4 de enero de 2010

El Caso Hess (I)

EL SER O NO SER DE UNA LOCURA: LOS HECHOS

Antonio Colodrón. Psiquiatra. Madrid

SPANDAU
1959 es un año pródigo en sucesos. Lejos queda ya el “bip-bip” del primer Sputnik que conmovió la ciencia cuando se descubre la trisomía del síndrome de Down, se practican con éxito dos trasplantes renales, Fidel entra en la Habana al vítor de los barbudos, Ochoa recibe el Nobel y un ciclista de Toledo gana “el Tour”. De puertas adentro, revienta la presa de Ribadelago, nace un plan de estabilización económica y el Tribunal de Orden Público se dota de una nueva ley; en los tórridos días del verano, tras una esforzada lucha de nueve horas, el Jefe del Estado pesca un cachalote grande y fiero a bordo del Azor.
Me encuentro en Berlín, donde Willy Brandt es el alcalde, disfrutando de una jugosa beca del Senado. Berlín es el centro de la confrontación política mundial: refugiados, espías “ost” y espías “west”, cuatro áreas de ocupación, dos ideologías y dos formas de instalarse en la supervivencia. Dos culturas; dos universidades, la “egregia”, “la Humboldt”, venida a menos y la naciente, no glorificada y “libre”, la “Freie Universität”. También dos psiquiatrías, dos modos de averiguar y manejar la patología del hombre.
Berlín, se dice, es una ciudad dividida. No es cierto; lo fue después. Por el momento es una ciudad separada de su “Hinterland”, pero una ciudad doble donde una parte vive con el dólar y la otra con Marx: “á toute seigneur tout honneur”, a cada uno según su importancia. Faltan dos años para la fechoría de querer separar ideas mediante alambre de espino y toneladas de hormigón. A menudo, durante las entrañables y apasionadas controversias políticas entre los compañeros del “ Studentendorf” surgen discrepancias en torno a los procesados en el Juicio Internacional de Nüremberg. Montescos y capuletos me sugieren acercarme a Spandau en el sector británico, muy cerca de nuestra residencia, donde se encuentra la cárcel en la que permanecen, todavía, algunos jerarcas nazis. “Sehen um zu verstehen” me dicen, ver para entender.
Al fin, venciendo pereza y frío, una mañana de marzo me enfrento al viento glacial que arrastra sobre el suelo helado ondas de nieve terciada con gotas de agua casi cristales. Transcurrido medio siglo aún mantengo vivo en la memoria el aspecto imponente del penal, su masa enorme de ladrillo envejecido, las grandes ventanas con negras rejas de encierro, la puerta colosal con poderosos torreones que la soportan y los muros, muros altísimos cercados por una terrífica alambrada con blancos aisladores cerámicos que señalan el peligro eléctrico y presagian, de cierto, la muerte. En mitad de la mañana estremece un recelo de la noche. Árboles pelados de ramas grandes escarchadas; árboles espectrales, de ahorcado. Aterido, miro sin querer mirar el congojoso edificio: la vieja fortaleza de Spandau, sede, por voluntad de las potencias ocupantes del tártaro mismo de la desnazificación.
Hoy, medio siglo más tarde, nada queda del tétrico edificio. Fue demolido a los pocos días de morir el último penado. No hay testigos. Los materiales de derribo se arrojaron íntegramente al mar, celosos, los vencedores, del mercado de reliquias y del magnetismo de los restos santuarios. Un certificado de muerte por suicidio del “preso 7”, que ni siquiera constató las grandes heridas del cadáver vestigio de la primera guerra, quiso cerrar el problema pero el presente, oscurecido por la complicidad de la historia, sigue abierto a un baile de secretismos y rumores, de sinrazones, conveniencias, medias verdades y contradicciones de buenos y malos. Un discordar que incita a inquirir en la incógnita escondida tras los muros del lóbrego penal: el ser o no ser de una locura, la duda que empujó al tribunal a optar por decidir sellar hasta la muerte la palabra del penado, un “lunático responsable de sus actos” que, con bandera blanca y más o menos embaucado, se presentó en tierra enemiga mensajero de unas propuestas de paz y acabó, tras cuatro años de encierro en Inglaterra, confinado hasta la muerte en Spandau por hechos, anteriores a 1941, tipificados como delitos cinco años después.



















LOS HECHOS
La noche del diez de mayo de 1941, un bimotor Messerschmitt M-110, último grito de la aeronáutica alemana, tras un vuelo sobre el Mar del Norte de más de novecientas millas, se precipita contra el suelo de Escocia, cerca de la residencia del duque de Hamilton con quien el piloto pretende entrevistarse. La oscuridad de la noche propicia la ofuscación de esos primeros pasos. El piloto, que confía en los contactos con un grupo pro paz germano-británico, no encuentra la pista de aterrizaje de un pequeño aeródromo privado que, conforme a lo convenido, debiera de estar iluminada; confundido, el intruso da varias vueltas en torno a las coordenadas prefijadas hasta que, agotado el combustible, se lanza en paracaídas. Herido en un tobillo y desorientado recibe ayuda de un granjero quien, tras acogerle en su casa, telefonea a la “Home Guard” ante la que el extraño, con uniforme militar pero desarmado, se identifica con nombre falso como capitán de la “Luftwaffe” y dice ser portador de un importante mensaje para Hamilton.







Aquella noche Londres ha sufrido un despiadado bombardeo y la vigilancia especialmente atenta de la British Airforce ha detectado el solitario Messerschmitt que, quizás inalcanzable por su mayor velocidad, quizás porque alguien no quiso derribarle, se ha introducido en el espacio aéreo británico. La condición del aparato y el retirado lugar del accidente despiertan las primeras conjeturas sobre la misión de aquel hombre cuya tranquilidad y modales distan mucho de la inquietud y preocupación comunes en los aviadores derribados. Cuando a la mañana siguiente se encuentra con el Duque, a quien el piloto conoció años atrás durante la Olimpiada de Berlín, se presenta con su verdadera filiación, Rudolf Hess, lugarteniente de Hitler. Acto seguido, hace entrega de unas propuestas de paz.
Hamilton, asombrado y sin poder entender nada, informa de inmediato a Churchill: “el detenido es Rudolf Hess y esta rematadamente loco”. Fue este el prologo de una desventura prolongada y luctuosa, urdido en el impenetrable ardid de los servicios secretos británicos cuyos ficheros fueron, más tarde, completamente destruidos.
Hasta aquí, “sine ira et studio”, la candorosa visión que se repite de un vuelo sorprendente, de una hazaña del viceführer que, con el posterior descalabro germano, devino infame.
Como conducta poco comprensible, la de Hess trató de explicarse por un trastorno mental al uso, una forma más o menos acrisolada de locura. El propio Hess sugería en la carta que dejó en manos de su ayudante el capitán Pintsch, para ser entregada al Führer al día siguiente del vuelo: “si algo sale mal, podrás decir que estoy loco”. La aparatosa reacción de Hitler al recibirla, tal vez más apenado que enfurecido y obligado a disfrazar sus sentimientos (“una reacción airada y descontrolada”, entendieron los presentes) fue, de inmediato, la llama que encendió la opinión más conveniente: Hess estaba loco. Y así se dio a conocer en un conciso comunicado oficial difundido por Radio Munich: “El Partido Nacionalsocialista informa que Rudolf Hess, enfermo desde hace años, se ha apoderado de un avión y, a pesar de la prohibición de volar, despego de Augsburgo el 10 de mayo sin que aún haya regresado. Una carta dejada por el explica que padece un trastorno mental con síntomas alucinatorios”.
No faltó sin embargo quien creyó ver en el berrinche de Hitler “consternación y sorpresa perfectamente interpretadas”.(1) Cuesta admitir su ignorancia. Los repetidos vuelos de ensayo de Hess, las visitas a la factoría Messerschmitt para introducir cambios en el M-110 (mandos reformados para posibilitar el control del aparato por un solo piloto; depósito suplementario de gasolina y otras varias innovaciones técnicas), la amistad con el ingeniero jefe de la fábrica, la vigilancia de los escoltas... ¿cómo atribuir tan garrafal incompetencia a los servicios de inteligencia alemanes? ¿no es más lógico pensar que Hitler y Hess, íntimos amigos por encima de su relación jerárquica, idearan conjuntamente las líneas generales de una operación destinada a conectar las facciones pro apaciguamiento germano-británico opuestas a la intención de Churchill de instigar el choque germano-soviético? (2)
Es poco verosímil que Hess tomase la decisión de una empresa de tal calibre sin conocimiento de su jefe. En todo caso parece cierto que en estos contactos intervino como mediador un grupo político británico disidente que solo existió en la ficción y supo formar un complejo entramado manipulador de cartas e informes que, detectados por los servicios secretos, se contestaban con astutas falsedades. Una amplia operación (“señores H.H.H”) que supo aprovechar el soterrado movimiento antisoviético de grupos proclives incluso a la confrontación conjunta de ingleses y alemanes contra Rusia: el ambiente oportuno para dar credibilidad al refinado engaño de la operación de la que, si bien con posterioridad desapareció cualquier referencia, dejó oscura memoria de un enmarañado ejercicio de espías y contraespías coordinado por miembros del Ejecutivo de operaciones de los Servicios de Inteligencia. (3)
Hay, no obstante, algunos argumentos a favor de que el vuelo pudo deberse a la iniciativa personal de Hess: deseo de prestar un servicio muy privativo a su país, temor a verse paulatinamente relegado por altas jerarquías próximas a Hitler (Göhring, Himmler, Martín Borman...), afecto por todo lo británico (familia inglesa, formación en Alejandría), anticomunismo visceral... Conocedor de la operación Barbarroja, tal vez pensó que adelantándose a ella en apoyo de los ingleses lograría un lanzamiento personal. La paz era sentida por Alemania como imprescindible para evitar un doble frente cuando se reiniciara la guerra contra Rusia.
Con notable sagacidad, los servicios secretos británicos consiguieron llevar al ánimo de los diligentes nazis la patraña de sentirse íntimamente derrotados y, en consecuencia, sedientos de paz mientras propalaban toda suerte de rumores sobre organizaciones clandestinas de oposición a Churchill con un objetivo: ganar tiempo en espera del comienzo de las hostilidades contra Rusia y de la ayuda norteamericana.
Durante más de un año se habían repetido, por iniciativa alemana, tanteos de paz con Inglaterra siguiendo vías de muy distinto calado; embajadores, espías y mensajeros marginales llevaron de un lado a otro múltiples propuestas y condiciones alternativas, incalculables miserias humanas, trampas y fingimientos, ofertas y contraofertas de sectores afines y distintos entramados en un oscuro descaro. Cuando el huracán pasó, odios y conveniencias inventaron y aún tiran del hilo, gestas y semblanzas que dan por sentadas especies absurdas; leyendas que dicen ver luz en las negras tinieblas del desastre.


(1) Churchill, sagaz y circunspecto, a los cuatro o cinco días informo telegráficamente a Roosevelt de las pretensiones de Hess a las que, mesuradamente, añadía: “Hess parece estar en buenas condiciones de salud; no es exaltado y no muestra signo de locura. Ha declarado que la iniciativa es suya y que Hitler la desconocía”.

(2) Parece suficientemente aclarado que el viaje (tanto el de Hess como el de Ernst Bohle, director de la Ausland Organization, en que anteriormente se había pensado por sus muchas relaciones con personas influyentes en Inglaterra) fue un intento de negociar con alguno de los grupos ingleses que se suponía podrían arrebatar el poder a Churchill.

(3) H.H.H. (Hitler, Hess, Haushofer). Karl Haushofer, defensor a ultranza de la geopolítica, mentor admirado de Hess, fue hallado muerto por ahorcamiento unos meses después del fin de la guerra; a su lado, su esposa, judía, envenenada con cianuro. Uno de sus hijos, Albrecht, asesor y amigo de Hess fue asesinado por la Gestapo, tras varios meses de encarcelamiento, días antes de la caída de Berlín, implicado en el complot de von Stauffenberg.

10 comentarios:

TheoSarapo dijo...

Buenas tardes y buena suerte

TheoSarapo dijo...

Artículo publicado en JANO por Antonio Colodrón.

Anónimo dijo...

La mejor novela de Camus es la menos leída. LA CAÍDA.

BT

pedrowesterman dijo...

Después de ver "El País Semanal" uno piensa que Verbeke sería mejor ministra de cultura.

pedrowesterman dijo...

Más de medio centenar de intoxicados por cloro en talasoponiente (el balneario de Gijón).

pedrowesterman dijo...

Lo de Factual es una puta tomadura de pelo. La página 4 de "el periódico" está en blanco en un 85% y varias en un 50%.
¡A cascarla!

Anónimo dijo...

Increíble.

pedrowesterman dijo...

ya han ido rellenando...yo había entendido que las 20 era la hora de cierre, pero parece que no.

mecanikong dijo...

Camus y Hess. Volamos alto. Cuelgue ya la parte II.

fernando terreiro dijo...

Factual merece la pena solo por leer en un medio (por pequeño y virtual que sea) que C´s y Upyd deben presentarse juntos en Cataluña.

¡Y yo que creía que Arcadi no creía en la ficción!