5 de enero de 2010

El caso Hess ( y II)

EL SER O NO SER DE UNA LOCURA: EL JUICIO

Antonio Colodrón. Psiquiatra. Madrid


El Tribunal Internacional de Nüremberg no fue fruto de improvisación ni flor de un día. La idea se debió a Molotov, ministro soviético de asuntos exteriores quien sugirió, en 1942, constituir un tribunal que con carácter ejemplarizante juzgara a quienes Churchill había bautizado “criminales de guerra”, en conformidad con unos principios generales convenidos en Moscú (“Declaración de Moscú”, 1943) y, más tarde, modificarlos en la “Conferencia de Teherán” (1945). Con respecto a la presunción de inocencia, se estableció quienes deberían ser encarcelados, quienes los testigos etc. Tras prolongadas discusiones se sustanciaron cuatro cargos: crímenes contra la paz, crímenes contra la humanidad, crímenes de guerra y conspiración. El ostentoso enjuiciamiento, espacio de complejidad política que trató de contentar a todos, duró nueve meses (noviembre 1945-agosto 1946). Hubo veinticuatro encausados de los que se juzgaron veintiuno; once de ellos ahorcados, tres condenados a cadena perpetua; otros tres, a diez, quince y veinte años, y tres más absueltos. Varios fueron liberados antes de cumplir íntegramente su condena. El de Nüremberg fue, sin lugar a dudas, un juicio espinoso rematado con duras sentencias pretendidamente ejemplares.
En el “caso de Hess”, locura y cordura se enfangaron en un lodazal de intereses y veleidades donde los peritos médicos, al no armonizar sobre la existencia de una psicosis activa, declararon al inculpado apto para el juicio. Los distintos marcos nosológicos (delirio persecutorio, amencia, histerismo, distimia depresiva con intento de suicidio...) fueron desestimados por su habitual fingimiento en los encuentros de los peritos con los sujetos investigados y, sobre todo, porque no permiten afirmar la incapacidad del juzgado para reconocer la ilicitud de sus actos. (1)
Desde la llegada a Inglaterra, los exámenes psiquiátricos a Hess se habían repetido: británicos primero, americanos y franceses después (Douglas Kelly, Rees, L.M. Goldensohn, G.M. Gilbert, J. Ewin Cameron, D.C. Lewis, L.S. Schroeder, J. Delay...), mas tarde rusos, unos y otros fuertemente presionados. Fueron estos últimos quienes, más contrarios a las ejecuciones sumarias, propusieron un proceso público y farragoso con carácter más judicial que político, donde quedaran manifiestas las barbaridades cometidas por los encausados: horcas sí, pero con jueces aunque alguno de los estrictos justicieros hubiera compartido causa y conquista al amparo del “Pacto de no agresión germano-soviético” con los ahora vencidos. (2)
Por supuesto, si los rusos no perdonaban a Hess su tentativa de alianza con los británicos, Churchill, ambivalente en sus manifestaciones iniciales, se mostró más tarde inflexible con quien ofreció la paz a cambio, entre otras pretensiones, de retirarle del gobierno. Horca, pues, para todos, para los otros y para Hess. Al fin, declarado plenamente responsable, el tribunal, entre titubeos y sospechas, le condenó a cadena perpetua, sin apelación, por crímenes contra la paz y preparación y puesta en práctica de una guerra de agresión y genocidio. Los rusos que tan insistentemente habían reclamado la pena capital terminaron por avenirse a cambio de una cabeza de puente en Spandau. (3)
En lo que nos concierne basta con apuntar que las normas para establecer las penas fueron decididas, como atrás se apuntó, por el Tribunal Militar Internacional, el 1 de octubre de 1946, sustentando su competencia en el Tratado de Londres de agosto de 1945. La bofetada del efecto retroactivo a la juridicidad denuncia, sin remilgos, la quimérica imparcialidad de los jueces arrimados a sus propias causas y faltos de un derecho compartido. Con su veredicto ofrecieron un burdo modelo de actualización de la “vendetta” que sufre siempre el vencido por la razón del vencedor. Bien es cierto que, por unas u otras razones, las distintas sentencias se conocían antes de iniciarse el juicio. Solo la de Hess escapó a este supuesto porque en su juicio no se juzgó a un hombre: se juzgó la locura, el inescrutable que hace del “caso Hess” un ilusivo justiciero que no se cerrara nunca. La equidad, si alguna hubo, no satisfizo a nadie. Para los psiquiatras ejemplifica sobre la desmesura a que aboca el conflicto de intereses en la definición de la locura. Tras el juicio, “la locura” salió como había entrado: discutida y enigmática, convenida y negada; manipulada. Hess permaneció encarcelado el medio siglo de desequilibrio de la postguerra. Nunca habló. Con su muerte, el misterio de su vida se perdió en la historia.
Loco o cuerdo Hess, condenado a cadena perpetua, con su prolongada vida se convirtió en un problema día a día más molesto para los vencedores. Con los años hubo alguna intercesión en pro de su libertad frustrada por distintos intereses (¿de Churchill? ¿de los soviéticos? ¿de ambos?). Cuando, muerto Chernenko y elevado Gorbachov a secretario general de PCUS (1985), las circunstancias políticas cambiaron y el absurdo de mantener el inmenso presidio comenzó advertirse demasiado costoso, “el preso 7” murió. Los aliados, que habían remado juntos, poco a poco se dejaron arrastrar por la deriva de sus propias causas. Los rusos habían perdido interés por el paso al “Berlín West” y los norteamericanos habían logrado lo que quisieron: el mundo dolarizado y, en su centro, Berlín como posición más avanzada. Solo los ingleses sintieron agudizar el peso de Spandau sin que les fuera dado mostrarse débiles aceptando el perdón; una actitud que tal vez explique, con el quantum de malignidad que comporta, la participación que los críticos más “perversos” atribuyeron a los servicios secretos británicos en el desenlace del problema; cuesta creer que Hess, cumplidos 93 años, súmamente debilitado, casi ciego, con artritis y parkinsonismo, aun mantuviera disposición y competencia para estrangularse mediante un oportuno cable eléctrico nunca hasta entonces advertido por los extremados vigilantes. Trasladado al hospital británico, se certificó su muerte el 17 de agosto de 1987. El cadáver no pudo ser examinado por sus deudos y amigos.
El encuentro de la justicia con la locura, tapadera que cuando conviene llueve del cielo, se enfangó en Nüremberg con el derecho de “debellatra” en cuyo amparo y en un tiempo elegíaco, unos jueces, jueces y parte, superados y con aires de ejemplaridad, rechazaron cualquier atenuante. Y fue así como, el Tribunal Internacional, promiscuo y encontrado ante los escrúpulos y vacilaciones de los peritos, resolvió las discordias conviniendo en la pena de prisión perpetua que acabó por satisfacer a los rusos a cambio del libre paso de un contingente de tropa para la guardia de la prisión de Spandau. Una cabeza de puente en la zona británica modesta como espacio físico pero de inmenso valor en la complejidad de la trama política.
Así se solventó el apretado lance de ahorcar a un mensajero de paz reprobablemente encausado retrotrayendo leyes dictadas por los vencedores con posterioridad a los hechos. Un fatídico Kharma, el de Hess, difuminado en incógnitas, secretismos y encubrimientos de una realidad funesta donde todo discurre de modo trastocado y escabroso, en tétrica soledad, arrastrado por un vendaval que respetó una vida al tiempo que negaba una locura. Los jueces de Nüremberg, probablemente creyendo cumplir con su deber, olvidaron que los dictados de las circunstancias son brutales negreros del pensamiento y de la razón. “Todo convencimiento” dijo al hombre Zaratustra “es una cárcel”.
UN DIAGNOSTICO PARA HESS
Tras la liberación de Speer, Hess permaneció preso durante otros veinte años, en áspero aislamiento sólo quebrado por la relación afable que entabló, avanzada la pena, con su carcelero Eugen Bird. Se le privó hasta de su nombre: fue “el preso 7”.
La locura, esa locura que el propio Hess sugirió en su carta de despedida y que el duque de Hamilton creyó reconocer, se difundió oficialmente por radio Munich; cuestionada por Churchill, debatida más tarde por psicólogos y médicos, concluyó, al fin, negada por el tribunal. Fueron razones políticas, no clínicas, las que trocaron el patíbulo por reclusión a perpetuidad. Sin asomo de clemencia. ¿Cabe mayor condena para un hombre que medio siglo de soledad, hasta la muerte, tanto más humillado y ofendido cuanto más torturante la cordura?
Recientemente, “El Hundimiento”, la versión cinematográfica del relato de Joachin Fest (“Der Untergang”) sobre las últimas horas del Reich en el “Bunker” de Berlín ha traído a nuestros días un plausible final del pandemónium: suicidios, filicidios, parricidios...; irritación, abandono, desesperanza, alboroto, borracheras... Mientras, en la calle, bombas, obuses, ametralladoras y balas perdidas; caos y ruinas, brutalidad, violaciones y muertes a millares... La consumación de un mesianismo.
¡Menuda exquisitez la de los “gentlemen” que fraguaron la hecatombe! Masacres legitimadas de Auschwitz, Varsovia, Stalingrado, Dresde, Berlín...; meses después, y de postre, un par de “bombas de estreno” sobre Japón.
¿Era un loco Rudolf Hess?
La respuesta, lejos de fórmulas médicas, la había anticipado tiempo atrás, el místico Rector de la Universidad de Salamanca: “la locura de un hombre deja de serlo”, concretó Unamuno, “cuando es locura de un grupo, locura de un pueblo, locura del género humano”.


(1) Diferenciar entre incapacidad para responder a un interrogatorio judicial y simulación de no poder hacerlo siempre implica dificultades. Como el silencio del acusado impidió siempre la condena, en los reinados Tudor y Estuardo se estableció la “peine forte et dur”; se aplastaba lentamente al acusado prensándole con tablones y con piedras hasta la muerte, salvo que optara por hablar y colaborar con la justicia. Convicto o muerto, las propiedades del juzgado pasaban al “exchequer”.

(2) Pacto en que se decidió la invasión y partición de Polonia, firmado en Moscú por Ribbentrop y Molotov (23 agosto 1939).

(3) El paso de un grupo militar para el relevo mensual de la guardia de la prisión formada por tropas de cada una de las cuatro potencias ocupantes.

7 comentarios:

TheoSarapo dijo...

Buenas tardes y buena suerte.

cat dijo...

¡Val! ¡Amos! ¡Miaqué! ¡Pos anda! ¿Y esto para la noche de Reyes?
Menos mal que he puesto Antonio Colodrón en el Google y en la 2ª y 3ª entrada salimos; luego hay un + , que picado, nos vuelve a sacar 5 veces: ¡Que tiempos aquellos!

fernando terreiro dijo...

pedrowesterman dijo...
Lo de Factual es una puta tomadura de pelo. La página 4 de "el periódico" está en blanco en un 85% y varias en un 50%.
¡A cascarla!

Pues ni te cuento lo de hoy.

Ártabro dijo...

Sí, que tiempos.

sarapo dijo...

Pero bueno ¿ya saben lo que los han traído los Reyes o qué?

sarapo dijo...

En 16 años de profesión es la primera vez que veo entrar a tres Reyes Magos en una planta de psiquiatría. Yo creo que el negro, negro auténtico, iba puestillo. Gaspar y Melchor eran auténticos, uno con gafas y el otro un xateru de cuidao. Una real visita. Pura Faction. Que Dios se lo pague.

fernando terreiro dijo...

A mí, puestos a hablar de nazis, me traen la biografía de Himmler.

Por cierto hoy mi hijo leyendo a Mortadelo me pregunta si a los locos les siguen poniendo esos trajes, refieriéndose a las camisas de fuerza. Yo, muy seguro, le he respondido que no, que ahora les arrean un pastillazo y el enseguida me ha dicho "que les duerme ¿no?". Ahora me asaltan las dudas de padre ¿le he contado la verdad?