El pasado 7 de julio casi todos los periódicos se hicieron eco de la detención e ingreso en un hospital psiquiátrico cercano a Moscú de la periodista Larissa Arap, militante del partido que lidera Gary Kasparov y opositora al mandato de Vladimir Putin. La razón en la que se basaron las autoridades rusas para justificar el internamiento fueron unos artículos que la periodista publicó denunciando la situación de los enfermos mentales en Rusia. Aquel fantasma de los manicomios políticos creados por Stalin para curar a la gente de sus creencias. La respuesta de los periódicos fue unánime en los días siguientes a la detención pero a fecha de hoy, mes y medio más tarde, Larissa apenas si aparece en la prensa internacional y poco más se sabe de su peripecia. La reacción de las asociaciones científicas psiquiátricas brilla por su ausencia. Embebidos entre escalas y neurotransmisores los psiquiatras apenas se inmutan ante el zarandeo a que son sometidos sus métodos diagnósticos. El concepto de “enfermedad mental” y sobre todo el de “esquizofrenia” revelan la lucha inacabada de la competencia científica contra la presión social que siempre intenta deshacerse de lo incómodo y de lo distinto. En palabras del sabio Antonio Colodrón “ los psiquiatras nos enfrentamos a modos anómalos de expresarse la acción humana y, en consecuencia, vienen de todos lados las presiones que intentan ordenarla en atención a particulares proyectos de sociedad”. Y es que bajo el epígrafe de “enfermedad mental” buscan cobijo desde variadas formas de comportamiento sociopático hasta problemas de disidencia política. En la competencia diagnóstica se apoya gran parte de la labor del psiquiatra pero ya no me sorprende la callada respuesta del gremio.
No es la primera vez que sucede un caso como el de Arap. En un decorado demasiado novelesco, entre coordenadas de guerra fría, espías dobles y teléfonos rojos se desarrolló el “Caso Bukowski”, disidente soviético que en 1965 denunció su reclusión en una clínica mental por leer las obras del político yugoslavo Milovan Djilas. En 1971, Bukowski consiguió publicar su “Carta abierta a algunos psiquiatras” para denunciar que en la URSS había nacido una nueva enfermedad: la oposición. Y que los psiquiátricos dependían directamente del Ministerio del Interior y que estaban llenos de disidentes: Medveded, Grigorienko, Borissov, etc La presión internacional generada sirvió para intercambiar a Bukowski por el secretario del Partido Comunista chileno, Luis Corvalán. Pero el escándalo ya estaba desatado y aparecieron intereses de todo tipo que enmarañaron los acontecimientos. Corrieron los famosos ríos de tinta. En 1977, en el Congreso Mundial de Psiquiatría de Honolulu se trató el asunto con pasión. En 1979, Amnistía Internacional redactó un opúsculo tan bienintencionado como confuso: “Los abusos psiquiátricos en la URSS”. Y en 1983 la psiquiatría soviética se retiró de la Asociación Mundial de Psiquiatría.
La detención de Larissa Arap, si las informaciones resultan veraces, compromete tanto los derechos del individuo como la sacrosanta libertad de expresión. Pero al cuestionar de manera irresponsable el concepto de enfermedad mental y sobre todo el de esquizofrenia, paradigma de la pérdida de la razón, arroja una nueva dosis de oscurantismo sobre el sufrimiento de los enfermos mentales y de sus familias. Y, ya de paso, revela el triste panorama de la psiquiatría actual, erosionada por el mal de piedra químico y obligada “contra natura” a categorizar lo incategorizable.
5 comentarios:
Un asunto interesante y desconocido, al menos para mí.
Amigo Juanjo es toda la cultura occidental la que está esquizoide.
Sería imposible nuestro presente sin ella.
Si no estuviésemos escindidos en dos ó más personajes nuestra convivencia sería imposible.
No obstante, alguna veces, "uno" de lo que somos gana la supremacía y comienza el exterminio de los "otros".
Abate Marchena.
Abate, tú eres único. Un abrazo.
Variante inquisitorial... ¿con- ciencia?
La verdad es que estos rusos no se cortan un pelo. Acuérdense del entierro de los soldados que se hundieron con el submarino Kursk. Los sanitarios rusos aplacaban los llantos de las madres de los muertos con inyectables. Así de crudo. Y sin preguntar. Aquí utilizamos equipos de psicólogos.
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