El Smolny era ya una caldera sin presión. La gente se retiraba cansada, sin reflejar la alegría o la tremenda decepción que antes había inundado sus rostros. Ventiocho horas de Congreso y no nos habíamos dado cuenta de donde estaba la verdadera revolución.
La verdadera revolución no era incomodar a un sector del partido con dos palabras que el gran cerebro en la red de sombras decía que no significaban nada. Es verdad, no sirven de nada. Todos los camaradas, algunos con más desencanto que otros seguíamos allí, a pie de obra. A pie de obra había estado el segundo cerebro del partido, y su trabajo bien valía dos palabras. El segundo cerebro, además tenía un cuerpo que había viajado por muchos rincones de la Rusia fetén, la gente reconocía ese cuerpo y ello bien valía esas dos palabras. Mientras el gran cerebro, dos días antes, y algunos días después de la gran censura se había zampado un eterno menú en el lugar más difícil y caro que existía, por supuesto, en la Rusia fetén. Aquellas palabras no valían nada ¿cuánto valía aquel menú?
Pero aquello era un cambio enorme. Habíamos creído ser una cosa y resultamos ser otra casi igual, pero diferente, sí definitivamente diferente. Gran revuelo, gran caos y nadie sabe que hacer. Mucho más trabajo pues todos habíamos estado trabajando al margen de un texto que ahora sorprendía incluso a aquellos que lo habían votado, pues no estaba demasiado bien redactado y era algo confuso. Hicimos lo que pudimos para mejorarlo, no mucho.
Nadie se fue. Nadie.
Al día siguiente: el otro gran momento. Si el sistema es grande es por cosas como está. A elegir si podemos votar a personas, o solo podemos votar a listas. Los que vencieron ayer, hoy salen derrotados. Los que ayer no se fueron hoy se abrazaban como si ya lo hubiesen ganado todo. Este partido es grande. Gran revuelo. Y Enmienda. El craso error, el mayor que cometimos, lo cometimos todos, y todos lo aceptamos. Nadie se fue. Votaríamos todos los nombres que quisiésemos, pero si veinte debían ser elegidos podíamos votar a veinte. Algo que quizás los lectores no entiendan. Vaya nimiedades que cuenta, Terrenov. Terrenov, por favor, no nos aburra con detalles. El quid del sistema está en los detalles. Y el sistema (le podemos llamar sin rubor democracia), al fin y al cabo, funcionaba.
Votamos a veinte, pues.
Terrenov no tiene amigos, no tiene mentores ni ídolos. Así otros pocos. Votamos de aquí y de allá, los que parecen mejores, nos interesan los actos, no los sentimientos ni los bandos. La mayoría vota los veinte nombres del mismo lado, a bloque, sin fijarse en la incapacidad de uno o en los trapicheos del otro. El resultado es obvio. Los veinte elegidos son del mismo lado. Los veinte. Hasta los incapaces manifiestos.
Terrenov queda triste.
Pero ha ido allí porque otros le han mandado y debe terminar su trabajo. Y entonces los del otro bando se van.
Terrenov queda desolado.
Porque así dejan al partido absolutamente abandonado. Pues la SuperDirección puede ser controlada, al menos controlada, desde el Gran Consejo. Pero ellos tenían pensado que si perdían se iban. Luego dirán que fueron las dos palabras vacías (el centro, la izquierda). No, eso se lo hubiesen tragado. Pero además no habían perdido del todo. El 40% les habían apoyado, -que les den al 40%. Tenemos otro lugar donde desembarcar. La playa ya está lista-. Pero a ella llevarán también su locura. Lo confieso, ellos tampoco me gustan.
Yo me vuelvo al lejano y tranquilo Daguestán con la sensación de que todo este proyecto puede tener éxito en la Rusia fetén, que la Rusia fetén es la que necesitaba (de verdad que ellos, los de a pie de obra, los del cerebro talla L, talla M, los que son como yo, me han dado la sensación de necesitar de verdad esas palabras para enfrentarse a la dura realidad de allí). De necesitar de verdad este proyecto para no morir asfixiados por el zarismo de la Rusia fetén. Yo les seguiré apoyando. Desde el suelo. Ya no a cinco centímetros de altura, si es que eso había logrado alcanzar.
Así que salgo creyendo que esa no era la verdadera revolución. La verdadera revolución es aquel bar del barrio de L’Hospitalet a las 11 y media de la noche, con tapas estupendas, pescaítos, chocos y arroz tres delicias. La verdadera revolución era aquella muchacha hermosísima que nos atendía con rebosante amabilidad mientras nos sonreía con sus ojos rasgados; con acento vagamente andaluz; con su piel, dicen que amarilla. Me la imaginaba haciendo campaña para nuestro partido: Ciudadanos, sólo nos importan las pelsonas.
Epílogo:
Leo hoy al gran Cerebro y como casi siempre estoy de acuerdo con él. Lástima que esté tan lejos. A kilómetros del suelo.