
Me llamó enfadado para quejarse porque dije que Josep Pla había escrito un diario gris, como su vida. Y le contesté que estaba en lo cierto. Que lo había dicho y que lo mantenía. Que yo estaba firmemente convencido de que la vida y la obra de un autor eran completamente inseparables. Y que la frase tal vez no fuese una cita textual, pero que había sido el propio Pla quien la había dictado. El inmenso y vigoroso cuaderno gris. ¡Qué le vamos a hacer!
Nunca he podido comprender por qué le parece tan mal a la gente la vida pintada de color gris. ¿Qué les habrá hecho el color gris? Y también me sigue sorprendiendo la común creencia de que la vida y la obra del artista, es un decir, puedan seguir caminos distintos. Pla, tan dotado para escribir sobre la vida de los otros, siempre dijo que eran las vidas sencillas, calladas, las únicas que tenían algo de relieve. Por eso escribió ese fenomenal libro titulado «Vida de Manolo» o se entretenía tanto retratando al relojero de La Bisbal, al señor Borralleras o la vida horaciana de los agricultores ampurdaneses.
Son las vidas falleras llenas de estruendo y matraca social las que me parecen planas y detestables.
La discusión es añeja. Tal vez fuese Marcel Proust, involuntariamente, claro, el mayor agitador en esta polémica tras escribir su «Contra Saint Beuve». Proust explicita -contra el crítico profesional llamado Saint Beuve- que la obra de arte es totalmente autónoma del sujeto que la produce. Creo recordar que Proust dice que la obra de arte la elabora un sujeto asocial que nada tendría que ver con el sujeto biografiable.
Unos setenta años más tarde, George D. Painter, biografió a Marcel Proust, relacionó su obra literaria con su vida con una precisión que llega a angustiar. Ya sé que hablamos de Proust, de literatura y de imaginación, pero el libro de Painter merece mucho la pena.
La biografía me parece uno de los ejercicios intelectuales más estimulantes. España es un país donde se escriben pocas biografías. Ignoro la razón. Es un género apenas valorado. Las biografías más brillantes las han escrito escritores extranjeros: Gibson, Thomas, etcétera.
Me cuentan, y yo he podido constatarlo, que nada hay más estimulante que ir reconstruyendo, casi de manera plástica, los momentos en que la vida se convierte se arte. O sea, en ciencia. Y la importancia que tienen determinados instantes biográficos en la producción intelectual.
Porque ¿cómo habrá que leer a Gunther Grass ahora que sabemos que un buen día, como tantos otros seres humanos, fue cobarde? ¿Cómo habrá que leer la obra científica de Freud ahora que sabemos que pasaba días de vacaciones con su cuñada Minna Bernays, su oscuro y permanente objeto del deseo, haciéndola pasar por su esposa? Sufro con sólo imaginar los tormentos de Segismundo durante los largos años de convivencia con su esposa y con la cuñada de marras bajo el mismo lecho. ¡Huy!, perdón, quise decir techo. ¡Vaya lapsus!
¿Es separable la magna obra de Lacan de su don de la ebriedad?
¿Cuándo tendremos una buena biografía sobre Carlos Castilla del Pino? ¿Podremos saber por qué y cómo escribió «La culpa»?
En fin, yo creo que prefiero las espinas tal y como está la rosa. O sea, que me quedo con el hombre del traje gris. Que el amarillo, decía Josep Pla, es el color de la locura.