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8 de junio de 2010

Humor gráfico

Escribe Villelard: "Estoy mal. Tengo la autoestima tan baja que estoy planteándome muy seriamente separarme de mí mismo".

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Leyendo el durísimo reportaje de ayer en El País sobre los Médicos de Familia. Hermosa lección para los que engrasaron Alma Ata de cuentos y lecheras. Han conseguido justo lo contrario de lo que querían. En sana democracia deberían irse. Tras pedir disculpas, claro.

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No hay nadie que no haya sentido lo que se siente...

29 de mayo de 2010

2036 Omena-g

El Joglars cumplen 50 años. Celebran el aniversario con esta obra. Poco que ver con la escandalera de risas que provocan los anteriores montajes de Boadella y cia. 2036 Omena-g es una tragicomedia sostenida sino sobre un guión sólido sí sobre unos actores que han de duplicar su habitual esfuerzo interpretativo para no caer en el ridículo. El resultado, un aplauso atronador y prolongado a este santuario del sarcasmo, la ironía y el sentido común. Sí, cada año cuesta más irse de este mundo. Siempre ha sido así.

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Y saludamos al naúfrago que habita en Archipélago Avilés rodeado de gente. Quede constancia.


5 de enero de 2010

El caso Hess ( y II)

EL SER O NO SER DE UNA LOCURA: EL JUICIO

Antonio Colodrón. Psiquiatra. Madrid


El Tribunal Internacional de Nüremberg no fue fruto de improvisación ni flor de un día. La idea se debió a Molotov, ministro soviético de asuntos exteriores quien sugirió, en 1942, constituir un tribunal que con carácter ejemplarizante juzgara a quienes Churchill había bautizado “criminales de guerra”, en conformidad con unos principios generales convenidos en Moscú (“Declaración de Moscú”, 1943) y, más tarde, modificarlos en la “Conferencia de Teherán” (1945). Con respecto a la presunción de inocencia, se estableció quienes deberían ser encarcelados, quienes los testigos etc. Tras prolongadas discusiones se sustanciaron cuatro cargos: crímenes contra la paz, crímenes contra la humanidad, crímenes de guerra y conspiración. El ostentoso enjuiciamiento, espacio de complejidad política que trató de contentar a todos, duró nueve meses (noviembre 1945-agosto 1946). Hubo veinticuatro encausados de los que se juzgaron veintiuno; once de ellos ahorcados, tres condenados a cadena perpetua; otros tres, a diez, quince y veinte años, y tres más absueltos. Varios fueron liberados antes de cumplir íntegramente su condena. El de Nüremberg fue, sin lugar a dudas, un juicio espinoso rematado con duras sentencias pretendidamente ejemplares.
En el “caso de Hess”, locura y cordura se enfangaron en un lodazal de intereses y veleidades donde los peritos médicos, al no armonizar sobre la existencia de una psicosis activa, declararon al inculpado apto para el juicio. Los distintos marcos nosológicos (delirio persecutorio, amencia, histerismo, distimia depresiva con intento de suicidio...) fueron desestimados por su habitual fingimiento en los encuentros de los peritos con los sujetos investigados y, sobre todo, porque no permiten afirmar la incapacidad del juzgado para reconocer la ilicitud de sus actos. (1)
Desde la llegada a Inglaterra, los exámenes psiquiátricos a Hess se habían repetido: británicos primero, americanos y franceses después (Douglas Kelly, Rees, L.M. Goldensohn, G.M. Gilbert, J. Ewin Cameron, D.C. Lewis, L.S. Schroeder, J. Delay...), mas tarde rusos, unos y otros fuertemente presionados. Fueron estos últimos quienes, más contrarios a las ejecuciones sumarias, propusieron un proceso público y farragoso con carácter más judicial que político, donde quedaran manifiestas las barbaridades cometidas por los encausados: horcas sí, pero con jueces aunque alguno de los estrictos justicieros hubiera compartido causa y conquista al amparo del “Pacto de no agresión germano-soviético” con los ahora vencidos. (2)
Por supuesto, si los rusos no perdonaban a Hess su tentativa de alianza con los británicos, Churchill, ambivalente en sus manifestaciones iniciales, se mostró más tarde inflexible con quien ofreció la paz a cambio, entre otras pretensiones, de retirarle del gobierno. Horca, pues, para todos, para los otros y para Hess. Al fin, declarado plenamente responsable, el tribunal, entre titubeos y sospechas, le condenó a cadena perpetua, sin apelación, por crímenes contra la paz y preparación y puesta en práctica de una guerra de agresión y genocidio. Los rusos que tan insistentemente habían reclamado la pena capital terminaron por avenirse a cambio de una cabeza de puente en Spandau. (3)
En lo que nos concierne basta con apuntar que las normas para establecer las penas fueron decididas, como atrás se apuntó, por el Tribunal Militar Internacional, el 1 de octubre de 1946, sustentando su competencia en el Tratado de Londres de agosto de 1945. La bofetada del efecto retroactivo a la juridicidad denuncia, sin remilgos, la quimérica imparcialidad de los jueces arrimados a sus propias causas y faltos de un derecho compartido. Con su veredicto ofrecieron un burdo modelo de actualización de la “vendetta” que sufre siempre el vencido por la razón del vencedor. Bien es cierto que, por unas u otras razones, las distintas sentencias se conocían antes de iniciarse el juicio. Solo la de Hess escapó a este supuesto porque en su juicio no se juzgó a un hombre: se juzgó la locura, el inescrutable que hace del “caso Hess” un ilusivo justiciero que no se cerrara nunca. La equidad, si alguna hubo, no satisfizo a nadie. Para los psiquiatras ejemplifica sobre la desmesura a que aboca el conflicto de intereses en la definición de la locura. Tras el juicio, “la locura” salió como había entrado: discutida y enigmática, convenida y negada; manipulada. Hess permaneció encarcelado el medio siglo de desequilibrio de la postguerra. Nunca habló. Con su muerte, el misterio de su vida se perdió en la historia.
Loco o cuerdo Hess, condenado a cadena perpetua, con su prolongada vida se convirtió en un problema día a día más molesto para los vencedores. Con los años hubo alguna intercesión en pro de su libertad frustrada por distintos intereses (¿de Churchill? ¿de los soviéticos? ¿de ambos?). Cuando, muerto Chernenko y elevado Gorbachov a secretario general de PCUS (1985), las circunstancias políticas cambiaron y el absurdo de mantener el inmenso presidio comenzó advertirse demasiado costoso, “el preso 7” murió. Los aliados, que habían remado juntos, poco a poco se dejaron arrastrar por la deriva de sus propias causas. Los rusos habían perdido interés por el paso al “Berlín West” y los norteamericanos habían logrado lo que quisieron: el mundo dolarizado y, en su centro, Berlín como posición más avanzada. Solo los ingleses sintieron agudizar el peso de Spandau sin que les fuera dado mostrarse débiles aceptando el perdón; una actitud que tal vez explique, con el quantum de malignidad que comporta, la participación que los críticos más “perversos” atribuyeron a los servicios secretos británicos en el desenlace del problema; cuesta creer que Hess, cumplidos 93 años, súmamente debilitado, casi ciego, con artritis y parkinsonismo, aun mantuviera disposición y competencia para estrangularse mediante un oportuno cable eléctrico nunca hasta entonces advertido por los extremados vigilantes. Trasladado al hospital británico, se certificó su muerte el 17 de agosto de 1987. El cadáver no pudo ser examinado por sus deudos y amigos.
El encuentro de la justicia con la locura, tapadera que cuando conviene llueve del cielo, se enfangó en Nüremberg con el derecho de “debellatra” en cuyo amparo y en un tiempo elegíaco, unos jueces, jueces y parte, superados y con aires de ejemplaridad, rechazaron cualquier atenuante. Y fue así como, el Tribunal Internacional, promiscuo y encontrado ante los escrúpulos y vacilaciones de los peritos, resolvió las discordias conviniendo en la pena de prisión perpetua que acabó por satisfacer a los rusos a cambio del libre paso de un contingente de tropa para la guardia de la prisión de Spandau. Una cabeza de puente en la zona británica modesta como espacio físico pero de inmenso valor en la complejidad de la trama política.
Así se solventó el apretado lance de ahorcar a un mensajero de paz reprobablemente encausado retrotrayendo leyes dictadas por los vencedores con posterioridad a los hechos. Un fatídico Kharma, el de Hess, difuminado en incógnitas, secretismos y encubrimientos de una realidad funesta donde todo discurre de modo trastocado y escabroso, en tétrica soledad, arrastrado por un vendaval que respetó una vida al tiempo que negaba una locura. Los jueces de Nüremberg, probablemente creyendo cumplir con su deber, olvidaron que los dictados de las circunstancias son brutales negreros del pensamiento y de la razón. “Todo convencimiento” dijo al hombre Zaratustra “es una cárcel”.
UN DIAGNOSTICO PARA HESS
Tras la liberación de Speer, Hess permaneció preso durante otros veinte años, en áspero aislamiento sólo quebrado por la relación afable que entabló, avanzada la pena, con su carcelero Eugen Bird. Se le privó hasta de su nombre: fue “el preso 7”.
La locura, esa locura que el propio Hess sugirió en su carta de despedida y que el duque de Hamilton creyó reconocer, se difundió oficialmente por radio Munich; cuestionada por Churchill, debatida más tarde por psicólogos y médicos, concluyó, al fin, negada por el tribunal. Fueron razones políticas, no clínicas, las que trocaron el patíbulo por reclusión a perpetuidad. Sin asomo de clemencia. ¿Cabe mayor condena para un hombre que medio siglo de soledad, hasta la muerte, tanto más humillado y ofendido cuanto más torturante la cordura?
Recientemente, “El Hundimiento”, la versión cinematográfica del relato de Joachin Fest (“Der Untergang”) sobre las últimas horas del Reich en el “Bunker” de Berlín ha traído a nuestros días un plausible final del pandemónium: suicidios, filicidios, parricidios...; irritación, abandono, desesperanza, alboroto, borracheras... Mientras, en la calle, bombas, obuses, ametralladoras y balas perdidas; caos y ruinas, brutalidad, violaciones y muertes a millares... La consumación de un mesianismo.
¡Menuda exquisitez la de los “gentlemen” que fraguaron la hecatombe! Masacres legitimadas de Auschwitz, Varsovia, Stalingrado, Dresde, Berlín...; meses después, y de postre, un par de “bombas de estreno” sobre Japón.
¿Era un loco Rudolf Hess?
La respuesta, lejos de fórmulas médicas, la había anticipado tiempo atrás, el místico Rector de la Universidad de Salamanca: “la locura de un hombre deja de serlo”, concretó Unamuno, “cuando es locura de un grupo, locura de un pueblo, locura del género humano”.


(1) Diferenciar entre incapacidad para responder a un interrogatorio judicial y simulación de no poder hacerlo siempre implica dificultades. Como el silencio del acusado impidió siempre la condena, en los reinados Tudor y Estuardo se estableció la “peine forte et dur”; se aplastaba lentamente al acusado prensándole con tablones y con piedras hasta la muerte, salvo que optara por hablar y colaborar con la justicia. Convicto o muerto, las propiedades del juzgado pasaban al “exchequer”.

(2) Pacto en que se decidió la invasión y partición de Polonia, firmado en Moscú por Ribbentrop y Molotov (23 agosto 1939).

(3) El paso de un grupo militar para el relevo mensual de la guardia de la prisión formada por tropas de cada una de las cuatro potencias ocupantes.

4 de enero de 2010

El Caso Hess (I)

EL SER O NO SER DE UNA LOCURA: LOS HECHOS

Antonio Colodrón. Psiquiatra. Madrid

SPANDAU
1959 es un año pródigo en sucesos. Lejos queda ya el “bip-bip” del primer Sputnik que conmovió la ciencia cuando se descubre la trisomía del síndrome de Down, se practican con éxito dos trasplantes renales, Fidel entra en la Habana al vítor de los barbudos, Ochoa recibe el Nobel y un ciclista de Toledo gana “el Tour”. De puertas adentro, revienta la presa de Ribadelago, nace un plan de estabilización económica y el Tribunal de Orden Público se dota de una nueva ley; en los tórridos días del verano, tras una esforzada lucha de nueve horas, el Jefe del Estado pesca un cachalote grande y fiero a bordo del Azor.
Me encuentro en Berlín, donde Willy Brandt es el alcalde, disfrutando de una jugosa beca del Senado. Berlín es el centro de la confrontación política mundial: refugiados, espías “ost” y espías “west”, cuatro áreas de ocupación, dos ideologías y dos formas de instalarse en la supervivencia. Dos culturas; dos universidades, la “egregia”, “la Humboldt”, venida a menos y la naciente, no glorificada y “libre”, la “Freie Universität”. También dos psiquiatrías, dos modos de averiguar y manejar la patología del hombre.
Berlín, se dice, es una ciudad dividida. No es cierto; lo fue después. Por el momento es una ciudad separada de su “Hinterland”, pero una ciudad doble donde una parte vive con el dólar y la otra con Marx: “á toute seigneur tout honneur”, a cada uno según su importancia. Faltan dos años para la fechoría de querer separar ideas mediante alambre de espino y toneladas de hormigón. A menudo, durante las entrañables y apasionadas controversias políticas entre los compañeros del “ Studentendorf” surgen discrepancias en torno a los procesados en el Juicio Internacional de Nüremberg. Montescos y capuletos me sugieren acercarme a Spandau en el sector británico, muy cerca de nuestra residencia, donde se encuentra la cárcel en la que permanecen, todavía, algunos jerarcas nazis. “Sehen um zu verstehen” me dicen, ver para entender.
Al fin, venciendo pereza y frío, una mañana de marzo me enfrento al viento glacial que arrastra sobre el suelo helado ondas de nieve terciada con gotas de agua casi cristales. Transcurrido medio siglo aún mantengo vivo en la memoria el aspecto imponente del penal, su masa enorme de ladrillo envejecido, las grandes ventanas con negras rejas de encierro, la puerta colosal con poderosos torreones que la soportan y los muros, muros altísimos cercados por una terrífica alambrada con blancos aisladores cerámicos que señalan el peligro eléctrico y presagian, de cierto, la muerte. En mitad de la mañana estremece un recelo de la noche. Árboles pelados de ramas grandes escarchadas; árboles espectrales, de ahorcado. Aterido, miro sin querer mirar el congojoso edificio: la vieja fortaleza de Spandau, sede, por voluntad de las potencias ocupantes del tártaro mismo de la desnazificación.
Hoy, medio siglo más tarde, nada queda del tétrico edificio. Fue demolido a los pocos días de morir el último penado. No hay testigos. Los materiales de derribo se arrojaron íntegramente al mar, celosos, los vencedores, del mercado de reliquias y del magnetismo de los restos santuarios. Un certificado de muerte por suicidio del “preso 7”, que ni siquiera constató las grandes heridas del cadáver vestigio de la primera guerra, quiso cerrar el problema pero el presente, oscurecido por la complicidad de la historia, sigue abierto a un baile de secretismos y rumores, de sinrazones, conveniencias, medias verdades y contradicciones de buenos y malos. Un discordar que incita a inquirir en la incógnita escondida tras los muros del lóbrego penal: el ser o no ser de una locura, la duda que empujó al tribunal a optar por decidir sellar hasta la muerte la palabra del penado, un “lunático responsable de sus actos” que, con bandera blanca y más o menos embaucado, se presentó en tierra enemiga mensajero de unas propuestas de paz y acabó, tras cuatro años de encierro en Inglaterra, confinado hasta la muerte en Spandau por hechos, anteriores a 1941, tipificados como delitos cinco años después.



















LOS HECHOS
La noche del diez de mayo de 1941, un bimotor Messerschmitt M-110, último grito de la aeronáutica alemana, tras un vuelo sobre el Mar del Norte de más de novecientas millas, se precipita contra el suelo de Escocia, cerca de la residencia del duque de Hamilton con quien el piloto pretende entrevistarse. La oscuridad de la noche propicia la ofuscación de esos primeros pasos. El piloto, que confía en los contactos con un grupo pro paz germano-británico, no encuentra la pista de aterrizaje de un pequeño aeródromo privado que, conforme a lo convenido, debiera de estar iluminada; confundido, el intruso da varias vueltas en torno a las coordenadas prefijadas hasta que, agotado el combustible, se lanza en paracaídas. Herido en un tobillo y desorientado recibe ayuda de un granjero quien, tras acogerle en su casa, telefonea a la “Home Guard” ante la que el extraño, con uniforme militar pero desarmado, se identifica con nombre falso como capitán de la “Luftwaffe” y dice ser portador de un importante mensaje para Hamilton.







Aquella noche Londres ha sufrido un despiadado bombardeo y la vigilancia especialmente atenta de la British Airforce ha detectado el solitario Messerschmitt que, quizás inalcanzable por su mayor velocidad, quizás porque alguien no quiso derribarle, se ha introducido en el espacio aéreo británico. La condición del aparato y el retirado lugar del accidente despiertan las primeras conjeturas sobre la misión de aquel hombre cuya tranquilidad y modales distan mucho de la inquietud y preocupación comunes en los aviadores derribados. Cuando a la mañana siguiente se encuentra con el Duque, a quien el piloto conoció años atrás durante la Olimpiada de Berlín, se presenta con su verdadera filiación, Rudolf Hess, lugarteniente de Hitler. Acto seguido, hace entrega de unas propuestas de paz.
Hamilton, asombrado y sin poder entender nada, informa de inmediato a Churchill: “el detenido es Rudolf Hess y esta rematadamente loco”. Fue este el prologo de una desventura prolongada y luctuosa, urdido en el impenetrable ardid de los servicios secretos británicos cuyos ficheros fueron, más tarde, completamente destruidos.
Hasta aquí, “sine ira et studio”, la candorosa visión que se repite de un vuelo sorprendente, de una hazaña del viceführer que, con el posterior descalabro germano, devino infame.
Como conducta poco comprensible, la de Hess trató de explicarse por un trastorno mental al uso, una forma más o menos acrisolada de locura. El propio Hess sugería en la carta que dejó en manos de su ayudante el capitán Pintsch, para ser entregada al Führer al día siguiente del vuelo: “si algo sale mal, podrás decir que estoy loco”. La aparatosa reacción de Hitler al recibirla, tal vez más apenado que enfurecido y obligado a disfrazar sus sentimientos (“una reacción airada y descontrolada”, entendieron los presentes) fue, de inmediato, la llama que encendió la opinión más conveniente: Hess estaba loco. Y así se dio a conocer en un conciso comunicado oficial difundido por Radio Munich: “El Partido Nacionalsocialista informa que Rudolf Hess, enfermo desde hace años, se ha apoderado de un avión y, a pesar de la prohibición de volar, despego de Augsburgo el 10 de mayo sin que aún haya regresado. Una carta dejada por el explica que padece un trastorno mental con síntomas alucinatorios”.
No faltó sin embargo quien creyó ver en el berrinche de Hitler “consternación y sorpresa perfectamente interpretadas”.(1) Cuesta admitir su ignorancia. Los repetidos vuelos de ensayo de Hess, las visitas a la factoría Messerschmitt para introducir cambios en el M-110 (mandos reformados para posibilitar el control del aparato por un solo piloto; depósito suplementario de gasolina y otras varias innovaciones técnicas), la amistad con el ingeniero jefe de la fábrica, la vigilancia de los escoltas... ¿cómo atribuir tan garrafal incompetencia a los servicios de inteligencia alemanes? ¿no es más lógico pensar que Hitler y Hess, íntimos amigos por encima de su relación jerárquica, idearan conjuntamente las líneas generales de una operación destinada a conectar las facciones pro apaciguamiento germano-británico opuestas a la intención de Churchill de instigar el choque germano-soviético? (2)
Es poco verosímil que Hess tomase la decisión de una empresa de tal calibre sin conocimiento de su jefe. En todo caso parece cierto que en estos contactos intervino como mediador un grupo político británico disidente que solo existió en la ficción y supo formar un complejo entramado manipulador de cartas e informes que, detectados por los servicios secretos, se contestaban con astutas falsedades. Una amplia operación (“señores H.H.H”) que supo aprovechar el soterrado movimiento antisoviético de grupos proclives incluso a la confrontación conjunta de ingleses y alemanes contra Rusia: el ambiente oportuno para dar credibilidad al refinado engaño de la operación de la que, si bien con posterioridad desapareció cualquier referencia, dejó oscura memoria de un enmarañado ejercicio de espías y contraespías coordinado por miembros del Ejecutivo de operaciones de los Servicios de Inteligencia. (3)
Hay, no obstante, algunos argumentos a favor de que el vuelo pudo deberse a la iniciativa personal de Hess: deseo de prestar un servicio muy privativo a su país, temor a verse paulatinamente relegado por altas jerarquías próximas a Hitler (Göhring, Himmler, Martín Borman...), afecto por todo lo británico (familia inglesa, formación en Alejandría), anticomunismo visceral... Conocedor de la operación Barbarroja, tal vez pensó que adelantándose a ella en apoyo de los ingleses lograría un lanzamiento personal. La paz era sentida por Alemania como imprescindible para evitar un doble frente cuando se reiniciara la guerra contra Rusia.
Con notable sagacidad, los servicios secretos británicos consiguieron llevar al ánimo de los diligentes nazis la patraña de sentirse íntimamente derrotados y, en consecuencia, sedientos de paz mientras propalaban toda suerte de rumores sobre organizaciones clandestinas de oposición a Churchill con un objetivo: ganar tiempo en espera del comienzo de las hostilidades contra Rusia y de la ayuda norteamericana.
Durante más de un año se habían repetido, por iniciativa alemana, tanteos de paz con Inglaterra siguiendo vías de muy distinto calado; embajadores, espías y mensajeros marginales llevaron de un lado a otro múltiples propuestas y condiciones alternativas, incalculables miserias humanas, trampas y fingimientos, ofertas y contraofertas de sectores afines y distintos entramados en un oscuro descaro. Cuando el huracán pasó, odios y conveniencias inventaron y aún tiran del hilo, gestas y semblanzas que dan por sentadas especies absurdas; leyendas que dicen ver luz en las negras tinieblas del desastre.


(1) Churchill, sagaz y circunspecto, a los cuatro o cinco días informo telegráficamente a Roosevelt de las pretensiones de Hess a las que, mesuradamente, añadía: “Hess parece estar en buenas condiciones de salud; no es exaltado y no muestra signo de locura. Ha declarado que la iniciativa es suya y que Hitler la desconocía”.

(2) Parece suficientemente aclarado que el viaje (tanto el de Hess como el de Ernst Bohle, director de la Ausland Organization, en que anteriormente se había pensado por sus muchas relaciones con personas influyentes en Inglaterra) fue un intento de negociar con alguno de los grupos ingleses que se suponía podrían arrebatar el poder a Churchill.

(3) H.H.H. (Hitler, Hess, Haushofer). Karl Haushofer, defensor a ultranza de la geopolítica, mentor admirado de Hess, fue hallado muerto por ahorcamiento unos meses después del fin de la guerra; a su lado, su esposa, judía, envenenada con cianuro. Uno de sus hijos, Albrecht, asesor y amigo de Hess fue asesinado por la Gestapo, tras varios meses de encarcelamiento, días antes de la caída de Berlín, implicado en el complot de von Stauffenberg.

26 de diciembre de 2009

Divinamente

Sigo sin sentir a ningún Dios.

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En la mañana de Navidad el alma de Rafael Azcona anduvo por la Gran Vía del Marqués del Turia, céntrica calle valenciana, y llamó desde el Bimbi para decirme que se había encontrado con una Amparo Soler Leal recauchutada que daba gracias a Dios por estar de su parte en una venta de terrenos. El marido de la doble de Soler Leal leía el ABC del día anterior. Y es que el alma de Azcona habita a ratos en el cuerpo de Viejo Casale. Divinamente, Rafa, divinamente.

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En la cama de al lado donde convalece el suegro está Pepín, vieja gloria del fútbol asturiano. Pepín, 88 años y ambas ramas pubianas rotas, se da un aire a Francisco Ayala y cuenta entre dolores sus hazañas en los campos de fútbol de la posguerra. Pepín es un buen conversador aunque ahora acaba sus conversaciones con algo de tristeza: "La vida ye así..." suspira.

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Un calle avilesina, trapiellesca: Calle del Conde del Real Agrado.

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¡Lo nuestro tiene que ser...!

24 de diciembre de 2009

El circo de la mariposa

Un hermoso cuento para la Navidad. Solo le falta la nieve. Son veinte maravillosos minutos. Disfrútenlos y disfruten de estos días. Besos y abrazos desde esta Tierra.






16 de noviembre de 2009

Facts, facts, facts

La palabra FACTICIO es sinónimo de artificial, de impostado, de algo contrario al natural devenir de las cosas. En la historia reciente de la literatura nos encontramos con territorios ficticios, creados por sus autores para dar ambiente a las aventuras de los protagonistas de sus novelas. Así, la Mágina de Muñoz Molina, o la Región de Juanito Benet o la Yoknapatawpa de Faulkner. Pero hay otras territorios que sin ser producto de la ficción también se crean con objetivos muy similares. Ahí, la mano del hombre altera el natural orden de las cosas con fines espurios o al menos nunca bien aclarados. Yo nací en uno de esos territorios que podemos llamar, con Boadella, Castileonia. Castileonia es un engendro de la política y de la ciencia ficción. Nunca he llegado a entender cómo fue posible Castilleonia. Y eso que me leído hasta el acta fundacional que escribió Demetrio Madrid López: El arranque de Castilla y León. Una necesidad política, uno de los documentos políticos de mayor interés etológico donde se observa cómo, freudianamente, el autoengaño es la mejor manera de ocultar las marcas que dejan nuestros engaños.
Hace ya tiempo que dejé de buscar explicaciones a lo inexplicable y me conformo con asumir con resignación y el mejor humor posible la sarta de sandeces que emana de ese pozo negro llamado Fuensaldaña.

Castileonia es tan importante en el imaginario popular que, por ejemplo, puede amenazar su presidente con no volverse a presentar a las elecciones y nadie le hace ni puto caso. Una declaración similar en el caso de la comunidad asturiana habría hecho correr ríos de tinta y metros de celuloide
¡Menudo son los de Nuberu et alii!
Este fin de semana por los ríos informativos castilleoneses circulaban dos buenos pecios, dignos del mejor trastorno facticio. Ambos atañen a la política cultural de la Junta gobernada por el Partido Popular desde tiempo inmemorial. Por un lado, la reacción de la alcaldesa de Gradefes ante el quiosquillo que la Junta de Castileonia ha instalado ante la joya mozárabe de San Miguel de Escalada. Véase la foto del aborto.
Y por otro lado, la puesta en marcha de una movilización social, leve, eso sí, para pedir que se le dé el Premio de las Letras de Castileonia a Luis López Alvarez, poeta leonés que cometió el error de apostar hace años por uno de los peores caballos perdedores: los comuneros y toda la épica de Villalar a la que, por cierto, puso una hermosa letra.



Luis López Alvarez es autor de las letras de algunas conocidas canciones de Amancio Prada. Tengo para mí que Compañera o En ti están entre las mejores melodías que jamás he escuchado. Bueno, pues el pobre López Alvarez, tipo avieso y malencarado, aún se ve en la necesidad de mendigar estos premios locales, regionales y singulares para ir tirando. ¡Pero si se lo han dado hasta a Elena Santiago!. Una pena y una vergüenza. Populares, eso sí. Que aquí no cabe echarle las culpas a la forma de ser de la rosa.


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Está llegando, lo estás viendo. FACTUAL: el periódico del futuro.

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10 de octubre de 2009

Intimalia

Descubro entre toneladas de spam un email atrasado de Fernando Rodríguez, esforzado diarista barcelonés. Me pregunta mi opinión sobre su Diario personal del que me envió algunos fragmentos hace años. Su trabajo era intenso, bien trabado, hiperrealista. Fernando mostraba el ruido átono de sus menudillos en un alarde de autenticidad y frialdad. Pero daba vértigo leerle. Porque agobia tocar una intimidad tan blandita que uno se imagina como el tofu o como los sesos de cualquier animal. ¿Hace falta decir por enésima vez que uno piensa que así debieran ser los diarios personales? Y cuando digo así me refiero al rocío de sinceridad que les recubre en cuanto se quedan solos.
La lectura del añejo mail de Fernando me ha hecho revisar lo que he ido haciendo con este blog donde cada vez hablo menos de mismo. Que era de lo que no se trataba. Esto cada vez tiene menos de autobiográfico y más de autoficción. No es esto, no es esto. Esto mío es una cobardía y una rendición en toda regla. Me agrada sobremanera la historia del diputado francés Mitterrand. Ése que fue capaz de hacer un profundo lavado de conciencia en un apetecible diario que tituló, maravilloso acierto, La mala vida. Ese libro que tanto ha irritado a los íntimos seguidores y clientes de esa gran puta que fue Cocó Chanel. Por ejemplo.


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Cuenta la historia que allá por los años 30 el filósofo Ortega y Gasset viajó a la Argentina a dar unas conferencias y que, tras una temporada de observar a los argentinos, pronunció una de sus arengas más recordadas: ¡Argentinos! ¡A las cosas, a las cosas! Parece que anoche Martín Palermo se puso a ello.


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Prosiguen las excavaciones en el Pozu Panero. A punto de llegar a los cines Los abanicos de la muerte. Y un profesor de instituto de Salamanca, Martínez Oria, ¡novela la vida de los Panero! en un libro titulado Jardín perdido. Solo he leído un capítulo, el de la muerte del padre, y me parece incompleto. Habrá que seguir leyendo con la esperanza de que lo cuenta sea al menos cierto.





8 de octubre de 2009

Tropezones

Carrefour retira las bolsas de plástico el uno de noviembre.¿Motivos? la consabida lucha contra la degradación del planeta. Carrefour no quiere verdades incómodas. El plástico tiene las horas contadas. Como le pasó al tabaco, es un dios caído. Para la lucha contra el plástico se utiliza la metáfora de la balsa de La Medusa. Una espantosa isla flotante de bolsas de plástico de tamaño gigantesco vaga a la deriva por todos los océanos conocidos busca un lugar donde descansar para siempre. Tengan cuidado ahí afuera. Creo que la balsa de bolsas la dirige una monja catalana...



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¿Por qué a mí? ¿Por qué en una hamburguesa?


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La alegría en la casa del pobre. ¡Hala Cultu!


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Pero ¿qué no conocen a los Beautiful Brains?. Rock y psiquiatría.

8 de septiembre de 2009

Esperando a Godot


Vladimir y Estragon. Dos vagabundos sentados en un cruce de caminos y a pie de un árbol. Esperan la llegada de Godot. Un día, dos días, varios días. Pero Godot no llega y nunca sabremos ni quién es Godot ni porqué su llegada es tan importante. Un niño asoma con una información de parte de Godot "Hoy no llegaré. Lo haré mañana por la tarde". Pero nada. Godot no llega nunca. Y al final, este diálogo:Vladimir: ¡Qué! ¿Nos vamos? Estragon: Sí, vámonos. No se mueven.

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Cansados de esperar a Godot.



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Día de Asturias. Keywords: covadonguismo, cruz de la victoria, bable, identidad, sudadera gratis.

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Palabras de amor: Je t`aime mi amore menebêff fie Ene le arabylyla too much.

28 de agosto de 2009

Los sueños de mi padre

Aún no ha sido enterrado Ted Kennedy y su libro de memorias, aún no publicado, ya ha escalado las más altas cifras de preventas de Amazon.com. Esta pasión de los americanos y los británicos por la vida de la gente, por la vida de sus sociedades, por comprobar una y mil veces la naturaleza del material que forma los sueños... Me encanta. Entiendo que lo que el senador Kennedy pueda contar en sus memorias sobre el "asunto Chapaquiddick" tenga cierto interés para el gran público. No en vano, el desgraciado accidente ha sido fuente de inspiración para quince libros que se han vendido bien. En España, que yo sepa tanto Espada como Westermann han recordado la exclusiva isla y a Mari Jo. Espero que nos cuente que lo que le echaron aquella tarde, pleno 69, en la bebida era whisky. Pero me temo que salvo esos años en que anduvo con la hormona y el seso revueltos, la vida profesional del senador Ted Kennedy está presidida por la grisalla. Esperaremos a ver qué nos van contando los primeros lectores de La Brújula fiel, que así se titula.
Me gusta la primera parte de las memorias de Obama: Los sueños de mi padre. Me va gustando porque está escrito cuando aún no era nadie y porque pese a algunas licencias literarias el gran Barack ha sido capaz de explicar por escrito cómo elaboró el peor momento de su vida. El mal trago que supuso comprobar que su abuelo, el presunto KuntaKinte, era un hombre seducido por el dinero y con pocos escrúpulos y su padre, un mujeriego al que los varios hijos que tuvo le importaban más bien poco. Es difícil contactar con esos ácidos sin que se te nuble la vista. Y tener la valentía de contarlo con tacto y cierta distancia. Y ante todo, respetando los hechos. El primer paso para todo lo importante.

Y tras Obama me esperan la vida y las lágrimas de mi animal favorito: Hillary Clinton, contadas por Carl Bernstein, A woman in charge. Porque Hillary sí que es una mujer guerrera y no Maruja Torres.



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Les presento a Jose Luis González Quirós, maestro asturiano en Madrid. Tiene una web que se llama Por mí, que no quede sobre cultura, tecnología y política. Un vigor renacentista en sus escritos, que son muchos.

20 de agosto de 2009

Filandón en verano


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Que sepas Marta, que paseo una pancarta con tu nombre en el desierto...


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¡Qué curiosa la prensa asturiana! Se despiporran con la epopeya etílica del joven Gorgojo que se acostó en el Sella y se despertó en Alicante. Como si no pasaran cosas más inverosímiles y a diario en otros sitios de España. Pero si no hay mas que abrir el Diario de Cádiz para aprender a soñar. Caso Jenaro Jiménez, un prodigio de imaginación y soltura."Su plan de fuga estuvo calculado al milímetro", dicen los graciosos.


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Pepe Iglesias, recién llegado de París con el premio al mejor libro de maridajes bajo el brazo, acaudilla al vecindario.

13 de agosto de 2009

Nuestro pequeño mundo





Ha muerto Jesús Pastor, fundador y dueño de la que pasa por ser la mejor tienda de libros de León. Su figura quijotesca era omnipresente en aquella librería por la que había que pasar si querías ver un libro de novedad en una ciudad que salía de una larga siesta. Jesús Pastor es una de las extrañas figuras que perviven en la costra de mi adolescencia. Nunca me cayó bien. Siempre hacía lo que nunca debe hacer un librero con un lector: no dejarle buscar un libro a solas, no dejarle hojear, no dejarle siquiera ¡ay que tortura! acariciar el lomo de un libro intonso. Su interés por aconsejar en la compra era directamente proporcional a su interés porque corriese el aire en su tienda. Jesús Pastor se convirtió para muchos de nosotros, bolsillos pelados, en un ominoso peaje. Un canon digital, una incomodísima SGAE antes de Teddy Bautista. A Pastor le retrató bien Andrés Trapiello en UNA CAÑA QUE PIENSA. Andrés cuenta su relación con el librero en términos similares a los arriba narrados. De hecho, su descripción del tendero fue una de las razones por las que antaño me arrimé con fuerza a los diarios de Trapiello. Cuenta Trapiello una anécdota concluyente, holística. Al de Manzaneda, que también había sido visitante de Pastor en su juventud, le conceden un importante premio nacional y tiene que ir a León a promocionarlo. Y le hacen firmar ejemplares cara al público. Y tiene que hacerlo en la librería Pastor. Y allí le espera el dueño que le conoce de joven ya que gasta cierta amistad con un tío cura de Andrés. El dueño le mira con frialdad y tras alguna pregunta impertinente le señala la mesita donde debe empezar su tarea. El público que acude a que Trapiello le firme el libro es escaso. Tal vez un par de docenas de amigos. Y Jesús Pastor, que tenía poca piedad con el débil, va y le espeta: "Vaya, tienes poca gente... Pues ahí donde tú estás ayer mismo firmó libros Vizcaíno Casas y la gente abarrotaba la plaza...la cola llegaba hasta la iglesia de San Marcelo". Bueno. Eso. Adiós, adiós.


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El próximo viaje empezó ayer en una librería. Bryson, Armada, González, Muñoz, Henry Levy y Camba balizan el camino.

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Y el martilleo de aquella frase de Castilla del Pino en la que se definía a sí mismo "como una flecha camino del blanco".



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Me capó mi madre.