últimos días, y cuando despertó de pronto con la impresión de pesadilla de que el coche andaba por el agua, no se acordó más durante un largo rato del pañuelo amarrado en el dedo. Vio en el reloj luminoso del tablero que eran más de las tres, hizo sus cálculos mentales, y sólo entonces comprendió que habían seguido de largo por Burdeos, y también por Angulema y Poitiers y estaban pasando por el dique de Loira inundado por la creciente. El fulgor de la luna se filtraba a través de la neblina, y las siluetas de los castillos entre los pinos parecían de cuentos de fantasmas. Nena Daconte, que conocía la región de memoria, calculó que estaban ya a unas tres horas de París, y Billy Sánchez continuaba impávido en el volante.
-Eres un salvaje -le dijo-. Llevas más de once horas manejando sin comer nada.
Estaba todavía sostenido en vilo por la embriaguez del coche nuevo. A pesar de que en el avión había dormido poco y mal, se sentía despabilado y con fuerzas de sobra para llegar a París al amanecer.
-Todavía me dura el almuerzo de la embajada -dijo-. Y agregó sin ninguna lógica: Al fin y al cabo, en Cartagena están saliendo apenas del cine. Deben ser como las diez.
Con todo Nena Daconte temía que él se durmiera conduciendo. Abrió una caja de entre los tantos regalos que les habían hecho en -Madrid, y trató de meterle en la boca un pedazo de naranja azucarada. Pero él la esquivó.
-Los machos no comen dulces -dijo.
Poco antes de Orleáns se desvaneció la bruma, y una luna muy grande iluminó las sementeras nevadas, pero el tráfico se hizo más difícil por la confluencia de los enormes camiones de legumbres y cisternas de vinos que se dirigían a París. Nena Daconte hubiera querido ayudar a su marido en el volante, pero ni siquiera se atrevió a insinuarlo, porque é le había advertido desde la primera vez en que salieron juntos que no hay humillación más grande para un hombre que dejarse conducir por su mujer. Se sentía lúcida después de casi cinco horas de buen sueño, y estaba además contenta de no haber parado en un hotel de la provincia de Francia, que conocía desde muy niña en numerosos viajes con sus padres. "No hay paisajes más bellos en el mundo", decía, "pero uno puede morirse de sed sin encontrar a nadie que le dé gratis un vaso de agua." Tan convencida estaba, que a última hora había metido un jabón y un rollo de papel higiénico en el maletín de mano, porque en los hoteles de Francia nunca había jabón, y el papel de los retretes eran los periódicos de la semana anterior cortados en cuadritos y colgados de un gancho. Lo único que lamentaba en aquel momento era haber desperdiciado una noche entera sin amor. La réplica de su marido fue inmediata.
-Ahora mismo estaba pensando que debe ser del carajo tirar en la nieve -dijo-. Aquí mismo, si quieres.
Nena Daconte lo pensó en serio. Al borde de la carretera, la nieve bajo la luna tenía un aspecto mullido y cálido, pero a medida que se acercaban a los suburbios de París el tráfico era más intenso, y había núcleos de fábricas iluminadas y numerosos obreros en bicicleta. De no haber sido invierno, estarían ya en pleno día.
-Ya será mejor esperar hasta París –dijo Nena Daconte. Nena Daconte.
- Bien calienticos y en una cama con sábanas limpias, como la gente casada.
-Es la primera vez que me fallas -dijo él.
-Claro -replicó ella-. Es la primera vez que somos casados. Poco antes de amanecer se lavaron la cara y orinaron en una fonda del camino, y tomaron café con croissants calientes en el mostrador donde los camioneros desayunaban con vino tinto.
Nena Daconte se había dado cuenta en el baño de que tenía manchas de sangre en la blusa y la falda, pero no intentó lavarlas. Tiró en la basura el pañuelo empapado, se cambió el anillo matrimonial para la mano izquierda y se lavó bien el dedo herido con agua y jabón El pinchazo era casi invisible. Sin embargo, tan pronto como regresaron al coche volvió a sangrar, de modo que Nena Daconte dejó el brazo colgando fuera de la ventana, convencida de que el aire glacial de las sementeras tenia virtudes de cauterio. Fue otro recurso vano pero todavía no se alarmó. “Si alguien nos quiere encontrar será muy fácil", dijo con su encanto natural. "sólo tendrá que seguir el rastro de mi sangre en la nieve." Luego pensó mejor en lo que había dicho y su rostro floreció en las primeras luces del amanecer.
-Imagínate -dijo: -un rastro de sangre en la nieve desde Madrid hasta París. ¿No te parece bello para una canción?
No tuvo tiempo de volverlo a pensar. En los suburbios de París el dedo era un manantial incontenible, y ella- sintió de veras- que se le estaba yendo el alma por la herida. Había tratado de segar el flujo con el rollo de papel higiénico que llevaba en el maletín, pero más tardaba en vendarse el dedo que en arrojar por la ventana las tiras del papel ensangrentado. La ropa que llevaba puesta, el abrigo, los asientos del coche, se iban empapando poco a poco de un modo irreparable. Billy Sánchez se asustó en serio e insistió en buscar una farmacia, pero ella sabía entonces que aquello no era asunto de boticarios.
-Estamos casi en la Puerta de Orleáns -dijo. -Sigue de por la avenida del general Leclerc, que es
la más ancha y con muchos árboles, y después yo te voy diciendo lo que haces.
Fue el trayecto más arduo de todo el viaje. La avenida del general Leclerc era un nudo infernal de automóviles pequeños y bicicletas, embotellados en ambos sentidos, y de los camiones enormes que trataban de llegar a los mercados centrales. Billy Sánchez se puso tan nervioso con el estruendo inútil de las bocinas, que se insultó a gritos en lengua de cadeneros con varios conductores y hasta trató de bajarse del coche para pelearse con uno, pero Nena Daconte logró convencerlo de que los franceses eran la gente más grosera del mundo, pero no se golpeaban nunca. Fue una prueba más de su buen juicio, porque en aquel momento Nena Daconte estaba haciendo esfuerzos para no perder la conciencia.
Sólo para salir de la glorieta del León de Belfort necesitaron más de una hora. Los cafés y almacenes estaban iluminados como si fuera la media noche, pues era un martes típico de los eneros de París, encapotados y sucios y con una llovizna tenaz que no alcanzaba a concretarse en nieve. Pero la avenida Denfer-Rochereau estaba más despejada, y al cabo de unas pocas cuadras -Nena Daconte le indicó a su marido que doblara a la derecha, y estacionó frente a la entrada de emergencia de un hospital enorme y sombrío.
Necesitó ayuda para salir del coche, pero no perdió la serenidad ni la lucidez. Mientras llegaba el médico de turno, acostada en la camilla rodante, contestó a la enfermera el cuestionario de rutina sobre su identidad y sus antecedentes de salud. Billy Sánchez le llevó el bolso y le apretó la mano izquierda donde entonces llevaba el anillo de bodas, y la sintió lánguida y fría, y sus labios habían perdido el color. Permaneció a su lado, con la mano en la suya, hasta que llegó el médico de turno y le hizo un examen rápido al anular herido. Era un hombre muy joven, con la piel del color del cobre antiguo y la cabeza pelada. Nena Daconte no le prestó atención sino que dirigió a su mirada una sonrisa lívida.
-No te asustes- le dijo, con su humor invencible. -Lo único que puede suceder es que este caníbal me corte la mano para comérsela.
El médico concluyó el examen, y entonces los sorprendió con un castellano muy correcto aunque con raro acento asiático.
--No, muchachos- dijo. -Este caníbal prefiere morirse de hambre antes que cortar una mano tan bella.
Ellos se ofuscaron pero el médico los tranquilizó con un gesto amable. Luego ordenó que se llevaran la camilla, y Billy Sánchez quiso seguir con ella cogido de la mano de su mujer. El médico lo detuvo por el brazo.
-Usted no- le dijo. -Va para cuidados intensivos-. Nena Daconte le volvió a sonreír al esposo, y le siguió diciendo adiós con la mano hasta que la camilla se perdió en el fondo del corredor. El médico se retrasó estudiando los datos que la enfermera había escrito en una tablilla. Billy Sánchez lo llamó.
-Doctor- le dijo. -Ella está encinta.
-¿Cuánto tiempo?
-Dos meses.
E1l médico no le dio la importancia que Billy Sánchez esperaba. "Hizo bien en decírmelo," dijo, y se fue detrás de la camilla. Billy Sánchez se quedó parado en la sala lúgubre olorosa a sudores de enfermos, se quedó sin saber qué hacer mirando el corredor vacío por donde se habían llevado a Nena Daconte, y luego se sentó en el escaño de madera donde había otras personas esperando. No supo cuánto tiempo estuvo ahí, pero cuando decidió salir del hospital era otra vez de noche y continuaba la llovizna, y él seguía sin saber ni siquiera qué hacer consigo mismo, abrumado por el peso del mundo.
Nena Daconte ingresó a las 9:30 del martes 7 de enero, según lo pude comprobar años después en los archivos del hospital. Aquella primera noche, Billy Sánchez durmió en el coche estacionado frente a la puerta de urgencias y muy temprano al día siguiente se comió seis huevos cocidos y dos tazas de café con leche en la cafetería que encontró más cerca, pues no había hecho una comida completa desde Madrid. Después volvió a la sala de urgencias para ver a Nena Daconte pero le hicieron entender que debía dirigirse a la entrada principal. Allí Consiguieron por fin un asturiano del servicio que lo ayudó a entenderse con el portero, y éste comprobó que en efecto Nena Daconte estaba registrada en el hospital, pero que sólo se permitían visitas los martes de nueve a cuatro. Es decir, seis días después. Trató de ver al médico que hablaba castellano, a quien describió como un negro con la cabeza pelada, pero nadie le dio razón con dos detalles tan simples.
Tranquilizado con la noticia de que Nena Daconte estaba en el registro, volvió al lugar donde había dejado el coche, y un agente de tránsito lo obligó a estacionar dos cuadras más adelante, en una calle muy estrecha y del lado de los números impares. En la acera de enfrente habla un edificio restaurado con un letrero: Hotel Nicole. Tenía una sola estrella, y una sala de recibo muy pequeña donde no habla más que un sofá y un viejo piano vertical, pero el propietario de voz aflautada podía entenderse con los dientes en cualquier idioma a condición de que tuvieran con qué pagar. Billy Sánchez se instaló con once maletas y nueve cajas de regalos en el único cuarto libre, que era una mansarda triangular en el noveno piso, a donde se llegaba sin aliento por una escalera en espiral que olla a espuma de coliflores hervidas. Las paredes estaban forradas de colgaduras tristes y por la única ventana no cabía nada más que la claridad turbia del patio interior. Había una cama para dos, un ropero grande, una silla simple, un bidé portátil y un aguamanil con su platón y su jarra, de modo que la única manera de estar dentro del cuarto era acostado en la cama. Todo era peor que viejo, desventurado, pero también muy limpio, y con un rastro saludable de medicina reciente.
A Billy Sánchez no le habría alcanzado la vida para descifrar los enigmas de ese mundo fundado en el talento de la cicatería. Nunca entendió el misterio de la luz de la escalera que se apagaba antes de que él llegara a su piso, ni descubrió la manera de volver a encendería. Necesitó media mañana para aprender que con el rellano de cada piso habla un cuartito con un excusado de cadena, y ya había decidido usarlo en las tinieblas cuando descubrió por casualidad que la luz se encendía al pasar el cerrojo por dentro, para que nadie la dejara encendida por olvido. La ducha, que estaba en el extremo del corredor y que él se empellaba en usar des veces al día como en su tierra, se pagaba aparte y de contado, y el agua caliente, controlada desde la administración, se acabababa a los tres minutos. Sin embargo, Billy Sánchez tuvo bastante claridad de juicio para comprender que aquel orden tan distinto del suyo era de todos modos mejor que la intemperie de enero, se sentía además tan ofuscado y solo que no podía entender como pudo vivir alguna vez sin el amparo de Nena Daconte. Tan pronto como subió al cuarto, la mañana del miércoles, se tiró bocabajo en la cama con el abrigo puesto pensando en la criatura de prodigio que continuaba desangrándose en la acerca de enfrente, y muy pronto sucumbió en un sueño tan natural que cuando despertó eran las cinco en el reloj, pero no pudo deducir si eran las cinco de la tarde o del amanecer, ni de qué día de la semana ni en qué ciudad de vidrios azotados por el viento y la lluvia. Esperó despierto en la cama, siempre pensando en Nena Daconte, hasta que pudo comprobar que en realidad amanecía. Entonces fue a desayunar a la misma cafetería del día anterior, y allí pudo establecer que era jueves. Las luces del hospital estaban encendidas y había dejado de llover, de modo que permaneció recostado en el tronco de un castaño frente a la entrada principal, por donde entraban y salían médicos y enfermeras de batas blancas, con la esperanza de encontrar al médico asiático que había recibido a Nena Daconte. No lo vio, ni tampoco esa tarde después del almuerzo, cuando tuvo que desistir de la espera porque se estaba congelando. A las siete se tomó otro café con leche y se comió dos huevos duros que él mismo cogió en el aparador después de 48 horas de estar comiendo la misma cosa en el mismo lugar. Cuando volvió al hotel para acostarse, encontró su coche solo en una acera y todos los demás en la acera de enfrente, y tenía puesta la noticia de una multa en el parabrisas. Al portero del Hotel Nicole le costó trabajo explicarle que en los días impares del mes se podía estacionar en la acera de números impares, y al día siguiente en la acera contraria. Tantas artimañas racionalistas resultaban incomprensibles para un Sánchez de Avila de los más acendrados que apenas dos anos antes se había metido en un cine de barrio con el automóvil oficial del alcalde mayor, y habla causado estragos de muerte ante los policías impávidos. Entendió menos todavía cuando el portero del hotel le aconsejó que pagara la multa, pero que no cambiara el coche de lugar a esa hora, porque tendría que cambiarlo otra vez a las doce de la noche. Aquella madrugada, por primera vez, no pensó sólo en Nena Daconte, sino que daba vueltas en la cama sin poder dormir, pensando en sus propias noches de pesadumbre en las cantinas de maricas del mercado público de Cartagena del Caribe. Se acordaba del sabor del pescado frito y el arroz de coco en las fondas del muelle donde atracaban las goletas de Aruba. Se acordó de su casa con las paredes cubiertas de trinitarias, donde serían apenas las siete de la noche de ayer, y vio a su padre con una piyama de seda leyendo el periódico en el fresco de la terraza. Se acordó de su madre, de quien nunca se sabía dónde estaba a ninguna una hora, su madre apetitosa y lenguaraz, con un traje de domingo y una rosa en la oreja desde el atardecer, ahogándose de calor por el estorbo de sus tetas espléndidas. Una tarde, cuando él tenía siete años, había entrado de pronto en el cuarto de ella y la había sorprendido desnuda en la cama con uno de sus amantes casuales. Aquel percance del que nunca había hablado, estableció entre ellos una relación de complicidad que era más útil que el amor. Sin embargo, él no fue consciente de eso, ni de tantas cosas terribles de su soledad de hijo único, hasta esa noche en que se encontró dando vueltas en la cama de una mansarda triste de París, sin nadie a quién contarle su infortunio, y con una rabia feroz contra sí mismo porque no podía soportar las ganas de llorar.
Fue un insomnio provechoso. El viernes se levantó estropeado por la mala noche, pero resuelto a definir su vida. Se decidió por fin a violar la cerradura de su maleta para cambiarse de ropa pues las llaves de todas estaban en el bolso de Nena Daconte, con la mayor parte del dinero y la libreta de teléfonos donde tal vez hubiera encontrado el número de algún conocido de París. En la cafetería de siempre se dio cuenta de que había aprendido a saludar en francés y a pedir sánduiches de jamón y café con leche. También sabía que nunca le seria posible ordenar mantequilla ni huevos en -ninguna forma, porque nunca los aprendería a decir, pero la mantequilla la servían siempre con el pan, y los huevos duros estaban a la vista en el aparador y se cogían sin pedirlos. Además, al cabo de tres días, el personal de servicio se habla familiarizado con él, y lo ayudaban a explicarse. De modo que el viernes al almuerzo, mientras trataba de poner la cabeza en su puesto, ordenó un filete de ternera con papas fritas y una botella de vino. Entonces se sintió tan bien que pidió otra botella, la bebió hasta la mitad, y atravesó la calle con la resolución firme de meterse en el hospital por la fuerza. No sabia dónde encontrar a Nena Daconte, pero en su mente estaba fija la imagen providencial del médico asiático, y estaba seguro de encontrarlo. No entró por la puerta principal sino por la de urgencias, que le había parecido menos vigilada, pero no alcanzó a llegar más allá del corredor donde Nena Daconte le había dicho adiós con la mano. Un guardián con la bata salpicada de sangre le preguntó algo al pasar, y él no le prestó atención. El guardián lo siguió, repitiendo siempre la misma pregunta en francés, y por último lo agarró del brazo con tanta fuerza que lo detuvo en seco. Billy Sánchez trató de sacudírselo con un recurso de cadenero, y entonces el guardián se cagó en su madre en francés, le torció el brazo en la espalda con una llave maestra, y sin dejar de cagarse mil veces en su puta madre lo llevó casi en vilo hasta la puerta, rabiando de dolor, y lo tiró como un bulto de papas en la mitad de la calle.
Aquella tarde, dolorido por el escarmiento, Billy Sánchez empezó a ser adulto. Decidió, como lo hubiera hecho Nena Daconte, acudir a su embajador. El portero del hotel, que a pesar de su catadura huraña era muy servicial, y además muy paciente con los idiomas, encontró el número y la dirección de la embajada en el directorio telefónico, y se los anotó en una tarjeta.
Contestó una mujer muy amable, en cuya voz pausada y sin brillo reconoció Billy Sánchez de inmediato la dicción de los Andes. Empezó por anunciarse con su nombre completo, seguro de impresionar a la mujer con sus dos apellidos, pero la voz no se alteró en el teléfono. La oyó explicar la lección de memoria de que el señor embajador no estaba por el momento en su oficina, que no lo esperaban hasta el día siguiente, pero que de todos modos no podía recibirlo sino con cita previa y sólo para un caso especial. Billy Sánchez comprendió entonces que por ese camino tampoco llegaría hasta Nena Daconte, y agradeció la información con la misma amabilidad con que se la habían dado. Luego tomó un taxi y se fue a la embajada.
Estaba en el número 22 de la calle Elyseo, dentro de uno de los sectores más apacibles de París, pero lo único que le impresionó a Billy Sánchez, según él mismo me contó en Cartagena de Indias muchos años después, fue que el sol estaba tan claro como en el Caribe por la primera vez de su llegada, y que la Torre Eiffel sobresalía por encima de la ciudad en un cielo radiante. El funcionario que lo recibió en lugar del embajador parecía apenas restablecido de una enfermedad mortal, no sólo por el vestido de paño negro, el cuello opresivo y la corbata de luto, sino también por el sigilo de sus ademanes y la mansedumbre de la voz. Entendió la ansiedad de Billy Sánchez, pero le recordó sin perder la dulzura con que estaban en un país civilizado cuyas normas estrictas se fundamentaban en criterios muy antiguos y sabios, al contrario de las Américas bárbaras, donde bastaba con sobornar al portero para entrar en los hospitales. "No, mi querido joven," le dijo. No había más remedio que someterse al imperio de la razón, y esperar hasta el martes.
-Al fin y al cabo, ya no faltan sino cuatro días- concluyó.
-Mientras tanto, vaya al Louvre. Vale la pena.
Al salir Billy Sánchez se encontró sin saber qué hacer en la Plaza de la Concordia. Vio la Torre Eiffel por encima de los tejados, y le pareció tan cercana que trató de llegar hasta ella caminando por los muelles. Pero muy pronto se dio cuenta de que estaba más lejos de lo que parecía, y que además cambiaba de lugar a medida que la buscaba. Así que se puso a pensar en Nena Daconte sentado en un banco de la orilla del Sena. Vio pasar los remolcadores por debajo de los puentes, y no le parecieron barcos sino casas errantes con techos colorados y ventanas con tiestos de flores en el alféizar, y alambres con ropa puesta a secar en los planchones. Contempló durante un largo rato a un pescador inmóvil, con la caña inmóvil y el hilo inmóvil en la corriente, y se cansó de esperar a que algo se moviera, hasta que empezó a oscurecer y decidió tomar un taxi para regresar al hotel. Sólo entonces cayó en la cuenta de que ignoraba el nombre y la dirección y de que no tenía la menor idea del sector de París en donde estaba el hospital.
Ofuscado por el pánico, entró en el primer café que encontró, pidió un cogñac y trató de poner sus pensamientos en orden. Mientras pensaba se vio repetido muchas veces y desde ángulos distintos en los espejos numerosos de las paredes, y se encontró asustado y solitario, y por primera vez desde su nacimiento pensó en la realidad de la muerte. Pero con la segunda copa se sintió mejor, y tuvo la idea providencial de volver a la embajada. Buscó la tarjeta en el bolsillo para recordar el nombre de la calle, y descubrió que en el dorso estaba impreso el nombre y la dirección del hotel. Quedó tan mal impresionado con aquella experiencia, que durante el fin de semana no volvió a salir del cuarto sino para comer, y para cambiar el coche a la acera correspondiente. Durante tres días cayó sin pausas la misma llovizna sucia de la mañana en que llegaron. Billy Sánchez, que nunca habla leído un libro completo, hubiera querido tener uno para no aburrirse tirado en la cama, pero los únicos que encontró en las maletas de su esposa eran en idiomas distintos del castellano. Así que siguió esperando el martes, contemplando los pavorreales repetidos en el papel de las paredes y sin dejar de pensar un solo instante en Nena Daconte. El lunes puso un poco de orden en el cuarto, pensando en lo que diría ella silo encontraba en ese estado, y sólo entonces descubrió que el abrigo de visón estaba manchado de sangre seca. Pasó la tarde lavándolo con el jabón de olor que encontró en el maletín de mano, hasta que logró dejarlo otra vez como lo habían subido al avión en Madrid.
El martes amaneció turbio y helado, pero sin la llovizna, y Billy Sánchez se levantó desde las seis, y esperó en la puerta del hospital junto con una muchedumbre de parientes de enfermos cargados de paquetes de regalos y ramos de flores. Entró con el tropel, llevando en el brazo el abrigo de visón, sin preguntar nada y sin ninguna idea de dónde podía estar Nena Daconte, pero sostenido por la certidumbre de que había de encontrar al médico asiático. Pasó por un patio interior muy grande con flores y pájaros silvestres, a cuyos lados estaban los pabellones de los enfermos: las mujeres a la derecha y los hombres a la izquierda. Siguiendo a los visitantes, entró en el pabellón de mujeres. Vio una larga hilera de enfermas sentadas en las camas con el camisón de trapo del hospital, iluminadas por las luces grandes de las ventanas, y hasta pensó que todo aquello era más alegre de lo que se podía imaginar desde fuera. Llegó hasta el extremo del corredor, y luego lo recorrió de nuevo en sentido inverso, hasta convencerse de que ninguna de las enfermas era Nena Daconte. Luego recorrió otra vez la galería exterior mirando por la ventana de los pabellones masculinos, hasta que creyó reconocer al médico que buscaba.
Era él, en efecto. Estaba con otros médicos y varias enfermeras, examinando a un enfermo. Billy Sánchez entró en el pabellón, apartó a una de las enfermeras del grupo, y se paró frente al médico asiático, que estaba inclinado sobre el enfermo. Lo llamó. El médico levantó sus ojos desolados, pensó un instante, y entonces lo reconoció.
Pero dónde diablos se había metido usted! -dijo. Billy Sánchez se quedó perplejo.
En el hotel -dijo-. Aquí a la vuelta.
Entonces lo supo. Nena Daconte había muerto desangrada a las 7:10 de la noche del jueves 9 de enero, después de setenta horas de esfuerzos inútiles de los especialistas mejor calificados de Francia. Hasta el último instante había estado lúcida y serena, y dio instrucciones para que buscaran a su marido en el hotel Plaza Athenée, tenían una habitación reservada, y dio los datos para que se hicieran en contacto con sus padres. La embajada había sido informada el viernes por un cable urgente de su cancillería, cuando ya los padres de Nena Daconte volaban hacia París. El embajador en persona se encargó de los trámites de embalsamamiento y los funerales, y permaneció en contacto con la Prefectura de Policía de París para localizar a Billy Sánchez. Un llamado urgente con sus datos personales fue transmitido desde la noche del viernes hasta la tarde del domingo a través de la radio y la televisión, y durante esas 40 horas fue el hombre más buscado de Francia. Su retrato, encontrado en el bolso de Nena Daconte, estaba expuesto por todas partes. Tres Bentleys convertibles del mismo modelo habían sido localizados, pero ninguno era el suyo.
Los padres de Nena Daconte habían llegado el sábado al medio-día, y velaron el cadáver en la capilla del hospital esperando hasta última hora encontrar a Billy Sánchez. También los padres de éste habían sido informados, y estuvieron listos para volar a París, pero al final desistieron por una confusión de telegramas. Los funerales tuvieron lugar el domingo a las dos de la tarde, a sólo doscientos metros del sórdido cuarto del hotel donde Billy Sánchez agonizaba de soledad por el amor de Nena Daconte. El funcionario que lo había atendido en la embajada me dijo años más tarde que él mismo recibió el telegrama de su cancillería una hora después de que Billy Sánchez salió de su oficina, y que estuvo buscándolo por los bares sigilosos del Faubourg-St. Honoré. Me confesó que no le había puesto mucha atención cuando lo recibió, porque nunca se hubiera imaginado que aquel costeño aturdido con la novedad de París, y con un abrigo de cordero tan mal llevado, tuviera a su favor un origen tan ilustre. El mismo domingo por la noche, mientras él sospechaba las ganas de llorar de rabia, los padres de Nena Daconte desistieron de la búsqueda y se llevaron el cuerpo embalsamado dentro de un ataúd metálico, y quienes alcanzaron a verlo siguieron repitiendo durante muchos años que no habían visto nunca una mujer más hermosa, ni viva ni muerta. De modo que cuando Billy Sánchez, entró por fin al hospital, el martes por la mañana, ya se había consumado el entierro en el triste panteón de la Manga, a muy pocos metros de la casa donde ellos habían descifrado las primeras claves de la felicidad. El médico asiático que puso a Billy Sánchez al corriente de la tragedia quiso darle unas pastillas calmantes en la sala del hospital, pero él las rechazó. Se fue sin despedirse, sin nada qué agradecer, pensando que lo único que necesitaba con urgencia era encontrar a alguien a quien romperle la madre a cadenazos para desquitarse de su desgracia.
Cuando salió del hospital, ni siquiera se dio cuenta de que estaba cayendo del cielo una nieve sin rastros de sangre, cuyos copos tiernos y nítidos parecían plumitas de palomas, y que en las calles de París había un aire de fiesta, porque era la primera nevada grande en diez años.
Me apetecía más un braserillo. Hace frío con esta lluvia/niebla.
Por mucho que me esfuerzo no consigo inventarme ninguna frase celebre.
El último anonimo era yo.
En La Voz de Asturias (miren en Google) Gamoneda habla de Ángel González y de Almudena Grandes y de Joaquín Sabina también.
A la manera de Sarapo:
Hoy ha sido un día muy duro.
Así va a ser el Kindle. No me gusta.
Prefiero los huevos Kinder, que traen sorpresa
Alguien debería limitar el corta-pega en este blog: no hay quien siga los comentarios.
Desde Cádiz: El sitio que me recomendaron llamado El manteca o algo así: un asco. Gran cantidad de roña. Y es cierto que sirben todo en papel de estraza. Y que los camareros cortan el queso a mano descubierta también. Si los de aquí comen en sitios así, ahórrense recomendaciones.
El Faro fue lo mejor. Y mejor la tasca que el comedor grande lleno de ganaderos pijos.
El otro garito, El escalón, el sábado estaba cerrado y con cadenas en la puerta. Imagino que la autoridad competente en materia de higiene habría tomado cartas en el asunto.
Fue muy triste. Sin una mujer al lado y en esos antros de mierda.
¡¡Coño Sr. Jambrina "" esto no es La Ciudad de la Luz, pero hace falta un poco de sentido común.
Impida que alguien nos martirice con una tira de cuatrocientas estupideces sobre "Cai".
Abate Marchena.
Yo también protesto.
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