Ayer un tipo llamado Alvaro Delgado-Gal publicó en el ABCD de las letras un artículo que empezaba así: Internet y el abuso de los viajes nos están quitando el hábito de la lectura larga. Entiendo por ésta la que se ejecuta sin perdonar una sola línea, por pesado o extravagante que sea el volumen que el azar o la necesidad han puesto en nuestras manos.La lectura larga exige dsiciplina, tensión y cierta deferencia a la cultura....
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Mi infancia son recuerdos de un balón de reglamento. Hay un balón cosido a mis pies en casi todas las primeras fotos que conservo. Luego, toda mi vida ha seguido ahí. Desde él se desprenden las nostalgias. Aquellos maravillosos años. El Bilbao y la selección, en amigable entrevero. Por eso Iríbar, que era uno y estaba en cada uno de los dos siempre el primero.
Al principio la tristeza en blanco y negro: Quino, que luego sería abogado AFE, nunca le metió un gol a Rudakov y nos quedamos sin Europa en el 72. Nunca he visto tantos balones a los palos como aquella noche sevillana. O así los recuerdo. Y pronto, el primer desespero. El gol de Katalinski a Iríbar. Repaso la única foto de aquel desempate que nos dejaba sin mundial en 1974: pocas veces el verbo rematar tuvo tan buen aposento. Iríbar cae a plomo al suelo. Ya no se levantaría más. El Chopo ardió aquella fría noche de febrero en Francfort. Ya luego, en la adolescencia, hasta el cuello de la camisa me pide no volver la vista atrás. Un desespero: Argentina y La Martona. Y luego, el Naranjito.
Cuando ya fuimos un poco mas hombres, un clásico de la provincia llamado Miguel Muñoz volvió a meternos la ilusión en el bolsillo. La noche del Buitre en Querétaro y el gol parisién de Maceda a Schumacher fueron buenos remiendos del bombo popular. Y vuelta a la noche menos hermosa. Y mi Athletic que tras ganar dos Ligas increíbles se había ido convirtiendo en un coto privado del nacionalismo, en un equipo de jóvenes vascos que rezaban mucho y con fervor antes de saltar al campo. Un equipo de creyentes donde casi nadie pensaba nada. No podíamos seguir así. Y nos hemos ido alejando. Por el medio se han cruzado breves escarceos amorosos y alguna noche de putas: una temporada en el Tartiere y dos en El Molinón. Pero nada ha cuajado. Siempre se vuelve al primer amor.
La selección. La de ahora es un equipo con escasa identidad anímica. Es una devoción diluida que se presenta más fácilmente como grupo de amigos (generación JASP) que como equipo representativo de una nación. No hay uniforme estable, el himno no tiene letra y a algunos jugadores les cuesta decir España sin hablar antes de Estado español. Como la vida tiene de mucho de imitación algún bobo solemne insiste en llamarle la roja. No pasará nada porque estas cosas del fútbol, por suerte, acaban teniendo una trascendencia igual a cero. Porque salvo algún insensato ya nadie quiere volver a pasear por las plazas rojas.
Pero parece que esta gente que lleva una camiseta del mismo color está funcionando bien como grupo. Gente que se lleva bien. Y me rindo ante la contumacia del sabio de Hortaleza, despreciado por la inteligencia de Poli Rincón, Guasch y cia (Si éste es el sabio¡ cómo será el tonto!...). Y me gusta que haya gente como Casillas o Xavi, tan buenos jugadores como bocas prudentes y sensatas. No es que hayamos hecho mucho. Le hemos dado dos revolcones a los rusos y hemos ganado a los italianos de la década pasada a los penaltis. Pero ahí estamos. Como al principio. Con toda la infantil ilusión por delante. Cerrando los ojos. ¡.......no hay ninguna¡
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Para Debbie, en obediencia, sabiendo le gusta. El himno alemán.
Backrooms: notas sobre la vida de la mente
Hace 7 horas

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