30 de noviembre de 2007

TU RISA SUBE AL CIELO


Nick Loiayirga es profesor de instituto en una ciudad de provincias de tedio gris y frío plateresco. O viceversa. Loiayirga gestiona desde hace meses con mano diestra un blog copioso y caudal al que sin que sepa por qué le ha puesto de nombre de Patatitas Pochas.
A Loiayirga le encantan los diccionarios y las cosas que le enseñaba su padre de pequeño. Su padre le enseñó a leer bien los diccionarios, en especial el María Moliner, ese todopoderoso y artesanal monumento al trabajo, a la orfebrería del papel y el lápiz. Me habría gustado poder entrevistar a María Moliner. Seguro que tenía unos cuantos pases para la psicodinámica y el análisis conductual.
Yo creo que los amantes del diccionario sienten un poco la angustia cósmica, ésa a la que Woody Allen le ha sacado más partido que Garci a Oviedo. Una angustia cósmica ante el desconocimiento del mundo que sólo se calma cuando llegan a casa y leen una palabra, un morfema, y raudos acuden al diccionario que les liberará de la ignorancia y que acotará taxativamente el significado desconocido. Decía Bertrand Russell que el gran respeto que emana del «concepto» radica en su hermetismo: un concepto es algo cerrado que remite a un significado concreto y que deja especulaciones fuera de su campo semántico.
Eso es lo que creo que tranquiliza a Loiayirga en las largas noches de invierno: el abrazo escéptico de B. Russell, tan reconfortante.
Anoche Loiayirga buceó largo rato en la alberca de Moliner y encontró cosas curiosas, como que doña María nunca acertó a diferenciar entre heliocentrismo y geocentrismo. Ya ven.
Pero a Loiayirga le llamó la atención la palabra «recelar» en su segunda acepción. «Recelar» significa poner a la yegua frente al caballo para excitarla y que acepte al burro garañón.

En realidad, un mecanismo de condicionamiento similar utilizan, según Loia, las vedettes de las alegres revistas musicales con los espectadores varones para que a la vuelta a casa tras la contemplación de la vedette la buena señora en lugar de un marido -burro garañón- tenga una manada a su servicio.

Acaba concluyendo el sorprendido bloguero que el hombre se excita sexualmente a través de la vista y que a la mujer la pone a cien la palabra.
Quiso el destino que el columnista Sergi Pamiès haya contado esta semana su penosa experiencia con las mujeres siguiendo la vía del cerebro con la risa como crampón y cordada para llegar a la mujer amada. Pamiès no es alto ni rico ni guapo, así que se aprendió miles de chistes y salidas cómicas. El resultado lo define como tenebroso. Le quedó claro que en lo que a la seducción se refiere la risa y la palabra ocupan lugares marginales en el escalafón.
Pero al menos se quedó con el enorme beneficio que produce reírse de uno mismo en la intimidad al constatar lo ridículos que podemos llegar a ser. Y se quedó con la inutilidad de las clases de la risoterapia. Nada puede haber menos sincero que la risa forzada e impostada.

Así que ya ve, Loiayirga, tal y como están las cosas. Habrá que buscar otra explicación, porque dudo que las donas del experimento decidan no fiarse de sus ondas cerebrales y se queden con los caballos cartujanos.

En el fondo, Loia, hay todo un juego de reflejos condicionados e incondicionados. Un juego pavloviano que explica cómo los zíngaros conseguían amaestrar a tigres, osos y leones para que bailasen al sonido de una simple pandereta. Tal vez con el pandero, la luna de pergamino, preciosa, no hiciese falta recelar de nada ni de nadie.

29 de noviembre de 2007

UNA CIUDAD EXTRAÑA




Los coches están llenos de escarcha. La niebla apenas si deja ver la calle Fonseca. El barrio chino ya ni siquiera es un fantasma. Esta gente que pasa apresurada y revuelta entre bufandas, gorros y otras lanas. El vaho al alentar. Hay quien juró que nunca más volvería a pasar frío y a ratos, le comprendo.
Esta ciudad que dejamos hace 20 años. Esta ciudad que sin dejar de ser pueblo tampoco llega a ser modernidad. Esta ciudad sin aviones ni barcos ni trenes ni autopistas. Esta ciudad que se queja cuando pierde los papeles. Esta ciudad que donde tenía un gran hotel ahora tiene un agujero. Ahora, ya, que cosa tan extraña.


27 de noviembre de 2007

SUCEDIÓ EN MADRID





Se acaba el libro y llega el Kindle que se maneja con la soltura de un disco de vinilo a juzgar por la publicidad de la tienda Amazon que lo vende con el New York Times on line. Se acaba el periódico clásico. Y llegan iphones, youtubes, ipods y demás prodigios computerizados o casi.
Por cuestión de negocios, uno ha tenido que aprender a manejarse con la informática. Poca cosa. Word, Excel, etc. Pero sin duda, la reina del baile, la sirena del Missisipi, la magnolia de acero de estos últimos años ha sido el Powerpoint. El powerpoint ha convertido en presuntos oradores a verdaderos tazas de la comunicación oral y ha elevado a la categoría de artistas del diseño a probos funcionarios de provincias que en las largas noches de invierno matan el insomnio montando presentaciones rematadas por castillos de fuegos artificiales, que yo lo he visto.
Reconozco que como actor de andar por casa me he beneficiado como un putas de las magias del powerpoint que por lo que cuentan debe ser como esa supernanny que llega a donde nuestra inteligencia no alcanza.
Pero esta semana pasada en Madrid la burbuja se rompió. Dí una conferencia de 45 minutos apoyándome en 57 diapositivas de powerpoint. Nada más acabar y con el respeto y el tacto del mundo, el profesor Colodrón me echó la bronca. ÉL, que tanto ha trabajado con potenciales evocados, que tanto sabe sobre la inhibición del prepulso y sobre la velocidad de acomodación del ojo humano. EL, que tanto sabe de la descomposición de las funciones del sistema nervioso y de la dificultad de que varios sentidos puedan funcionar al cien por cien en algunas condiciones. El, me estaba diciendo que desde la segunda diapo ya había perdido el hilo de mi discurso. Yo siempre he albergado muchas dudas sobre el powerpoint. Porque cada vez que intentaba reconvertir un powerpoint a word el resultado era el vacío. Pero ahí seguía, a lo fácil, en el machito.
Compartí mis cuitas con seres queridos y todos me decían que no era para tanto, que no había sido una maravilla pero que bien, que cumplido el expediente.¡Nadaaaaaaaaaa¡
!Se mascó la tragedia y yo estaba allí¡. Y allí, en el ampuloso Meliá Castilla hice el juramento de Tara: nunca más usaré el Powerpoint para algo que no sea el resumen de una intervención. El resto, papel y voz. La voz humana.Lo que le queda al kindle para llegar bien a la cabeza de la peña.



PD. Las razones de Colodrón se basan en la dificultad de que el oído y la vista integren en misma señal cerebral estímulos tan dispares y que suceden tan rápidamente en el tiempo.




"La memoria de trabajo por ejemplo, depende en buena medida de un apropiado funcionamiento hipocampal. Esta estructura del lóbulo temporal depende de la acción glutamatérgica para crear una conexión sináptica duradera ("long-term potenciation"). Esta acción glutamatérgica puede evaluarse a través de modelos como la inhibición prepulso, el cual permite apreciar la capacidad de un individuo para filtrar la información disponible a través de un estímulo (prepulso) de baja intensidad que antecede a un estímulo intenso (pulso). Los antagonistas glutamatérgicos como la fenciclidina en sujetos normales reproducen las alteraciones observadas en pacientes esquizofrénicos en este tipo de pruebas, las cuales pueden ser revertidas con el uso concomitante de antipsicóticos atípicos como clozapina y olanzapina (Bakshi et al., J Pharmacol Exp Ther 1994;271:787-94; Psychopharmacology (Berl) 1995;122:198-201).









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Felicidades. Son 50.

25 de noviembre de 2007

EL FACTOR HUMANO (XXXVIII)










Gentileza del mejor fotógrafo madrileño.

23 de noviembre de 2007

EL TERRORISMO Y SUS ETIQUETAS












Acabo de leer un bellísimo diario personal de una escritora francesa de 29 años de edad llamada Clémence Boulouque. Se titula «Mort d'un silence» y fue escrito 13 años después del suicidio del padre de la autora, que era juez en casos de terrorismo internacional. El juez Boulouque fue acusado por los medios de haber permitido por una imprudencia la fuga de prisión de un terrorista iraní. El hombre no resistió el linchamiento mediático y se pegó un tiro. En París, hacia 1990. Me impresiona la capacidad de recordar de la joven Clémence y la habilidad que ha tenido para matar así su silencio. Ese silencio con el que ha convivido trece oscuros años. «Yo soy la hija del juez Boulouque, del terrorismo, de los años ochenta, de los atentados parisinos. Y yo soy huérfana de todo eso». El terrorismo. La muerte. Las víctimas. Que alguien me explique por qué la joven Boulouque concluye con tristeza que ya nadie se acuerda de su padre ni de la ola de atentados de los años ochenta. ¿Por qué se resigna la joven a pensar que al fin y al cabo el destino de todas las olas y de los padres es retirarse?

Arcadi Espada es uno de los pocos periodistas que se interroga por el terrorismo desde un plano teórico. Le parece el mayor enemigo de la libertad. Espada acaba de publicar un libro pequeñito, casi miniado, donde recoge varios años de anotaciones y reflexiones sobre el terrorismo y sus etiquetas, que así se titula. No es un libro menor; Espada es de los que se atreven a mirar a los ojos de esfinge y no se entretienen arrancándole pelos de la cola. Puede hacerlo porque se ha procurado una solvente formación científica que le permite trabajar con conceptos imposibles para quienes viven colgados del quinqué, de los amores vieneses y de las últimas noticias de las alcobas de la Bergstrasse. Y reflexionar sobre la violencia y la biología sin recurrir a la manida y benevolente «banalidad del mal». Espada está convencido de que quienes hablan de las causas del terrorismo en el fondo quieren decir que algún terrorismo tiene alguna causa justa, ya sabes, la pobreza, mi niño, la miseria, ¿ves qué fácil se explica todo?

Espada recorre las etiquetas que la prensa actual adjudica a los actos terroristas. Un pensamiento tan feble como el posmoderno o esta vulgar corrección política son aguas bravas donde el periodista barcelonés se divierte imponiendo su rigor conceptual, sus aceradas reflexiones sobre la trivialización de un grave problema. Y aúlla sobre los desgarros que sufre el periodismo cuando cede su lengua a unos y a otros pero nunca a todos ni a la objetividad. Deja muy clara su postura respecto a esa pretendida publicidad que el periodismo le regala al acto terrorista. Ahí es tajante: quien hace públicos a los cadáveres es el terrorista y, por otro lado, ya tenemos en España muchos ejemplos de lo que se consigue dejando a las víctimas solas con su destrucción. El crimen terrorista no sólo provoca la muerte sino que su daño es de amplio espectro. Hay que saber quién fabrica esa onda expansiva tras el atentado con la que la sociedad debe vivir un cierto tiempo. Esa onda que se llevó por delante al juez Boulouque y que llega hasta su pequeña Clémence. Pero -dice Espada- que esa onda sólo puede tener como responsable al asesino por más que a las víctimas les pueda doler la actitud de los medios de comunicación con los muertos y sus imágenes.

«Soy la hija pequeña que conoció las amenazas de muerte y los guardaespaldas a los diez años de edad. Las campañas de prensa, las frases asesinas. Tenía 13 años cuando mi padre se disparó el 13 de diciembre de 1990. Disparó sobre sí mismo, aquella noche. Y sobre nuestras vidas». La joven Clémence Boulouque intuye que hay olas que tardan toda una vida en irse. Una pena que Clémence no conozca los escritos de Espada sobre el terrorismo. Por matar mejor ese silencio.

21 de noviembre de 2007

ORGULLO EUROPEO



No me digan que no. La actriz Catherine Deneuve les enseña a degustar París mientras Anni Leibovitz hace fotos y más fotos. Ya sé que es una actividad de estúpidos y orgullosos europeos.Pero que le voy a hacer....

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No es por nada pero Juan bonilla, Miguel Sánchez Ostiz y Ana Nuño han hecho críticas demoledoras de Las Benévolas, del tahúr Littell.

19 de noviembre de 2007

EL TIEMPO, JUEZ INEXPUGNABLE



17 de noviembre de 2007

17-N





SE MURIÓ MAXI

Maximino Lozano Suárez, psiquiatra y jefe de la sección de Interconsulta y Enlace del Hospital Ramón y Cajal de Madrid. Pocas veces he aprendido tanto de alguien en tan poco tiempo. Cuatro meses a su vera en 1996. Porque el día se me quedaba corto para seguirle por Madrid: por los seminarios lacanianos de Jorge Alemán o por las múltiples conferencias donde enseñaba a otros médicos a distinguir el dolor real del imaginario o a conocer los aspectos psicológicos de las enfermedades crónicas. Uno de mis mejores maestros. Un hombre de una pieza.






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A la luz del libro de Suso de Toro, está claro que el entrevistador adecuado para Zapatero es Buenafuente.

«Cuando tengo tiempo, y si no, lo busco porque soy muy disciplinado para prescindir de las cosas secundarias o que son aplazables, pues dedico mucho tiempo a pensar. Suelo pensar tranquilamente. Pocas veces con un papel o con un ordenador, porque me encanta retarme a mí mismo con la memoria, esto sí reconozco que es un defecto ». «Yo soy muy verbal, muy verbal. Absolutamente». «No, no es que sea tímido, en absoluto. No me tengo por tímido. Soy reservado, soy austero. Austero». «¿Desafíos, que si los busco? Por supuesto. Si no, me aburriría. La vida es un continuo ganar». «¿Un guerrero solitario...? Sí, puedo aceptarlo. Soy guerrero en ese sentido de poner a prueba mi valor, de buscar pruebas (...). Es verdad, procuro no depender de la opinión de nadie». «No me cobro venganzas. Absolutamente no. ¿Que por qué no? Pues porque no me produce ninguna satisfacción». «Es curioso porque, aunque aparento ser una persona fría, soy muy sensitivo». «Siempre tuve (...), siempre tuve buen cartel como diputado. Y con los periodistas, especialmente». «Creo que cuando hablo la gente sabe que hablo con franqueza». «Sí, vivo en un mundo de lenguaje. Me fascina».

Está pasando. Lo estás leyendo.




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Noviembre, malo, malo, maloooo. Yo suprimiría el mes de noviembre del calendario. Noviembre es un mes inhábil. Lo hace inhábil esa colección de cretinos que obliga al cambio horario para lograr unos objetivos que ya no nos importan lo más mínimo. Las seis de la tarde y ya es de noche. Se me cae el alma al suelo. No sé bien qué hacer. Y ayer, como en el tango, me acobardó la soledad y un miedo enorme de estar lejos de tí...¡cómo cambian las cosas los años¡¡¡¡¡¡¡¡
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16 de noviembre de 2007

CUÍDATE MUCHO





Hace unos meses que la artista francesa Sophie Calle recibió una inesperada carta del hombre con el que compartía su vida. Más que una carta, su amante bandido le escribió un email para decirle que la había querido mucho, que había tratado de hacer de ella la mujer de su vida, pero que las cosas ya no iban bien y que como nunca la había engañado tampoco iba a hacerlo a última hora; que se iba y que esperaba que lo entendiese. Pero lo que más le dolió a la dulce Sophie (musa de Paul Auster) fueron las cuatro palabras del email con las que su pareja le decía au revoir. Prenez-soin-de-vous. O sea, cuídate muchoÉ ¡Vaya! No sólo se iba, sino que se permitía un consejo final. Cuídate, le decía, como si ella, que tenía algo más de 50 luminosos años, tuviese dificultades para cuidarse. Sophie quedó entre sorprendida, enojada y dolida. No sabía qué hacer. No entendía nada. Y se le ocurrió recurrir a 107 mujeres de diferentes edades y profesiones para que le ayudasen a interpretar y digerir aquel email de despedida. En internet pueden contemplarse algunas de las intervenciones de gente como Jeanne Moreau y Victoria Abril, que lee la carta en el lecho de la película «Átame». Y entre fotos, vídeos y textos con testimonios muy dispares Sophie Calle construyó una obra de arte sobre las ruinas de su luto sentimental. Una obra de arte que este año representa a Francia en la Bienal de Venecia.
El novelista Vila-Matas, que dice ser un buen amigo de la Calle, dice que hay rupturas liberadoras y que estos asuntos tan íntimos no tienen por qué ser cuestiones meramente personales, sino que pueden inscribirse en un campo de experiencias universales muy comunes. No me parece una reflexión acertada.

Las razones de Sophie Calle para hacer esta performance creo que son de otro tipo. Está claro que hay algo de reparador en la expresión del malestar y en el apoyo de los próximos, pero el dolor, la ausencia, el llanto son íntimos, muy íntimos. Está bien hablar de nuestros problemas. Es más, las cosas se complican cuando no alcanzamos a dar salidas a la tristeza. Pero la Sophie que se arranca con tanto ímpetu en pos de la gloria pública está poseída por un dinamismo que tiene que ver mucho más con su rol de artista profesional que con su rol de mujer dolida.
Siempre me ha llamado la atención la gran capacidad de la cultura francesa para trabajar con las emociones y los sentimientos. Su literatura, su música y su cine están plagados de amores rotos y amantes despechados. Los franceses parecen tener una riquísima vida interior que les permite lidiar con las penas en registros muy distintos.
La propia Sophie Calle ya había tratado previamente con este tipo de intervenciones. En 1984, tras un viaje a Japón, Sophie supo lo que era el dolor de un abandono sentimental; empezó a escribir un diario personal, pero el sufrimiento se le hacía interminable. Y no tenía otro tema de conversación que sus pesares. Hasta que un día se paró a escuchar el dolor de los demás y notó cierto alivio. Y se le ocurrió interrogar a una serie de personas por el momento más doloroso de sus vidas. Al relativizar su pesar comparándolo con el de otros, Sophie logró aliviar sus cuitas, aunque no dio publicidad a su trabajo por temor a recaer en los recuerdos. Hace unos meses que hizo otro montaje audiovisual con esa experiencia tan desgarradora, un reportaje sobre el abandono, sobre su pérdida. Y la de otros veinte corazones rotos. El resultado se expone en la Paul Cooper Gallery (Nueva York). ¿El título? ¡Ah!, bueno, sí... «Un dolor exquisito».

14 de noviembre de 2007

PADRES E HIJOS





Por contestar la respetuosa nota que Luis Magrinyá ha dejado en lo de Arcadi he recaído en lo que no querría: he vuelto a la novela, aunque ha sido una leve recaída que diría Boswell cuando escribía por libre. Por la cita de Magrinyá sobre "el hombre que no cambia" he vuelto a leer algo de Iván Turguenev. Tengo para mí que Turguenev es un escritor de una pieza aunque solo he leído su infravalorado Diario de un escritor y Padres e Hijos. La formidable "Padres e hijos" que es uno de los mejores reflejos de la absurda omnipotencia juvenil, de la necesidad del adolescente de buscar su lugar en el mundo liquidando el influjo de los padres y de la angustia paterna ante la posibilidad de perder el control de un hijo alocado. Se recomienda en las escuelas de psicopatología.

PD. Siempre me impresionó un dato: el cerebro de Turguenev al morir pesó 2100 gramos, casi medio kilo más de lo normal. ¿A quién y por qué se le ocurriría pesarlo? ¿lo tendría todo tan grande?

12 de noviembre de 2007

SIEMPRE EL MISMO CUENTO



La columna del pasado sábado de Arcadi Espada me dejó perplejo. Por primera vez en mucho tiempo me enfadaba con una columna de Arcadi. Y me enojaba por la falta de matices de su discurso, por la ligereza con la que deslizaba algunas afirmaciones. Eso es muy raro en Arcadi. Si ha llegado a ser uno de los mejores periodistas de este país es porque ha evitado caer en el recurso fácil de convertir sus columnas en consignas. Me pareció una columna escrita tras volver de farra con los amigotes. Le escribí raudo para decírselo. Y hoy ha colgado ese escrito apresurado. ¿El tema? Lo de siempre. Siempre el mismo cuento.

LA RESPUESTA



Hola Arcadio: Acabo de leer tu Correo Catalán de hoy. Una decepción. Una profunda decepción. No por el contenido en sí o por la provocadora soflama que adjuntas sino por la falta de rigor. La ligereza con la que te manejas que no está en tu corte de carácter. No suele estarlo. Y es la razón por la que muchos te preferimos a la mayoría.

Te voy diciendo: la futilidad con la que manejas el nombre del darwinismo en vano. Es una de las razones por las que el darwinismo tiene tan mala prensa, porque se usa para explicar cualquier cambio que se presume abrupto y porque se coloca al lado de cualquier hipótesis que se le ocurre a cualquier gilipollas. Pero no es un juego de niños lo que cabalga con Darwin. Y tu lo sai...Un respeto, hombre.

La descontextualización de la figura de Jacques Brel. Brel escribe esa canción por algo y para algo muy diferente de lo que tú la usas. Busca en Internet que hay testimonios muy curiosos. O pregúntale a su viuda que vivía hace unos meses en el piso de al lado de Javier Solana. Luego, no es cierto que la mayor parte de las obras que merecen la pena estén infestadas de orgullo joven y culo burgués. Hay muchos libros que no me enseñan el culo, en concreto unos cuantos tuyos. Y lo del dinero, Arcadi, lo del dinero. Unos piernas enriquecidos bajo el ala de la izquierda contra una legión bien armada y uniformada de camisas milrayas y corbatas valencianaranja. No es exacto lo que cuentas ni tiene ánimo de serlo.

Cierto es que no he vivido mucho pero sabes que trabajo poniendo la oreja a la derrota. Y te aseguro que la derrota no es una patente de la izquierda. Hay gloriosos y olorosos naufragios a la derecha. La derrota mas bien es hipocroma. La derrota comienza el primer que te da miedo romperte algo al jugar al fútbol, cuando tienes que ponerte gafas de cerca, cuando te cuesta apretar bien el culo o cuando te queda colgando una gota de orina tras mear contra la pared. Te pasan esas cosas y supongo que te pones a defender el 1-0, como los italianos en el fútbol. ¿Es defender un sinónimo de conservar? No suele haber color pues al final del viaje de los gentiles burgueses. És una época más bien gris, la vejez. O al menos eso me cuentan.
En el fondo del artículo me chilla que te limites a criticar a la izquierda con esa mentalidad de izquierdas que exudan los conservadores. Deja que se defiendan los aludidos, no utilices ese recurso tan facilón, hombre, que eso puede hacerlo un Amando de Miguel et alii pero no un Arcadi Espada, !coño¡
Ando leyendo un libro que navega en dirección opuesta a tus barcos. Es una biografía autorizada de López Ibor padre del que tanto te habló Mariano de la Cruz. La escribe el incansable Marino Gómez Santos, el Marinín Monroe que dice Jesús Pardo. Pero se titula "López Ibor: el hilo rojo en su pensamiento". Y es cierto que hay un hilo rojo. No miente el título. Te lo cuento porque es lo que tengo más a mano aunque si quieres te pongo algún ejemplo más. Suelo relacionarme con alguna gente conservadora que hacen lo posible por parecer progresistas cuando la ocasión lo requiere, por mostrar ese hilo rojo de su pensamiento. Y no me parece mal porque no creo que sean unos hipócritas ¿o tendría que pensarlo?

Y si quieres relacionar izquierda, derecha y neurociencias te diré que podemos vivir perfectamente sin una mitad de nuestro encéfalo. Adivina cual. Y ése Litvínov que te preocupa... Un hombre de una pieza que solo cambia por el amor. Recuerda lo que decía Pla sobre los hombres de una pieza.







LA PREGUNTA

Misterio del que viajó voluntariamente del bien al mal










Querido J:






Habrás oído hablar de estudios recientes que sugieren la posibilidad de que la morfología cerebral indique si su titular es de izquierdas o de derechas. Son estudios que parecen serios y hechos con buena voluntad. En realidad no son estrictamente nuevos, porque hace ya años que las neurociencias están investigando las presuntas diferencias entre cerebros conservadores y progresistas. A mí me parecen estudios interesantísimos. Es razonable que la conducta sexual o la conducta política puedan explicarse atendiendo también a la biología y me fascinan algunas investigaciones, como la del historiador Gregory Clark, que vincula el nacimiento de la Revolución Industrial a un cambio evolutivo, en sentido darwinista. Muchos fracasos sociales y políticos, y algunos gigantescos, como el del comunismo, no pueden explicarse sin echar algo más que un ecléctico vistazo a la naturaleza humana.







El asunto concreto de la modulación cerebral, sin embargo, no parece encajar bien en uno de los misterios de la experiencia moderna. Siendo las gentes fieles hasta la muerte a su equipo de fútbol, exhiben en cambio una notable facilidad para viajar, con el paso de la edad, hasta un lugar distinto de la ideología que los hizo jóvenes. La vieja y oída frase, creo que de Churchill: "El que a los veinte años no es de izquierdas es que no tiene corazón; pero el que sigue siéndolo a los cuarenta es que no tiene cabeza". Las características del viaje deben matizarse. Por lo general se producen en una sola dirección, es decir, de izquierda a derecha. Encontré en internet un comentario muy divertido sobre este particular de un señor Armando Ribas: "La conversión siempre va del socialismo al liberalismo y no viceversa. Tal como en el caso del tenis y del golf." Hay alguna excepción, claro: el señor Jorge Verstrynge, al que recordarás de secretario de Manuel Fraga, y que es un impecable socialdemócrata, cuando ayer era un formalísimo liberal. Pero en la lista hay, sobre todo, viajes inversos. Los de Hayek y Hitchens, y los de Popper, Glucksmann o Vargas Llosa. Si las hipótesis neurocientíficas son en alguna medida ciertas, deberán encararse, vistos los resultados, con la evidencia de que la morfología cerebral es muy dinámica. Casi convulsa. E incluso con la sugestiva posibilidad de que el cerebro envejezca, por lo general, de izquierda a derecha. ¡Si lo vinculan con la arterioesclerosis se abre una grieta polémica muy interesante para el discurso socialdemócrata!








El escribirte sobre este asunto era una deuda antigua. Puede que, en este momento, no haya otro asunto. En il mezzo del camin surgen preguntas difíciles. Una de las más repetidas consiste en saber quién se ha movido. O más dramáticamente: quién ha traicionado a quién. La pregunta se proyecta sobre asuntos insidiosamente concretos, sean los amigos que tuvimos, los periódicos que leímos o los autores de los que no nos separábamos. Animalitos todos que han crecido con uno, que siguen vivos, y con los que la vieja complicidad ya no es posible. Lo cierto es que va a días, pero yo tiendo a pensar, sin ningún ánimo penitencial, que el traidor soy yo y que ellos siguen honrosamente donde estaban. Señalado el culpable advienen los porqués. Por suerte esto es una carta y no un artículo periodístico, y puedo preguntarme por ellos. El más manoseado alude al dinero. Hacerse de derechas sería el blindaje natural después de ganarlo. No digo que no fuera así en los tiempos de la Comuna o del Frente Popular. Pero, hoy, la manera más cómoda y segura de blindar el dinero es ser de izquierdas. El dinero crecerá y, lo que es más importante, no manchará. Otra respuesta clásica, aunque muy diferente, alude al conocimiento: uno evolucionaría hacia la derecha como lo haría hacia el conocimiento y la sabiduría. El punto de vista de Vauvenargues. Sólo que él añade que envejecer lo hace a uno más sabio... y más loco. Es una hipótesis atractiva pero no sería justo ignorar a los caballeros inteligentes y cultos que siguen estando donde estaban. Tal vez, en efecto, todo responda a un programación cerebral; pero no hay pruebas de que el libre albedrío haya llegado a ese punto de no retorno. Quedan las nuevas compañías que trae la edad, las lecturas, el resentimiento. Su importancia es diversa y parcial: detalles frente al núcleo encapsulado del misterio. Ya no me queda nada, excepto este pinyol: la posibilidad de que algunos vivan su juventud como una ficción, inventándola de arriba abajo. Y que luego la costra fuera desprendiéndose lentamente. Me complace, pero parece que esté oliendo la boca, siempre algo rancia, de cualquier literato.







Ahora bien: el asunto es literatura, pura, y demasiado importante para dejarlo en manos, precisamente, el literato. En realidad, lo que me animó definitivamente a escribirte con este particular fue que estaba escuchando a Brel, mientras bajaba en coche hacia el centro de la ciudad. Les bourgeois, concretamente, la historia de los tres jóvenes que enseñan el culo a los notarios, cantándoles que los burgueses son como los cerdos, cuanto más viejos más tontos, y que con los años, ya sentados sobre su culo de notarios, advierten al jefe de policía de que al atardecer, unos jóvenes, han cogido la costumbre de enseñarles el trasero mientras les cantan que los burgueses [¡"según ellos, monsieur le commisaire!"] son como los cerdos, cuanto más viejos más tontos, y. Escuchaba ese extraordinario tango francés y concluía que ahí estaba todo. Culos de ida y vuelta. Incluso el mío, que fue siempre el culo más orgulloso. Tan inexorable, tan repetido y tan franco el mecanismo como la caída de la hoja. Lo suficiente misterioso como para dejar de preocuparse por él.







De vuelta a casa, sin embargo, y ya rumiando la carta, escribí a algunos amigos ilustrados. Por si tenían en la cabeza más ejemplos de orgullos arruinados. Ejemplos literarios, naturalmente. Puede que con la literatura no comprendamos; pero comparamos con la escueta prosa de uno. Claramente, y en el momento, yo sólo contaba con las Ilusiones perdidas, de Balzac, y en otro género con el melancólico libro de Furet sobre el comunismo. Eduardo Gil Bera recibió con estas palabras el envite: "Puede que todos los textos que merezcan la pena estén impregnados en algún grado de esa "cochonnerie fière" [que no traduciré: pero que es un embutido hecho de cerdo burgués y orgullo joven]. Para empezar, habrá que acordarse de Villon y el género testamentario. Miro los lomos de los libros, a ver qué se me ocurre, y veo que me enseñan el trasero y cantan Les bourgeois." Días después me envió una hermosa lista que tituló Las obras más señaladas del género orgullo. Estaban las cartas de Séneca (y este precioso apotegma aclaratorio: "Por su gracia para vender decadencia por virtud.") Las de Plino el Viejo, "que podrían ser el primer blog de la historia, con permalink a la obra de Marcial y otros, trackbacks incontables, cortesías, necros, periodismo de trinchera, colaboradores tan fashionables como el emperador Trajano… de todo." La Historia de Italia de Guicciardini, "un extraño propósito moral: la escritura de los hechos como justo desquite del pensamiento ante la violencia y la miseria del tiempo. El hombre se pone a escribir después del saqueo de Roma, en 1527, para intentar comprender qué les ha llevado a ese trance." Las ‘Lettres familières” de Charles Brosses, "una gira italiana de Pierre, Jojo et moi [los tres personajes de Les bourgeois]". Chamfort y "su guerra lacerante entre el corazón y la cabeza." Acabó con Balzac: "Todo él, está recorrido por la idea de la desilusión." Ernesto Hernández-Busto se acordó de La princesa Casamassima, de Henry James, "que Marsé había citado como precedente de su Pijoaparte". E incluso del Javier Miranda de La verdad sobre el Caso Savolta. Vio también el viaje en las novelas de Naipaul: "En el Willie de Magic Seeds, y en el Ralph Singh de The Mimic Men." Y tatareó una canción de Joni Mitchell, The last time I saw Richard, que va de un hombre cínico y borracho en un café oscuro de Detroit, cuando el 68, que acabó comprándole un lavaplatos a una patinadora. Aún pregunté a Luis Magrinyà por novelerías así. Lo primero que sacó (tal vez porque estaba corrigiendo sus galeradas) fue Escenas de la vida bohemia, de Murger, con un capítulo final donde se celebra por todo lo alto el fin de la bohemia. Luego recordó a Turguénev: Huno. "Hay un héroe, Litvínov, que no tiene --típico héroe ruso-- "convicciones políticas": ese personaje es tangencialmente muy interesante para tu tema, porque, en definitiva, es el hombre "que no cambia" y al que sólo golpea el amor". Hummm. El orgulloso Litvínov.







Pronostico que se trata de un misterio perdurable. Es tu turno. ¡Que no contestas mis cartas!







Sigue con salud



A.

10 de noviembre de 2007

SARKO EN AMERICA




Estamos que nos salimos. Sarko, Sarko, nuestro rey, que nosotros somos incapaces de encontrar a alguien con dos dedos de frente. Sorprende la polarización del discurso sobre láffaire Sarkozy. La socialdemocracia le odia más que a Aznar y Bush juntos. La derecha española ¡al fin! ha encontrado el rumbo. Pero falta un análisis serio y frío del gobierno de Sarko que conjugue luces y sombras, es decir, la liberación de azafatas con los innobles análisis de ADN a los emigrantes. Mientras algunos blogs netamente patrios disfrutan con planos frontales, muchos planos frontales y muchas barras y estrellas, no está de más que recordemos que existe un pequeño Nicolás. ¡Cómo me joden los tontos¡. Por lo demás, ya saben que el fin de semana se abre de par en par como una almeja que está diciendo cómeme con limón y sal, pleno de luz y color. Ansío ver cómo le va a Tintín en Mestalla y quiero leer en alguna pared que Jonathan Littell es un bluff. Lo dicho. ¡¡¡¡¡A gosar¡¡¡¡¡

9 de noviembre de 2007

NO SE PARECE A ORESTES




Anda el mundo de nuestra intelectualidad muy excitado con la llegada a las librerías de «Las benévolas», la novela de 991 páginas que Jonathan Littell publicó en Francia hace un año y que ha recibido incontables y llamativos elogios, como el de Jorge Semprún, que la cataloga de «acontecimiento literario del siglo».

Littell es un autor joven y desconocido que intenta pasar lo más desapercibido posible para los medios de comunicación. El hombre hace por ello todo lo que puede y limita mucho las entrevistas que concede. Incluso parece que se negó a acudir a la ceremonia de entrega del prestigioso premio ««Goncourt», que le fue concedido muy a pesar suyo (dice que no pudo evitarlo) en el año 2006.

Su novela es un documentado trabajo sobre las barbaridades cometidas por los nazis durante la II Guerra Mundial. Littell se sirve de las memorias personales e imaginarias de un cultísimo oficial alemán de las SS al que llama Maximilian Aue. El título de la novela, «Las benévolas», hace referencia al mito de Orestes, a quién en la tragedia clásica persiguen las Furias, figuras encargadas de castigar los crímenes.
He leído varias entrevistas con Littell; son todas muy similares y poco añaden a lo que ya conocemos sobre el Holocausto nazi. Pero hay una frase que me parece especialmente interesante y que podría ser una de las tesis principales del libro; dice Littell: «La cultura no nos protege de nada. Los nazis son la prueba». Ésta sí que me resulta una reflexión atrevida. El cuestionamiento a nivel ético es osado. ¿Podemos hacer algo durante nuestras vidas para evitar convertirnos en Maximilian Aue? ¿Es posible establecer un sistema de valores que nos impida transformarnos en asesinos de masas? Littell afirma que sí y que ése es uno de los grandes problemas de Occidente, que maneja un conjunto de valores excesivamente volátil y feble.
Hay un experimento psicológico clásico realizado por Stanley Milgram en 1963 en Yale que se inició con una hipótesis similar a la de Littell. Milgram se preguntaba cómo un tipo tan formal y aburrido antes de la guerra como el nazi Eichmann había sido capaz de cometer tantos crímenes. Milgram identificó una condición, la autoridad férrea, como un agente capaz de hacer actuar brutalmente a un individuo en contra de sus imperativos morales. Milgram, cuyo trabajo ha sido muy criticado, insistió en la necesidad de seguir identificando factores que justifiquen ese comportamiento
Littell enmaraña el asunto. Porque lo malo del cuento de Littell es que esconde ese lúcido planteamiento entre otros muy novelescos pero no tan valiosos. Por ejemplo, el desmesurado interés por la figura del verdugo deriva en un subterfugio narrativo donde encuentran acomodo los juegos mentales y exculpaciones de un asesino. No me puedo imaginar a Eichmann elaborando un autoanálisis tan sofisticado como el que hace Aue, el protagonista de la novela. Pero lo más nocivo del trabajo de Littell, aparte del salvoconducto de respeto que la literatura siempre extiende sobre sus personajes, está en el intento de comprensión que le ofrece a una conducta tan aberrante merced a la especie del cuento-moral-que-os-voy-a contar-aunque-no-me-creáis. No hay posibilidad de comprensión para ciertas conductas desde la biografía del sujeto. No es cierto que la masacre de Virginia Tech se hubiese podido evitar si se hubiese prestado interés a los torturados escritos de Cho Seung Hi tal y como Littell sugiere en otra entrevista. En lugar del crimen sólo caben la sangre y el dolor.

Cierto que el libro le gusta a mucha gente. A Vargas Llosa, por ejemplo. Dice que le ha permitido saber que la monstruosidad nazi alcanzó cotas más altas de las que pensaba. Oye, por simpatía que no quede.

8 de noviembre de 2007

IDENTIDAD OCULTA



Hasta hace poco no he sabido que en mi tierra teníamos una lengua propia, o sea, una manera genuinamente leonesa de decir las cosas. Quedará entre las tropelías de esta furiosa búsqueda de identidades que han estimulado los nacionalismos en España y en Europa. Inventarse una lengua me suena tan anacrónico como seguir la voz de Alá o como la fe en la Santísima Trinidad. Una gran e inmensa mentira que se ha convertido en realidad por obra y gracia de una pandilla de mequetefrefes con banderas. Una mentira que se apoya en un grano de verdad: la formación de la Comunidad Autónoma de Castilla y León es una de las mejores formulaciones de la mendacidad intelectual del que fuera presunto evasor de divisas Don Eduardo García de Enterría et alii. Pero entre los 10 problemas principales que tienen León, Zamora y Salamanca, el Estatuto de Autonomía es el undécimo. Lagarto, lagarto.

6 de noviembre de 2007

UNA PALABRA



Un grupo de familiares de enfermos japoneses proponen sustituir el término "esquizofrenia" por el de "trastorno de la integración". ¿Razones? Los avances en el tratamiento, la indefinición de la vieja denominación y el estigma negativo asociado.



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TIENDA Y LIBERTAD.





4 de noviembre de 2007

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La verdad es que nunca me he sentido atraído por el mundo del motor. Los coches, utilitarios o de lujo, me la soplan. Pero desde que Mercedes ha puesto en el mercado un modelo con ¡8 airbags¡ mi interés se ha despertado. Tal vez haya una explicación subliminal y sorda: la que daba BMW hace 13 años. Mi primer airbag.








Airbag94
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2 de noviembre de 2007

LA VERDAD DE LA BUENA




Llegó la sentencia más esperada. La verdad judicial cantada por el juez Gómez Bermúdez. La sentencia que relató el juez aventará dudas y limpiará pastizales. La verdad judicial, que es el compendio de las llamadas «verdades humanas». Y es así porque la verdad judicial es precisa, taxativa, determinativa y categórica. Y porque no se apoya en otra fuerza que no sea la que aporta la prueba de los hechos. Y porque no habla de lo que no puede saberse. Que la vida humana incluye el tránsito por zonas de sombra, de indefinición, de no-saber. Son zonas por donde hay que avanzar a tientas, aunque con el tiempo lo más saludable suele ser no frecuentarlas y dejar que se conviertan en baldíos donde pasen las tardes merodeadores, especuladores, novelistas y gentes de mal vivir.
La sentencia del 11-M deja, es cierto, algunas zonas de sombra que serán aprovechadas por los gentiles para sembrar dudas sobre la verdad judicial.

Este mecanismo tan humano de dejarse seducir por los fabuladores suele ser aprovechado por una industria que se dice cultural y que suele obtener grandes réditos explotando lo que pudo haber sido y nunca podremos saber si fue o no fue.

Esas sombras a las que me refiero son las que justifican que todavía existan tantas teorías y películas sobre la muerte de Kennedy. O las que respaldan esta barahúnda de libros sobre la guerra civil española y sus aledaños. O las que permiten a Paul Morrison filmar una nueva película sobre la relación amorosa entre Lorca y Dalí, Salvadorito querido (la guionista de la película dice que intentaron mantener relaciones pero que dolía, que la relación no se consumó, que entonces Lorca durmió con una amiga ante la mirada de Dalí y que ahí, justo ahí, querido lector, nació el voyeurismo de Dalí. Ya ven lo mucho que permite ser guionista de cine).





Reconozco que se hace duro convivir con la incertidumbre, pero no está de más irse acostumbrando a ese dolor. Es otra de las herencias de la posmodernidad que pretendió desleír cualquier asomo de sufrimiento humano. Pues no. De ciertas incertidumbres nadie puede protegernos. Si es que incluso hay muchas profesiones que se basan en tomar decisiones acertadas en condiciones de incertidumbre.

Leo estos días la apasionante historia que cuenta J. Roser Matthews en «La búsqueda de la certeza. La cuantificación en medicina», un clásico traducido al castellano gracias al riesgo editorial de Triacastela. En él se cuentan los orígenes del ensayo clínico controlado y aleatorizado que es el método científico hegemónico para evaluar cualquier procedimiento de diagnóstico o tratamiento médico. Sólo hace 50 años que trabajamos con ensayos clínicos. Y es que costó mucho introducir los métodos estadísticos para evaluar el trabajo de los médicos. A principios del siglo XIX, se generó un grave conflicto moral entre el interés médico por el paciente individual y el cambio en la forma de obtener los conocimientos que proponían los investigadores empíricos, que trabajaban con grupos de personas enfermas. No ha sido fácil hacer ese paseo que parece tan sencillo. Todavía hay zonas de sombra con conflictos entre el paradigma de la certeza subjetiva de los clínicos y el paradigma de la probabilidad objetiva de los modelos matemáticos. Pero ya no hay posibilidad para el conflicto moral: tratar bien a los pacientes exige basar la práctica clínica en pruebas científicas basadas en estudios metodológicamente adecuados. Palabra de juez.

1 de noviembre de 2007

EL PERIÓDICO DEL GLOBO



Conforme pasa el tiempo cada día comprendo menos la estúpida renovación del diario El País. No me adapto a los cambios de formato y su rollito del acento y la globalidad me deja inane. Un periódico donde trabaja gente como Larraya, José Manuel Calvo, Sol Gallego, Vicente Jiménez o Enric González no debiera preocuparse tanto por problemas de imagen. Salvo que esté pasando por problemas identitarios o afectivos, claro.