
Este hombre se va a hacer de oro contando una película.


El mito tiene antecedentes más o menos precisos. Está la publicación de Werther, la novela de Goethe, en 1774, que desató, aunque la documentación no parece del todo fiable, una oleada de suicidios (soi disant) por amor; está una tesis doctoral de Paul Moreau de Tours, De la contagion du suicide, (1875) y, finalmente, el libro de Paul Abry, La contagion du meurtre (1896). Yo no he leído la tesis, pero sí leí hace tiempo el libro de Abry, donde incluye un reconocimiento a Moreau en estos términos: «Entre los vivos no puedo olvidar a mi querido maestro Paul Moreau de Tours, que en su tesis y en otras obras importantes ha demostrado la importancia deletérea de la prensa». La fundamental investigación de Durkheim sobre el suicidio negaría la plausibilidad de esta influencia. Durkheim es todavía un nombre en la ciencia; pero Moreau y Abry son polvo de eruditos. Sin embargo, sus tesis se han mantenido con una llamativa obstinación: buena parte del pensamiento periodístico contemporáneo aún examina con aprensión la posibilidad del contagio. Le pedí al psiquiatra Juanjo Jambrina, al que conoces, que me proporcionara algún material sobre la relación entre el suicidio y los medios. Entre lo más interesante están las reflexiones de Keith Hawton, director del Centro de Estudios del Suicidio de Oxford y las orientaciones generales que tanto la Organización Mundial de la Salud como la Asociación Americana de Suicidología han publicado sobre el tratamiento que el suicidio debe recibir en los medios. Se alude, repetidamente, a determinadas experiencias en Canadá y Austria, que en su momento experimentaron una disminución notable del índice de suicidas que se tiraban al metro a partir de que no se publicaran en los periódicos los detalles sobre el método. Otros estudios aluden, por ejemplo, a una oleada de suicidios en Hong Kong por inhalación de monóxido de carbono, y en cuyos detalles reparó la prensa acaso en demasía... contagiosa. No parece descabellado suponer que pueden darse modas sobre los métodos de suicidio y que los medios pueden contribuir a establecerlas. Pero esa redundancia en los métodos no quiere decir, obligatoriamente, que la publicación de las notas periodísticas contribuya al aumento general de los casos.
La exhibición de cualquier conducta humana puede provocar emulación, y no se ve por qué el suicidio debería quedar al margen de los abusos infantiles, la violencia doméstica o el robo con escalo, que participan cada día en el espectáculo de los periódicos. El suicidio es un acto de violencia (aunque por lo general sólo incluya como víctima a uno mismo) y los actos de violencia son habituales en los medios. Pero es que, además, hay algo mucho más importante: la exhibición no sólo provoca emulación; también protección. Una comunidad que conoce sus peligros se defenderá mucho mejor de ellos. Si es verdad que el suicidio, y especialmente el juvenil, se vislumbra como uno de los males del siglo, parece lógico empezar a tomar conciencia de ello. Los periódicos son ideales para este trabajo. No hace falta decir que los buenos periódicos: porque entonces sería justo añadir, y los buenos psiquiatras y los buenos novelistas. Esa toma de conciencia colectiva se realiza tan sólo, en nuestros periódicos, cuando el suicida es un personaje conocido, o al menos lleva prendido su fulgor, como en el caso de la hermana de la Princesa Letizia. Lo que en realidad no sirve ni para la conciencia ni para lo colectivo. En una de las más deliciosas pruebas de su hipocresía, el periodismo persignado, que se niega a publicar, por temor a la emulación, que un joven cualquiera se tiró al metro, no vacila a la hora de hacerlo con un personaje público. Aun sabiendo que la emulación crece exponencialmente cuando es un personaje público el que ofrece un modelo de conducta, el periodismo se encoge de hombros y se aferra a su poderosa ley de la noticia. Yo la conozco muy bien, esa ley, y hasta la respeto: lo que me jode son las pamplinas de la trampa. No se debe decir que no se publican noticias de suicidios porque favorecen la emulación. Lo que se debe decir es que no se publica la muerte de un don nadie por más suicida que sea. Si piensas esto hasta el fondo, puede que te lleves alguna sorpresa. Porque, en realidad, muchas de las noticias violentas que se publican en los periódicos tienen un trasfondo que va mucho más allá de la natural curiosidad por lo insólito. El trasfondo es, ya te lo insinuaba antes, la necesidad de protección. Conviene saber que hay una ola de robos en chalés, aunque se trate de chalés de don nadies. Quiero decir que a los don nadies les conviene organizar su protección. Tal vez debiéramos organizar la protección de una enfermedad que causa (así calculan las fuentes de Jambrina) un millón de muertos en el mundo cada año.
Entre los sistemas de protección destaca el propuesto por las asociaciones suicidológicas. Exigen a los medios que traten el suicidio como una enfermedad mental. Ésta sí me parece una exigencia razonable. Durante decenios, y gracias sobre todo a la tendencia psicoanalítica, el suicidio ha estado infectado de literatura. Esa infección contribuye a explicar el mito de la emulación. La literatura ha convertido al suicida en un ser prestigioso y valiente, capaz de dar un puntapié a una vida indigna de vivirse. El periodismo se apuntó desde el primer momento a esta posibilidad. Para el periodismo, las explicaciones estrictamente culturales de la conducta son como el pan que se come: el periodismo puede entrevistar a una madre represora, a la amante autora del despecho; incluso al jefe de personal; pero no puede entrevistar a un gen. Las recomendaciones de los profesionales me parecen, en este punto, adecuadas: también porque el acento sobre la enfermedad permite relativizar a ese otro dios del ripio mediático que es el libre albedrío y su influencia en hacer del suicida un soberano absoluto de su voluntad.
Acabaremos sonriendo con humor negro. El psiquiatra Jambrina me rescata de la sima del tiempo el caso de Iznájar. Lo estudió el doctor Castilla del Pino. El pueblo cordobés tuvo durante una época una tasa de suicidios tres veces superior a la media española. Contagio. El suicidio como cultura, diría un obvio gestor cultural. ¿Asocias Iznájar?
Aún no me explico cómo sus adversarios no lo incluyeron entre los contrargumentos electorales. Un hombre tan reconcentrado, silencioso, con tanta vida interior, catalán de Iznájar. Sigue con salud. A.

A estas alturas de la película pocos dudan ya que Internet es la mayor revolución que la humanidad ha experimentado en materia de comunicación desde que Gutenberg le dio unas vueltas a la manivela de la imprenta.
Internet lo ha cambiado todo. La forma de pensar, el flujo del conocimiento, la relación con el tiempo, etc Yo ya no me recuerdo viviendo sin Internet. Es lo que tienen las vivencias intensamente sostenidas, una enorme capacidad para aniquilar el pasado.
Todo ha cambiado. En breve veremos cómo desaparece la medicina tradicional o se nos van los periódicos en edición de papel; sí, señores, sí, acaricien el papel de este periódico que están leyendo porque puede ser pieza de museo para enseñar a generaciones posteriores. ¿Se imaginan la vida sin comprar La Nueva España bien temprano? ¿A que no se lo pueden creer? ¡Duele tanto..¡Veremos cómo los archivos y las bibliotecas dejarán de ser tal y cómo las conocemos ahora; cómo los lugares de trabajo podrán variar enormemente gracias al uso del correo electrónico que tendremos en nuestros bolsillos, junto a los kleenex , los chicles y las monedas. Por cambiar hasta el aire de las ciudades se convertirá, en breve, en un enorme espacio WIFI. Que esto ya no hay quién lo pare, vamos. Podríamos decir que Sylicon Valley reiniciará al ser humano por medio de un sencillo toque de ¡¡ratón¡¡ Otro duro golpe para el maltrecho narcisismo del hombre.
Si las editoriales de este país no se estuviesen forrando con libros sobre la Guerra Civil ya tendríamos diez o doce ensayos sobre cómo Internet está cambiando las relaciones humanas. La forma de conocernos, de entendernos, de odiar y de amar. Los valores, las necesidades y los deseos. Los temores y los miedos. Que son las cosas que importan a la gente normal.
El amor, en concreto el amor, que no es una palabra sueca. Hay nuevas formas de relaciones amorosas. Online. En Estados Unidos, donde no saben que son unos ignorantes, ya hay unos cuantos buenos libros que versan sobre el cambio social que han provocado las webs de contactos tipo MEETIC.
Conozco a varias personas que dicen haber resuelto su vida sentimental gracias a este tipo de contactos. El tema es bien sencillo. Elaboras tu perfil personal, tu perfil de preferencias, una foto a elegir, una tarjeta de crédito e inmediatamente pasas a jugar a ser objeto del deseo de unos 20 millones de habitantes del planeta Tierra. Las probabilidades de concertar una cita son muy altas y las probabilidades de que la cita cuaje en algo positivo, también. Y si el tema se rompe, pues a navegar otra vez que peor es el pecado en soledad.
No hay duda que las relaciones urdidas al calor de la red tienen unas características propias que otro día contaré porque son muy interesantes. Para empezar, más que la foto de una persona, lo que atrae online es un discurso ¡una idea! ¡Vaya cambio¡ En la discoteca todo iba al revés: el deseo corría tras el tirón físico y hasta llegar a la idea definitiva había que picar piedra y pasar muchas noches solos en la madrugada.
Confieso que me da un poco de miedo esta forma de exponer la intimidad. Me dicen mis amigos usuarios de estas redes del amor que te encuentras lo mismo que por la calle. Gente que ha resuelto su vida con el amor que descargaron de Internet, gente que se queda como antes y luego los de siempre, individuos incapaces de solucionar sus problemas que se dedican a tocar las narices de los demás. Como la calle, vamos.
Mis amigos confidentes, solterones ubérrimos o polígamos declarados, están de tiros largos. No paran de ligar y piensan que han ganado la batalla. Una cita tras otra. Da gusto oírles. Pero no todo debe ir tan bien allí dentro porque casi todos acaban reconociendo que anhelan una relación estable. Lo raro es que lo dicen con una sonrisa en la boca...




