
Patrona de imposibles y funcionarios.
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Un tal Rafa Lahuerta reflexiona sobre el valencianismo, sobre el poder, sobre el fútbol y sobre la vida. Que todo es uno.
LO QUE NOS MERECEMOS (publicado hoy en Levante-emv)
Rafael Lahuerta Yúfera*
Mas allá de su manifiesta incapacidad para gestionar un club de la magnitud del VCF, a Soler le ha vencido por encima de todo su afán populista: ese deseo pueril de resultar carismático entre la masa inconsistente pero voraz del valencianismo más prosaico. Al respecto, la memoria no engaña. En agosto de 2003 Jaume Ortí fue criminalizado por ser un dirigente sensato. Y sólo el disfraz de gallina Caponata lo elevó a los altares de presidente del pueblo: esa etiqueta irreal y falsa que demuestra la ligereza de buena parte del periodismo actual.
Al rebufo de esa anécdota llegó Soler a la presidencia. La edad de oro exigía una renovación. Pero Soler, que con peluca naranja podía redoblar el esperpento, quiso llevar el populismo al día a día y se afanó en la tarea de alargar un chicle que perdía sabor. De la mano de Llorente fichó a Ranieri para compensar en el corazón de la tribu el adiós de Benitez; compadreó y renovó a las vacas sagradas para no padecer broncas en las presentaciones; alimentó un autodestructivo cisma entre dos leyendas del club: Carboni y Quique; satanizó a la izquierda para llevarse el terrón de azúcar de Camps; fichó caro y a destiempo para eludir refriegas estival; y permitió el más difícil todavía al apartar desde el caciquismo irresponsable a res jugadores de la plantilla, provocando la avalancha de rumores, miseria moral y división social más vergonzosa en 90 años de historia.
Ahora, muchos de los que le vendieron las acciones abominan de él. Y el rumor del graderío practica el cinismo de ponerse medallas por animar al equipo frente a Osasuna y Zaragoza, como si hacer lo obvio exigiera palmaditas en la espalda. Los medios, que saben que hay que cuidar a la clientela, refuerzan el mito, alargando el engaño y la autocomplacencia de la millor afició del món.
Pero por desgracia, intuyo que limitar la autocrítica a jugadores y dirigentes como pretenden las peñas es otra huida hacia adelante de eso que algún día debió ser el Pueblo de Mestalla. Porque nosotros, huelga decirlo, también somos cómplices y responsables subsidiarios. Primero por vender las acciones con frivolidad, y después por alimentar y no frenar el pensamiento débil que nos ha convertido en simples espectadores de nuestro patrimonio sentimental: en tristes consumidores de opio-ocio-fútbol. Esa visión, que el espectador-niño no se enfade ni se aburra, ha generado una doctrina perversa alrededor del club: la del cliente malcriado que si no se divierte con el tiki-taka se convierte en enemigo de la causa.
De un tiempo a esta parte además, la grada se defiende con argumentos irrisorios. Como por ejemplo que los jugadores son profesionales y nosotros pagamos. Argumentos irrisorios porque cosifican lo que es militancia y sentimiento, y se mercantiliza lo único que de puro le quedaba al fútbol: la incondicionalidad. Argumento doblemente falaz porque a la hora de la verdad es la propia grada la que exige renovaciones desorbitadas y nuevos ídolos con pies de barro a los que luego tachar de mercenarios, siguiéndole así el juego a esa chusma sin escrúpulos que son la mayoría de representantes y sus altavoces mediáticos.
Sin duda, la lógica interesada y egoísta ha contaminado el escenario hasta la nausea. Infantilmente, la grada se ha llenado de consumidores que quieren ser felices en el fútbol. Una mentira que desdice el carácter incondicional y agónico de la militancia. Porque en esencia, el fútbol es un acontecimiento absurdo y enfermizo, casi siempre poco vistoso, que sólo ocasionalmente ofrece destellos de gloria. Y que como la propia vida, y de ahí su grandeza, es oscilante y sujeto al impulso de valores discretos pero firmes: la paciencia, el trabajo, la humildad, la entrega. Valores todos ellos que entran en clara colisión con esta Valencia de los eventos y la fanfarronería wollsteiniana. Bien pensado, el VCF no es más que la metáfora suicida de un modelo que nos ha puesto en el mapa pero nos ha sacado de la realidad.
* Socio del VCF desde 1972.