18 de agosto de 2006

LA SOLEDAD SONORA


En plena tormenta de verano, agosto fugit, intento conectar la pueril autoexculpación de Gunther Grass sobre su militancia juvenil en las SS con aquel libro firmado por Pedro Laín Entralgo y titulado DESCARGO DE CONCIENCIA.
Viendo que el franquismo era cosa de otro tiempo, el bueno de Don Pedro parece que decidió aliviar su arcón personal echando al fuego camisas azules, correajes y botas militares. El libro es un poco lamentable pero no le salió mal la jugada a Laín que conservó y acrecentó su influencia y su poder con la llegada de la democracia a España.Nunca negó Laín su interés por mantener una cierta vida social, un cierto contacto con los medios de comunicación como vehículos de difusión del conocimiento y de su obra. Nunca negó, es cierto, su faceta vanidosa.

Al lado de Laín Entralgo trabajó durante cuarenta años Xavier Zubiri. Zubiri era otra cosa. Mucho más inhibido que Laín, insistió con énfasis en que la consecución de una obra científica personal y rigurosa requería la lejanía de lo mundano. Soledad y distancia que ya les iré contando mi obra en los libros. Resistió Zubiri aunque no sé si resiste su obra. Y no es que la obra personal de Laín mantenga una vigencia vigorosa pero de vez en cuando se le cita.
Sobre Zubiri, que en vida se negó a redactar su autobiografía, se ha publicado un rotundo ensayo biográfico titulado LA SOLEDAD SONORA, cogiendo al vuelo el verso de Juan de Yepes. Insisten los autores Corominas y Vicens en la imposibilidad que han tenido para separar la obra del filósofo de su trayectoria
vital.
No puede ser de otra manera, so pena de traicionar la vida, la obra o ambas. Anoche nos lo decía el traficante de armas Nicholas Cage en la secuencia final de esa buena película titulada EL SEÑOR DE LA GUERRA: "Para sobrevivir hay que evitar las guerras... sobre todo aquellas que se libran con uno mismo".
Hasta siempre, Gunther.

33 comentarios:

James Boswell dijo...

"la noche sosegada
en par de los levantes del aurora,
la música callada,
LA SOLEDAD SONORA,
la cena que recrea y enamora."

"Cántico Espiritual" de San Juan de la Cruz

sarapo dijo...

gracias, james. Corregido,

Anónimo dijo...

A ver si alguien encuentra algún joven alemán (entre 10 y 20 años) en la década de los 40 o finales de los 30 que no haya estado metido en algún tinglado de los nazis.

TheoSarapo dijo...

No se discute eso, querido anónimo. Se discute algo así como la impostura.

catalino dijo...

O pose, esa.
Ninguno de los citados está entre mis lecturas.

San Juan, sí.

"En una noche escura,
con ansias de amores inflamada,
¡oh dichosa ventura!,
salí sin ser notada,
estando ya mi casa sosegada."

Mañana mismo.

catalino dijo...

Y digo más... de Laín recuerdo una Historia de la Medicina plomiza, fea... fue suficiente.

mecanikong chematizado dijo...

Buenos días a todos.
Tª máx 24ºC, mín 12ºC; Humedad 81%.
Cielos nubosos, probabilidad de precipitaciones durante el día 50%.
Hoy no ha muerto ningún párroco en la Villa del Adelantado.

JLGM, hoy en LVAv.

ALREDEDORES DEL PARAÍSO

Retirement home

Colecciono homónimos. Por lo general los encuentro en Google: un taxista de Toledo, un ingeniero de Madrid, un procurador de Valladolid...

TEXTO Y FOTOGRAFÍA/JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN

El que aparece a mi lado en la guía telefónica de Oviedo me llamó un día: «¿José Luis García Martín?», «Sí, soy yo», «Mire usted, es que yo también me llamo así y quería disculparme. Anoche estuve un poco grosero con una amiga suya. Me llamó a las tres de la mañana, con el susto correspondiente, y las cosas que me decía... las cosas que me decía las estaba oyendo mi mujer, que también se había despertado, por el otro teléfono», «No se preocupe usted. Debe ser la misma que me llamó luego a mí. No es amiga mía. Ni sé quién podrá ser, aunque lo sospecho. Tuve que dejar el teléfono descolgado para que no insistiera».

Al José Luis García Martín de Trujillo tampoco lo encontré en Google. Me habló de él Juan Bonilla, que había ido al Retirement Home de Rego Park, Queens, en busca de Felipe Alfau, el raro escritor español que había obtenido un éxito tardío, casi póstumo, con sus novelas 'Locos' y 'Chromos'. En aquel establecimiento -«por fuera parece lo que todos los asilos: un lugar acogedor, con su jardincito, mucha sombra vegetal, silencio, y un par de edificios impersonales»- se encontró con un anciano que le dijo haber nacido en Extremadura, hacía más de ochenta años, y llamarse José Luis García Martín. «¿No será pariente tuyo?», me preguntó al contármelo. «Seguro que no. Tengo un nombre tan vulgar que más que un nombre propio es un nombre común».

Pero un amigo paquistaní, Salman, vive en Queens, y cuando fui a visitarlo aproveché para enterarme de la manera más fácil de llegar a Rego Park.

Aquel anciano tembloroso se alegró mucho al saber que yo era extremeño. Quiso hacerme un encargo, un encargo muy importante. Tenía dificultades de habla y poca memoria, pero me describió con minuciosa exactitud una dirección en Trujillo. No supo decirme el nombre de ninguna calle. A partir de la plaza Mayor, frente a la estatua, yo debería coger una calle, torcer a la derecha, luego a la izquierda... Me describía casa por casa, detalle por detalle, los lugares por los que tenía que pasar. No quedó tranquilo hasta que no me vio apuntarlo todo. En una casa de dos plantas, con balcón a la calle, debía entregar una carta. Fue a buscarla. Cuantas veces había intentado enviarla, se la habían devuelto. No me extrañó al ver la dirección escrita en el sobre: una descripción de la casa en que vivía la destinataria. «Está obsesionado con esa carta -me dijo una enfermera-. Nos hará usted un favor si le dice que se la lleva, aunque luego la haga desaparecer en cualquier papelera».

Lloraba de felicidad cuando acepté el encargo. Me hizo prometer hasta tres veces que lo cumpliría. «Perdone que insista. Ya sé que usted es un caballero y que cumplirá su palabra. Pero es que desesperaba de que esta carta pudiera llegar a su destino antes de mi muerte. Le envidio: va a conocer a la mujer más hermosa del mundo. Hace setenta años que espera una carta mía».

Y por eso estaba yo en Trujillo, en un bar sin aire acondicionado de la plaza Mayor, una infernal tarde de agosto. Tenía que cumplir la promesa que le había hecho a un viejo loco, que quizá ni se acordaba de ella. No, seguro que se acordaba, si es que aún no había muerto.

Llamé a Andrés Trapiello, que pasaba el verano por allí cerca, en Las Viñas, escenario de tantas páginas de sus diarios, pero no me cogieron el teléfono. Sin duda le habría gustado participar en aquel enredo novela antigua.

Releí la descripción. Muy precisa sí que era, y sin duda exacta, pero con una exactidud de hace más de medio siglo. Incluso Trujillo, que parece eterna en su alto berrocal, ha cambiado. Dudoso es también que viva la destinataria, esa Inés Illán cuyo nombre estaba escrito con letra temblorosa en el arrugado, manoseado sobre.

Unos cuántos kilómetros en vano, pensé. Y ni siquiera puedo amortizarlos con un paseo por Trujillo. ¿Quién sube ahora a la Alcazaba? Pero yo no había venido como turista. Jamás he dejado de hacer lo que me había comprometido a hacer, salvo por causas de fuerza mayor, como jamás he llegado tarde a una cita. Esa es una de las razones por las que no suelo caer demasiado bien: siempre parece que estoy echando en cara a los otros su simpática informalidad.

A pesar de los inevitables cambios, se podía seguir bastante bien el itinerario marcado por el anciano de Queens. De él había podido averiguar pocas cosas.

Un empleado del asilo, con el que hablaba a menudo antes de perder casi por completo la memoria, me contó que había llegado a Estados Unidos a los diecisiete años, que había entrado a trabajar como aprendiz en una sastrería, que se había casado con la hija del dueño, que no habían tenido hijos... Todo eso se lo había contado en momentos de lucidez. En los últimos tiempos estaba obsesionado con la carta que tenía que enviar. No hablaba de otra cosa.

Y ahora esa carta estaba a punto de ser entregada. En un recodo, vi la casa de dos plantas, con su balcón de rejería. El otro José Luis García Martín tenía una memoria fotográfica. Pero algo iba a fallar en el último momento. El edificio no parecía habitado. Llamé, por si acaso. Pero claramente allí no vivía nadie. Me fijé entonces en un cartel que anunciaba la pronta construcción de un nuevo edificio.

Me retiraba desanimado cuando se abrió una ventana. «¿Busca usted a la señorita Inés? Está en la residencia de las monjas. ¿Si viera usted lo que costó llevarla! Los de la constructora recurrieron a todo. Hasta ratas creo yo que soltaron dentro de la casa. Pero ella erre que erre. Por fin se la llevaron y al despedirse, con lágrimas en los ojos, me hizo prometer que si alguien venía a buscarla le diera su nueva dirección. Ya había perdido la chaveta. Desde que yo vivo aquí, hace más de veinte años, no ha recibido ni una visita y de pronto se obsesionaba con que no iba a dar con ella quien viniera a buscarla. Pero parece que no estaba tan loca, que algo barruntaba. Vaya usted, vaya usted. No es muy lejos».

Y fui a buscarla y después de casi una hora de espera («Disculpe usted, disculpe usted, pero tenía que arreglarme un poco») apareció una coqueta viejecita con una flor en el pelo y vestida como las elegantes de los años treinta. «Aquí donde usted me ve, yo tenía fama de ser la joven más guapa de Trujillo, incluso de Extremadura». Bajó la voz: «Me eligieron Miss República en 1933». Yo le alargué el sobre. Lo besó, le dio vueltas entre las manos, contuvo su impaciencia: sin duda le parecía poco elegante abrirlo antes de que yo me fuera. «¿Qué tal está Pepe? ¿Qué tal está? Era el mejor mozo. Fue verle y quedar deslumbrada. Pero era pobre y mi padre abogado. ¿Qué tiempos aquellos! Nos veíamos a escondidas. Un día me dijo: Me voy a América. Volveré para casarme contigo. Espérame. Y yo le esperé, sin mirar a nadie desde entonces. No lo comprendieron mis padres, no lo comprendieron mis amigas, todos acabaron burlándose de mí. Ese te ha olvidado, ese se ha casado con otra. Pero yo sabía que no era cierto. Y aquí está la prueba. ¿Cree usted que se desilusionará cuando me vea? El tiempo no perdona. ¿Cree usted que todavía me encontrará guapa?».

Fernando Terreiro dijo...

Lo de Gunther: Es difícil condenarle por haber estdo en las SS a los diecisiete o dieciocho años. Quién se coonsidere con seguridad un héroe que se atreva a levantar la mano. Héroes pocos y jodidos, recordemos al tio Ethan de Centauros del desierto. Cumple su misión y luego se va, mejor tenerle lejos.

Lo malo de lo de Grass es en primer lugar haberlo mantenido oculto durante tantos años y mientras convertirte en abanderado de la izquierda europea. Mucho mas correcto hubiese sido deciar: vale yo fuí así pero reniego de todo ello No solo hubiese sido sincero sino que seguro que habría dado a su discurso más valor. Segunda oportunidad perdida.

Y ahora. Llega la oportunidad del oportunista. Confieso y vendo miles de libros. Algo ligeramente maloliente se adivina en toda esta operación. No es precisamente un olor a cebolla pero podría hacer llorar.

Coda: A Zubiri lo que pasa es que no lo lee nadie.

James Boswell dijo...

Que dice Arcadi Espada hoy en "El Mundo" que Simón Suerte se mete jaco.

Yo no sé.

sarapo dijo...

Hola. Buenos días.
A Zubiri no le lee ni Dios. Con perdón.
Ignoro la valía en la que se mantiene su obra en la actualidad. Me interesaba más el Zubiri-personaje en cuanto confluencia entre la vida y la obra personal.
Grass se desangra más cuanto más intenta explicarse. Hay que asumir lo que hay. Y punto. Claro que eso lleva consigo un doloroso ajuste de cuentas con uno mismo, como sucede en EL SEÑOR DE LA GUERRA con un traficante de armas que se desprecia cada vez más a medida que sus ventas van aumentando.

sarapo dijo...

Cierto, cierto lean el BlogEspada hoy. Sale el amigo que Pablo hizo en Fontiñas cerca de Santiago, el del R18.

mecanikong dijo...

Deberían regalar con los libros normales un CD con el e-book correspondiente. Facilitaría, mucho, la búsqueda de párrafos e historias interesantes a aquellos que tenemos mala memoria.
Cuenta García Martín en uno de sus diarios que Cela fue preguntado por algún mandatario franquista sobre cómo llevar al redil a los intelectuales de la época (antes de 1950, supongo). Cela contestó algo así como: "comiencen por captar a Laín Entralgo, es el más flojito de carácter".

sarapo dijo...

Hombre, Mecanikong, yo conocí a Laín y le aseguró que de flojito de carácter, nada de nada. Una mala leche que te cambas.
Cierto que no pienso que fuese un psicopatón como lo era Cela.
De hecho, Franco siempre preguntaba "¿Qué dicen los Laínes?" para saber qué pensaba el círculo de intelectuales que le eran fieles (Laín, Torrente, Tovar, etc)

lafoca dijo...

Una duda, Sarapo ¿de ayer a hoy has cambiado el adjetivo sobre "El señor de la guerra" o es que llegué a casa demasiado borracha?

sarapo dijo...

Foca, tienes razón pero no fue de ayer a hoy. Fue de ayer a ayer. Aproveché la corrección de Boswell para meter mano al post en su conjunto.¡Guerra a la hipérbole¡

Por cierto, no te vímos en LA CABRA...

lafoca dijo...

Pudiste (¿en qué momento hemos pasado al tuteo? ¿fui yo?) haberme visto en Gijón.

sarapo dijo...

Usted perdone, señora Foca. Pensábamos que a Usted le interesaban los principales eventos que acontecen en la Villa del Adelantado. Solo eso.

Anónimo dijo...

Norabuena al señor terreiro que ha conseguido colocar sus Hojas Libres en el suplemento cultural de ABC.

lafoca dijo...

Sí, pero La cabra me pilló en Gijón y allí la vi.

Georgetown dijo...

Parecidos razonables:

http://www.silentwall.com/LuftwaffePortraits33.html

mecanikong dijo...

Buenos días.
Tªmáx 21ºC y mín 16, humedad 82%.
Tenemos sol y buen tiempo.

Hoy José Luis García Martín en LAVav.

ALREDEDORES DEL PARAÍSO

La sonrisa de Legba

Mis ideas sobre cualquier posible paraíso me parece que están bastante claras. ¿Tan claras como las de las ricas turistas norteamericanas que se divierten en 'La petite anse', un hotel cercano a Puerto Príncipe, a finales de los años setenta? Aquel paraíso de aguas límpidas, desmelenadas palmeras, playas desiertas y dóciles cuerpos jóvenes diseñados para seducir, ¿es también el mío?

Veo 'Hacia el sur', la película de Laurent Cantet, y siento el malestar de quien se sabe descubierto, de quien ve expuestos ante todos sus secretas fantasías.

En una de las primeras escenas, Legba, que aún no ha cumplido veinte años, duerme acurrucado en la arena. La cincuentona Brenda, que ha venido de muy lejos para buscarle, lo mira embelesada. Legba abre los ojos, se despereza, sonríe...

Yo conozco esa sonrisa. La encontré por primera vez en Cádiz. Me alojaba en un hotel cercano a La Caleta y me gustaba levantarme muy temprano, cuando aún no había amanecido, y antes de ponerme a escribir recorrer el estrecho camino sobre el mar que lleva hasta el Castillo de San Sebastián.

Me gustaba ir viendo aparecer poco a poco los colores de la mañana, el fresco olor, la luz del faro que parpadeaba al fondo (era el faro más raro del mundo, como un cohete a la luna diseñado por Julio Verne). No siempre la playa estaba sin nadie. A veces había algún bañista insomne y madrugador o juerguistas que se habían quedado dormidos en ella.

Ya desde lejos supe que esa mañana era distinto. Me acerqué, me senté a contemplarlo. Era un hermoso espectáculo. No sé cuánto tiempo estuve así. Por suerte nadie más apareció. De pronto abrió los ojos, sonrió. La misma sonrisa de Legba al comienzo de 'Hacia el sur'. Nada a partir de entonces podría ser lo mismo. En mi vida tenía que haber un antes y un después. Lo supe desde el principio, como supe que hacía tiempo que se había despertado y que fingía dormir solo para permitirme gozar tranquilamente de su contemplación.

Sonrió y el mundo volvió a ser creado, y luego habló y lo que dijo en un susurro fueron palabras más bien prosaicas: «Yo cobro».

Sonreí yo también: «Todos los dioses necesitan ofrendas. Con tal de que no me pidas sacrificios humanos».

Desayunamos juntos, comimos juntos, cenamos juntos. La eternidad duró, en el calendario de los otros, tres o cuatro días. En el mío una eternidad, esto es, un instante.

Se fue cuando se cansó de aquella vida, un poco antes de que yo me cansara y muy poco después de que me quedara sin dinero.

Volví a encontrar esa sonrisa, hace bien poco tiempo, en una cafetería. Legba ya no tiene dieciocho años y la vida, no siempre amable, ha dejado huellas en su rostro; yo, poco a poco, pero muy poco a poco, voy dejando de ser un perpetuo adolescente.

¿Sexo a cambio de dinero? En las historias de sexo, el sexo para mí fue siempre lo de menos. Un pretexto para entrar en otras vidas, para abrir la puerta, para arriesgarme a una excursión por el mundo exterior, para hacer literatura.

Porque la vida, quizá cualquier vida, pero la mía al menos, es una película demasiado larga, con muy escaso argumento. No solo el final es previsible y triste, también el monótono sucederse de los días iguales.

Yo distraigo las horas vacías leyendo, escribiendo. Pero, si no me hubiera enamorado nunca, ¿de qué iba a escribir? Solo he estado en las ciudades donde he estado enamorado. De las demás, de lo demás, no recuerdo nada.

¿Compro sexo cuando compro sexo? No, contrato actores. El sexo, sin teatro, es pura fisiología, saludable o incómoda fisiología, como bostezar o estornudar.

Contrato actores para una noche, para dos o tres días. A mí me suelen aburrir los amores eternos que duran algo más de tiempo. Son como novelones que no se acaban nunca. Yo prefiero leer tres o cuatro libros a la vez. Que el final de una historia coincida con el comienzo de otra.

En el Haití de Dubalier los cuerpos jóvenes valen poco, se compran casi por el precio de una comida, también la vida humana vale poco. Puerto Príncipe no es más que un corral, un sucio corral donde se revuelven hombres y animales, dice una de las turistas, negándose a abandonar el confortable paraíso del hotel.

Yo también, siempre que puedo, me refugio en una burbuja. Borro el resto del mundo. Dejo de leer el periódico. Vuelvo al tiempo mítico en que el mundo estaba habitado por dioses, héroes y semidioses.

Pero no me engaño. Sé que todo es un juego. Que te he contratado para que digas las palabras que yo quiero oír.

Que eres solo un actor, un buen actor. Por eso las palabras que dices me emocionan como si fueran verdad. Pero no son verdad.

En la playa de la Caleta, Legba, después de fingirse dormido, abre los ojos y sonríe. Su sonrisa es verdad, aunque sea mentira.

Al final cae el telón, aplaudimos, los amantes se desmaquillan, pierden la sonrisa, piensan en sus cosas, sigue cada uno su vida.

Lo malo es que a veces uno les toma demasiado cariño a sus juguetes animados. Y quiere que la función no termine nunca. Y no quiere que haya otras funciones para públicos distintos. Y cree que ha comprado amor cuando sólo ha comprado, ni siquiera un poco de sexo, sino sólo su ficción, como en una función pornográfica.

Lo que yo quería comprar, aquel amanecer en La Caleta, no era sexo ni mucho menos amor (que no se compra ni se vende y por eso sale tan caro), era sólo la sonrisa de Legba. Y esa no se vendía. Se regalaba.

Siento mala conciencia al ver 'Hacia el sur', la película de Laurent Cantet. Sí, yo también he practicado el turismo sexual. Pero no creo nunca haberme aprovechado de la miseria ajena. Me gusta el juego de la seducción, la puerta que se abre y no sabemos a dónde nos conduce.

Me gusta la conquista, no me interesa el botín.

De aquellos días con Legba, con todos los Legba que han pasado por mi vida, me queda la sonrisa, la sonrisa inicial, al abrir los ojos en la playa de la Caleta, y la primera sonrisa de cada día, porque siempre se despertaba con una sonrisa.

El dinero sirve para comprar felicidad o no sirve para nada. El dinero ha de entrar por una mano y salir por la otra, no acumularse nunca, porque entonces se corrompe y corrompe como las charcas pútridas.

«Todo lo que hice o quise que me hicieran / lo pagué conmigo mismo o con dinero», puedo decir con Jorge de Sena. Y a buen precio: ningún negocio me parece aceptable si las dos partes no quedan a gusto.

«Ahí tiene usted disculpado mi delito», le digo a mi mala conciencia. Y me respondo con los versos de Manuel Machado, que también supo de marginalidades: «No es delito». «Ya lo sé».

sarapo dijo...

Buenos días. Yo aún diría más. Espectaculares.

Cuando tenía 17 años no sabía donde estaba...no es un pecado de juventud dado que sigo sin saberlo.
¿Izquierda o derecha?
¿Cómo hay que hacer para irse lejos, muy lejos?

Fernando Terreiro dijo...

Yo a los 17 años, como el amigo Sarapo, también tenía estropeado el GPS.

catalino dijo...

A Fer, que se interesó.
El monte que cierra por el Sur el horizonte de mi pazo se ha quemado este año y dos ramas del viejo manzano están chao. ... más pájaros en la huerta con pintas de refugiados. Resto sin novedad

ch dijo...

Gracias a mecanikong por sustituirme en las labores de corta-y-pega.
Fin de semana leonés.
Esta mañana me desperté en un lugar sin periódicos. Vuelvo por la carretera con lluvia al pasar el negrón.
Cansado. Me retiro.

James Boswell dijo...

¿A los 17 no eran rojos?

Perplejo quedo.

chema dijo...

Buenos días.

JLGM en LVAv 21.08.06:

Encuentro en Laguardia

De las dos o tres veces en que estuve a punto de casarme, solo en una corrí verdadero peligro. Peligro físico, incluso. Su padre, guardia civil jubilado, me amenazó de muerte y sus dos hermanos, uno de ellos también guardia civil, más moderados, me amenazaron únicamente con una buena paliza. Avisé por carta del cambio de intenciones y decidí desaparecer por un tiempo. Todos vivíamos en Avilés por entonces y convenía evitar los tropiezos casuales.

En Burgos, a donde fui a recoger un premio literario (creo que mi único premio literario), conocí a un poeta que tenía casa en Laguardia y que me había invitado varias veces. Acepté su invitación. Me dejó una buhardilla independiente y allí pasé casi dos meses. Siempre me han fascinado las ciudades amuralladas. Laguardia se alza sobre un cerro. Tiene forma de barco, con la proa hacia el norte, hacia los abruptos acantilados de la cordillera de Cantabria y la sierra de Toloño, y la popa hacia el sur, hacia la ribera del Ebro. Siempre fue plaza fuerte. Un tiempo defendía a Navarra de Castilla; más tarde se convirtió en avanzadilla liberal en territorio carlista.

Las semanas que pasé en Laguardia leí mucho a Baroja, que comienza 'Las memorias de un hombre de acción' precisamente en esta ciudad, «el año de gracia de 1837». Todavía cuando pienso en Laguardia lo primero que me viene a la cabeza es la descripción barojiana: una silueta arcaica y guerrera, con sus murallas ruinosas y amarillentas, al pie de una cadena de montañas oscuras, grises, desnudas de árboles.

Lo pasé bien aquellos días de 1977, distraído de mis preocupaciones, y del ambiente casi de guerra civil que se vivía en el País Vasco, con las peripecias de otra guerra civil, la primera carlista, y con las enmarañadas intrigas de Aviraneta.

Me gustaba ir a leer a una glorieta frente a las montañas. A veces, los días de niebla, la ciudad parecía navegar. Un templete de hierro forjado custodiaba un busto del empelucado Samaniego. Sólo alguna pareja de novios solía acompañarme en aquellas soledades.

Desde entonces siempre que puedo vuelvo a Laguardia. Me gusta entrar en ella por la más hermosa de sus puertas, la de San Juan, y el primer paseo por sus calles principales -Santa Engracia, Mayor, Paganos- o por sus estrechos callejones no lo cambio por nada. Ni siquiera por la posterior, y siempre euforizante, visita a las catacumbas alcohólicas sobre las que se asienta.

También he vuelto este verano, y no me importó que estuviera llena de forasteros. Yo me reencontré de nuevo con los asombros y las esperanzas de cuando aún no había cumplido treinta años. También me reencontré con alguien más, y precisamente en la glorieta del fabulista. Caminaba distraído y casi tropiezo con dos señoras de cierta edad. Levanté la cabeza para disculparme y entonces una de ellas hizo un gesto de asombro: «¿Pepe!». Nadie me llama así, sino mi familia más cercana. Recordé entonces a una vecina que me había visto crecer y que a punto estuvo de ser mi suegra. Dije su nombre: «Esa es mi madre. Yo soy Marga. ¿Tan vieja estoy?».

Tan vieja estaba. La última vez que la había visto tenía poco más de veinte años, ahora pasaba de los cincuenta. «Tú, en cambio, no has cambiado nada. Te reconocí de inmediato».

No sabía qué cara poner. Con Marga me había comportado como un perfecto canalla. Solo se me ocurrió decir: «Disculpa. Te debo una explicación».

«¿A buenas horas! Me temo que treinta años después cualquier explicación ha caducado. No te preocupes. Aquella ingenua que tanto lloró por ti está muerta y enterrada desde hace siglos. Soy otra persona. Una vieja irreconocible, en tu opinión. Pero ¿sabes una cosa? Me hiciste un favor al desaparecer. Aquello no habría funcionado. Perdona, no te he presentado a Gloria».

«Mira, Marga, os dejo que charléis. Yo aprovecho para ir a comprar esas botellas de vino de las que hemos hablado. Tardaré un rato. Sin duda, tendréis muchas cosas que contaros».

«Nada que tú no puedas oír», dijo Marga. Y luego me miró sonriente. No era guapa -tampoco lo era de joven-, pero sí encantadora. Se puso a charlar y al rato ya estaba yo a su lado tan a gusto como lo había estado siempre.

Es la única persona a la que nunca he tenido que esperar. Quedábamos a las cinco y yo llegaba diez minutos antes, como hago habitualmente en las citas. Pero ella tenía la misma costumbre, así que llegábamos al mismo tiempo. Le gustaba discutir, como a mí, y nunca se enfadaba por mucho que le llevara la contraria. Estudiamos juntos y también comenzamos a dar clases juntos en el mismo colegio, San Pedro de los Arcos. Todo el mundo nos tomó por novios y acabamos creyéndonoslo. Nos comportábamos como dos amigos inseparables, pero aunque pasábamos mucho rato a solas nunca fuimos más allá de un discreto beso. Por debilidad, y porque estaba a gusto con ella, dejé que las cosas llegaran demasiado lejos. Desaparecí exactamente un domingo antes de la fecha prevista para la boda.

«Debí hacerte mucho daño...».

«Mucho. Mi padre estaba furioso, y no te digo nada mis hermanos... Menos mal que te escondiste bien porque en caso contrario ahora no estaríamos hablando. Pero, ¿sabes una cosa?, cuando pasó algún tiempo lo que más lamentaba era que ya no podría charlar contigo, discutir sobre libros y películas».

«Lo siento. Entonces yo no sabía muy bien lo que quería...».

«¿Y lo sabes ahora? Gloria me baja de internet todos esos impúdicos artículos veraniegos tuyos. Los leo siempre con el temor de que hables de mí. Con el temor, o con el deseo, no sé. Pero ya veo que hay cosas que callas. Lo único que queda claro es que no tienes las cosas muy claras, que todo lo pruebas y que de todo escapas. Yo acabé convirtiéndome en una solterona que no vivía más que para el trabajo. Por culpa de ese miserable, decía mi madre. Por tu culpa, no. Qué va... Porque de los hombres me gusta todo salvo hacer el amor con ellos. Luego encontré a Gloria, simpatizamos, y desde hace diez años somos pareja».

«Vaya. No sabía...».

«¿Y qué es de tu vida sentimental? De tu vida en serio, no esas cosas que cuentas. ¿Tienes pareja?»

«En estos momentos...».

«¿La has tenido alguna vez? Yo me refiero a convivir un tiempo con alguien, como hacen las personas adultas, no a aventurillas adolescentes».

«¿A convivir cuánto tiempo?»

«¿Hombre! No sé... Como mínimo, dos semanas».

«¿Tanto?».

«O sea, que te ha ido peor que a mí».

¿Y eso que no me guardaba ningún rencor! Me dejó hundido, la muy cabrona. Subieron las dos muy sonrientes al coche. Quizá no hubiera sido tan malo casarse con ella. Un matrimonio perfecto. Congeniábamos en todo, hasta en el desinterés por el débito conyugal.

paco maigo dijo...

Contundente historia. Sale mucho Avilés en los cuentos de García Martín.

chema dijo...

¿"Hasta siempre Gunther."?

Gunter u Günter, pero Ghunter no lo he leído (en referencia a Grass) en ninguna parte.

Simón Suerte dijo...

Que dice Arcadi Espada hoy en "El Mundo" que Simón Suerte se mete jaco.
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Falto dos días al blog, y me encuentro con esto. ¿A qué día corresponde? ¿Qué pirueta mental ha hecho James para llegar a esa conclusión?

sarapo dijo...

Simon, creo que el tema tiene su explicación. No se enfade que todo le será dado...

Simón Suerte dijo...

No se equivoque sarapo, no estoy enfadado, tan solo perplejo.

simón Suerte dijo...

¿Que día fue escrito el artículo de Arcadi?, el viernes creo. Es para leerlo, en mi cafetería habitual guardan la prensa de toda la semana.