27 de febrero de 2007

EL ECOLOGISTA ESCEPTICO


Este hombre se va a hacer de oro contando una película.

25 de febrero de 2007

EL FACTOR HUMANO (XXVIII)

24 de febrero de 2007

NOCILLA DREAM



El futuro de la novela española, según Ricardo Senabre, crítico de El Mundo. Un tal Agustín Fernández Mallo (La Coruña, 1967). Se levanta el telón, sale Agustín y dice que dado que trabaja de radiofísico, quiere poner de relieve el arte que hay en la ciencia. Y apostilla:
–En realidad, siempre he escrito poesía, pero cuando comencé Nocilla Dream en 2004 me di cuenta de que no tenía nada que ver con lo que había hecho hasta entonces. En mi cabeza era como un gran poema, pero había que ponerle un nombre y encajaba mejor el de novela que otra cosa. Eran fragmentos, pero íntimamente relacionados; había personajes, unidos a veces a pesar de sí mismos, y traté de verlos sin afectación ni adjetivos, con frialdad, como en un documental, aunque luego sepamos que también los documentales son mentira, porque hay un montaje y una manipulación. He tratado de sacar a la luz historias de la vida real que tenían interés por sí mismas, y que al relacionarlas cobraban nuevo interés. ¿Poema en prosa, novela, un blog? Si tuviera que definirlo sería como “docuficción”, cine y narrativa, un documento o una ficción con tintes de documental, pero muy poético.


Solo recordar que Nocilla Dream es la pimera parte de una trilogía llamada NOCILLA PROJECT. Luego vendrán Nocilla Experience y Nocilla Lab. Como El Padrino.

23 de febrero de 2007

LA CASA DEL POETA

Anda estos días el mundo de la cultura española atareado para conseguir que los herederos de Vicente Aleixandre le vendan a alguna de nuestras instituciones la casa donde vivió el poeta desde 1927 hasta su fallecimiento, en 1984. La ilustre casa de la calle Velintonia, 3 amenaza ruina, y el club de los poetas españoles, consciente de la relevancia que ha tenido en la historia de la poesía española, intenta que sea transformada en una Fundación que vele por el nombre del poeta y difunda su obra.
Confieso que no me gustan demasiado estos enjuagues póstumos. Tengo para mí, junto a la mitomanía, que la grandeza de un escritor está en su obra y no en el espacio físico que ocupó en vida ni en la mesa donde escribió sus mejores poemas. Menos me gusta que para que una obra literaria se mantenga viva haya que recurrir al Ministerio de Cultura. Mala cosa las nostalgias, fervores decaídos.
Me pasa con Velintonia como con la plaza de toros en Barcelona. Me duele que se caiga y que no siga la fiesta, pero no hay mucho que hacer cuando se ha llegado aquí. En Barcelona los taurófilos han ido desapareciendo como han ido cayendo los coetáneos y lectores de Aleixandre. Seguramente, habrá varias y poderosas razones que yo ignoro. Y luchar con subvenciones no es buen cuento, no. Que se lo digan a esos otros subvencionados que quieren que los toros desaparezcan de Barcelona.

He leído que en la calle Velintonia (hoy calle Vicente Aleixandre) recibió la noticia de la concesión del Nobel el bueno de don Vicente en 1977. Y que allí le visitaron los Reyes de España y hasta Javier Solana, ¡hombre!, ¡hombre!

Y que aquel hogar fue lugar de encuentro permanente de los poetas españoles.

Sé que es una pena, pero en fin, como dice el tango, tinta roja... en el gris del ayer.

Tal vez el Ayuntamiento o la Comunidad de Madrid acaben haciéndose con el solar maltrecho. Tal vez las lecturas de poemas vuelvan a Velintonia como esos fantasmas del cine Roxy que cuenta Juan Marsé. Más difícil va a ser ocultar que la poesía en España interesa a muy poca gente. El caso inverso lo sufren la ciencia y los científicos.

En León, mi tierra natal, andamos sobrados de escritores y poetas de postín. Y también tenemos poeta con casa en peligro de extinción. La casa astorgana de Leopoldo Panero. Me gustaría que el club de fans de Velintonia, 3 tuviese noticia de lo que hemos hecho por uno de nuestros mejores poetas, fallecido hace casi 45 años. Laissez faire, laissez passer. La Universidad de León se desentendió hace mucho tiempo de la biblioteca del poeta en un alarde de miopía intelectual y comercial narrado con ingenio por Andrés Trapiello en uno de los tomos de sus Diarios. Luego, fuimos incapaces de evitar que el tiempo acabase con la casa veraniega de don Leopoldo en Castrillo de las Piedras. Aquella entrañable casa animada por el susurro del viento entre las encinas. Aquella casa en la que se filmó la maravillosa película «El desencanto». Bueno, pues no nos queda ni la raspa. Y el mismo camino lleva el caserón familiar de Astorga, donde Felicidad Blanc de Panero jugaba a ser Madame Bovary.

¿Y cómo es posible todo esto? Teniendo en cuenta que en las librerías leonesas es difícil encontrar un libro de poemas de Leopoldo Panero se comprenden ciertas historias.

Decía Américo Castro que «las lenguas se defienden solas y cuando esto no sucede es porque están a punto de dejar de existir y entonces no merece la pena ocuparse de ellas». Bueno, no es que la poesía esté a punto de dejar de existir, pero parece claro que hay poetas que se defienden mejor que otros. Es la vida, dolor y sufrimiento.

Harían bien los heroicos defensores de Velintonia en no fiar la vigencia de Aleixandre a los egregios visitantes que tuvo en vida.

Para defender las casas, mejor los versos. A la importancia de los versos. Tal vez haya que pedirle alguno prestado a Félix Grande, el poeta que camina como un escorpión borracho: «Donde fuiste feliz alguna vez, no debieras volver jamás».

20 de febrero de 2007

FREUD, POR ANTONIO COLODRON

Encuentro con Freud en un Kaffeehaus de Viena
Antonio Colodrón. Psiquiatra. Madrid.


El Einspänner, un “amor vienés”, se prepara vertiendo infusión muy caliente de café en una copa en cuyo fondo se ha depositado azúcar; agitada la mezcla, se añade una primorosa nata batida que aquí llaman Schlagober. El resultado, una exquisitez que, de enfriarse, pierde sabor y pierde gloria.
La disfruto evocando el pasado irrepetible del Kaffee Landmann, joya excelente de aquella Viena imperial cabeza de pueblos múltiples en credos y culturas. Artistas, intelectuales, escritores, músicos, físicos, políticos austriacos y exiliados, sobre todo socialistas, se confunden, en catorce o quince lenguas, con celebridades que pisándose los talones llenan Europa de nuevas ideas nacidas al rescoldo de un imperio que se hunde. A las veces, también Freud se deja ver en tertulias o jugando al tarot. Vive aquí cerca, en el número 19 de la Berggasse, con su esposa, sus hijos y Minna Bernays, la cuñada permanente objeto de deseo. Desde que en 1900 apareció La interpretación de los sueños, edición diferida para hacerla coincidir con una fecha redonda y decisiva (¡qué perspicacia la de Freud!), la casa, actualmente museo que guarda reproducciones de unos cuantos trastos de despacho, cartas, libros, antigüedades y fotografías, fue y sigue siendo punto de peregrinación de fieles discípulos que iluminaron el mundo con candelas de una nueva fe, hasta entonces oculta, nacida a la vida desde el atormentado autoanálisis del genio. La burguesía, “acomplejada” y contrita, aprendió a leer en los sueños las razones de sus culpas y perversidades, a ver blanco lo negro, bueno lo malo, ángeles los demonios y, más subversivo, a poner el “yo” donde estaba el “ello”.
Siento que no me explico bien; Freud, por supuesto, sí supo hacerlo con deliciosos acentos mitad compases sublimes, mitad impúdicos relatos. Por fortuna, tras abandonar su flirteo con la hipnosis e incluso con la innovadora purga psicológica, el método catártico, dedicó una larga vida a ilustrar con pluma brillante y mágico talento que, tras la cortina de lo consciente, el psiquismo es una escabrosa dictadura de lo irracional. Tal fue su empresa fascinante, desmitificar la diosa de la razón. La única correría por lo establecido, el Proyecto para una psicología científica, pronto le defraudó. Y es que este proyecto, considerado por su autor como esbozo vacilante e incompleto de un modelo de mente, exigía lo inhacedero: fundir en uno lo anatómico y lo psíquico, el cerebro y el pensar. No obstante, el modelo no fue inútil pues tan tempranero sistema de tensiones, contratensiones, estímulos e inhibiciones, coetáneo con los Estudios sobre la histeria y previo a la ópera magna, La interpretación de los sueños, le acompaño, discreto, como soterrado fundamento de todo el trabajo posterior, aunque nunca se acordó de él. Trasladado mas tarde al enigmático espacio del psiquismo ese “esbozo mecánico” inspiró en adelante las páginas más cautivadoras del inmenso investigador cuyo talento, pesimista siempre, floreció, inagotable y poderoso, para látigo de hipócritas y meapilas.
Con la posguerra, Viena empobrecida ofrece un marco poco favorable al optimismo pero, para Freud, salvo la disidencia de alguno de sus discípulos, todo son triunfos. Incluso su cuestionado cáncer de mandíbula se oculta en el trasfondo de una actividad insultante y creadora hasta que las llamas de lo absurdo prendidas por la misma mano que las del Reichstag, queman sus libros.
En Alemania, pronto en Austria y en toda Europa, cornetas y tambores silencian el freudismo mientras Roma, tan fina siempre, escapa a la algarabía y calla pues, una condena radical e inoportuna pudiera movilizar malas lenguas anticlericales que, ahora enmudecidas, esperan aires mejores. Tiempo al tiempo; transcurrirán años antes de digerir a Freud. Hasta entonces, caerán muchas hojas muertas como éstas que ahora, columpiadas por el viento, veo a través de las ventanas del Kaffeehaus.
Ha entrado el otoño. No sin tristeza he de marcharme de Viena. Tras el agobio de los aeropuertos regresaré hoy al alboroto de Madrid. Y quiero llevar en la memoria singular escenario del Landmann, la imagen de sus gentes, de sus maderas, de sus ventanas y espejos, melancólico recuerdo del pasado, estampa cotidiana de la hermosa Viena decadente adelantada de la cultura y envuelta en el aroma exquisito de sus cafés.
Se han multiplicado a miles los clones de aquellos libros que ardieron en Berlín y el Reichstag se envanece de una nueva cúpula fenomenal. Con el 2006 se irán ciento cincuenta años desde el nacimiento de Freud. Me flipa imaginar que tras otro medio siglo con el segundo centenario del maestro, los empinados ingenieros del psiquismo vencidos porque sus modelos no armonizan, volverán, desengañados, a las embestidas contra Freud; sin pretenderlo, resucitarán las polémicas sobre lo irracional del hombre y las viejas magias escondidas con que intentar apaciguarlo. La moda se surtirá otra vez de libido y de sueños, del yo y el ello, de complejos de Edipo y de historias sobre hombres con ratas y lobos, de andanzas y fantasías como las de Dora, de Irma y de Anna O…
Día a día crece el escepticismo sobre su alcance terapéutico, pero si el psicoanálisis consuela a quien lo busca, bendito Freud; consolar ayuda a sentir menos las penas. Si, meramente, entretiene, perdurará mientras explayarse en el diván ofrezca una esperanza de huir de presentes amuermados; la felicidad, esa ventura caprichosa que cada uno ha de buscar cómo y donde pueda, no rechaza capotes para lidiar las perversidades obscuras que turban, recónditas, el alma.
Hoy muchos otros modelos, seráficos o libertarios, ofrecen procederes más baratos y breves, incluso casi gratis y al minuto, en grupos que gritan y se contorsionan o en otros, callados, que incitan a contemplarse el ombligo; incluso en prácticas a domicilio dirigidas online. Son incontables las formas de inducir transportes psíquicos y sin duda se dará con otras más. Pero temo que, con tantas invenciones y fatuidades, sin tiempo y sin la intimidad que quien escucha procura, el encantamiento terapéutico, de producirse, se enfriará enseguida y se echará a perder como el delicioso aroma del Einspänner, ese capricho vienés.

18 de febrero de 2007

EL FACTOR HUMANO (XXVII)

17 de febrero de 2007

EL CORREO CATALAN

Se suicidan, fijaos.
ARCADI ESPADA

Imagínate 3.381 muertes al año en España. Más muerte, desde luego, que la que resulta de asesinatos o accidentes laborales. Más, incluso, que las muertes por accidentes de tráfico. Ahora imagínate que ningún periódico español hablara de ello, y habrás comprendido que hablo de suicidas, concretamente del número de personas que se suicidaron en España en el año 2005. ¿Una cifra brutal? Desde luego. Y piensa si le añadiéramos los suicidas que eligen el método del accidente de tráfico. Pero hay otras más brutales, como las de Europa del Este, repúblicas bálticas, Dinamarca o, ¡pásmate joie de vivre!, las de Francia, donde se suicida un policía a la semana. No es extraño que Sarkozy, encarando como suele, haya hablado en estos términos, y en plena campaña electoral: «El suicidio de los jóvenes es la gran enfermedad del siglo». Y la prensa, la española y otras prensas, no habla de este asunto. ¿Por qué?

El mito tiene antecedentes más o menos precisos. Está la publicación de Werther, la novela de Goethe, en 1774, que desató, aunque la documentación no parece del todo fiable, una oleada de suicidios (soi disant) por amor; está una tesis doctoral de Paul Moreau de Tours, De la contagion du suicide, (1875) y, finalmente, el libro de Paul Abry, La contagion du meurtre (1896). Yo no he leído la tesis, pero sí leí hace tiempo el libro de Abry, donde incluye un reconocimiento a Moreau en estos términos: «Entre los vivos no puedo olvidar a mi querido maestro Paul Moreau de Tours, que en su tesis y en otras obras importantes ha demostrado la importancia deletérea de la prensa». La fundamental investigación de Durkheim sobre el suicidio negaría la plausibilidad de esta influencia. Durkheim es todavía un nombre en la ciencia; pero Moreau y Abry son polvo de eruditos. Sin embargo, sus tesis se han mantenido con una llamativa obstinación: buena parte del pensamiento periodístico contemporáneo aún examina con aprensión la posibilidad del contagio. Le pedí al psiquiatra Juanjo Jambrina, al que conoces, que me proporcionara algún material sobre la relación entre el suicidio y los medios. Entre lo más interesante están las reflexiones de Keith Hawton, director del Centro de Estudios del Suicidio de Oxford y las orientaciones generales que tanto la Organización Mundial de la Salud como la Asociación Americana de Suicidología han publicado sobre el tratamiento que el suicidio debe recibir en los medios. Se alude, repetidamente, a determinadas experiencias en Canadá y Austria, que en su momento experimentaron una disminución notable del índice de suicidas que se tiraban al metro a partir de que no se publicaran en los periódicos los detalles sobre el método. Otros estudios aluden, por ejemplo, a una oleada de suicidios en Hong Kong por inhalación de monóxido de carbono, y en cuyos detalles reparó la prensa acaso en demasía... contagiosa. No parece descabellado suponer que pueden darse modas sobre los métodos de suicidio y que los medios pueden contribuir a establecerlas. Pero esa redundancia en los métodos no quiere decir, obligatoriamente, que la publicación de las notas periodísticas contribuya al aumento general de los casos.

La exhibición de cualquier conducta humana puede provocar emulación, y no se ve por qué el suicidio debería quedar al margen de los abusos infantiles, la violencia doméstica o el robo con escalo, que participan cada día en el espectáculo de los periódicos. El suicidio es un acto de violencia (aunque por lo general sólo incluya como víctima a uno mismo) y los actos de violencia son habituales en los medios. Pero es que, además, hay algo mucho más importante: la exhibición no sólo provoca emulación; también protección. Una comunidad que conoce sus peligros se defenderá mucho mejor de ellos. Si es verdad que el suicidio, y especialmente el juvenil, se vislumbra como uno de los males del siglo, parece lógico empezar a tomar conciencia de ello. Los periódicos son ideales para este trabajo. No hace falta decir que los buenos periódicos: porque entonces sería justo añadir, y los buenos psiquiatras y los buenos novelistas. Esa toma de conciencia colectiva se realiza tan sólo, en nuestros periódicos, cuando el suicida es un personaje conocido, o al menos lleva prendido su fulgor, como en el caso de la hermana de la Princesa Letizia. Lo que en realidad no sirve ni para la conciencia ni para lo colectivo. En una de las más deliciosas pruebas de su hipocresía, el periodismo persignado, que se niega a publicar, por temor a la emulación, que un joven cualquiera se tiró al metro, no vacila a la hora de hacerlo con un personaje público. Aun sabiendo que la emulación crece exponencialmente cuando es un personaje público el que ofrece un modelo de conducta, el periodismo se encoge de hombros y se aferra a su poderosa ley de la noticia. Yo la conozco muy bien, esa ley, y hasta la respeto: lo que me jode son las pamplinas de la trampa. No se debe decir que no se publican noticias de suicidios porque favorecen la emulación. Lo que se debe decir es que no se publica la muerte de un don nadie por más suicida que sea. Si piensas esto hasta el fondo, puede que te lleves alguna sorpresa. Porque, en realidad, muchas de las noticias violentas que se publican en los periódicos tienen un trasfondo que va mucho más allá de la natural curiosidad por lo insólito. El trasfondo es, ya te lo insinuaba antes, la necesidad de protección. Conviene saber que hay una ola de robos en chalés, aunque se trate de chalés de don nadies. Quiero decir que a los don nadies les conviene organizar su protección. Tal vez debiéramos organizar la protección de una enfermedad que causa (así calculan las fuentes de Jambrina) un millón de muertos en el mundo cada año.

Entre los sistemas de protección destaca el propuesto por las asociaciones suicidológicas. Exigen a los medios que traten el suicidio como una enfermedad mental. Ésta sí me parece una exigencia razonable. Durante decenios, y gracias sobre todo a la tendencia psicoanalítica, el suicidio ha estado infectado de literatura. Esa infección contribuye a explicar el mito de la emulación. La literatura ha convertido al suicida en un ser prestigioso y valiente, capaz de dar un puntapié a una vida indigna de vivirse. El periodismo se apuntó desde el primer momento a esta posibilidad. Para el periodismo, las explicaciones estrictamente culturales de la conducta son como el pan que se come: el periodismo puede entrevistar a una madre represora, a la amante autora del despecho; incluso al jefe de personal; pero no puede entrevistar a un gen. Las recomendaciones de los profesionales me parecen, en este punto, adecuadas: también porque el acento sobre la enfermedad permite relativizar a ese otro dios del ripio mediático que es el libre albedrío y su influencia en hacer del suicida un soberano absoluto de su voluntad.

Acabaremos sonriendo con humor negro. El psiquiatra Jambrina me rescata de la sima del tiempo el caso de Iznájar. Lo estudió el doctor Castilla del Pino. El pueblo cordobés tuvo durante una época una tasa de suicidios tres veces superior a la media española. Contagio. El suicidio como cultura, diría un obvio gestor cultural. ¿Asocias Iznájar?

Aún no me explico cómo sus adversarios no lo incluyeron entre los contrargumentos electorales. Un hombre tan reconcentrado, silencioso, con tanta vida interior, catalán de Iznájar. Sigue con salud. A.

16 de febrero de 2007

AMOR ONLINE


A estas alturas de la película pocos dudan ya que Internet es la mayor revolución que la humanidad ha experimentado en materia de comunicación desde que Gutenberg le dio unas vueltas a la manivela de la imprenta.

Internet lo ha cambiado todo. La forma de pensar, el flujo del conocimiento, la relación con el tiempo, etc Yo ya no me recuerdo viviendo sin Internet. Es lo que tienen las vivencias intensamente sostenidas, una enorme capacidad para aniquilar el pasado.

Todo ha cambiado. En breve veremos cómo desaparece la medicina tradicional o se nos van los periódicos en edición de papel; sí, señores, sí, acaricien el papel de este periódico que están leyendo porque puede ser pieza de museo para enseñar a generaciones posteriores. ¿Se imaginan la vida sin comprar La Nueva España bien temprano? ¿A que no se lo pueden creer? ¡Duele tanto..¡Veremos cómo los archivos y las bibliotecas dejarán de ser tal y cómo las conocemos ahora; cómo los lugares de trabajo podrán variar enormemente gracias al uso del correo electrónico que tendremos en nuestros bolsillos, junto a los kleenex , los chicles y las monedas. Por cambiar hasta el aire de las ciudades se convertirá, en breve, en un enorme espacio WIFI. Que esto ya no hay quién lo pare, vamos. Podríamos decir que Sylicon Valley reiniciará al ser humano por medio de un sencillo toque de ¡¡ratón¡¡ Otro duro golpe para el maltrecho narcisismo del hombre.

Si las editoriales de este país no se estuviesen forrando con libros sobre la Guerra Civil ya tendríamos diez o doce ensayos sobre cómo Internet está cambiando las relaciones humanas. La forma de conocernos, de entendernos, de odiar y de amar. Los valores, las necesidades y los deseos. Los temores y los miedos. Que son las cosas que importan a la gente normal.

El amor, en concreto el amor, que no es una palabra sueca. Hay nuevas formas de relaciones amorosas. Online. En Estados Unidos, donde no saben que son unos ignorantes, ya hay unos cuantos buenos libros que versan sobre el cambio social que han provocado las webs de contactos tipo MEETIC.

Conozco a varias personas que dicen haber resuelto su vida sentimental gracias a este tipo de contactos. El tema es bien sencillo. Elaboras tu perfil personal, tu perfil de preferencias, una foto a elegir, una tarjeta de crédito e inmediatamente pasas a jugar a ser objeto del deseo de unos 20 millones de habitantes del planeta Tierra. Las probabilidades de concertar una cita son muy altas y las probabilidades de que la cita cuaje en algo positivo, también. Y si el tema se rompe, pues a navegar otra vez que peor es el pecado en soledad.

No hay duda que las relaciones urdidas al calor de la red tienen unas características propias que otro día contaré porque son muy interesantes. Para empezar, más que la foto de una persona, lo que atrae online es un discurso ¡una idea! ¡Vaya cambio¡ En la discoteca todo iba al revés: el deseo corría tras el tirón físico y hasta llegar a la idea definitiva había que picar piedra y pasar muchas noches solos en la madrugada.

Confieso que me da un poco de miedo esta forma de exponer la intimidad. Me dicen mis amigos usuarios de estas redes del amor que te encuentras lo mismo que por la calle. Gente que ha resuelto su vida con el amor que descargaron de Internet, gente que se queda como antes y luego los de siempre, individuos incapaces de solucionar sus problemas que se dedican a tocar las narices de los demás. Como la calle, vamos.

Mis amigos confidentes, solterones ubérrimos o polígamos declarados, están de tiros largos. No paran de ligar y piensan que han ganado la batalla. Una cita tras otra. Da gusto oírles. Pero no todo debe ir tan bien allí dentro porque casi todos acaban reconociendo que anhelan una relación estable. Lo raro es que lo dicen con una sonrisa en la boca...

14 de febrero de 2007

NOVELA


Pues sí. Hablamos de novela negra y de ciencia ficción. Sí la novela como género me dice poco, la novela de ciencia-ficción me produce un terremoto interno automatizado, un despeño anímico y un reflejo de huida en toda la regla aunque antes de escapar corriendo siempre miro fijamente la cara del interlocutor. Una buena persona el de ayer. Parece que en los nuevos folletines ficcionales-miccionales se lleva mucho la figura del "médico loco" que sustituye a la del "profesor chiflado" manejando retortas y matraces en el garaje de su casa. Parece que el "médico loco" o sabe del genoma o no será. Así están las cosas.
La novela negra. Ya no hay arreglo. Más de los mismo. Todo lo nuevo pasa por Henning Mankell, el sueco que vive en Maputo. Parece que allí, en el Teatro Avenida que dirige él mismo, esterna cuando quiere y se le apetece ¡ho¡. Mankell es un tipo con un pasado triste y casado con una hija de Ingmar Bergman. Mankell parece buena gente. Piensa que este mundo es una puta mierda, que sabemos como mueren los africanos pero que no sabemos como viven y que procura hacer todo lo posible por denunciar tantos atropellos como conoce. Como Saramago pero sin sahumerios.
Ha creado un personaje, el inspector Wallander, que no va en la línea de tantos otros policías. Descreído, enfermo de la espalda, con inquietudes sociales, con un matrimonio fracasado y una hija que le cuestiona casi todo.
Wallander, a medida que va resolviendo casos, nos va enseñando geografía y sociología. Lo que se agradece. Es ameno. Y ha conseguido Mankell algo difícil en estos tiempos: ser autor venerado por la izquierda divina y que la serie de TV que ha inspirado sea emitida por Libertad Digital y presentada por Jiménez Losantos.

11 de febrero de 2007

EL BALNEARIO



Parece que el tiempo no hubiese pasado. Palabras clave: Atlanterra, Cádiz, Bauluz, impostura. Aquellos dos bañistas y al fondo, el cadáver. Resulta que la gran mayoría de las fotos premiadas incluyen mujeres o niños. El niño desnutrido, famélico y la carroñera. Y ahora nos llega esta pose. Recuerda a una película de Kusturica. Más mendaz si cabe. Porque la fotografía ¿es una opinión?



Por lo demás, sin novedad en el balneario. La prensa local, la querida Nueva España. Todos los sucesos nacionales y mundiales son traducidos al bable por el Gobierno autónomo. ¿Kioto? Asturias no llega a los niveles de CO2 prohibidos ni de coña ¡qué va llegar¡ ¡oh¡ ¿Ley sobre el consumo de alcohol? Tranquilos los hosteleros, que hemos conseguido que ni la sidra ni el vino se consideren alcohol. ¿Cambio climático? Asturias será la región en la que menos suban las temperaturas. Ya digo, sin novedad en el balneario.


Luego viene la testarudez de los números. Aumenta la incidencia anual del cáncer entre los asturianos. Y se dan explicaciones: mejores métodos diagnósticos, aumento de la esperanza de vida y finalmente, el aire contaminado que respiramos .......muchos años atrás. ¡Lo dijo¡ ¡Lo dijo¡

Ya digo. Poca novedad. El viento de la noche se ha calmado. El mar luce entre brumas y espumas sobre el fondo gris del cielo. Per la doménica.

9 de febrero de 2007

HOMBRES FAMOSOS

Una mañana límpida y azulada un escritor de periódicos que paseaba ensimismado por París tuvo la impresión de haber tocado la felicidad con la punta de los dedos, tuvo la sensación de estar ante un momento supremo de la civilización occidental, su escuela cultural, en la que había vivido por siempre. Y cuenta el periodista, y hay que creerle, que pensó en ese momento que todos los seres humanos tenían derecho a contemplar aquel redoble parisino de belleza, aquel éxtasis de higiene, de progreso y de futuro. Concluyó el periodista, muy respetable, que todos los hombres, con independencia de nacionalidad, raza o condición social, tienen derecho a instalarse en aquel lugar del planeta que les venga en gana. También contó ese escritor de periódicos que es deber de los visitantes respetar y conservar el lugar que les acoge y cobija.

La emigración no es un fenómeno nuevo y no se entiende bien cómo ha llegado a convertirse en uno de los problemas que más preocupan a los españoles, a no ser por la ración extra de miedo xenófobo que acompaña al auge de los nacionalismos. Los inmigrantes, vengan de donde vengan, suponen una de las mayores amenazas para las hegemonías nacionalistas. Que se sepa esto, porque hay toda una infamante historia detrás.
Emigrantes ha habido desde los albores de la civilización humana. Y seguirá habiéndolos. Para concluir que los inmigrantes en España, son, a fecha de hoy, un poder fáctico.
Desde determinados colectivos se intenta sensibilizar a la opinión pública a favor de los pobres desgraciados que arriesgan sus vidas para llegar a esta tierra prometida. Un empeño loable, ¡qué duda cabe!, el de los más comprometidos.
Pienso, no obstante, que hay que evitar en lo posible aproximaciones simplificadoras o demagógicas al referirse a los más pobres. No basta, por ejemplo, la voluntad filantrópica que mueve a ciertos psiquiatras a decir que el 75% de los inmigrantes sufren ansiedades y depresiones que se agrupan bajo el «síndrome de Ulises», porque no es cierto. Se desvía la verdadera causa de muchos problemas (falta de trabajo, alimentos o de vivienda) y se sustituye por una absurda e inoperante patologización de la vida.
El modisto Antonio Miró usó recientemente a inmigrantes subsaharianos como modelos en un desfile de la pasarela Barcelona. Lo hizo, dijo, como novedad y como denuncia de las condiciones de vida de los inmigrantes. No entiendo esta provocación de jet set, no la entiendo.

La emigración no es un drama en sí mismo, no tiene por qué serlo de antemano. Aquí los medios de comunicación juegan un papel crucial, obligados a confrontarse crudamente con la más principal de sus funciones: describir los hechos, la realidad, dejando al lado sentimientos y emociones.

Ando muy enfadado porque el periódico más vendido en España retrataba ayer a María Basilia Sailema, madre del ecuatoriano Alonso Palate fallecido en el atentado de la T-4. Basilia ha venido a España y la han llevado a Valencia para que conociese los lugares que habitó su hijo muerto. Recientemente ha recuperado la vista tras una cirugía de cataratas. Por eso el periódico de referencia titula sobre la foto de una mujer que mira al mar: «La mujer ciega que descubrió el mar». El resto de la prensa hace referencia a las lágrimas en los ojos de la pobre madre, a su incapacidad para asumir la onda expansiva que se llevó a su hijo, al firme deseo de volver cuanto antes a su tierra natal y a la indiferencia que le causó ver el mar por vez primera. Nada que ver con el romántico titular en el que el hijo perdido no tuvo cabida.

La relación del periodismo con los más humildes quedó escriturada para siempre tras el fundamental trabajo de James Agee.
En 1936 el periodista James Agee y el fotógrafo Walker Evans recibieron un encargo del Gobierno Federal de los Estados Unidos para hacer un reportaje sobre las condiciones de vida de los campesinos algodoneros de Alabama. El escritor Agee trabajó con un enorme pudor y una gran minuciosidad para evitar aproximaciones explotadoras o simplificadoras a las vidas de la gente más pobre. Agee logró sincronizar con palabras lo que Evans había captado en 64 taxativas fotografías. Cuenta Evans que Agee se dejó mucha vida en el reportaje: «La rebelión de Agee fue insaciable, lacerante, basada en hondos principios, infinitamente costosa...». Los instrumentos fueron dos: la cámara fija y la palabra impresa. El libro, dado que describía a familias enormemente humildes, se tituló ácidamente «Elogiemos ahora a hombres famosos». Agee escribió con letras de molde la receta que utilizó. Usó dos únicos ingredientes: realismo y moralidad. Y no falló.

5 de febrero de 2007

LOS AÑOS DE JODA DE ANIBAL
















La Chicana es uno de los grupos renovadores del tango. Varios LP en el mercado. Uno de ellos, Un giro extraño, contiene este temazo.





LOS AÑOS DE JODA DE ANÍBAL

Aníbal se instaló en Colegiales
y colgó sus años de joda de un clavo
que atravesó en la frente de su esposa.
Vendía muebles usados de oficina
sobre Juan B. Justo y consiguió un crédito
de 30.000 dólares al 14,2 % de interés anual
para un coqueto dos ambientes.
Su mujer
era una azafata veterana en decadencia,
hacía buenos Daikiris
mantenía la boca cerrada casi todo el tiempo
y tenía un chihuahua llamado Johnatan
que sufría una especie de sarna y
era totalmente ciego.
Tenían una moderna cocina,
horno autolimpiante, toda la bola.
Aníbal manejaba un Duna 92.
Eran tan felices!

Una noche Aníbal paró en la YPF a la vuelta del trabajo
metió cuatro litros de nafta en un bidón
y un tubo de Fernet que se tomó en el coche.
Fue a su casa, empapó todo bien
y le prendió fuego.
Se sentó en el auto cagándose de risa mirándola arder,
rojo Independiente y naranja Sai Baba.
Despues Aníbal puso una FM hitera
y agarró la Panamericana rumbo al Norte.

Nunca había aguantado a ese perro.

Versión de Acho Estol para el Album de La Chicana Un Giro Extraño, 2002.
Sobre el original de Tom Waits "FRANK'S WILD YEARS", de su LP SWORDFISHTROMBONES.

4 de febrero de 2007

HOJAS LIBRES








¡Enhorabuena¡ Ya van por el segundo número.
Entrevistas con Reyes Maté y Félix de Azúa. Reportajes sobre la Fallaci, sobre la corrección política y sobre Hirsi Alí.
Azúa dice que la llamada "izquierda catalana" está compuesta por el funcionariado de la Generalitat y el Ayuntamiento de Barcelona, familiares de éstos, empresarios y gente con compromisos económicos que depende directamente del poder administrativo. La antigua izquierda o está desmovilizada o (los más jóvenes) en movimientos violentos.
A seguir.

2 de febrero de 2007

DUELOS

Dos escritoras que han sufrido mucho. La catalana Inma Monsó y la norteamericana Joan Didion. Inma Monsó no es una desconocida en el panorama editorial español. Tiene 47 años y es viuda desde el año 2003. Inma Monsó vivía con el hombre de su vida, un amor cegador y total. Ella le llama El Cometa. Habían adoptado una niña china y eran felices. El Cometa nunca había necesitado de médicos pero una vez le dijeron que tenía un cáncer. Hubo pruebas radiológicas, biopsias, angustias, hasta que un día que llovía a mares sobre Barcelona, un infarto acabó con El Cometa. Desde aquel día, Inma no ha dejado de escribir. Un solo libro. Ella dice que necesitaba hacer una novela con lo sucedido pero no hay que creerla. Más bien necesitaba dejar constancia de su relación con aquella persona que la embriagó en vida, aquel Cometa. La escritora catalana cuenta en varias entrevistas que no hay que temer a la Muerte, que si intentamos eludirla estamos perdidos. Inma, como aquella Bernarda Alba, que miraba a la cara de la muerte y en silencio. Ahora siente que gracias a la escritura ha vencido a la Muerte y ha podido contar a su hija y a sus amigos todos los momentos dichosos y dolorosos que pasó con El Cometa. Y esa queja sobre la Medicina actual, tan tecnificada, tan “profilácticamente deshumanizada”, dice. Inma Monsó cuenta todo esto en UN HOMBRE DE PALABRA, un libro audaz, delicadísimo, serenísimo. Un relato profundamente autobiográfico, que no una novela.


Joan Didion (1935) es una escritora muy conocida en Estados Unidos. Colabora habitualmente en The New Yorker y The New York Review of Books. Ha publicado varias novelas y alguna de ellas ha sido traducida al castellano. En la Navidad de 2003, Joan perdió a su marido el también escritor John Gregory Dunne. Iban a celebrar cuarenta años de matrimonio. Otra historia de amor feliz. ¡Nos habíamos querido tanto…¡ A los dos meses, Quintana, su única hija, sufrió una hemorragia cerebral que la mantuvo en coma varios meses. EL AÑO DEL PENSAMIENTO MAGICO empezó a escribirse en octubre de 2004 y mantuvo a su autora ocupada febrilmente durante 88 días en los que intentó extraer un relato aproximado del dolor psíquico, del dolor de los sentimientos. 88 días en los que intentó crear una forma mágica de pensar que ahuyentase la desesperación de su lado. Didion construye frases como lápidas, afiladas como dardos: “la vida cambia rápido, la vida cambia en un instante. Te sientas a cenar, y la vida que conoces se acaba…”. “John, estaba hablando, de pronto ya no habló…” Didion cuenta sus dudas, sus vacilaciones, sus flaquezas. “Si le quitaban sus órganos, ¿cómo iba a volver a mí?” Lectora de Freud, Didion siempre tuvo muy presente el gran poder del dolor para desequilibrar la mente pero decidió que eso no le sucedería a ella. Y lo anotó todo. Como a Monsó, no se le escapó ni un minuto del duelo.
Veo ahora la contraportada del libro de Joan. Aparece la autora, con su marido y su hija. Es el año 1976. La foto está tomada en Malibú, en la casa de la playa. Es la foto de una familia feliz que para eso se inventó la fotografía, para guardar recuerdo de la felicidad.
Cuando se estaba imprimiendo el libro, en el año 2005, murió Quintana, la única hija de Didion. Tenía 39 años. La editorial le ofreció parar la impresión para que incorporase nuevas páginas sobre su hija. La autora se negó rotundamente a ello.




La casualidad ha hecho que aparezcan a la par estos dos maravillosos tratados sobre el duelo. Soy de los que piensan que escribir ayuda a elaborar mejor determinadas situaciones, a sostenerse en el vacío y a mantener vivas las ausencias y frescos los recuerdos. Soy de los que piensan que estas dos autoras han calmado sus penas mientras escribían. Soy de los que piensan que lo que han escrito estas mujeres tiene un enorme valor literario. Y que genera un gran respeto en los lectores. No son textos líricos, no son novelas llenas de lágrimas. Son lúcidas reflexiones sobre la muerte, que es parte de la vida. Y sobre las pérdidas, que según Antonio Gamoneda, arden cuando llegan.


Dice Joan Didion que hay un momento en que hay que dejar marchar a los muertos si tenemos que seguir viviendo. Dice Inma Monsó que El Cometa ahora es para ella “un recuerdo tan presente que, si lo miras bien, se parece mucho a un olvido”. Esa es la clave. Casar la literatura con la realidad. Coser los hechos con un lenguaje rico en recursos y pobre en ficciones.
Son las generosas palabras finales de ambos libros. La última y principal lección que han aprendido estas dos mujeres. Que sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando.