29 de febrero de 2008
PRINCIPES (I) (Autor anónimo)
Pablo, dentro de esa camarilla, era algo así como el objeto extraño y algo patético que daba gusto exhibir por ahí para demostrar que aún se podía ser bohemio, desastroso en todos los ámbitos de la vida, y aún así ser un creador de éxito. Le llamaban “el Ruinas”. Era, es un pesado. Fuera de la literatura, porque a pesar de lo que la mayoría de los poetas cree existe un fuera de la literatura, más allá de ese extraño y desaliñado porte, cuando no tenías más remedio que tratar con él, como era mi caso, te dabas cuenta de que era plúmbeo, y no áureo como a los poetas se les supone. Un tipo que empezaba todas sus frases sin excepción con el pronombre Yo, una persona que había hecho de su propia vida el único motivo de interés, alguien a quién muchos soportaban pero nadie podía tragarse por completo, full time. Tenía una voz ronca y débil, y con ella te hablaba y te hablaba sin parar, sin detenerse a tener en cuenta que el bullicio, el ruido, la música del bar impedían, gracias a Dios, enterarte de la mitad de las cosas que decía, siempre centradas en su propio personaje. Mientras, con el eterno cigarrillo entre los dedos se subía constantemente las pesadísimas gafas de pasta que tendían inexorablemente a bajar por debajo del nivel de su mirada en un gesto estudiado, de convencional intelectual al margen de las convenciones.
Su historia más oída, y cuando quiero decir más oída quiero decir varias decenas de veces, es aquella de cuando perdió su obra maestra en un bar. Según su versión, él nunca sacaba su obra de su casa, pero aquel día hizo una excepción y empezó a mostrársela a algunos amigos y no sabe cómo, de que inexplicable forma, desapareció. Como era de esperar él no tuvo la culpa. La culpa fue de los camareros, del hombre de la limpieza o de alguien que se aprovechó de su extrema generosidad por ofrecer al común de los mortales semejante opus magnum. Otros recordaban como aquellas octavillas pasaban de mesa en mesa entre las manos ebrias de la clientela y como terminaron tristemente caídas en el suelo de un bar lleno del barro negro producido por los líquidos derramados y aún quizá, de la fina lluvia de un día de otoño. Pablo no se acordó de esa capital obra de la literatura en castellano hasta un par de días después, y entonces, liberado de la resaca, empezó su retahíla de lamentaciones que incluían entre ellas la chocante visión de que los que trabajaban en el bar esa noche no habían puesto el suficiente cuidado en observar y retener que había sido de tan cruciales papeles que representaban días y días de titánico trabajo con el lenguaje.
Pablo había sido uno de los fundadores del bar. A mí cuando me dicen la expresión “fundador de ese bar” saco la pistola. Unos jóvenes universitarios deciden abrir un local distinto, más que nada refugio para sus obsesiones culturales y ante todo, muy por encima de todo, de sus adicciones. De ellos unos cuantos son jóvenes profesionales recién salidos de la universidad y ya con trabajo, a ellos se les llamará socios capitalistas. A otros sin esos posibles se les llamará socios trabajadores. Evidentemente Pablo Sánchez pertenecía a su peculiar manera a estos últimos. Tan graciosa y multitudinaria sociedad se fue al garete por la desastrosa forma de llevar el local, que tuvo su punto de inflexión hacia el caos en el hecho de que el amigo encargado de llevar el tabaco recogía el dinero recaudado por este concepto y tenía como misión ir al estanco y comprar el tabaco. No comprendió que parte de aquella misión consistía en pagar el tabaco adquirido en el estanco. Cuando a los pocos meses el propietario de la expendiduría les reclamó una deuda de casi medio millón de pesetas (a finales de los años 70) la sociedad se deshizo por el tradicional y siempre hermoso método de la maricón el último. Pablo, a la sazón militante de la Liga Comunista (esos restos infumables de comunismos de todo tipo que quedaron tras la caída del franquismo) decidió que aquellos amigos que habían aportado el dinero representaban al capital y los denunció en magistratura. El juicio alcanzó la categoría de lo grotesco y terminó con nuevos motivos de lamentación para Pablo, quejándose de que aquellos que se decían amigos suyos habían dejado de hablarle, ahora que le iban mal las cosas.
Por aquellos años Pablo salía con Paula, o más bien se aprovechaba de que Paula estaba coladita por él. Paula necesitaría un capítulo aparte pero ella no fue princesa de nada. En la actualidad Paula llega todos los días de diario a la 1.00 de la madrugada a ese mismo bar, se sienta en la primera mesa a la derecha y allí consume tres bacardis con coca – cola que ya hace años que no paga. Es parte indisoluble del local con sus miradas asesinas y su odio soviético a casi toda la humanidad. Paula bebía los vientos por el poeta cuando aquel lo prometía todo. Sin embargo el poeta se enamoraba constantemente de otras y cuando, por ejemplo, volvía de París, se pasaba semanas hablando de aquella bretona de pelo rubio y ojos de un azul clarísimo que había conocido y que era algo así como una deidad céltica a la que se había tirado en la clásica buhardilla parisina. Todo ello se lo comentaba a todos sus amigos, a los conocidos, y cualquiera dispuesto a poner la oreja y aguantarle unos minutos, lo contaba decenas de veces como siempre, sin importarle que Paula estuviera delante, para luego, transcurridos unos días de su regreso, lamentarse amargamente de que Paula ya no le hacía caso y no acertaba a entender por qué, con lo que él la amaba. Así unas cuantas veces, (París, Lisboa, Barcelona) o con mujeres también más cercanas de la progresía local que inexplicablemente caían en sus redes. Paula lleva muchos años reconociendo que Pablo es, era un pelmazo, pero todavía evoca su forma de hablar en las conferencias y nos dice con su punto de mala leche que nosotros nunca le habíamos oído hablar en público en su época de gloria. Él todavía la busca cuando ha agotado sus víctimas y quiere contarle a alguien sus problemas y que le hagan un mínimo de caso. Pero Paula ya no lo soporta: Pablo, hijo, eso me lo has contado ya mil veces, mira que te repites, no seas plasta.
Como a más de uno la locura le sobrevino al poeta por culpa de su dentadura. Una piorrea galopante le hizo enloquecer, pasar de un dentista a otro, sin freno, acusándoles a todos ellos de empeorar su situación, insistiéndoles hasta la saciedad en sus supuestos errores y en su desidia para con él, una eterna peregrinación en la sanidad pública y en la privada, centrando toda su vida en sus problemas con la boca hasta el punto de olvidarse de todo lo demás, poesía incluida. Si pronuncias su nombre delante de cualquier odontólogo de la ciudad lo más probable es que seas fulminado por una mirada asesina como si hubieses mencionado al más vil de los diablos. Toda su vida se reduce a sus problemas dentales que le impiden escribir, ir al cine, pensar, caminar. Todo menos quejarse continuamente de su precaria situación, que incluye el vivir sin haber pegado palo al agua casi ningún día de su vida, lo cual nunca ha sido motivo de sus interminables lamentaciones. Evidentemente se convirtió en cliente asiduo de la décima planta del Hospital Clínico Universitario. De hecho el tratamiento para su boca incluye solamente antidepresivos, neurolépticos, tranquilizantes y otras pastillas que hacen puré el cerebro, pero un puré digerible no como el que ya tenía dentro.
Con la piorrea empezó su historial de suicida. Se suicidaba siempre a las 17.58. Todas las tardes a las 18.00 su hermana le hacía una visita en su casa para ver que tal se encontraba. Por ello algún día le toco reanimarle, vendarle las venas de las cuales se queja de que cuesta demasiado cortarlas o convencerle de que no se colgase. Según se cuenta uno de los momentos estelares de su historia de suicida fue cuando fue a comprar la cuerda para su propio ahorcamiento a una ferretería. Cuando el dependiente le preguntó que cuánta cantidad de cuerda quería, Pablo comenzó a hacer cálculos “el techo está a 2.50 metros, la silla mide 40 centímetros, yo 1.65, ¿cuánta cuerda cree que me hace falta?”. Lo peor sucedió cuando ingirió una cantidad de pastillas razonablemente abultada y su hermana se retrasó varios minutos porque se había encontrado con unas amigas en la calle y lo encontró agonizante, por suerte en el hospital pudieron reanimarlo.
Ahora dice que ese mismo bar que el inauguró le ha salvado la vida, va por allí y a pesar de que con su tratamiento no puede tomar alcohol, dice que no pasa nada si no se excede de las tres cañas, que siempre se convierten en seis o siete. Allí, aprovechando que el camarero es alguien que no puede coger la puerta y largarse como cualquier cliente, insiste de nuevo en su historial clínico haciendo una brillante descripción de como la única forma que tiene de dormir un poco es enrollándose la almohada alrededor de la cabeza con fuerza para evitar los dolores que le causa su lamentable situación bucal, provocada por la ineptitud de todo el colegio médico vallisoletano que ahora se niega a atenderle. Si le da tiempo a acabar con eso te cuenta lo de su obra maestra que se perdió por negligencia ajena, para continuar con la veinte o treinta películas checas, húngaras y polacas de los años setenta que ha visto en los últimos meses en cinematk. Para él no existe mas cinematografía que la checa, la húngara y la polaca, algo de Godard y Pasolini. Un caso de libro.
Y encima como si alguna parte de su vida nos fuera ajena, habiéndola contado cientos de veces a amigos comunes e incluso enemigos, nos viene con la fábula de que no se puede suicidar porque le gusta demasiado la vida, los colores de las estaciones, el cielo y los árboles. Que no pone fin a todo, al fin y al cabo, porque aún tiene sensibilidad de poeta.
Y la verdad es que lo fue. Y no de los peores.
27 de febrero de 2008
CONTRA LA IMAGINACIÓN (II)
Y la tarde que va cayendo trae el librillo de Cristophe Donner envuelto entre brumas y lloviznas. Se puede hacer una cosmovisión y cuestionar una cultura sobre dos libros que caben en el bolsillo interior de una chaqueta de pana. Éste de Donner que casi no pesa. Y el que Peter Singer escribió para contar su lucha por una izquierda darwinista. Basta que las balas sean de plomo como el que se hacía antes de que el clima cambiase.
Donner.Qué decir de un tipo que tras veintitantas novelas un buen día se para y decide buscar la VERDAD como ideal estético. "Un veneno infesta la literatura: la imaginación", así empieza el opúsculo. Y luego en breves pero gigantestescos párrafos: "¿ De dónde procede la imaginación? De la ignorancia. (...) Y mientras sigamos sin saber seguiremos mintiendo". Y arrecia el galo sabrosón: "... no fue para que quedara bonito por lo que se imaginó que la mujer había salido de la costilla de Adán sino porque se ignoraba su origen y había la necesidad de responder el enigma".
Y así, hasta el final en oleadas de placer súbito y constante.
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Se fue LaFoca. Un pañuelo de silencio. Dejó este Youtube con una inscripción "PARA LOIA". Pónlo cuando yo esté lejos. No tengo palabras.
26 de febrero de 2008
CONTRA LA IMAGINACIÓN (I)
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Un surrealista muniqués dice que el debate de anoche le pareció muy pobre. Cerocerismo. Que no tenemos donde elegir, vaya. Y que nada que ver esto nuestro con el glamour de los estilizados combates entre Obama y Hillary Clinton. ¡Qué cosas! ¡Donde va a dar! La última vez que los Clinton atravesaron por una dificultad similar recurrieron a Jean Houston, una psicoterapeuta que puso a Hillary en contacto vía hipnosis con Eleanor Roosevelt y Mahatma Gandhi. Y casi casi con Jesucristo. Se ve que esto no lo saben los nuestros.
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HENRY EN SALINAS
25 de febrero de 2008
DAILY FACKEL (VII)
Sigue adelante esta cosa llamada campaña electoral que dura ya unos cuantos meses. Hay espectáculos muy tristes en esto de los mitines, de las ruedas de prensa. La tristeza de ver al periodismo embutido en tripa de cochino. Y lo bien que se portan las piaras en las teles autonómicas. Ni una sola noticia que rompa el karma de turno. Todo sobre un fondo de canónigos, reducción de sidra y cantos regionales.
La mar arbolada del fin de semana nos ha dejado en la playa un pecio llamado ministro Soria. Esn las atracciones de las ferias, entre el teatro chino de Manolita Chen y el tren de la bruja, solía pasear su melancolía la mujer barbuda. Una pena daba la mujer barbuda que estaba siempre fuera de sitio porque casi nunca sabía qué hacer ni qué decir. Solo exhibir su radical anomalía. El ministro Soria.Todo un manojo de tics vieja guardia para embaularse a los jóvenes. No hay desperdicio en la casquería que arrastra la performance. Toda la secuencia te guía hasta la vistoria final: una risilla rijosa y ese juego de cejas, cómplice y maricuela. Tranquilos chavales, Bernat está con vosotros porque comprende que nada hay mejor que un polvete aprés le calimocho. Y que aprendan otros que las elecciones no se ganan controlando esfínteres.
El Padre Espada se subió al púlpito y volvió a ponerse los hábitos para explicar la palabra: "Tomarse en serio un periódico nada tiene que ver con la vanidad proyectada, el interés político o económico, y ni siquiera tiene que ver con el placer y la necesidad que experimenta el lector de periódicos. El hecho tiene que ver con la convicción de que un periódico es un artefacto cultural y moral que permite extraer lecciones decisivas sobre un momento concreto de una sociedad".
He dicho.
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24 de febrero de 2008
22 de febrero de 2008
UNA CIUDAD SIN CHABOLAS
Muy a menudo me recuerda el doctor José María Ledo que todo columnista de LA NUEVA ESPAÑA que se precie debe escribir con cierta frecuencia sobre aquellos temas que más interesen a los avilesinos. Confieso que un servidor, que no se siente de ningún lugar, tiene un fervor decaído por los localismos. Y además en esta misma página suelo acompañar a excelentes periodistas como Alberto del Río o como Luis M. Alonso que son la crónica viva y vibrante de Avilés. Pero por una vez le haré caso al médico. Porque la noticia que daba cuenta de la erradicación del chabolismo en Avilés tras veinte años de esfuerzos institucionales no ha dejado de bullirme en la cabeza desde que leí las crónicas sobre el tema.
Parece por lo que cuentan que a mediados los años ochenta había en Avilés cerca de quinientas personas viviendo en poblados chabolistas. Infraviviendas, según el eufemismo que saltó al periódico. Y con los años se añadieron bastantes más. En torno a unas mil personas se habrán beneficiado del esfuerzo que ha supuesto este exitoso plan de acceso a una vivienda normalizada fruto, en gran parte, del consenso alcanzado en el año 2000 entre todas las fuerzas políticas municipales. El 17 de diciembre pasado, con el derribo de los edificios de la Ciudad Promocional de Valliniello, se ponía punto y final a casi veinte años de lucha contra la miseria y la exclusión social. Esta es una de las grandes lagunas del pensamiento liberal: la rapidez con la que olvida que hay seres humanos que viven a la intemperie y a los que habrá que proteger de alguna forma. También es uno de los grandes fraudes del ejercicio socialdemócrata del poder que, pese a ser consciente de la situación, ha tolerado estas chabolas de la vergüenza durante tanto tiempo en pie.
La noticia se agiganta porque la mayoría de los realojados en nuevas viviendas son gitanos. Gitanos, sí. Gitanos entre los que hay personas muy difíciles de tratar, algo que comparten con los payos. Pero sí. Hay que decirlo por evitar las estupideces del pensamiento correcto que sólo se acuerda de los gitanos cuando cantan o bailan o cuando son víctimas de algún asunto turbio. Como si la normalidad, buena o mala, no pudiese ir con ellos. «Cibó per mangue, cayico per tue», dijeron el otro día al dar las gracias. Que «hoy por ti y mañana por mí», vamos.
Hablar sobre la vida de los más pobres me ha causado siempre un extraño pudor que nunca había logrado explicarme hasta que supe de las reflexiones de James Agee, el hombre que más prudentemente ha escrito sobre los desfavorecidos. Agee consideraba obsceno e incluso aterrador hurgar en la vida de los seres humanos más indefensos con el pretexto del periodismo, de la humanidad o de cierta osadía social. Toda seriedad le parecía poca. Y tenía razón. Ahí está para mostrarlo su laborioso y extenuante trabajo sobre las condiciones de vida de los campesinos de Alabama en 1936. Así que guardaré silencio.
Pero yo quería recordar que en esta vida hay personas que nunca quieren saber de nada. Pero que también hay gente que pregunta y se interesa por las cosas. Y que es bueno que entre los representantes públicos de los ciudadanos haya muchas personas de las que quieren saber lo que pasa allí donde viven y que no se inhiban a la hora de resolver los problemas de los ciudadanos a los que representan. Sobre todo si tienen que ver con algo tan básico como el acceso a una vivienda digna. Y que valoren la importancia del consenso a la hora de afrontar la solución de problemas que difícilmente se agotarán en un par de mandatos electorales. A la vista están los resultados.
20 de febrero de 2008
CALOR
Ahora Bufford le ha echado el garfio a su gran pasión: la cocina. Y en concreto al más estrafalario de los grandes chefs del momento: Mario Batali, dueño del restaurante de moda de New York, el Babbo. Bufford ha pasado casi un año conociendo los entresijos de la cocina profesional desde dentro, trabajando como pinche en casa de Batali. El resultado es CALOR, un excelente reportaje sobre una obsesión. En la cocina de Batali, Bufford aprende los secretos de los fogones y hace sociología. Aunque al final concluye con el fisiólogo Turró y con Pavlov que nada hay más cercano a la cocina que el sexo. Ya en los primeros vaivenes Bufford escucha "Moonglow" la canción más romántica de PICNIC de la película más romántica jamás filmada. Sexo y cocina. Sangre y arena.
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ESTRENO: POLÍTICA RAZONABLE

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19 de febrero de 2008
PARECE RAZONABLE
"Yo soy un buen ejemplo de ese crucigrama de pertenencias y rechazos que, como dice Amartya Sen, constituyen la identidad de un individuo, para mí la única aceptable. Peruano,latinoamericano, español, europeo, escritor, periodista, agnóstico en materia religiosa y liberal y demócrata en política, individualista, heterosexual, adversario de dictadores y constructivistas sociales —nacionalistas, fascistas, comunistas, islamistas, indigenistas,etcétera—, defensor del aborto, del matrimonio gay, del Estado laico, de la legalización de las drogas, de la enseñanza de la religión en las escuelas, del mercado y la empresa privada, con debilidades por el anarquismo, el erotismo, el fetichismo, la buena literatura y el mal cine, de mucho sexo y tiroteo. ¿Se agota lo que soy en esa pequeña enumeración en la que, a simple vista, abundan las incoherencias y contradicciones? No. Podría llenar todavía varias páginas más mencionando todo lo que creo ser y no ser y estoy seguro de que siempre se me quedarían muchas cosas en el tintero. Cada una de ellas me solidariza con buen número de personas y me enemista con otras tantas y de toda esa amalgama de tensiones y fraternidades, que nunca se aquieta, que está siempre rehaciéndose, resulta mi identidad, la única en que me reconozco. Todo el mundo podría decir otro tanto de sí mismo, si se examina con imparcialidad."
18 de febrero de 2008
PELILLOS A LA MAR
Recuerdo la gran película ABRIL. Aquella secuencia donde Nanni Moretti se entrevista con un periodista francés que se sorprende de que el Presidente del Gobierno italiano Silvio Berlusconi controle tres cadenas de televisión. De hecho, el hijo de Berlusconi pensaba que su padre trabajaba arreglando televisiones. El periodista francés dice que en Francia no sería posible tal concentración de medios en manos de un político porque hay una ley que lo impide: la ley Antitrust. Lo terrible es que a Moretti apenas si le llama la atención esa noticia.
Le pasaba como a nosotros que no recordamos que a los seis meses de llegar al poder José Luis Rodríguez Zapatero autorizase la emisión en abierto durante 24 horas al día de Canal Plus y que acto seguido le concediese un canal televisivo a un íntimo amigo suyo que casualmente dirigirá lo más delicado de su campaña electoral. Viene esto a decir que para que Iñaki pudiese grabar esta entrevista tan divertida hizo falta que, previamente, el entrevistado moviese ciertos hilos exclusivos para que ese periodista tuviese ese programa de televisión.
Coincido con Iñaki en casi todo su análisis. En que el comentario es pequeñito, en que no aporta nada nuevo y en el potencial de fuego que tienen algunos críticos malencarados y de derechas. También coincido con Espada en que la parte letal de la confidencia es la que refleja la capacidad de Zetapé para fingir ante su electorado. Dice Espada que conecta con la pública percepción de la política como farsa. Y del periodismo como excremento, Arcadi, como excremento.
17 de febrero de 2008
EL CROMO DE IRIBAR

A veces pienso que El Viejo Casale es una mezcla de Paco Lloret y de Manuel Vicent. Gracias a Rafa por este episodio nacional salido de pluma anónima.
EL CROMO DE IRÍBAR
La tarde perezosa de domingo no da pistas sobre cuando se precipitará finalmente y acabará. La televisión está apagada y desde la puerta cerrada de la habitación de mis padres sólo se escapa el murmullo ahogado de la radio. Las persianas bajadas son una gran muralla china que oscurece la estancia; en ella mi padre se debate entre la euforia y el desastre escuchando los partidos de fútbol e intuyendo la imprevisible apariencia de la quiniela. Mi hermana y yo tenemos vetado el paso. La habitación es su santuario privado y lo hemos sabido desde siempre, sin necesidad de que nadie nos lo dijera nunca.
El aburrimiento siempre llega los domingos a las cuatro, y a esas horas uno ya sabe buscar cobijo en su recién estrenado uso de razón. En mi cuarto aún tengo a Sultán, mi viejo caballo de cartón y a los indios y vaqueros del fuerte Comansi, pero hoy no me apetece mucho sacarlos de su natural mutismo. Bajo la cama guardo los secretos. Las cinco pesetas del domingo son cuidadosamente invertidas en seguros valores refugio como cuentos, tebeos de Pumby y algunos sobres de cromos. En lo relativo a los cromos, las colecciones siempre son demasiadas, así que uno está obligado a elegir cuál quiere hacer. No tuve dudas, el campeonato nacional de liga de fútbol es como de la familia y su colección anual fue mi elección. No vale la pena analizar las razones, mi padre había llegado a ser jugador de tercera división, y, ya retirado, jugaba todos los domingos en la playa, lloviera, hiciera sol o fallecieran dictadores, y se colaba en Mestalla siempre que podía. Bajo la cama guardo el álbum de cromos de la liga.
No importa que los lugares vacíos del álbum superen en número a los cromos pegados. Nuestra asignación tiene un techo. Las cinco pesetas del domingo son innegociables y, es más, es un privilegio que puede ser abolido al menor contratiempo, así que para qué darle vueltas a las cosas. Uno se conforma con lo que tiene y ya está. Pasando las páginas del álbum, mirando los cromos, recitando las alineaciones, imaginando equipos imposibles, Abelardo, Uría, Gaztelu, Boronat, Claramunt, Quino y Valdez, inventando las caras de los cromos inexistentes y volviendo a empezar, la tarde del domingo se extingue.
Lunes temprano, arriba y al colegio. Formamos como un ejército bien entrenado, cada clase frente a su maestro. Don Saturnino no tiene muy buena cara esta mañana, no creo que sea porque su equipo, el Pontevedra, haya perdido en casa. Las razones se nos escapan, nos falta vida para imaginarlas. Busco con la mirada en la fila de al lado a Juanín. Él está rastreando el patio, buscando unos ojos cómplices, y de forma habitual, como todas las mañanas, encuentra los míos. Le hago un gesto y le enseño el abultado bolsillo derecho de mi pantalón. Él me imita. Su taco de repes es casi tan grande como el mío. Una última mirada oblicua es suficiente para saber que nos veremos en la hora del recreo. La bandera de colores jubilados es izada en una ceremonia que pretende ser solemne pero que sólo es triste. Juanín y yo estamos en otro barco, rumbo a la isla de la ilusión interminable, el lugar donde uno quiere naufragar y no ser salvado. Es la hora del recreo, salgo al patio y veo que Juanín me espera en las escaleras junto a dos amigos más. Con nuestros bocadillos como equipaje de mano nos sentamos en el suelo, mientras damos buena cuenta de ellos nos ponemos al día.
* ¿Comprásteis cromos ayer?, pregunto yo.
* Mi abuela me compró dos sobres -dice Juanín-.
* Nosotros también tenemos cromos nuevos –apuntan los dos amigos-.
* Vale, pues, vamos a jugar unas partidas, -decido-.
Nos sentamos en círculo, cada uno pone dos cromos en el centro y sorteamos la mano al primer jugador con nombre acabado en la letra “a”. Gana Juanín, así que es él el que empieza a intentar voltear con la mano algún cromo del montón. Falla; también erramos los dos amigos y yo. Volvemos a poner dos cromos y Juanín vuelve a intentarlo. La segunda ronda es tan estéril como la primera. Dos cromos más por cabeza y el montón empieza a alcanzar proporciones alpinas. Esta vez Juanín pone en práctica su experimentado volteado a dos manos y logra verle la cara a tres cromos, en su intento veo que uno de los que quedan en el montón es Gento, tan esquivo en los sobres como en el campo, y cruzo los dedos para que los dos amigos fallen. No fallan. Es más, dejan el centro vacío; entre los dos han volteado todos los cromos que quedaban. Suena el timbre y volvemos a clase. Y así hora tras hora, pasan los días. La semana caduca, día a día; y las semanas van muriendo domingo tras domingo. Mi álbum ha engordado más de lo que nunca imaginé. Acabar una página ya supuso un pequeño triunfo y ese triunfo fue grande cuando la página acabada fue la del Valencia Club de Fútbol. Las partidas del colegio hicieron posible lo que no era más que una quimera. Sin esa fuente de ingresos alternativa nunca hubiera tenido en mis manos a Viberti, a Germán, o al genial Glaría. No obstante, culminar un álbum es una tarea no exenta de riesgos, aventuras y hercúleas pruebas. Llegué a Marzo con tan sólo dos cromos por conseguir: Gento e Iríbar.
Juanín me dice que pase a su casa porque se aburre. Las vacaciones de Pascua son largas y los niños nos ponemos pesados antes de la hora de la merienda, así que mi madre no tiene ningún reparo en dejarme pasar a casa de Juanín que, todo sea dicho, es vecino de rellano. Jugamos con sus muñecos del espacio, los de la serie de marionetas de la tele, montamos el Scalextric, pero no lo logramos hacer funcionar porque su hermano tiene guardados bajo llave los mandos. Algo decepcionados nos instalamos en el comedor, sacamos un estuche lleno de discos y empezamos a ponerlos en el tocadiscos. Bailamos, hacemos el bobo y, de repente, algo llama mi atención encima de una mesa. Juanín siempre fue algo desastrado; su habitación era un estudiado caos de juguetes desperdigados por el suelo, tebeos y objetos dispares recogidos en la calle: tapones, grapas, botones, envueltas de caramelos, etc... Encima de la mesa hay un montón de esos raros tesoros puestos sin orden ni concierto. Bajo una envuelta medio rota de chocolate Zahor asoma una pantorrilla morena cubierta por una media blanca. Conozco de memoria todas las pantorrillas de todos los jugadores de la liga, pero ésta no me es familiar y, visto el color de la media, mi mente razona como una ametralladora. Disimuladamente bailo en dirección a la mesa, la canción de Luis Aguilé es una coartada perfecta, en un descuido de Juanín meto la mano bajo la envuelta de chocolate y saco el cromo de su dulce escondite. Gento. Un sudor frío empieza a recorrer mi frente. Pienso que quizá he bailado demasiado y ésa es la razón, pero algo más íntimo me dice que la idea que atraviesa mi mente no tiene cabida en mi excelente educación. El cromo está muy usado, manoseado, doblado, con marcas, es seguro que ha debido estar en muchos suelos de patios de colegio, pero es Gento, y no lo tengo. A veces el pecado es inevitable, cae como un alud de nieve, sin esperarlo y de sorpresa. Casi sin desearlo. La madre de Juanín llama a gritos a su hijo, quiere decirle que bajemos la música y que ya es lo bastante tarde como para que yo me vaya a mi casa. Juanín sólo sabe que le llaman, se va a la cocina y me deja solo. ¡Qué momento! Una y no más, me digo con todas mis fuerzas. A él le da igual, no le interesa, pero nunca me lo daría si se lo pidiera. Ésa es la ley de los niños. Me confesaré el sábado próximo, por supuesto, y el mal quedará reparado. Sólo a mí me perjudico, la humanidad seguirá su curso impoluta, ignorante de mi bajeza moral, ajena a toda culpa, sólo yo me envilezco. Una y no más, me digo, y zas..., el cromo entra suavemente en mi bolsillo. Voy casi corriendo hasta la puerta, la abro y grito: “Juanín me voy a casa, que es tarde”, mientras la puerta se cierra más rápido que las palabras saliendo de mi boca.
Los días siguientes fueron duros. Intentaba evitar el contacto con Juanín, aunque sabía que él no se daría cuenta de la falta del cromo ante tanto desbarajuste, pero yo mismo podría delatarme, así que no me fiaba ni de mi sombra. Lo más complicado era evitar contar a los otros compañeros que el escurridizo Gento ya había caído en mis redes. Cualquier pequeño desliz verbal podría tener consecuencias imprevisibles. Éso unido a la tremenda y alargada sombra de la culpa persiguiéndome al levantarme por la mañana, acompañándome al baño, observándome mientras hacía los deberes, hipotecando todos y cada uno de mis actos cotidianos.
No sé cómo lo superé. No fue en un confesionario, desde luego, pues siempre me echaba atrás cuando llegaba el momento de limpiar ese oscuro rincón de mi existencia. Supongo que simplemente la culpa caducó, se esfumó; el purgatorio interior debió ser castigo suficiente y volví a ser un niño como todos los demás. El curso avanzaba, así como el campeonato de liga, pero en la colección aún faltaba un cromo, el del primer jugador de la colección, el cromo de Iríbar.
Iríbar es el portero favorito de todos. No importa que juegue en el Athletic de Bilbao en lugar del Valencia Club de Fútbol, no hay ningún niño que se atreva a decir que Iríbar no es el mejor. “El Chopo” también es el portero de la selección nacional y su austeridad bajo los palos nos recuerda los tiempos que vivimos. En el colegio ya casi nadie juega a los cromos, o han acabado las colecciones o han acabado de coleccionar. Los pocos jugadores siempre tienen los mismos cromos y las partidas carecen del menor interés. Las chapas han sustituido a las partidas de cromos por lo que las posibilidades de conseguir a Iríbar en el colegio son nulas. Me preocupa la posibilidad de dejar el álbum inacabado. Cuando mi madre nos lleva al colegio se lo comento, pero ella me dice que tiene demasiadas cosas en la cabeza como para preocuparse por un cromo. Sé que hay una tercera vía, un atajo hacia el éxito. Junto al mercado de Monteolivete hay una papelería que vende cromos. Juanín, que tiene el álbum casi acabado ya que sólo le falta Gento, me lo ha dicho. Él ha visto un cromo inmaculado de Gento allí por una peseta. Es la piedra filosofal, la llave de cristal, la isla del tesoro. Pero tengo un problema. Mi madre no se interesa por el tema e interesar a mi padre es algo inconcebible. Cuando me voy por la mañana él ha salido a cargar la furgoneta con el reparto del día. Por la tarde está ocupado liquidando la jornada y organizando el día siguiente, y cuando acaba se va un rato a ver más clientes, a tomar algo con unos amigos y vuelve a cenar cuando casi estamos a punto de irnos a la cama. Y si mi madre tiene que pensar en sus cosas, mi padre no debe tener tiempo ni para pensar en el día que es, razono.
Es domingo, casi al final de la liga, y estamos en casa viendo el partido de televisión. Juega el Athletic contra otro equipo. El partido es muy emocionante, con continuas alternativas en el juego, de una portería a otra. Un ataque por la izquierda, centro al área, cabezazo a quemarropa del delantero centro e Iríbar, en una estirada imposible, desvía el balón a corner. Mi padre comenta en voz alta la jugada y elogia el estilo, agilidad y mérito del cancerbero. Yo aplaudo, sentado en el sofá, y menciono de pasada, sin intención alguna, que es el único cromo que me falta para completar el álbum.
La liga ha llegado a su jornada final. El Valencia se puede proclamar campeón de liga en el estadio de Sarriá y mi padre no quiere perdérselo. Se ha ido con un amigo hasta Barcelona y yo presto atención a la radio, junto a mi madre, a la vez que acabo unos dibujos para el día siguiente. El Valencia consigue el título en una carambola imposible. Yo salto de alegría y le propongo a mi madre no acostarnos hasta que vuelva mi padre. Solicitud denegada. Cuando la luz se va a apagar, una mirada distinta flota en el espacio entre mi madre y yo. Le pregunto a mi madre qué pasa. Y ella me dice: “El papá me dijo que te diera esto si el Valencia ganaba la liga”. Me alarga un sobre marrón doblado en cuatro. Lo desdoblo, lo palpo, hay algo dentro. Un cromo. El cromo de Iríbar.
15 de febrero de 2008
NO SOMOS INOCENTES
El asunto me recordó a aquella película que, bajo la dirección de Manolo Matji, se rodó hace tres años sobre el asesino Juan José Garfia, y que se tituló «Horas de luz». Garfia era entonces uno de los presos españoles más crueles. Condenado por el asesinato de tres personas, llevaba entre rejas casi 20 años, parte de una condena cercana a un siglo. La película reclamaba su derecho a la reinserción social con el pretexto de la tierna historia de amor que le unía a una enfermera penitenciaria llamada Marimar, que había logrado -vía afectiva- acallar al monstruo y restaurar al ser humano. Los actores y el director hicieron por entonces una gran catarata de declaraciones glosando la personalidad de Garfia y la dureza de un sistema penitenciario como el español, demasiado basado, según ellos, en la seguridad. Aún se ignora en qué querían basar un sistema penitenciario, pero ahí están las hemerotecas por si alguien tiene dudas del pasado.
Dice la intelectual francesa Geraldine Muhlmann que los medios de comunicación están condenados a mentir bajo la atenta mirada de sus propias ambiciones, ya que deben mantener excitada la curiosidad del público al precio que sea. También me cuentan que los jóvenes de 18 años ingresan en las escuelas de periodismo con una sola idea clara en la mente: que la verdad no existe. Pero cuando hay víctimas inocentes por el medio, todas estas excursiones mentales debieran resonar en el vacío y doler como una herida en la propia carne. Porque este tipo de montajes se mantiene sobre la insuficiencia ética de los reporteros, a la que se suma la incalculable complicidad de los espectadores, que no somos inocentes del color marrón con que se escriben ciertas historias.
Historias como la de El Solitario o la de Garfia no debieran merecer nada que no fuese el rechazo social y el olvido mediático. Las luces, la cámara y la acción debieran ser, antes que para nadie, para las víctimas. No hay por qué agrandar la soledad y el dolor de los inocentes. Para ello necesitamos recuperar cuanto antes el valor social de la verdad. Sólo desde la verdad puede actuarse con integridad. Y como ciudadanos, como espectadores de televisión o lectores de periódicos, hay que mantener los ojos bien abiertos. Pero para todo. Hay ser críticos con lo que no nos gusta, pero también con lo que no nos conviene. Si determinadas ficciones alcanzan ciertas cuotas de pantalla, no podemos esconder nuestro cinismo y nuestra responsabilidad en el asunto. Porque en ese río que nos lleva, achicharrada por nuestra curiosidad y por el foco de la cámara, se nos va la mejor pareja de baile para los mirones, para la víctima y para el verdugo: la justicia.
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TERCERA EQUIPACIÓN DEL CÁDIZ: ¿Para qué la querrán si solo juegan la liga y ya sin nada que rascar? Estos gaditanos on la monda lironda.
12 de febrero de 2008
COSMÉTICA FARMACOLÓGICA
Una cuña de la radio. Un tipo regresa a casa y le dice a su mujer que le han echado del trabajo. Ella está duchándose y le mira compasiva mientras le dice:" Cariño, ya encontrarás otro trabajo, ¿vienes?…" Se les escucha acariciarse y sobre los arrumacos se superpone la voz del prescriptor de turno. ¿Problemas de erección, eyaculación precoz?…Si su vida sexual funciona, lo demás no importa. Y aparece el nombre de una compañía farmaceútica.
Sobre casos como los precedentes el psiquiatra Peter Kramer acuñó allá por los primeros años noventa la expresión "psicofarmacología cosmética" con la que designaba aquellas sustancias antidepresivas destinadas a aportar una radical felicidad a sujetos sanos. Kramer sugería que al igual que la cirugía estética es capaz de esculpir un cuerpo a la medida, cierta farmacología sería capaz de tallar un aparato psíquico según el gusto del consumidor.
El discurso de Kramer pretendía delatar cierto vínculo entre la psicofarmacología y la sociedad capitalista.
Kramer también pronosticó que el Prozac borraría del mapa a la cocaína. Pero obvió que, cosmética o no cosmética, muchas personas se han beneficiado del avance de la ciencia con fármacos como los arriba reseñados.
Y el caso es que no es la primera vez que el conocimiento científico pone patas arriba todo un sistema de valores. Verbigracia, Sigmund Freud. Pues no aprendemos.
10 de febrero de 2008
BLOG THIS¡¡¡
Sobre la mesa, toda la prensa de ayer espera la llegada del quintal de periódicos de hoy. El sábado y el domingo son los días que suelen entrar papeles en esta casa donde casi todo el tiempo libre se queda enganchado en la red. Y sobre todo en los blogs. Ya creo que si nos quedásemos sin televisión lo notaríamos mas bien poco. Y es ver las portadas de los periódicos y comprender el porqué y la pujanza de los blogs. La inmediatez, la verosimilitud, la cercanía, la variedad de perspectivas. Y el declive del periodismo convencional que trata a sus lectores como lelos. Véase el suplemento de SALUD de El Mundo, las páginas confesionales de ABC o la portada de El País de ayer donde se da cuenta de que unos estudiantes cubanos descubren con asombro que no pueden viajar fuera de su país ni siquiera abrir cuentas de correo en Google. “Comandante, una pregunta….” Dicen angelicales a quienes ya han descubierto que un Castro puede suceder a otro Castro.
Sí, definitivamente, la claudicación del periodismo tradicional ha dejado el camino libre a la cultura blogger. Tengo un blog, luego existo.
¡Hala! A la playa.
8 de febrero de 2008
LA SEÑORA HUARD

Al filósofo Fernando Savater, maestro y líder en tantas cosas, le gusta decir que las cosas nunca están escritas en el cielo y que pasará lo que dejemos que pase o lo que no logremos evitar que pase. Un poco de esta manera debió pensar una ciudadana belga de 45 años llamada Marie Claire Huard cuando hace unos meses decidió poner en circulación a través de internet un escrito por el que pedía a los políticos belgas, tanto flamencos como valones, que aparcasen las diferencias lingüísticas y se dedicasen a los asuntos que preocupan a la gente. El escrito de la señora Huard recibió rápidamente la adhesión de 140.000 firmantes y a su abrigo, el pasado 18 de noviembre, se convocó en Bruselas una manifestación conjunta de flamencos y valones para reivindicar la unidad de Bélgica. Y, de paso, para responsabilizar a los políticos de ambos bandos de haber envenenado la pacífica convivencia de los belgas. A esa cita acudieron unas 35.000 personas. Ante un éxito que desbordó todas las previsiones, la señora Huard se vio convertida en heroína ciudadana y los medios de comunicación la han designado como la voz del pueblo belga.
La vida de la señora Huard no ha podido crecer más distante de las bambalinas. Hasta que se armó de valor y encendió la mecha de la rebelión ciudadana su vida era la de una sencilla funcionaria residente en la pequeña ciudad valona de Lieja, la patria chica de Georges Simenon, casi siempre envuelta en un cielo color «puré de guisantes». El relato que la señora Huard hace de su educación en el bilingüismo es tan simple, cruel y desmoralizador como el dolor hemorroidal: «Mal aprendí flamenco en la escuela como todos los belgas y lo olvidé como todos los belgas». Asimismo, la buena mujer reconoce que para ella ir a Flandes es como ir a otro país y que apenas sí se relaciona con sus compatriotas flamencos «porque es un diálogo de sordos».
De qué callada manera la historia de la señora Huard nos recuerda la capacidad de las lenguas para interferir en la normal convivencia de los hombres. ¿Hasta cuándo seguiremos aguantando la respiración para no gritar que las lenguas son una maldición y no un tesoro? ¿Por qué en un mundo que tiende a lo global y con tanta necesidad de superar diferencias entre sus pobladores no arraiga la necesidad de una lengua única?
Llevaba unos días desazonado tras leer la noticia, genuflexa y melancólica, con que la prensa internacional despidió a la cacica Marie Smith Jones, la última nativa de Alaska que hablaba la lengua eyak fallecida a los 86 años de edad. Porque ya ven con qué facilidad la demagogia mediática convierte una lengua en un ser humano con todos los derechos que ello comporta. Pero lo de ayer me ha dejado para el arrastre. No sé si podré recuperar el ánimo y la calma. Resulta que un grupo de intelectuales europeos se ha alzado ¡contra el avance arrollador del inglés como lengua franca en Europa! ¡Ellos!, ¡los intelectuales!, nos alertan del riesgo de fractura social entre pueblos desencantados por el arrinconamiento de sus lenguas. Quienes tienen la responsabilidad de aniquilar las barreras que dificulten el acceso de los más desfavorecidos a un mundo más igualitario son quienes más se preocupan de que eso nunca pueda suceder. Y es que esta turba de indigentes morales acantonados en los «estados culturales subvencionados» acaba por cabrear al más templado. Menos mal que a la noche soñé con que la señora Huard volvía a levantarse del sofá y los corría a gorrazos.
6 de febrero de 2008
MARTES DE CARNAVAL

En casa tirado. Ya no he podido comprar ningún periódico. No me apetece traer más mierda a la orilla de la mar. El mar de Alberti ¡coño!
Afuera los niños juegan al pádel disfrazados por el carnaval. Ahí va El Guerrero del Antifaz. También corren El Zorro y una jovencísima Bella Otero. Y Peter Pan espera su turno para jugar y para crecer entre la hierba. Dice Barrie: "Keep back, lady, no one is going to catch me and make me a man". Todo mi fervor para él.
Vencida la tarde fuimos a verle el vestido verde botella a Keira Knightey en "Expiación". Cada vez más alejado de la ficción. Una historia fallida. Una niña de 13 años y su hermana de 22 se enamoran del mismo chico. El chico se va con la mayor y la pequeña, en venganza, arruina la vida de la feliz pareja al levantar un falso testimonio contra el joven deseado. Quiere Mc Ewan jugar con los celos pero el triángulo formado es tan atípico que la versión es poco verosímil. Se construye una relación celosa cuando los implicados pueden tener acceso al objeto deseado en similares condiciones. Y una niña de trece años no está en buenas condiciones para pelear por el amor de un hombre de veintitantos. Y sí, la separación entre el bien y el mal se percibe de manera muy distinta en la infancia que cuando uno se hace adulto. Uno de los grandes problemas de ciertos novelistas es que crean personajes desconociendo los mecanismos básicos con los que funciona la naturaleza humana. Pero lo peor es que luego los psiquiatras se ilustran con lo que escriben los novelistas.
Bien entrada la noche llama el profesor para decir que ya entregó el libro a la imprenta y que nos queda mucho por hacer. Política razonable. Coming soon.
4 de febrero de 2008
LA SANGRE Y EL HIELO
Tras leer este fin de semana esquelas de varias personas de más de cien años y tras la entrevista que EP publica con la abuela sevillana de El Vacie que tiene 116 años creo que la obra del bioeticista Daniel Callahan, Los límites de la medicina en una sociedad que envejece, necesita una revisión. Callahan ha abanderado la restricción de ciertas intervenciones quirúrgicas a partir de ciertad edad. Por ejemplo, no hay hígados suficientes, dice Callahan. Y los que hay deben ser para los más jóvenes. Un sistema sanitario no puede ser hipócrita y debe trabajar asumiendo restricciones. En realidad lo que comenta Callahan no es nada nuevo pero sí lo suficientemente dañino como para colocar a los mayores de 75 años en situación de preexclusión social. Y ya sé que una cosa es Nietzsche y otra cosa fué Hitler.
Y hablando de trasplantes, los padres de un niño con un problema de salud muy grave. El mismo problema que se llevó al hijo de Stielike. El niño estaba en las últimas y era el primero de la lista pero nunca llegó el órgano y murió. El padre decía "Y tuvimos la desgracia de que no murió ningún niño a tiempo... ".Hay cosas en la vida con las que hay que jugar con mucha cautela. Al fondo queda esa foto de la cuadrilla de Luis Montes ante el Hospital Severo Ochoa. Esa sinécdoque tan innecesaria.
3 de febrero de 2008
ESTO SÍ QUE ES CARNAVAL

Grandes marrones de la literatura (Enrique Alcina)
Ha llamado Paul Auster preguntando por Franquito. "Dos veces ha pagado Franquito el pato, como algunos de mis personajes", soltó de primeras este escritor tan austero. Y el encargao de la tinta china le contestó que fueron los duendes de la tecnología pu(n)ta, que el titular que correspondía ayer en verdad, "Grandes marrones de la literatura", aludía a su gran enemigo, el sieso e intrigante Dan Brown. Y al final, el marrón se lo comió Franquito, pobrejito. Y al final de los octavos, de los cuartos y de la semifinal tridimensional, llegó la gran final, la noche del oráculo. "Tengo entendido que en Cádiz los poetas escriben pa que les den un premio". No, espérate, van a escribir por amor al arte como usted, chufla. En Cádiz se escribe por necesidad, de toda la vida, y al concurso se apunta uno pa ganar ¿no?
Pa que no pierda puntada desde su New Jersey natal, con la rebequita puesta, de lo que esta noche brindará al mundo el palacio de la luna, le endiñamos el tocho "La trilogía de Cádiz". Y le aconsejamos que en sus próximas novelas se meta con Jerez, "para parecer gaditano de los pies a la cabeza", autocrítica con retranca made in Love.
Tan ilustre juntaletras, maestro en el arte de transformar lo cotidiano en extraordinario, mediante bifurcaciones de ratitos dispares que componen una obra sencilla construida con una compleja estructura narrativa, morirá en el Falla. Mismamente. La hermosa e insospechada musiquita transportará al gachó a un mar con dos caras en un tango orquestal, hallará sentimientos encontrados en un pasodoble de los Lerendas o un suave balanceo a bordo del vaporcito, entre El Puerto y Cai chiquito. "El mar, la mar …, me suena a Alberti" ¡Premio!
El libro de las ilusiones se abre a la percepción cada año para largar fiestas sobre lo divino y lo humano, señor Auster. O como se llame. Oferta espacial: viaje al país de las últimas cosas y comprobará que el pueblo soberano persuade a sus fantasmas interiores con lindas coplas elocuentes y ampulosas. Siga la línea carmesí, y en el corazón de la calle del arte peatonal recorra la historia del coro genuino, las huellas de las comparsas lisonjeras y el ritmo contagioso de los juglares supersónicos. A la velocidad de la luz de Cádiz se escriben cuplés de actualidad, como el último tomatazo a Paquirrín de los Pito-risas o la quiebra definitiva de la familia según el cuarteto del Gago. Un niño con el brazo roto, una niña con la cadera partía. Se está perdiendo tó. De primera mano, conocerá el espectador las mejores chanzas, la maldad intrínseca, la ironía verdadera y las imágenes que las voces de Cádiz sugieren a bombo y platillo. Un poné, un monigote con bigote, adivinen la foto en formol del presi que la formó con sus riñas y embustes. ¿Aznar? ¡Premio!
Más internacional que el premio Planeta, Cádiz relata vicisitudes tan universales como personales. Aquí se canta a la Onu y al padre del Remolino. Aquí se montan en lo alto de David Meca diez o doce moritos pa cruzar el Estrecho y se da vía libre al surrealismo terapéutico. Aquí Paul Auster escribiría dos o tres trilogías acerca del milagro de la vida submarina, alucinaría con la guerra mundial revisitada con "mucha poca vergüenza" por cuatro tíos como trinquetes capaces de rimar vía satélite, cavilaría en torno a los vericuetos psicosomáticos de gente tan simple y tan rara a la par. Pediría socorro a sus musas de cabecera. Tequiyá.
Paul Auster ya sabe que la trilogía de Cádiz, ambientada en la música del azar, se sustenta en la poesía popular, el capillismo ilustrado y la religión del fúrbo. Ya ha escuchado la copla de unos bichos que reclaman un presidente que sienta los colores, y ha preguntado por Muñoz y Baldasano, grandes tunantes de la literatura gadita, autores al alimón de una tragicomedia dantesca que a Paul Auster, que se sepa, ni le viene ni le va. Pero el Carnaval le va a molar. Ya verán. Y le oirán cantar aquello de "¡Esto es Brooklyn y aquí hay que mamar!".
1 de febrero de 2008
UN VORAZ DESAMOR
Dicen los libros de psicopatología que la ironía es una técnica y que el humor es su consecuencia. Dicen los mismos libros que la ironía no es patológica en sí misma, sino que es una defensa contra la hostilidad ambiental ya que conlleva un cierto grado de agresividad atenuada y travestida. Hablando de la risa Henri Bergson establece como premisa básica la complicidad. Para reírse con el humor desatado por la ironía hace falta compartir algo con quien ironiza. Sin complicidad, la ironía está condenada al fracaso.
Hace unos días que el periodista Arcadi Espada reflexionó en su blog sobre el regalo que el periódico «El Mundo» hizo a sus lectores dentro de la colección «Grandes discursos de la democracia». El periódico regaló un volumen con todos los discursos de Adolfo Suárez. Confieso mi complicidad con el escritor catalán ya que soy un devoto de los discursos solemnes. ¿Cómo no iba a serlo si me salieron los segundos dientes escuchando a Abril Martorell, a Landelino Lavilla, a Sagaseta o a Carrillo? Anda que no nos habremos reído ni nada recordando aquellas arengas parlamentarias tan llenas de pasión como vacías de contenido. Pero lo que no podíamos llegar a imaginar es que lo que vendría después iba a ser bastante peor para el recuerdo y el humor. Un erial. Ya ven, dos mediocres en escena y casi acaban en el género. Pero la aparición de Sarkozy ha vuelto a ponerle interés al juego de la oratoria y ya se habla y mucho del «Discurso de Letrán», por ejemplo.
Porque para discurso político de referencia el que Adolfo Suárez pergeñó para comunicar a los españoles su dimisión como presidente del Gobierno hace 27 años. Un discurso hecho para justificar un adiós en el que nunca aclaró por qué se iba. Una pieza maestra, aunque más de la comedia que de la oratoria. Porque nos quedó muy claro qué cosas no le echaron del cargo. Aquel soniquete lacrimógeno, demagógico y pastoso. «No me voy por cansancio. No me voy porque haya sufrido un revés superior a mi capacidad de encaje. No me voy por temor al futuro». No me digan. Y aquel descabello: «Me voy porque ya las palabras parecen no ser suficientes y es preciso demostrar con hechos lo que somos y lo queremos». Sublime, sublime, aunque el ruido nos escamoteó saber por qué había fuego. Sugiere Espada que todo fue una excusa para ocultar la verdadera razón del abandono: un voraz desamor. Ante eso ya no sé qué decir. No lo saben ni quienes le llamaban Adolfo, pero qué gran jam session nos dejó El Duque aquella tarde fría y gris.
Entre bromas y veras no hemos vuelto a tener oradores tan genuinos como los de la transición. Venían por cepillar, con todo el pelo de la dehesa puesto. Y ese punto de sinceridad, una añoranza. Años de abstinencia hasta que «El Mundo» ha tenido esta brillante idea. Porque como tantos otros me estremezco con las brillantes peroratas. Nada hay más de agradecer que un brillante discurso a los postres de una buena comida. Por ejemplo, aquella soflama sobre la naturaleza de las cosas que Fernando Fernán-Gómez -haciendo el papel de un jerarca franquista- se marcó en la película «La mitad del cielo»: «Yo soy de la vieja escuelaÉ la sangre espesa, el martini con aceituna y la leche, entera. La leche y la sangre deben ser espesas, enteras y, sobre todo, ¡generosas! ¡Leche de teta española! Y al que le flaquee la fe, debo recordarle aquel verso inmortal sobre la dudaÉ». No se lo pierdan. No lo regala «El Mundo», pero el lechero lo colgó en Youtube. También era todo por un desamor. Y por el arroz con leche. Sin ironía.
