15 de noviembre de 2008

LA VOZ Y LA PALABRA

PANTAGRUEL EN EL BIERZO, un desternillante relato de Julio Llamazares.




A los cincuenta años, uno ha asistido ya a las suficientes cenas, comidas y banquetes como para tener un anecdotario al respecto incluso digno de ser escrito. Desde un cocido jurídico en el que los abogados, al terminar sus juicios, dirimían a partes iguales, delante de una fuente de garbanzos con tocino, los menores cuantía y el congrio al ajo arriero, las homicidios y el pollo de corral, los contenciosos administrativos y el conejo de monte asado a la parrilla, identificando aquéllos por lo que comieron luego, hasta una cena posliteraria en la que el organizador del acto, un hombre que andaría por los 130 kilos, pidió la carta completa en el restaurante en el que me invitó a cenar, uno ha participado ya en las más disparatadas y esperpénticas comidas, algunas dignas del libro de los récords. Ninguna, sin embargo, tan esperpéntica, tan desmesurada y bufa como la que se celebró en Villafranca del Bierzo, en León, con ocasión de la Fiesta de la Poesía del año 1976 y a la que yo asistí en calidad de poeta, uno de los diez o doce galardonados. Se me perdonará el desliz por mi juventud. Fue en el célebre restaurante La Charola, famoso en todo el noroeste por la abundancia de su comida y por la generosidad del dueño, que servía los platos en grandes fuentes y los postres siempre sin empezar; quiero decir que, si uno pedía una tarta, por ejemplo, ésta le llegaba entera, y lo mismo a cada comensal, sin que nadie supiera qué destino le daban a los restos, que a veces eran más que los que se consumían. Y, así, lo mismo con el flan, o con el tocinillo de cielo, que era una sábana. Pero la fama de La Charola llegó a su máxima cota con ocasión del banquete que sirvió un día de primavera del año 1976, el primero después de muerto Franco, con ocasión de la Fiesta de la Poesía, que ese año alcanzaba su undécima edición. Después de los versos en el jardín del pueblo, después de los ditirambos y los elogios de los mantenedores, después de que el ganador del premio declamara, muy henchido, su poema (los finalistas lo habíamos hecho ya el día anterior por la noche) ante las autoridades y el público asistente, todos los invitados nos fuimos a comer a La Charola, a un banquete presidido (con los tirantes con los colores de la bandera española bien visibles, como acostumbraba a hacer por aquella época), por el ministro entonces de la Gobernación, Manuel Fraga Iribarne. Sobra decir que, en torno a él, las fanfarrias, los besamanos, los guardaespaldas, los palmeteos y las inclinaciones de espalda de 45 grados de los corifeos, entre los que se encontraban todas las autoridades locales, iban acordes con la situación. Y también que a los poetas, excepto al ganador, que estaba entre ellas, nos colocaron en el extremo opuesto de la presidencia, quien sabe si por seguridad o por tenernos lejos sin más. Lo que no quita para que, al final del banquete, fuéramos el centro de éste, cuando ya los asistentes estaban todos borrachos o a punto de reventar. Para no relatarlo entero, me limitaré a decir que duró seis horas y a transcribir entero el menú, cuya tarjeta conservo desde aquel día tal si fuera una reliquia gastronómica. Atención, que va seguido: cigalas, gambas, percebes, langostinos, croquetas a la española, riñones al jerez, mollejas a La Charola, callos, salchichón, chorizo, jamón serrano, jamón de York, lacón prensado y ensaladilla rusa como entremeses; lengua escarlata rebozada, truchas del Burbia (el río de Villafranca) en escabeche y a la piedra, botillo, olla podrida (cinco carnes distintas), ternera mechada, ternera asada y cabrito lechal como platos principales; y, de postre, otra docena: tarta de manzana al estilo de Raquel (la dueña del restaurante), tarta de bizcocho al estilo de Raquel, tarta helada, macedonia, flan Charola Vieja, tarta de los poetas, tarta homenaje a Victoriano Crémer (el presidente del jurado del Premio de Poesía) y llemas (así, con ll, que llenan más) Todo ello, por supuesto, convenientemente regado con los famosos vinos del Bierzo y rematado, como es costumbre en la zona, después de los licores y el champán, con la típica queimada de aguardiente, preparada especialmente en esa ocasión por el industrial bodeguero de Villafranca Francisco Pérez Caramés, y servido, no como es costumbre ahora, en pequeñas raciones minimalistas para su degustación, sino al estilo de La Charola, esto es, en grandes fuentes y con la posibilidad de repetir quien lo deseara. Sobra decir, por ello, que, cuando Francisco Pérez Caramés empezó a quemar el orujo, varias horas después de haber dado comienzo la comida, ya todos los invitados habían perdido las formas y el restaurante era un griterío en el que era imposible ya escuchar nada al de al lado. Recuerdo ahora a mi amigo el poeta José Carlón, que me acompañó aquel viaje pese a no haberse presentado al premio, subido en una silla y sirviéndose el champán como si fuera sidra de Asturias y a una poeta peruana encaramada a la mesa bailando un baile de su tierra mientras Antonio Pereira, poeta de Villafranca y uno de los organizadores del premio, le recitaba rodilla en tierra un poema cuyos versos finales eran : "…¡Y, si un día te conviertes en gallina, / pido a Dios que me convierta en gallo! . Como es de imaginar, el alboroto y el despropósito aumentaron con la queimada y, a la siete de la tarde, cuatro horas después de comenzado el banquete, ya todo el mundo, incluso los abstemios, estaba dando gritos y fumando enormes puros mientras las atildadas señoras del mediodía, perdida la compostura, resoplaban y se abrían los escotes buscando el aire que les faltaba. En medio de todo ello, Pantagruel, que tal me pareció, entre el humo de los puros y los efluvios del aguardiente de la queimada, la imagen de Manuel Fraga permanecía en su puesto sin dejar de comer ni de beber, obligando a sus corifeos a hacer los mismo para no dejarle en evidencia. No en vano eran proverbiales tanto su capacidad rumiante como su mal carácter cuando le enfadaba algo. Pero, aquel día, Pantagruel estaba de buen humor, quién sabe si por el banquete que le había ofrecido La Charola o por su reciente nombramiento ministerial (era la época en las que aspiraba a ser el hombre de la transición política). El caso es que permaneció relajado y sonriente toda la tarde, eso sí, sin dejar de comer ni beber un solo momento, e incluso aceptó la petición que, ya al final del banquete, cuando nos íbamos a ir de La Charola, una poeta de Ponferrada, joven y bastante guapa, le hizo a instancias de Carlón y mías, que estábamos ya desatados: que le diera de recuerdo los tirantes con los colores de la bandera española que había lucido todo el banquete (la chaqueta en seguida le sobró) y con la que se paseaba entonces por toda España, especialmente por el País Vasco. Contra todo pronóstico, Pantagruel le dio los tirantes, que, sin saberse ni cómo ni por qué, acabaron en manos de José Carlón y mías, quienes, borrachos de orujo y de poesía, intentamos prenderles fuego en la mismísima plaza mayor de Villafranca sin conseguir que la goma ardiera, pero también sin que nadie interpretara aquello como un acto revolucionario. De hecho, así salimos en el periódico al día siguiente y todo el mundo lo vio como algo simpático, propio de los poetas y de nuestra juventud. Por fortuna, Pantagruel no debió de enterarse jamás de aquello, puesto que, de lo contrario, estoy seguro, él sí lo habría interpretado de otro manera y nos habría devorado como a sus enemigos públicos o como a cualquiera de los veintitantos platos que se metió entre pecho y espalda en aquel banquete de Villafranca, es decir, enteros y sin dejar ni el hueso. Y es que ya entonces el ogro de Villalba, el timonel de Galicia y de sus centollos, el hombre que dio su nombre a las grandes cenas políticas (las célebres fragacenas, de las que se decía están los cementerios llenos) y a alguna ley del franquismo, era un demócrata convencido.




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Y el gran Bernal, que nada por el viento. Un tal Espaldamaceta. Por soltar lastre sabiniano. Aunque no por ello menos distante de mis ánimos.

14 comentarios:

TheoSarapo dijo...

La vieja Charola desapareció como el espíritu de la Transición. La actual Charola es un edificio hórrido y siniestro, volcado al lado de la autopista a Galicia donde abrevan docenas de camioneros en ruta. No queda ni la raspa del espíritu de Raquel, la de las llemas.

pipurrax dijo...

Yo fui con Devisita hace veinte años más o menos a la actual Charola y puedo dar fe de las cantidades. De hecho, estuvimos dos días yendo a desayunar trozos de la enorme tarta de la cena, que estaba buenísima.

Anónimo dijo...

Para no relatarlo entero, me limitaré a decir que duró seis horas y a transcribir entero el menú, cuya tarjeta conservo desde aquel día tal si fuera una reliquia gastronómica. Atención, que va seguido: cigalas, gambas, percebes, langostinos, croquetas a la española, riñones al jerez, mollejas a La Charola, callos, salchichón, chorizo, jamón serrano, jamón de York, lacón prensado y ensaladilla rusa como entremeses; lengua escarlata rebozada, truchas del Burbia (el río de Villafranca) en escabeche y a la piedra, botillo, olla podrida (cinco carnes distintas), ternera mechada, ternera asada y cabrito lechal como platos principales; y, de postre, otra docena: tarta de manzana al estilo de Raquel (la dueña del restaurante), tarta de bizcocho al estilo de Raquel, tarta helada, macedonia, flan Charola Vieja, tarta de los poetas, tarta homenaje a Victoriano Crémer (el presidente del jurado del Premio de Poesía) y llemas (así, con ll, que llenan más) Todo ello, por supuesto, convenientemente regado con los famosos vinos del Bierzo y rematado, como es costumbre en la zona, después de los licores y el champán, con la típica queimada de aguardiente, preparada especialmente en esa ocasión por el industrial bodeguero de Villafranca Francisco Pérez Caramés, y servido, no como es costumbre ahora, en pequeñas raciones minimalistas para su degustación, sino al estilo de La Charola, esto es, en grandes fuentes y con la posibilidad de repetir quien lo deseara.

Anónimo dijo...

Cambio Bueno por Morin
http://www.elpais.com/articulo/cultura/Viviremos/otros/mayos/68/elpepucul/20081115elpepicul_3/Tes

Anónimo dijo...

La inolvidable Charola y su comilona con personaje incluido, que nos repartió su tarjeta de tamborilero salido en TV y se sentó a nuestra mesa a contarnos su vida.
Y qué frío hacía fuera.
devisita

heptafon dijo...

se rompió la cadena que ataba el reloj a las horas
se paró el aguacero, ahora somos, flotando, dos gotas.
Agarrado un momento a la cola del viento me siento mejor
Me olvidé de poner en el suelo los pies y me siento mejor.

heptafon dijo...

He ido, pero no he comido en la Charola.

sarapo dijo...

Extremoduro hace saltar los fusibles en Madrid
Más de 14.000 personas que abarrotaron el Palacio de los Deportes de Madrid-





No se pierdan la crónica de Heptafon sobre el evento. heptafon.blogspot.com

sarapo dijo...

He ido, pero no he comido en la Charola.





Hepta: eso es como el misterio de la santísima trinidad o como las novelas de Millás. Un imposible fáctico. No me lo creo.

Anónimo dijo...

Postre:

http://es.youtube.com/watch?v=9Hl0MaUEFmE

heptafon dijo...

Por cierto, los versos de arriba son de Extremoduro.

Anónimo dijo...

A punto de salir para Mestalla. Se augura gran ambiente y en la radio autonómica programa especial como entrevistas a Eloy, Zurdi, Abelardo y Fernando (su último partido fue el último VCF-Sporting)

veremos

vCasale

M. A. dijo...

Final de infarto y al final victoria justa. ¿O no, Casale?

TheoSarapo dijo...

Baño rojiblanco. El Valencia se anemiza y se bloquea contra la fibra rojiblanca.