La columna del pasado sábado de Arcadi Espada me dejó perplejo. Por primera vez en mucho tiempo me enfadaba con una columna de Arcadi. Y me enojaba por la falta de matices de su discurso, por la ligereza con la que deslizaba algunas afirmaciones. Eso es muy raro en Arcadi. Si ha llegado a ser uno de los mejores periodistas de este país es porque ha evitado caer en el recurso fácil de convertir sus columnas en consignas. Me pareció una columna escrita tras volver de farra con los amigotes. Le escribí raudo para decírselo. Y hoy ha colgado ese escrito apresurado. ¿El tema? Lo de siempre. Siempre el mismo cuento.
LA RESPUESTAHola Arcadio: Acabo de leer tu Correo Catalán de hoy. Una decepción. Una profunda decepción. No por el contenido en sí o por la provocadora soflama que adjuntas sino por la falta de rigor. La ligereza con la que te manejas que no está en tu corte de carácter. No suele estarlo. Y es la razón por la que muchos te preferimos a la mayoría.
Te voy diciendo: la futilidad con la que manejas el nombre del darwinismo en vano. Es una de las razones por las que el darwinismo tiene tan mala prensa, porque se usa para explicar cualquier cambio que se presume abrupto y porque se coloca al lado de cualquier hipótesis que se le ocurre a cualquier gilipollas. Pero no es un juego de niños lo que cabalga con Darwin. Y tu lo sai...Un respeto, hombre.
La descontextualización de la figura de Jacques Brel. Brel escribe esa canción por algo y para algo muy diferente de lo que tú la usas. Busca en Internet que hay testimonios muy curiosos. O pregúntale a su viuda que vivía hace unos meses en el piso de al lado de Javier Solana. Luego, no es cierto que la mayor parte de las obras que merecen la pena estén infestadas de orgullo joven y culo burgués. Hay muchos libros que no me enseñan el culo, en concreto unos cuantos tuyos. Y lo del dinero, Arcadi, lo del dinero. Unos piernas enriquecidos bajo el ala de la izquierda contra una legión bien armada y uniformada de camisas milrayas y corbatas valencianaranja. No es exacto lo que cuentas ni tiene ánimo de serlo.
Cierto es que no he vivido mucho pero sabes que trabajo poniendo la oreja a la derrota. Y te aseguro que la derrota no es una patente de la izquierda. Hay gloriosos y olorosos naufragios a la derecha. La derrota mas bien es hipocroma. La derrota comienza el primer que te da miedo romperte algo al jugar al fútbol, cuando tienes que ponerte gafas de cerca, cuando te cuesta apretar bien el culo o cuando te queda colgando una gota de orina tras mear contra la pared. Te pasan esas cosas y supongo que te pones a defender el 1-0, como los italianos en el fútbol. ¿Es defender un sinónimo de conservar? No suele haber color pues al final del viaje de los gentiles burgueses. És una época más bien gris, la vejez. O al menos eso me cuentan.
En el fondo del artículo me chilla que te limites a criticar a la izquierda con esa mentalidad de izquierdas que exudan los conservadores. Deja que se defiendan los aludidos, no utilices ese recurso tan facilón, hombre, que eso puede hacerlo un Amando de Miguel et alii pero no un Arcadi Espada, !coño¡
Ando leyendo un libro que navega en dirección opuesta a tus barcos. Es una biografía autorizada de López Ibor padre del que tanto te habló Mariano de la Cruz. La escribe el incansable Marino Gómez Santos, el Marinín Monroe que dice Jesús Pardo. Pero se titula "López Ibor: el hilo rojo en su pensamiento". Y es cierto que hay un hilo rojo. No miente el título. Te lo cuento porque es lo que tengo más a mano aunque si quieres te pongo algún ejemplo más. Suelo relacionarme con alguna gente conservadora que hacen lo posible por parecer progresistas cuando la ocasión lo requiere, por mostrar ese hilo rojo de su pensamiento. Y no me parece mal porque no creo que sean unos hipócritas ¿o tendría que pensarlo?
Y si quieres relacionar izquierda, derecha y neurociencias te diré que podemos vivir perfectamente sin una mitad de nuestro encéfalo. Adivina cual. Y ése Litvínov que te preocupa... Un hombre de una pieza que solo cambia por el amor. Recuerda lo que decía Pla sobre los hombres de una pieza.
LA PREGUNTAMisterio del que viajó voluntariamente del bien al mal
Querido J:
Habrás oído hablar de estudios recientes que sugieren la posibilidad de que la morfología cerebral indique si su titular es de izquierdas o de derechas. Son estudios que parecen serios y hechos con buena voluntad. En realidad no son estrictamente nuevos, porque hace ya años que las neurociencias están investigando las presuntas diferencias entre cerebros conservadores y progresistas. A mí me parecen estudios interesantísimos. Es razonable que la conducta sexual o la conducta política puedan explicarse atendiendo también a la biología y me fascinan algunas investigaciones, como la del historiador Gregory Clark, que vincula el nacimiento de la Revolución Industrial a un cambio evolutivo, en sentido darwinista. Muchos fracasos sociales y políticos, y algunos gigantescos, como el del comunismo, no pueden explicarse sin echar algo más que un ecléctico vistazo a la naturaleza humana.
El asunto concreto de la modulación cerebral, sin embargo, no parece encajar bien en uno de los misterios de la experiencia moderna. Siendo las gentes fieles hasta la muerte a su equipo de fútbol, exhiben en cambio una notable facilidad para viajar, con el paso de la edad, hasta un lugar distinto de la ideología que los hizo jóvenes. La vieja y oída frase, creo que de Churchill: "El que a los veinte años no es de izquierdas es que no tiene corazón; pero el que sigue siéndolo a los cuarenta es que no tiene cabeza". Las características del viaje deben matizarse. Por lo general se producen en una sola dirección, es decir, de izquierda a derecha. Encontré en internet un comentario muy divertido sobre este particular de un señor Armando Ribas: "La conversión siempre va del socialismo al liberalismo y no viceversa. Tal como en el caso del tenis y del golf." Hay alguna excepción, claro: el señor Jorge Verstrynge, al que recordarás de secretario de Manuel Fraga, y que es un impecable socialdemócrata, cuando ayer era un formalísimo liberal. Pero en la lista hay, sobre todo, viajes inversos. Los de Hayek y Hitchens, y los de Popper, Glucksmann o Vargas Llosa. Si las hipótesis neurocientíficas son en alguna medida ciertas, deberán encararse, vistos los resultados, con la evidencia de que la morfología cerebral es muy dinámica. Casi convulsa. E incluso con la sugestiva posibilidad de que el cerebro envejezca, por lo general, de izquierda a derecha. ¡Si lo vinculan con la arterioesclerosis se abre una grieta polémica muy interesante para el discurso socialdemócrata!
El escribirte sobre este asunto era una deuda antigua. Puede que, en este momento, no haya otro asunto. En il mezzo del camin surgen preguntas difíciles. Una de las más repetidas consiste en saber quién se ha movido. O más dramáticamente: quién ha traicionado a quién. La pregunta se proyecta sobre asuntos insidiosamente concretos, sean los amigos que tuvimos, los periódicos que leímos o los autores de los que no nos separábamos. Animalitos todos que han crecido con uno, que siguen vivos, y con los que la vieja complicidad ya no es posible. Lo cierto es que va a días, pero yo tiendo a pensar, sin ningún ánimo penitencial, que el traidor soy yo y que ellos siguen honrosamente donde estaban. Señalado el culpable advienen los porqués. Por suerte esto es una carta y no un artículo periodístico, y puedo preguntarme por ellos. El más manoseado alude al dinero. Hacerse de derechas sería el blindaje natural después de ganarlo. No digo que no fuera así en los tiempos de la Comuna o del Frente Popular. Pero, hoy, la manera más cómoda y segura de blindar el dinero es ser de izquierdas. El dinero crecerá y, lo que es más importante, no manchará. Otra respuesta clásica, aunque muy diferente, alude al conocimiento: uno evolucionaría hacia la derecha como lo haría hacia el conocimiento y la sabiduría. El punto de vista de Vauvenargues. Sólo que él añade que envejecer lo hace a uno más sabio... y más loco. Es una hipótesis atractiva pero no sería justo ignorar a los caballeros inteligentes y cultos que siguen estando donde estaban. Tal vez, en efecto, todo responda a un programación cerebral; pero no hay pruebas de que el libre albedrío haya llegado a ese punto de no retorno. Quedan las nuevas compañías que trae la edad, las lecturas, el resentimiento. Su importancia es diversa y parcial: detalles frente al núcleo encapsulado del misterio. Ya no me queda nada, excepto este pinyol: la posibilidad de que algunos vivan su juventud como una ficción, inventándola de arriba abajo. Y que luego la costra fuera desprendiéndose lentamente. Me complace, pero parece que esté oliendo la boca, siempre algo rancia, de cualquier literato.
Ahora bien: el asunto es literatura, pura, y demasiado importante para dejarlo en manos, precisamente, el literato. En realidad, lo que me animó definitivamente a escribirte con este particular fue que estaba escuchando a Brel, mientras bajaba en coche hacia el centro de la ciudad. Les bourgeois, concretamente, la historia de los tres jóvenes que enseñan el culo a los notarios, cantándoles que los burgueses son como los cerdos, cuanto más viejos más tontos, y que con los años, ya sentados sobre su culo de notarios, advierten al jefe de policía de que al atardecer, unos jóvenes, han cogido la costumbre de enseñarles el trasero mientras les cantan que los burgueses [¡"según ellos, monsieur le commisaire!"] son como los cerdos, cuanto más viejos más tontos, y. Escuchaba ese extraordinario tango francés y concluía que ahí estaba todo. Culos de ida y vuelta. Incluso el mío, que fue siempre el culo más orgulloso. Tan inexorable, tan repetido y tan franco el mecanismo como la caída de la hoja. Lo suficiente misterioso como para dejar de preocuparse por él.
De vuelta a casa, sin embargo, y ya rumiando la carta, escribí a algunos amigos ilustrados. Por si tenían en la cabeza más ejemplos de orgullos arruinados. Ejemplos literarios, naturalmente. Puede que con la literatura no comprendamos; pero comparamos con la escueta prosa de uno. Claramente, y en el momento, yo sólo contaba con las Ilusiones perdidas, de Balzac, y en otro género con el melancólico libro de Furet sobre el comunismo. Eduardo Gil Bera recibió con estas palabras el envite: "Puede que todos los textos que merezcan la pena estén impregnados en algún grado de esa "cochonnerie fière" [que no traduciré: pero que es un embutido hecho de cerdo burgués y orgullo joven]. Para empezar, habrá que acordarse de Villon y el género testamentario. Miro los lomos de los libros, a ver qué se me ocurre, y veo que me enseñan el trasero y cantan Les bourgeois." Días después me envió una hermosa lista que tituló Las obras más señaladas del género orgullo. Estaban las cartas de Séneca (y este precioso apotegma aclaratorio: "Por su gracia para vender decadencia por virtud.") Las de Plino el Viejo, "que podrían ser el primer blog de la historia, con permalink a la obra de Marcial y otros, trackbacks incontables, cortesías, necros, periodismo de trinchera, colaboradores tan fashionables como el emperador Trajano… de todo." La Historia de Italia de Guicciardini, "un extraño propósito moral: la escritura de los hechos como justo desquite del pensamiento ante la violencia y la miseria del tiempo. El hombre se pone a escribir después del saqueo de Roma, en 1527, para intentar comprender qué les ha llevado a ese trance." Las ‘Lettres familières” de Charles Brosses, "una gira italiana de Pierre, Jojo et moi [los tres personajes de Les bourgeois]". Chamfort y "su guerra lacerante entre el corazón y la cabeza." Acabó con Balzac: "Todo él, está recorrido por la idea de la desilusión." Ernesto Hernández-Busto se acordó de La princesa Casamassima, de Henry James, "que Marsé había citado como precedente de su Pijoaparte". E incluso del Javier Miranda de La verdad sobre el Caso Savolta. Vio también el viaje en las novelas de Naipaul: "En el Willie de Magic Seeds, y en el Ralph Singh de The Mimic Men." Y tatareó una canción de Joni Mitchell, The last time I saw Richard, que va de un hombre cínico y borracho en un café oscuro de Detroit, cuando el 68, que acabó comprándole un lavaplatos a una patinadora. Aún pregunté a Luis Magrinyà por novelerías así. Lo primero que sacó (tal vez porque estaba corrigiendo sus galeradas) fue Escenas de la vida bohemia, de Murger, con un capítulo final donde se celebra por todo lo alto el fin de la bohemia. Luego recordó a Turguénev: Huno. "Hay un héroe, Litvínov, que no tiene --típico héroe ruso-- "convicciones políticas": ese personaje es tangencialmente muy interesante para tu tema, porque, en definitiva, es el hombre "que no cambia" y al que sólo golpea el amor". Hummm. El orgulloso Litvínov.
Pronostico que se trata de un misterio perdurable. Es tu turno. ¡Que no contestas mis cartas!
Sigue con salud
A.