31 de octubre de 2008

LA ABUELITA DE KUNDERA

Sexto piso
La abuelita de Kundera









Cuentan las crónicas que cuando el cantautor Joan Manuel Serrat leyó la novela «La inmortalidad» de Milan Kundera se sintió tan identificado con las reflexiones del novelista checo que no pudo por menos que transmitirle su admiración con un temazo. La canción, un tanto pazguata, se tituló «La abuelita de Kundera» y está en un disco de Serrat que se llamó «¿Premonitoriamente?». Nadie es perfecto. Me imagino que Serrat, como muchos otros intelectuales y artistas, estará profundamente dolido con las revelaciones efectuadas por un par de periodistas checos que muestran un documento de la Policía secreta checoeslovaca de 1950, en el que un tal Milan Kundera, de 22 años de edad, denunciaba a un joven disidente anticomunista. A resultas de dicha delación el joven rebelde fue detenido y cumplió 14 años encarcelado trabajando en una mina de uranio. Kundera, que ahora tiene 80 años y vive en París, ha negado radicalmente tal acusación. Pero el simple relato de los hechos es fascinante. En el suceso se cruzan bajo la asfixiante égida del totalitarismo historias de amores, celos, deseos y miedos.

Casos como el de Kundera, en el que un intelectual de postín tiene que dar explicaciones de conductas cómplices con regímenes dictatoriales, están siendo relativamente frecuentes. Figuras como Cela, Laín Entralgo o Gunter Grass han pasado por situaciones similares. Pero el embrollo de Kundera tiene un matiz diferencial: si fuese cierta la denuncia, además de un mentiroso, Kundera habría sido un villano, ya que su delación causó un gravísimo daño a un infeliz. El problema es que una vez soltada la liebre aquí ya nadie quiere saber qué fue lo que pasó de verdad. Ya hay dos bandos netos: los linchadores y los defensores a ultranza. Ya todo es un fárrago de pasiones e hipérboles. Haría bien Kundera en intentar aclarar las cosas porque con amigos como los que le están saliendo ¡quién quiere enemigos! Los argumentos de sus defensores no pueden ser más pobres: Rosa Montero dice que tal vez el remordimiento por esa mala acción habría sido el motor que habría guiado su obra novelística posterior, profundamente anticomunista. Vaclav Havel opina que si Kundera no hubiera denunciado al disidente tal vez le habrían denunciado a él por colaboracionista. Y Juan Goytisolo le echa la culpa de todo a la cultura difamatoria vigente en internet.

El affaire Kundera me atrae porque pone sobre el tapete una vez más que el principal enemigo del intelectual es ese demonio tan profundamente humano llamado vanidad. Se les valora y se les adora tanto que acaban creyendo que todo lo pueden y que son invulnerables. Nunca he entendido el afán de muchos escritores por fabricarse vidas ejemplares a través de vergonzantes biografías autorizadas. Tal vez por eso es por lo que me resulta tan entrañable la actitud del poeta Leopoldo María Panero, que sin dejar de exhibir su desvencijada figura carnal plena de contradicciones reclama a críticos y lectores «que no usen mi torpe biografía para juzgarme».

35 comentarios:

Anónimo dijo...

No he seguido este caso, pero coincido contigo en la vanidad de los novelistas.
Ch.

ana dijo...

Vanidad tenemos casi todos, no solo los "intelectuales". No tenemos "vergonzantes biografías" porque a nadie le interesan pero, a otra escala, hacemos lo que podemos para presentarnos aseados y repeinados.

ana dijo...

Creía que el asunto de Kundera ya estaba aclarado y que se trataba de una historia falsa. Aunque no he visto pruebas (tampoco de lo contrario) sí leí el artículo de Jean Daniel (Le Nouvel Observateur) en EP y me resultó convincente.

Hace mucho que no leo nada de Kundera pero lo que conozco me gusta. "La insoportable levedad del ser", a pesar del pomposo título, me pareció muy buena.

javier dijo...

Yo creo que entre un escritor, un personaje público, y un fulano de a pie hay diferencias.

Y sí, la vanidad es un asunto profundamente humano. Ya se dice.

Anónimo dijo...

Al hilo de las biografías fabricadas, vanidades y otros lodazales, comentarles que, por un momento, pensé que estaban hablando del Libro de SSMM La Reina.

devisita

Anónimo dijo...

La discreción y el silencio de Kundera
"Mi único universo es la novela", dice el escritor. Pero ni aun así ha logrado evitar la calumnia. Ha sido víctima de esa nueva práctica periodística que consiste en poner a alguien bajo sospecha con un titular y una fotografía
JEAN DANIEL 30/10/2008


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La desbordante riqueza de la información no ha conseguido apartarme de un asunto que me concierne personalmente, que aún concierne más a nuestro oficio y sobre el que, pese a no haberlo hecho enseguida, me gustaría decir algo. Me refiero al caso Kundera.

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Hay algo de venganza; los checos nunca han aceptado la pasión del escritor por Francia

Para él, Occidente es sobre todo la Ilustración del siglo XVIII y, en concreto, Diderot
Hace casi 60 años -¡sí, 60 años!-, un joven agente checo de los servicios secretos norteamericanos fue detenido por la policía en Praga. Según los archivos, antaño controlados por los servicios soviéticos y ahora accesibles a cualquier investigador, el hombre que denunció al espía no habría sido otro que el escritor francés de origen checo Milan Kundera, entonces de 21 años. Hace tres semanas, un semanario praguense se hacía eco de este "descubrimiento" y le dedicaba un número especial. La noticia corrió como un reguero de pólvora por todas partes y, naturalmente, también por Francia. El escritor la recibió, según dijo entonces, "como un puñetazo en la cara". Kundera no sabía nada del asunto; ni siquiera había oído hablar de él. En un comunicado afirmó que todo era falso.

No obstante, a los tres días de la acusación, la verdad pareció abrirse camino cuando un gran profesor de la Universidad praguense, Zdenek Pessat, afirmó en una carta abierta conocer bien esta historia y, sobre todo, al denunciante, que no era en modo alguno Milan Kundera. Su declaración circuló ampliamente, pero nadie le dio demasiada importancia.

En los días que siguieron, las personalidades más eminentes del mundo literario francés y europeo manifestaron su solidaridad con Milan Kundera. Los periodistas, que primero habían tenido noticia de la información acusadora, conocían ya tanto el desmentido del autor como la emoción de sus pares. Eso les hizo optar por la prudencia. Pero ¿por qué esa prudencia ya no sirvió de nada? Porque según las nuevas prácticas de nuestro oficio, cuando aparecen un titular y una foto incriminando a una personalidad, ésta queda bajo sospecha. No se afirma que la información sea cierta, pero se presenta como posible e incluso verosímil. Los periodistas tenemos que vérnoslas con este problema todos los días y siempre de la misma forma. Vendemos verosimilitud. Y en el reino de lo verosímil, la calumnia nunca pierde vitalidad.

Así, ni todas las manifestaciones de solidaridad con el escritor impedirán que una parte de la opinión pública piense: "De todas formas, cuando el río suena... Al fin y al cabo, ¿quién puede decir con certeza lo que realmente ocurrió hace 60 años?". Y, luego, una pregunta insidiosa: ¿por qué un joven comunista no iba a considerar su deber denunciar a un espía? ¿Por qué? Simplemente porque no es verdad. Y si uno responde, cae en la trampa, como le ocurrió a Lech Walesa, antiguo líder de Solidarnosc, que fue víctima en Polonia de una manipulación similar de los archivos.

La situación de Kundera no deja de ser tristemente paradójica. Después de todo, él mismo anticipaba en sus novelas los estragos de la denominada "sociedad de la transparencia". El escritor cree, y no deja de repetírmelo desde que el asunto salió a la luz, en la discreción y la privacidad de la vida íntima. Piensa que hay que juzgar una obra por su contenido y no por lo que se cree descubrir en la vida del autor. Kundera huye sistemática y furiosamente de todos los medios de comunicación. Yo le digo que el carácter sistemático de sus negativas puede impacientar a algunos. Él me recuerda que salió en el programa de Bernard Pivot. Y, sobre todo, me da la misma respuesta que me diera Lévi-Strauss hace una década, y que yo publiqué con su aprobación: "Cuando me di cuenta de que me había equivocado gravemente en política -fue próximo al PC-, decidí no volver a aventurarme en ese terreno". A lo que Milan Kundera añade: "Es cierto que, cuando descubrí que mi único universo era la novela, siempre tuve miedo de verme encerrado en una afirmación dogmática que pudiera impedirme cambiar de opinión". Milan Kundera tuvo la ingenuidad de pensar que, como había renunciado a jugar el juego de la sobreexposición mediática, la discreción y el silencio le protegían.

En realidad, lo que más me interesa de esta historia es la dimensión humana y, sobre todo, literaria que resalta en Kundera. Es evidente que uno de los temas dominantes de sus últimas obras es la noción de exilio y todo lo que guarda relación con ella. Es la noción de la doble identidad. Y también, por supuesto, el hecho de haber escogido escribir en francés y el de suscitar reacciones neuróticas en su patria de origen. La calumnia tiene algo de venganza. Los checos nunca han comprendido, ni tal vez admitido, la pasión de Milan Kundera por Francia. En cuanto a los franceses, sería imperdonable que ellos la ignorasen. Su padre, pianista, era discípulo de Alfred Cortot y admirador del Grupo de los Seis (Milhaud, Honegger, Poulenc...). En el manuscrito de su nuevo libro de ensayos dice el autor: "En los años veinte, mi padre trajo de París las piezas para piano de Darius Milhaud y las interpretó ante el escasísimo público de los conciertos de música moderna". Kundera heredó de su padre ese amor por Francia y su arte. El amor por los surrealistas. Y por Apollinaire. He tenido ocasión de ver la edición de Alcools publicada en Praga en 1964 con un largo prefacio de Kundera, que también tradujo la mayor parte de los poemas.

Pero pienso sobre todo en Diderot. Dentro de unos días, en el Teatro 14, en París, van a representar de nuevo la obra Jacques y su amo, homenaje a Denis Diderot, bajo la dirección de Nicolas Briançon. Escrita en 1970, esta pieza quería ser la respuesta de Kundera a la invasión rusa de Checoslovaquia, en 1968. Más que en la brutalidad de la represión, el escritor veía lo esencial de la tragedia de su país en el hecho de que había sido secuestrado -y, según su impresión de entonces, definitivamente secuestrado- por otra civilización, e iba a ser inexorablemente desoccidentalizado. Ahora bien, para Milan Kundera la esencia de ese occidentalismo amenazado se concentraba en el siglo XVIII francés, particularmente en la obra de Diderot y, más concretamente aún, en Jacques el fatalista, esa novela tan libre, tan alegre.

¿Cómo representar la pieza en Checoslovaquia en aquella época negra? Kundera era un autor prohibido. Pero en el año 1975, en el que emigra a Francia, uno de sus amigos presta su nombre a la pieza y el Homenaje a Diderot pudo representarse en la Praga ocupada hasta el final de la presencia rusa, en 1989, es decir, durante 14 años sin interrupción. Así, aun en Francia, Kundera siempre pudo tener la impresión de estar presente en su país. "Gracias -me dice- al traje que me había prestado Denis Diderot".

En su próximo libro de ensayos (Un encuentro, que aparecerá en Gallimard en febrero de 2009) evoca a otro escritor checo, su amigo Josef Skvorecky, gran amante del jazz -hoy vive en Toronto-, y escribe: "Como si, desde su primera juventud, cada uno de nosotros llevase dentro de sí el lugar de su posible exilio; yo, Francia, él, Norteamérica". Aunque, en 1975, la emigración a Francia fue para Kundera una sorpresa total -"sin la invasión rusa probablemente nunca hubiese abandonado Checoslovaquia", dice el autor-, al mismo tiempo fue un acontecimiento completamente natural, lógico, necesario y feliz.

Lo que no quiere decir que olvidase su país natal. No sólo en sus novelas -¿Acaso El libro de la risa y el olvido y La insoportable levedad del ser no están llenos de amor por ese país?-, sino también en la vida práctica: Kundera escribe prefacios para los libros traducidos de sus compatriotas -él inspiró y prologó la primera edición de las piezas de Václav Havel, en 1980- y también numerosos artículos. Y su afecto por Francia se fue haciendo cada vez más fuerte. Un afecto indestructible. "Desde entonces, el matrimonio Skvorecky visita Praga de vez en cuando, pero siempre vuelve a su patria. A la patria de su viejo exilio". Es también el caso del matrimonio Kundera. Su amada Francia se ha convertido en su patria. Su "exilio-patria".


Jean Daniel es director del Nouvel Observateur. Traducción de José Luis Sánchez-Silva.

Anónimo dijo...

Huck, el PPpop, y Kundera
LUIS DANIEL IZPIZUA 30/10/2008


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Uno de los libros que, al parecer, retiró Sarah Palin de la biblioteca pública de la localidad de la que era alcaldesa fue Huckleberry Finn, la obra maestra de Mark Twain. No era la primera vez que alguien retiraba ese libro de una biblioteca pública. Considerada aún por muchos como una novela para adolescentes, Huckleberry Finn es una obra moralmente subversiva. En sus aventuras por el Misisipí, Huck comparte la compañía del negro Jim, un esclavo fugado al que, de acuerdo con la ley y con el ethos del lugar y de la época, Huck debiera delatar o hacer lo posible para entregarlo a su dueña. No sólo no lo hace, sino que le ayuda a escaparse, y actúa así con la clara conciencia moral de que está actuando mal. Huck comparte el ethos del sur esclavista, y su comportamiento con Jim no está motivado por un sentimiento más elevado de la justicia o por un impulso humanitario del que llegue a tener conciencia. Lo hace por afecto, y lo hace por bondad, disposiciones que le llevan a otorgarle a Jim la humanidad fraternal propia de una moralidad de la que él no es consciente. Desde nuestra perspectiva actual, y desde la de su autor, diríamos que, creyendo actuar mal, y a conciencia, Huck en realidad hace el bien. No podía ser de otra forma, dado el carácter y la natural bondad del personaje. La naturaleza moral de la persona es capaz de superar los prejuicios y el ethos de una época, aunque en el caso de Huck resulte problemático hablar de una conciencia moral plena, ya que ésta ha de ser capaz de reafirmarse.

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¿Seremos también nosotros capaces de juzgar moralmente algún día lo que nos ocurre?
Kundera "es" un excelente escritor. Precisamente porque lo es hablamos de su caso. Y el caso es interesantísimo. Supongamos que sea cierto, y hay razones fundadas para pensarlo, que Milan Kundera delató a la policía a Miroslav Dvoracek, un espía checo al servicio de los Estados Unidos. En la Checoslovaquia de 1950, y más un comunista como Kundera, ¿no tenía acaso la obligación de hacerlo? Quien no lo hiciera teniendo conocimiento del caso se la jugaba. Ante la ley, por supuesto. Pero, al margen de la ley, ¿no había otra cosa, el ethos asumido, el ethos comunista de quien defendiera la revolución recién instaurada en el país, que obligaba igualmente a actuar de esa forma? Hoy podemos juzgar moralmente aquella revolución, pero la grandeza moral reside en quienes supieron juzgarla en su momento y actuar en consecuencia. Kundera fue capaz de hacerlo, aunque, si las acusaciones de delación son ciertas, no lo hizo en 1950, cuando sólo tenía 21 años; su despertar moral fue algo posterior. Bien, digamos que en 1950 Kundera no era precisamente un Huck Finn.

¿Seremos también nosotros capaces de juzgar moralmente algún día lo que nos ocurre y de reaccionar como seres morales ante el ethos que nos cubre? Si algo puede identificarse con ese ethos en nuestras sociedades democráticas es lo que se conoce como lo políticamente correcto, un ethos que entre nosotros posee un claro tinte nacionalista. Lo más grave de ese ethos nuestro es que ha sido capaz de amparar la delación y el crimen. Ha sido así durante muchos años, y lo sigue siendo, si bien de forma mucho más sibilina e inconsciente. No me gusta esa expresión, lo políticamente correcto, no al menos cuando se la utiliza como contraargumento simplón, pero sí puede ser válida para definir ese estado de opinión difuso que parece guiar nuestras creencias, nuestros actos y nuestra hipocresía.

Hace unos días, Antonio Basagoiti visitó en compañía de Mariano Rajoy la sede del Athletic. Uno pensó que se trataba de una de esas visitas protocolarias que serán habituales en la vida ordinaria del glorioso club, y pensó también en un gesto del nuevo PP vasco para asomarse a esa corrección política de la que se le excluye. Las reacciones negativas provocadas por la visita han sido reveladoras. Pregunto. ¿Las reacciones hubieran sido las mismas si la visita la hubiera realizado Iñigo Urkullu o, puestos a ello, Arnaldo Otegi? Conteste cada cual en conciencia y piense en Huck Finn.

Anónimo dijo...

Calumnia, que algo queda
JUAN GOYTISOLO 27/10/2008


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Hace un par de semanas leí, primero con estupor y luego con indignación, las acusaciones divulgadas en la revista checa Respekt por Adam Hradilek y Petr Tresnak, y reproducidas al punto por la prensa internacional. Según estos investigadores de las cloacas del régimen estalinista de la ex Checoslovaquia, esto es, los archivos de la Stasi, Milan Kundera habría delatado a un desertor, Miroslav Dvorácek, al ser informado por su amigo, hoy fallecido, Miroslav Dlast, de su presencia clandestina en Praga, huésped de la compañera universitaria de ambos, Iva Matlika, con quien posteriormente Dlast se casó.

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Falsas acusaciones contra Kundera se expanden merced al sensacionalismo sin control de Internet
La manera de presentar los hechos por el corresponsal en París de este periódico -desde el título de su segunda crónica, El insoportable pasado de Kundera, hasta párrafos como "la mayoría de las veces el pasado acaba por atraparnos. Es lo que probablemente le sucedió al escritor Milan Kundera...", y la frase de que no se sabía hasta hoy "que hubiese actuado como comisario político"- ignoran la presunción de inocencia de quien es víctima de tales calumnias. El espacio concedido al rotundo desmentido de Kundera no ocupa ni una décima parte del texto en el que se detallan las supuestas revelaciones de los colaboradores de la revista checa.

Conociéndose bien las posibilidades de una manipulación mafiosa de los archivos policiales -la fabricación de informes y documentos destinados a desacreditar a los opositores e intelectuales rebeldes es una práctica común a todos los regímenes totalitarios del mundo-, sorprenden dos cosas. Primera: la aceptación inmediata y acrítica por los medios informativos de las acusaciones vertidas contra un escritor molesto tanto para el régimen estalinista que reinó en Praga de 1948 a 1989 como para los sectores nacionalistas y reaccionarios, más pro-Bush que el propio Aznar, que marchan viento en popa en la actual República Checa.

Segunda: la tardanza en sacarlos a la luz, siendo así que los espulgadores de pasados poco limpios están al pie del cañón para apuntar a los culpables de leso patriotismo y que, para colmo, cambiaron de nacionalidad (en realidad Kundera fue despojado de ella en 1980), y más grave aún, de lengua (recuerdo lo de "el ahora francés Julio Cortázar" firmado por un puñado de mediocres, celosos de su talento).

El morbo y sensacionalismo de la noticia avasallan en el mundo de hoy al profesionalismo de la información. Cualquier personaje público -y, pese a su encomiable deseo de ser simplemente una persona, Kundera lo es-, puede convertirse en blanco de todo tipo de acusaciones respecto a su vida profesional y privada, sus preferencias sexuales, sus remotas afinidades políticas con estalinistas o nazis, y un largo etcétera. Basta que un bloguero de mala uva o el oscuro titular de una página web lancen el infundio para que éste se divulgue en tiempo real por nuestro infeliz planeta. Como dice Yasmina Reza en un artículo de opinión publicado en Le Monde del pasado 16 de octubre, "la impotencia absoluta de una persona ante tal marejada" obliga a reflexionar sobre el código ético y la deontología profesional, pues "las palabras forman parte de nuestra percepción de lo real y pronunciadas o escritas toman caminos imprevisibles que pueden ser destructores".

Los sembradores de sospecha que, a partir de documentos fácilmente manipulables, de admisiones tardías de hechos reales que se remontan a la adolescencia del atacado o de simples cotilleos de aficionados a la chismografía, intentan desmontar de sus inventadas estatuas a quienes admiramos por su valor artístico e independencia de todos los poderes fácticos, se frotan las manos desde su presunta altura moral: ¡vean ustedes, son como los demás! (ellos no, dada su insignificancia, nadie les pedirá cuentas y alcanzarán al revés con sus patrañas una fama ilusoria y efímera).

La carta del historiador literario checo Zdenek Pesat del 15 de octubre -y el excelente artículo de Monika Zgustova que leo mientras corrijo estas líneas- ponen las cosas en su lugar. Estudiante de Filosofía y cuadro del partido comunista en la universidad praguense, Pesat recibió la visita, dice, de Miroslav Dlak, en la que éste le informó de que su amiga y luego esposa Iva albergaba en su domicilio a un ex compañero de estudios desertor y supuesto espía y que, a fin de protegerla, había denunciado a Dvorácek a la Stasi.

Los amigos y admiradores de Kundera queremos expresar nuestra protesta contra tal linchamiento mediático y reivindicar su ejemplaridad de artista y de intelectual ajeno a todo compadrazgo político, aun a sabiendas de que corría el riesgo de sufrir por ello los ataques y golpes bajos de una cáfila de enemigos amparados en el anonimato y la ubicuidad del universo virtual en el que actualmente vivimos.


Juan Goytisolo es escritor.

Anónimo dijo...

Tres checos, un espía y un soplo
Los protagonistas clave del 'caso Kundera' reconstruyen la historia para EL PAÍS
JOSEBA ELOLA - Praga - 26/10/2008


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Dos veinteañeros se cruzan en el puente Manes de Praga el 14 de marzo de 1950. Él es Miroslav Dvoracek, un ex piloto del Ejército checoslovaco, del que había desertado, y ahora es un guapo espía que trabaja para Estados Unidos. Ella, Iva Militka, una rubia estudiante ingenua y escasamente politizada. Hace más de un año que no se ven; Iva está emocionada, enfrente tiene a su amigo, el que cruzó la frontera junto a su ex novio. Dvoracek le cuenta que ahora trabaja en una tienda de fotos en Alemania, que está de paso, le pide un favor. Este reencuentro marcará para siempre sus vidas y las de los que los rodean. A partir de ese momento, toda persona que sepa de este episodio se hallará en peligro: el que no informa, se la juega. La Checoslovaquia comunista de principios de los cincuenta es una sociedad atemorizada por la delación, caldo de cultivo para la sospecha. Dvoracek es detenido y da con sus huesos en los campos de concentración de Pribram. Trabaja como un esclavo en las minas de uranio. Sufre durante 14 años las consecuencias de un soplo. Un documento de la policía checa implica al escritor Milan Kundera en este turbio asunto.

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"El documento es auténtico", dice un investigador cercano al caso

"Si no informabas te podían caer cinco años", declara Ivan Klima

Iva Militka ha cargado toda su vida con la culpa de la delación
Hay un viejo dicho de la época comunista que refiere que cuando tres checos se reúnen, dos de ellos son informadores de la policía.

"Estaba tan contenta de verle, no había nada sospechoso en él", dice Iva Militka mientras el chihuahua que descansa en sus brazos le lame la mano. Militka es hoy una mujer de 79 años que vive en Bohnice, una barriada modesta de Praga conocida por su hospital psiquiátrico. Toda la vida se ha sentido culpable por lo que aconteció con su amigo Dvoracek. Ella tenía 21 años.

En la estantería de su casa reposa la foto de Miroslav Dlask, el hombre al que ella realizó la confidencia, su novio por aquel entonces y después su marido. Un marxista convencido, fuerte, alto, apuesto. Le contó que se había encontrado con Dvoracek, al que ella llamaba Mirda, que le había pedido que le guardara una maleta en la residencia de estudiantes en que ella dormía. Volvería por la tarde. Se iba a quedar a dormir.

Dvoracek tenía, a sus 22 años, una misión entre manos: entrar en contacto con Václavik, un empleado de Chemapol, la potente empresa química checa. Había sido reclutado por los Cuerpos de Contrainteligencia (CIC) estadounidenses tras abandonar el Ejército checo. El golpe comunista de 1948 le había hecho perder su puesto de piloto. Decidió escapar.

Iva le contó el encuentro a su novio, Dlask, a la hora de la comida. De lo que hizo Dlask con esta información se empieza a hablar ahora que ha pasado más de medio siglo.

Milan Kundera era en aquellos días un joven comunista al que acababan de echar del partido. Todo por mofarse de un alto cargo. Un episodio que inspiró años más tarde La broma, su primera novela. El autor de La insoportable levedad del ser era entonces un estudiante de Cine de 21 años. Según mantiene el historiador Jiri Pernes, era el delegado de la residencia.

Según el Instituto para el Estudio de los Regímenes Totalitarios checo (USTRCR), organismo que respalda la investigación que cuestiona a Milan Kundera, está clarísimo lo que ocurrió aquella tarde a las cuatro: Kundera informó a la policía. Lo dice el documento 624/1950 de la policía checa, un informe firmado por el oficial Rosceky: "Hoy, sobre las 16.00, un estudiante, Milan Kundera, nacido el 1-4-1929 en Brno, residente en la residencia de estudiantes de la avenida Jorge VI en Praga 7, se presentó en estas dependencias e informó de que una estudiante, Iva Militka, hospedada en la residencia, le dijo a un estudiante de nombre Dlask, también de la residencia, que se había encontrado con un cierto amigo suyo, Miroslav Dvoracek, en Klárov, en Praga, ese mismo día. El susodicho Dvoracek aparentemente dejó una maleta a su cuidado [...]". El informe destacaba la condición de desertor de Dvoracek.

La envejecida carpeta rosa con el expediente de Miroslav Dvoracek está guardada en los Archivos de los Servicios de Seguridad checos. El quinto documento de la carpeta, un papel de color amarillo de gramaje espeso, es el documento de la discordia. "No te lo comas, ni lo destruyas", advierte en broma Vojtech Ripka, el director del Departamento de Documentación.

En este documento se basa la acusación a Kundera. Han sido muchas las voces que se han alzado contra su validez. En un primer momento se dijo que no era fiable porque no llevaba la firma de Kundera. Desde el USTRCR, aclaran que sólo los interrogatorios exigían una firma. Los informes de la policía, no. "Los procedimientos de la policía eran bastante estrictos en la época, y son los mismos hoy, aquí, y en España", explica Ripka. "Kundera fue a ver a la policía. El documento está autentificado por el Archivo de las Fuerzas de Seguridad".

Milan Kundera no hace más declaraciones, informa a este periódico su representante Jiri Srstka. Fue bastante tajante cuando emergieron las acusaciones. "Puras mentiras", dijo. El traductor de sus primeros libros en España, Fernando de Valenzuela, lamenta que se conceda el beneficio de la duda a la policía checa. "Esto es un montaje y una infamia", declara. La escritora Lenka Prochazkova, en su luminoso apartamento frente al río Moldava, asegura que se trata de una campaña contra uno de los iconos de la Primavera de Praga por parte de una derecha, la que puso en marcha el USTRCR, con deseos de revancha. Hasta el ex presidente Václav Havel ha salido en su defensa.

Sobre las 20.00 de ese 14 de marzo, Dvoracek volvió a la residencia y dos policías armados le esperaban tras la puerta. Era el inicio del calvario.

"En aquellos momentos, si un comunista escuchaba la historia de un agente debía informar. Es como si ahora alguien supiera de un terrorista islámico y no dijera nada". Lo explica en su estudio Ivan Klima, gran escritor checo, contemporáneo de Milan Kundera. Dice que la Checoslovaquia de los primeros cincuenta fue un estado "terrorista" hasta la muerte de Stalin, en 1953. "Si no informabas, te podían caer cinco años, o te podían ahorcar", dice revolviendo ese pelo que a sus 77 años aún se corta a lo Ringo Starr.

Klima fue un comunista convencido, como Kundera. Un impulsor de la Primavera de Praga, como Kundera. Cuenta que en aquellos días se encontró una situación similar. La información le llegó, también, por medio de una chica. Le habló de un antiguo oficial de las SS en territorio checo. Pero decidió no informar. "Lo que está claro es que en aquella época mantenerse firme requería ser muy valiente".

Seis meses después del encuentro sobre el puente Manes, Dvoracek fue condenado por deserción, espionaje y traición. Le cayeron 22 años. Cumplió 14.

Las familias de Iva Militka y Dvoracek se enemistaron. Nunca perdonaron a Militka por irse de la lengua, siempre la culparon de la suerte de su hijo. Militka ha cargado durante toda su vida con el peso de la culpa, siempre se reprochó haber contado ese encuentro a su marido. En numerosas ocasiones le preguntó si había sido él quien informó a la policía. Dlask siempre calló. Hasta 1992. Entonces, dice Militka, le contó la implicación de Kundera. "Me sentí feliz y aliviada", reconoce. Aunque eso no exculpaba a su marido. "Si informó fue para protegerme", declara. "En aquel momento, dar información al Estado no era malo".

El historiador Zdenek Pesat, que era profesor de la universidad en aquel entonces, declaró la semana pasada que Dlask informó a la policía, además de informar al partido. Lo cual no impide que Kundera también lo hiciera, dice Militka. La semana pasada, Pesat yacía en la cama en delicado estado, con oxígeno, según contó a EL PAÍS su hija en Praga. No se le podía entrevistar.

Dvoracek pasó 10 años penando en las minas. Jiri Stransky, reconocido escritor que fue procesado por el régimen, estuvo ocho años allí. De hecho, al ver las fotos de Dvoracek en la prensa, su cara le resultó familiar. "Trabajábamos como esclavos, vivíamos en un campo de concentración", dice en su perfecto y educado inglés. "Nos pegaban, apenas nos daban de comer".

Tras 14 años, Dvoracek obtuvo la libertad condicional. Dos meses después de la invasión del Pacto de Varsovia, en 1968, escapaba para nunca más regresar a su país. Al llegar a Canadá cambió el nombre de Miroslav por el de Mike. Empezaba una nueva vida.

Se instaló en Suecia en 1975. Allí se fue para unir su destino al de Marketa, una amiga de su hermano que le ayudó cuando salió de la cárcel. Durante años trabajó supervisando la alimentación en un hospital. En 1993 llegaban las secuelas de los años en contacto con el uranio: anemia hemolítica. "Ha sido feliz, consiguió dejar su pasado", dice Marketa por teléfono. Habla desde el apartamento cercano al mar donde viven juntos, en la costa oeste de Suecia. Dvoracek sufrió en junio un infarto cerebral durante un viaje a las Azores. Ha perdido el habla. Está aprendiendo a escribir con la mano izquierda.

Este fin de semana, Mike y Marketa deberían haber estado en Fuerteventura, tenían comprados los billetes desde hace tiempo, les encanta España. Pero hubo que suspenderlo todo. Su médico dice que nunca ha tenido un paciente tan fuerte como él.

El infarto cerebral le sorprendió dos meses después de la llamada de Adam Hradilek, el investigador que publicó en la prestigiosa revista Respekt que Kundera estaba involucrado en el asunto. Dvoracek no quiso reabrir el pasado. No quería hablar.

Su esposa dice que da igual quién le delatara. El caso es que le delataron.

Durante toda su vida, Dvoracek pensó que fue Iva Militka la responsable de su destino. Cuando la policía checa le detuvo e interrogó en 1950, no soltó prenda. No mencionó para nada a Militka. Puso a salvo a su amiga.

Hace un año, Matej Dlask, nieto de Militka, le preguntó a ésta cómo era posible que apoyara a los comunistas en aquel entonces. La conversación desembocó en la confesión de aquella turbia historia. Y salió el nombre de Kundera. Matej empezó a investigar el caso y le pasó los trastos a su primo Adam Hradilek, especializado en entrevistar a víctimas del régimen comunista. Fue éste el que, investigando en los Archivos de los Servicios Secretos, halló el documento 624/1950.

"Mis abuelos no fueron felices", dice Matej, de 32 años, en la cocina de su casa, en el noreste de la ciudad. Siempre anduvieron justos de dinero. La desconfianza en torno al episodio del soplo probablemente lastró esa relación. Dlask trabajó como profesor de Filosofía marxista toda su vida. Ella desempeñó distintos trabajos.

Poco después de morir el abuelo Dlask, la familia le pidió a Militka que escribiera unas memorias. "Tenía mucho tiempo libre", dice Matej, que es informático y a sus 32 años tiene tres hijos.

Matej abre las memorias de la abuela, encuadernadas en canutillo, con portada amarilla y fecha de 2002. En ellas Militka escribió: "Doy las gracias a todos, a Miroslav y a las tres estudiantes, pero este horrible sentimiento de haber sido parte de un acto miserable nunca me abandonó, y escribo con gran tristeza. Tal vez si hubiera tenido más sentido común y le hubiera rechazado todo habría sido distinto".

Matej cierra las memorias de la abuela. "Descubrimos que Dvoracek era el héroe de esta historia. Si todos se hubieran comportado como él, si no hubieran dicho nada, nada de esto hubiera ocurrido".

Anónimo dijo...

Kundera y sus inquisidores
MONIKA ZGUSTOVA 21/10/2008


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Milan Kundera ha sido víctima del furor postotalitario. La trama que rodea la acusación de que ha sido víctima podría ser una novela del mismo Kundera. Hay en ella una historia de amor, traición y espionaje, huidas, injusticias y mucho misterio. Los protagonistas tienen poco más de 20 años, son brillantes y de buen ver, les interesa la poesía y el pensamiento. La mañana del 14 de marzo de 1950, en Praga, un espía extranjero de origen checo, Dvoracek, solicita alojamiento a su amiga Militka y ésta mientras almuerza ese día con su novio, Dlask, le ruega que no la visite esa noche en la residencia de estudiantes donde vive porque va a estar con Dvoracek que le ha pedido cobijo. Esa noche Dvoracek es arrestado y sentenciado a 22 años de trabajos forzados en las minas de uranio de los que cumple 13 y tras los cuales huye a Occidente, convencido de que fue Militka quien le denunció.

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El caso ha dividido a los checos según creyeran o no en la inocencia del escritor
Dlask y Militka acabaron casándose sin volver a hablar del asunto. Hasta que 60 años después, en su lecho de muerte, Dlask le contó a su esposa que en la tarde de aquel 14 de marzo había hablado del espía que iba a pasar la noche con ella a quien entonces presidía la residencia de estudiantes, el también estudiante Milan Kundera. Militka comunicó la revelación a dos jóvenes historiadores, uno de los cuales era familiar suyo, quienes decidieron investigar lo ocurrido. Y encontraron un documento de la policía que recoge una presunta denuncia del agente extranjero Dvoracek presentada por Milan Kundera en una comisaría del barrio pragués de Dejvice donde se encontraba la residencia. Únicamente a base de ese documento, el cual no está firmado ni por Kundera ni por nadie y que sólo identifica al escritor por su fecha de nacimiento, sin que conste ningún número de identidad como era preceptivo, los dos historiadores redactaron un artículo que ha dado la vuelta al mundo en el que concluyen que Kundera fue un delator en manos de la policía comunista.

El artículo dice que "parece ser" que Dlask le contó el asunto a Kundera, quien a su vez fue derecho a la comisaría para denunciar la presencia de Dvoracek en el país. "Posiblemente", "es probable", "parece ser", "uno diría que" y "es muy posible" son las expresiones que con más frecuencia se repiten en el artículo publicado por la revista checa Respekt, la de mayor prestigio intelectual hoy en su país. ¿Cómo puede basarse una acusación de tan graves consecuencias en un único documento más que dudoso y usando tantas expresiones inseguras? Dudoso porque en la Checoslovaquia de los años cincuenta era práctica cotidiana por parte de la policía perpetrar denuncias, ya que cualquier agente que recibía una era condecorado con facilidad. No olvidemos que denunciar al "enemigo del pueblo" era muy bien visto por las autoridades, no en vano la ley declaraba culpables no sólo a los delincuentes sino a cualquiera que conociera un delito y no lo denunciase.

Tanto la prensa checa como internacional se apresuraron a recoger el artículo y difundir la culpabilidad de Kundera. De modo que asistimos a algo muy grave: la masiva inculpación de alguien en plena democracia sin someter los documentos exhibidos al mínimo rigor exigible, sin saber si hay otros documentos, sin escuchar a todos los testimonios y, sobre todo, sin conocer previamente la versión del propio implicado.

Kundera afirmó que nunca tuvo nada que ver con esa denuncia. Pero el caso daría un inesperado vuelco cuando otro testigo, el prestigioso crítico literario checo Z. Pesat, declaró tres días después de la publicación del artículo que aquel fatídico día, Dlask le había contado que él mismo denunció en la comisaría a Dvoracek. El testimonio de Pesat apenas mereció una breve columna en alguno de los medios internacionales.

De todas esas versiones se desprende que la realidad bien pudiera haber sido ésta: preocupado por la presencia de un espía -un hombre- en la habitación de su novia, Dlask fue a la comisaría y puso la denuncia en nombre del presidente de la residencia, Milan Kundera. Es por eso que la denuncia no está firmada, porque no fue Kundera quien la puso.

Lo que ocurrió ese día es incierto. Lo cierto en cambio es que la calumnia ha caído sobre el escritor y su integridad ética ha sido puesta en cuestión. La culpa de todo ello es la falta de rigor de los dos historiadores tan prestos en llegar a conclusiones. El Instituto para el Estudio de los Totalitarismos, al cual pertenecen, se fundó para estudiar el funcionamiento interno de los totalitarismos. Sin embargo, hasta ahora sólo se ha dedicado a buscar revelaciones escandalosas sobre personas que luego se demostró eran inocentes.

La semana pasada se vivió en Praga, desde donde escribo este artículo, un ambiente febril. El artículo dividió a los checos en dos mitades, según creyeran o no en la inocencia de Kundera. Y quién sabe cómo hubiera acabado todo a no ser por el testimonio de Pesat, al que se añade hoy un texto de Václav Havel, publicado en la misma revista Respekt, quien desde un profundo conocimiento y comprensión de las condiciones de vida bajo un régimen totalitario, exculpa a Kundera. Por su contundencia, el texto del ex presidente checo debería poner punto y final al asunto.


Monika Zgustova es escritora.

Anónimo dijo...

ANÁLISIS: EL ACENTO
La indecencia
15/10/2008


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El 14 de marzo de 1950, Milan Kundera acudió hacia las cuatro de la tarde a un puesto policial de Praga para advertir de que un ex piloto y desertor del Ejército había entrado en el país clandestinamente y tenía previsto reunirse con una compañera suya de la residencia de estudiantes. Kundera tenía entonces 20 años y había sido expulsado del Partido Comunista en 1948 (aunque volvería a tener carné en 1956). Unas horas después de recibir el chivatazo, un grupo de agentes interceptaron cuando entraba a la residencia a Iva Militka, la amiga del escritor, y al rato detuvieron a Miroslav Dvorácek cuando la esperaba en el hall. Durante el juicio, el antiguo piloto fue también acusado de colaborar con los servicios secretos de Occidente y el fiscal pidió la pena de muerte. Lo condenaron a 22 años entre rejas y lo enviaron a trabajar a una mina de uranio. Pasó allí 14 años.

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Kundera, que vive alejado del mundanal ruido en París, reaccionó de inmediato para negar categóricamente haber hecho nunca nada semejante.


La historia la había contado el historiador Adam Hradilek en el semanario checo Respekt. En su artículo reproducía el informe 624/1950 que había encontrado en los archivos del Ministerio del Interior de la antigua Checoslovaquia. Aparece allí un tal Milan Kundera, "nacido el 1 de abril de 1929 en Brno". El mismo día y en la misma ciudad donde vino al mundo el autor de La insoportable levedad del ser. Una novela donde Kundera se servía de un médico para denunciar el totalitarismo comunista que asoló su país entre 1948 y 1989.


Ningún informe cambiará un ápice el valor de su literatura. Las sombras han caído sobre su persona. Antes de dejarse llevar por la tentación de castigar por una villanía de juventud al que terminó siendo un héroe de la disidencia, convendría confirmar que las cosas ocurrieron así: se sabe mucho de la turbiedad de las policías secretas comunistas, y que la denuncia fuera falsa no sería ningún disparate. Si finalmente fuera cierta, la villanía es una villanía. De nada sirven las inútiles fórmulas de "todos hicimos lo mismo" o de que "fueron pecados de juventud". Los regímenes totalitarios todo lo contaminan con su abyección, pero en ellos siempre hubo personas decentes. Y un chivatazo es siempre indecente.

Anónimo dijo...

ROSA MONTERO
Mentiras
ROSA MONTERO 21/10/2008


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Qué triste, pero también qué fascinante la noticia sobre la posible delación juvenil de ese espléndido escritor que es Milan Kundera. Si es cierto que lo hizo, el asunto probaría una vez más los abismos de miseria a los que somos capaces de llegar absolutamente todos los humanos, y el terrible daño moral que provocan las dictaduras, corrompiendo las sociedades y fomentando lo peor de las personas. Pero aún me parece más interesante la respuesta de Kundera ante la acusación: su negativa es tan categórica que resulta veraz. Puede que sea inocente; o puede, y esto me parece más probable, que lo haya olvidado. Nuestra memoria miente todo el rato, maquilla y reescribe constantemente nuestro pasado para hacerlo manejable y asumible, y aunque olvidar algo así de gordo parezca imposible, los psicoanalistas saben bien que abundan los olvidos descomunales. Simplemente uno se fabrica otra versión.

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Y es que los humanos somos mentirosos por naturaleza. Los investigadores no terminan de ponerse de acuerdo sobre cuantas patrañas decimos, pero todos coinciden en que es imposible pasarse un solo día sin mentir. Encuestas no relacionadas entre sí y hechas en Italia, Reino Unido y México han proporcionado un resultado similar: la gente confiesa que cada día suelta unas cuatro mentiras. De manera que probablemente ésa sea la media de lo que creemos que mentimos, aunque la cifra real puede ser más alta, porque no somos conscientes de muchas de las falsedades que utilizamos. De hecho, hay investigadores, como Genevieve Bell, que aseguran que mentimos entre seis y 200 veces cada día. Es una curiosa pregunta para hacerse: ¿en cuántas ocasiones he mentido hoy? ¿Cuando llegué tarde y conté que había tráfico? ¿Cuando le comenté al compañero de oficina que su horroroso traje era muy elegante? ¿Cuando dije te quiero?

belen altuna dijo...

Kundera describe la tarea del novelista como un profanador de mitos, como un presentador de personajes que aspiran a ser comprendidos antes que juzgados. Pero esa total libertad creativa no puede estar desprovista de responsabilidad moral: sus obras tienen una clara repercusión social. Cabe la posibilidad de que al escribir tanto sobre la opresión comunista y la debilidad humana, Kundera haya estado luchando contra sus demonios interiores. Pero, si es así, ¿cuánto más le habría dignificado como persona haberlo reconocido?

"Es un atentado contra un autor", ha reaccionado, aturullado, por teléfono. No, Milan. El largo sufrimiento de Dvoracek no se debe al autor, ni nuestra decepción tampoco.

Anónimo dijo...

La obligación- Arcadi Espada

No acabo de entender el problema Kundera. Tenía poco más de veinte años, vivía en Praga y era comunista, cuando se enteró que un desertor del ejército checo llegaría a la ciudad. Como es natural, el joven Kundera se dirigió a la comisaría de policía más cercana y denunció la inminente llegada del desertor. La policía comprobó la veracidad de la denuncia y detuvo al desertor, que fue condenado a muerte. Es verdad que, luego, le conmutaron la pena capital por 14 años de trabajos forzados en una mina de uranio: pero en ese canje benéfico la responsabilidad del joven Kundera ya fue nula. Europa se escandaliza por esta historia, y no sólo eso: llama y pide explicaciones a Milan Kundera, que ha dejado de ser joven (ya tiene cerca de ochenta años), hace mucho tiempo que ha abandonado Praga por París, y suele escribir novelas (La broma, La despedida, La inmortalidad, La lentitud, La identidad, La ignorancia) donde los sujetos se exhiben sin mayor predicado.

¿A qué el escándalo? Kundera no hizo más que cumplir con su deber de comunista. Se verá muy bien con un ejemplo más o menos analógico. Un joven demócrata se entera mediante una confidencia que en una ciudad, preferentemente sudamericana, se esconde un antiguo oficial nazi. Como es natural, el joven se dirige a la comisaría más cercana y el oficial acaba preso y ahorcado. ¿Cuál es el escándalo? Los nazis merecen ser perseguidos, denunciados y ahorcados sin conmutación, y el joven demócrata sólo ha hecho que cumplir con su deber. Es verdad que la delación supone siempre un problema íntimo e intransferible, por más que se encare con la Historia y la ética de las multitudes. Pero, al fin, estas cuestiones no dejan de tener un mero deje estético: mejor que los delatores sean otros, aunque se aplauda su trabajo. También pasa con los basureros.

Por lo tanto el problema no es, o no debe ser, la delación en sentido estricto. Se verá muy bien con un ejemplo más o menos analógico. Imaginemos que el viejo Milan Kundera, habitante de París y de su libertad desde el año 1975, novelista crecido y Nobel in pectore (ya nunca jamás), en la recta final de su vida, y armado, bien armado, de memoria y documentos decide poner negro sobre blanco un largo y denso pasaje de su vida checa, donde aparece el comunismo, y no sólo él, sino los comunistas. Y no sólo los comunistas, sino aquellos especialmente firmes y devotamente capaces de denunciar desertores demócratas. Y no cualquier devoto, sino que entre ellos, insondable maravilla, un joven devoto ya llamado entonces Milan Kundera. Oh, delación. ¡Cuánto y con qué noble orgullo la habríamos aplaudido entonces!

Anónimo dijo...

Imaginemos que el viejo Milan Kundera, habitante de París y de su libertad desde el año 1975, novelista crecido y Nobel in pectore (ya nunca jamás), en la recta final de su vida, y armado, bien armado, de memoria y documentos decide poner negro sobre blanco un largo y denso pasaje de su vida checa, donde aparece el comunismo, y no sólo él, sino los comunistas. Y no sólo los comunistas, sino aquellos especialmente firmes y devotamente capaces de denunciar desertores demócratas. Y no cualquier devoto, sino que entre ellos, insondable maravilla, un joven devoto ya llamado entonces Milan Kundera. Oh, delación. ¡Cuánto y con qué noble orgullo la habríamos aplaudido entonces!

ana dijo...

Anónimo está hoy que se sale.

Anónimo dijo...

El informe 624 / 1950, procedente de los archivos del Ministerio del Interior de la antigua Checoslovaquia, que localizó Adam Hradilek, reza: "Hoy, hacia las 16.00 horas, un estudiante, Milan Kundera, nacido el 1 de abril de 1929 en Brno (...) residente en Praga VII, Ciudad Universitaria, calle del Rey George VI, se ha presentado en este departamento para informar de que una estudiante, Iva Militka, residente en la misma Ciudad Universitaria, había indicado al estudiante Dlask, de la misma Ciudad Universitaria, que esa noche debía encontrarse con un tal Miroslav Dvorácek. Este último ha desertado aparentemente del servicio militar y ha viajado durante la primavera del año pasado a Alemania (...)".

¿más pruebas? dijo...

ana dijo...
Creía que el asunto de Kundera ya estaba aclarado y que se trataba de una historia falsa. Aunque no he visto pruebas (tampoco de lo contrario)

TheoSarapo dijo...

Coñe, vaya escabechina¡¡¡ Pobre Milan.



Ana, hasta donde yo sé, el caso Kundera no está cerrado y no parece que el escritor lo tenga fácil para poder aclarar lo oscuro.

No conocía el artículo de Jean Daniel. Me parece meramente opinativo. No me aporta nada nuevo.

TheoSarapo dijo...

Sobre la humana vanidad:

Creo que hablamos de grados diferentes de vanidad. Al menos yo no puedo ni imaginarme lo que puede sentirse cuando mucha gente que no conoces te conoce.


La diferencia entre la vanidad del inteelctual de éxito y el hombre de a pie es que el intelectual debe pasarse el día controlándose para que no se le vaya la pinza. El tipo vulgar y corriente puede relajarse.

PIPURRAX dijo...

EN CANARIAS NO HAY CRISIS. SE CREA LA GUACHANCHA, LA POLICÍA AUTONÓMICA



Vea cómo serán los nuevos vehículos, todoterreno tipo ´hummer´, motos, helicópteros y lanchas de la ´Guanchancha´

El Gobierno abre la contratación de vehículos de la Policía Canaria y publica las características del parque móvil. Con los 210.000 euros para las tres primeras patrullas, Presidencia y Justicia ha destinado ya 4 millones de euros a la Policía Canaria pese a la crisis





DANIEL MILLET | SANTA CRUZ DE TENERIFE El Gobierno de Canarias prometió congelar como consecuencia de la crisis los gastos de la Policía Canaria, pero ya ha convocado tres concursos por los que destina cerca de 4 millones de euros entre una residencia para agentes, uniformes y los primeros vehículos del parque móvil. Ayer, la consejería de Presidencia, Justicia y Seguridad que dirige José Miguel Ruano publicó en el Boletín Oficial de Canarias la convocatoria para la contratación de los tres primeros coches-patrulla, que supondrá un desembolso de 210.000 euros. Otros 200.000 euros ya fueron destinados para el concurso de los uniformes que se publicó el pasado martes y otros 3,5 millones de euros, para la residencia de la Academia de Seguridad.
El Ejecutivo regional ya ha decidido además cuáles van a ser las principales características del parque móvil de la Guanchancha, que tendrán como nota predominante el color negro. En total, hay previstos hasta 23 tipos distintos de unidades, entre turismos, furgones, motocicletas y hasta helicópteros y lanchas.
En concreto, se han incluido tres tipos de turismos, tres de todoterrenos (mixto, pick-up, todoterreno de gran capacidad y uno tipo hummer), cuatro de furgones (mixto, con oficina móvil, para transporte de detenidos), tres de motocicletas, uno de scooters y quad, uno de camión y hasta un modelo de helicóptero y dos de embarcaciones, una lancha rápida semirígida y una patrullera.
La puesta en funcionamiento del cuerpo no ha hecho sino comenzar y los gastos ya son cuantiosos por parte de la cartera de José Miguel Ruano.

Anónimo dijo...

Vigo,Asturias.
Maruja Torres.
He tardado en ver la última de Woody Allen, como quien se resiste a complicarse la vida con una nueva y prescindible decepción. No es lo mala que es -lo inane, desganada, sosa y aburrida que es- lo que me desencanta, sino la sospecha de que Allen, demasiado ocupado en ver cómo Bardem le comía los morros a Johansson, y ésta a Penélope, como un obsceno viejo, desaprovechó enteramente el gran tema de comedia que él mismo apuntó en el inicio: la identidad catalana. Sólo un egocentrista como Allen habría podido retratar la complacida necrosis nacionalista, esa religión gaseosa resuelta en oraciones que suenan como pedos. Debió de rodar con un comisario turístico cerca, un asesor de postales: por suerte, no salen fotos de paellas. Pero el gran tema -ya que sobre el amor y la conciencia no tiene nada que añadir a cuanto nos ha dado en su filmografía anterior-, de la histeria hipernacionalista que llevó a los barceloneses a contratarle, nada que contar. Puede que ni siquiera se fijara. ¡Dios! Cuando pienso en los irónicos paseos que él y sus intérpretes habrían podido realizar, para retratar la ciudad y su eterna división entre el ombliguismo y la impotencia... Me viene a la mente Pandora, aquella extraña historia que Ava Gardner rodó en la Costa Brava: Allen debería haberla visto, antes de acometer, si quería, los tópicos, pero con narices.La película es recomendable, aunque terriblemente tediosa, para confirmar qué poco somos cuando nos ponemos grandones dando pelas para que nos inmortalicen en cine. Su Oviedo parece una casa-piloto del clan Letizia y su Barcelona está llena de gilipollas gaudinianos. Somos poco, efectivamente: acabo de leer un volumen de Doris Lessing, editado por Harper Perennial -Time Bites (2004)-, en el que la insigne Nobel reúne una serie de trabajos, incluido el discurso de recepción del Premio Príncipe de Asturias. El cual, repetida y obstinadamente, fecha en ¡Vigo!

jazzentreamigos dijo...

todos muy preocupados con obama, kundera, maquein, y la crisis financiera.

yo en cambio toda la tarde con el cd en esta cancion
http://www.youtube.com/watch?v=BsuswwNiYXE

hoy estuvo con nosotros dijo...

amancio prada

ana dijo...

¿De verdad creen que la obra de Kundera y similares tiene verdadera repercusión social? Cuando salgo de viaje lo que veo en las librerías son ruizafones, perezrevertes y danbrowns. Estos al menos tienen percusión y repercusión económica.

Caín dijo...

¡Cuánto tiempo y cuánto cambio! Por lo que veo esto ahora es un corta y pega de (muchos y elevados) artículos de opinión, enlazado con comentarios a ras de suelo de Ana.

Caín dijo...

Ante tanto globero, bendito suelo.

Anónimo dijo...

Salud, caín.
Se reedita en Asturias el pacto de gobierno psoe-iu. Hay días en que uno debería quedarse en cama.

Ch.

Fernando del Busto dijo...

Bueno, y todo esto ,¿ha cambiado alguna coma, palabra o reflexión de los libros de Kundera? ¿Cambia algún verso de Gil de Biedma que le gustasen los chicos jóvenes? Sí, admiro la obra de Kundera y lo seguiré leyendo, pero, episodios como ese, le restan autoridad moral para juzgar y sentenciar, algo que, por otra parte, no hace con frecuencia. Escritor a tus libros, que se suele decir. Y, a partir de ahí, ya todo es prensa rosa.

ana dijo...

Hola, Caín. Me alegra leerle.

catalino dijo...

¡Caramba si es Caín! ¿Se ha perdido usted?
A mi la sección secretos inconfesables de la vida pasada me aburre mucho; incluso los míos.

ana dijo...

Sarapo dijo...

"...y no parece que el escritor lo tenga fácil para poder aclarar lo oscuro."

No lo creo. Si es cierto lo que se afirma debería demostrarse de manera que no quepa duda, y por tanto el escritor no tendría nada que aclarar. Y, si no es cierto, es que no hay nada que aclarar.

ana dijo...

Parezco yo la abuelita de Kundera...

ana dijo...

La que se ha montado con las declaraciones de la Reina:

"...la Reina hace una curiosa confesión: ella fue la autora del fotomontaje de la felicitación de los Reyes en la Navidad de 2005. "Tenía la foto del Rey y mía con Leonor, así que cogí la del verano anterior en Mallorca con los otros nietos y los coloqué debajo"..."

El montaje no está muy logrado pero no es para tanto. (Y lo bien que se está vendiento el libro, ¿eh?).

flat television dijo...

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