24 de octubre de 2009

La Costa Oeste

Hay momentos en la vida que son buenos y hay otros que son mejores. Estos son los imprescindibles. Tengamos en cuenta que Los Angeles no existe como ciudad y que ya casi no quedan angelinos que cuiden de sus mansiones, de sus piscinas con niñas preciosas, de sus nadadores y de sus palmerales. Pero tras la fantasía y el fraude suele estar la terca realidad. Y esta terca realidad fue la que nos llevó a visitar el boulevard La Cienega, en Beverly Hills, a unas autopistas de Rodeo Drive. Allí conocimos por primera vez la cocina del mierense José Andrés, cocinero asturiano criado a los pechos adrianenses que pasea sus reales por toda Norteamérica. Sabíamos de la pujanza de su cocina en Washington, en sus abarrotados locales de tapas. Jose Andrés también ha abierto garito en New York y desde hace un año regenta un interesante local-Bazaar- en el lobby del Hotel Excelence, en Los Angeles, ciudad que sabemos que no existe como tal. En Bazaar ejerce su magisterio el joven sumiller Lucas Payá que hace un par de años dejo El Bulli para seguir los pasos de Jose Andrés por el mundo. Lucas es un excelente anfitrión y un tipo con las ideas claras: quiere transformar el Bazaar en uno de los mejores restaurantes de LA. Lo tiene difícil pero la novedosa oferta gastronómica que presenta tiene mucho cielo ganado. A su lado crece el Nobu, siempre firme y un poco mas allá, el Masuhitsa, el buque insignia de la armada nipona. Pero ya digo que todo esto no es real porque los angelinos son tipos tan rudos, ignorantes y violentos que raramente ven mas allá de las tetas de silicona de las hamburgueseras del Hooter.
Todo tiene su fin y hubo que irse de LA. Saltando entre autopistas, interestatales y bulevares interminables acaba llegando uno a la playa de Santa Mónica, llena de surfistas, culturistas y gente de malvivir. Al lado cae la decadente Venice, el loco intento de un magnate americano por hacer en una playa californiana una nueva Venecia. Pero ahí resiste digna Venice, como Lolita Pluma, con su caspa atrasada, sus vagabundos colgados de añejos tripis y sus borrachos de cerveza barata. Y un playa honda de arena blanca y fina como lo es todo el litoral californiano hasta Malibú.
Pasado Malibú, el viajero y sus tres mujeres decidieron internarse con su Chevrolet nacarado en el delicado e idílico valle de Santa Ynez. En las casitas de chocolate danés de Solvang supieron que solo la bondad de ese clima permite que florezca la apreciada uva pinot noir, de piel tan delicada como el corderito Norit. Tras visitar Santa Ynez, los cuatro se acercaron a un lugar llamado Neverland al que no pudieron acceder por hallarse el rancho blindado por varios vehículos de seguridad. Al viajero le sorprendió lo inhóspito y apartado del lugar así como el importante colegio de niños que hay justo enfrente de la mansión del difunto Jacko, allí, en mitad de la nada.
Decepcionados por la brevedad y el final del cuento, el viajero y sus damas volvieron al vergel vitivinícola y en el café Los Olivos, donde hace años un par de amigos rodaron Entre Copas, dieron cuenta de unos excelentes caldos. Solo faltaron unos espetones de sardinas frescas y me hubiese puesto a gritar como un poseso. Porque me coge un deseo de vivir...












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Yo no vuelvo más...

22 comentarios:

TheoSarapo dijo...

Buenos días y buena suerte

TheoSarapo dijo...

Gracias a don Protactínio por sus recomendaciones. Nunca fallan.

Ártabro dijo...

Decía Jardiel Poncela que en las playas de Hollywood, por la noche, lo mejor que se podía hacer era tumbarse sobre las estrellas para contemplar la arena.

chm dijo...

Cuando alguien va de viaje y vuelve hablando de comida no sé que pensar.

Sarapo, o no me lees o pasas de lo que pregunto ¿negocios o placer?

Mercutio dijo...

Esti Jambrina ye mundial: marcha pa Los Ángeles cuando vien la guapa.

Ártabro dijo...

¿De quién, o de qué, huye, Sarapo?

chm dijo...

Esa me la sé, Artabro:
Del paso del tiempo.

cat dijo...

chm dijo...
Cuando alguien va de viaje y vuelve hablando de comida no sé que pensar.

Elementary, my dear Watson: Lo suyo no es la mortadela.

sarapo dijo...

Artabro: Jardiel era un genio. Yo que soy mortal, miro bizqueando para todas las tetas que puedo.

TheoSarapo dijo...

Mercutio. Lo de Desperate Women es le pufo Sofico. Se rueda en un garage de Los Angeles. Wisteria Lane es de cartón piedra que yo lo he visto. Me imagino de qué será la Eva...

TheoSarapo dijo...

Chm. Yo nunca cejo amor, yo nunca cejo.

TheoSarapo dijo...

Cat, gracias por el revés liftado. Juego, set y partido.

Protactínio dijo...

Gracias, maestro. Páselo usted la mar de bien. Y vaya con sus chicas, como le dije, a la esquina de la 58 con Castro. Ya en Frisco. Al lado, hay un Starbucks con bellos camareros y wifi gratis. A ver si nos manda un recuerdillo desde allí.

ana dijo...

Yo voy todos los veranos a la Costa Oeste: a la costa oeste de Galicia. Por glamour que no quede.

lafoca dijo...

Han arrancado y puesto patas arriba a dos de mis gemelas de Ferrera. Grrrr.

chm dijo...

Una ex-ministra de sanidad de Finlandia se ha vuelto loca en directo.

Anónimo dijo...

Corre el rumor de que es prima de la monja.


Paula

cat dijo...

De volverse loc@ en directo:


mejor
la rusa.

Dominical, musical y factor.

i, m not harvey milk dijo...

Querido Protactínio.

Yo no soy Harvey Milk y Castro nunca se encontró con la 58. Pero me he hecho una foto en la esquina de Castro con la 18, en la llamada "esquina más gay del mundo".

Anónimo dijo...

http://www.youtube.com/watch?v=ypORasqfs3s&feature=player_embedded

cat de noche dijo...

Del libro El Día D de A. Beevor.

"El neuripsiquiatra de la 2.ª División de Infantería, el comandante David Weintrob, señalaba con cínico sarcasmo que fue enviado a tabajar con "un esfingomanómetro, un juego de cinco diapasones, un martillo de percusión y un oftalmoscopio."
(para tratar los casos de agotamiento de combate, también llamado shock o fatiga de combate.)

De qué se queja usted, mon amí chm.

chm dijo...

De nada, ciertamente... como se sabe las pirámides se construyeron con esclavos y por tanto todos perdimos el derecho a quejarnos.