Me interesa el mito Marilyn. Y me interesa porque permite dar cuenta de lo que hacían los psiquiatras por aquellos años. Por aquel entonces la mayoría eran psicoanalistas. Llega el brillante artículo de Elsa Fernández Santos sobre el libro de poesías de la Monroe, un grito contra la soledad y el miedo. Y el montaje teatral de Krystian Lupa sobre las obsesiones de la actriz. El polaco Lupa acusa al psiquiatra Greemsom de haber inducido el suicidio de la actriz. Que es mucho decir. Pero sí que asusta comprobar la intensidad de algnos tratamientos psicoterapéuticos. Llegan a absorber al paciente y a todo su entorno. Cuenta Lupa que los Greensom metieron a la Monroe en su familia para poder controlar todos sus movimientos y que en una sesión de terapia el psiquiatra llegó a pegar a la actriz. Son bien sabidos los excesos del psicoanálisis. Pero no por sabidos son menos frecuentes. A menudo se me pone la carne de gallina cuando alguna gente me cuenta sus psicoterapias privadas. Intensivas psicoterapias que anegan cualquier intento de la víctima por salir a flote por sus propios medios. Estos días vemos la excelente serie A dos metros bajo tierra. y se puede comprobar que en California todo sigue como hace 50 años. Uno de los protagonistas es un enfermo maniacodepresivo. Ahorro contar las intervenciones dudosamente éticas que realizan su psiquiatra y familia.
Volviendo al mito Monroe. Su libro de poemas es un curioso tratado de psicopatalogía. Un digno intento por llegar a conocerse de una mujer con serias inestabilidades anímicas que prefirió dejar ciertas responsabilidades en manos ajenas antes que , como escribe Lupa, atreverse a ser feliz o infeliz sin el psicoanálisis. Atreverse a entrar en su propia tragedia y solucionar sus problemas de forma tal vez no ortodoxa pero sí auténtica. Ese sería el modelo a seguir para vivir mejor.
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Berlusconi. Su biografía es un elogio a la comedia italiana. Ni el mejor Monicelli podría haber puesto diálogos a esta conversación entre el presidente y la presunta Ruby. Esa que ahora dice que Don Silvio no la tocó ni un dedo y la escuchó como ninguno. Con razón escribe Rosa Belmonte que Don Silvio es el mejor psiquiatra. Estamos de acuerdo.
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En el día de hoy, Ch y P. estrenan casa. El Señor de Nieva ya puede controlar el tráfico de la ría. (Marta y María, APV,1883)




