Artículo publicado por el psiquiatra gijonés Guillermo Rendueles el 7-9-2007 en La Nueva España.
GUILLERMO RENDUELES
Un rito de la psiquiatría ilustrada, que yo cumplí hacia 1975 en el Manicomio de Gerona, consistía en destruir unas camisas de fuerza y unos abscesos de fijación que apenas se usaban. La destrucción de esos objetos de tortura tenía por ello un sentido fundamentalmente simbólico: la barbarie había terminado y nunca más una persona por loca que estuviese debía ser sujetada con unas lonas y cuerdas como si fuese una fiera, ni nunca más debía ser pacificada mediante la inyección de un veneno que le producía dolor al moverse. Los psiquiatras más radicales nos acusaban de oportunismo. Esas reformas se lograban según ellos por el uso de unas sustancias neurolépticas que bajo pretexto terapéutico se daban tanto a los pacientes que volvían a vivir su servidumbre con unas camisas de fuerza químicas que encubrían la violencia.
En España, fuera del campo psiquiátrico, los neurolépticos se usaron recientemente con esos fines no terapéuticos. Se trataba de encadenar con drogas a los emigrantes, expulsados de esta tierra inhóspita, durante su espantoso viaje a las tierras de hambre y muerte. El mandatario de entonces -especialmente zafio y claro- zanjó el asunto con una sentencia maquiavélica: «España tenía un problema y ya está resuelto». En el colmo del anacronismo su sucesor vuelve a sacar del museo de la tortura las camisas de fuerza para vestir así a los emigrantes en su viaje hacia un lugar en ninguna parte. Al parecer, la medida es un remedio humanitario para evitar muertes de perro como la que unos policías españoles provocaron en junio a Samuyia Aikpitanhi, al que esposado de pies y manos ahogaron con unas gasas y una mordaza durante un vuelo regular a Nigeria (suceso conocido por la entereza del comandante del avión, que aterrizó de urgencia ante las protestas de pasajeros y policías que deseaban continuar el viaje).
La noticia de ese homicidio impactó muy poco en la opinión pública y la prensa nunca le concedió más de una columna en páginas interiores, enfatizando en algunos casos la violencia de la víctima, que incluso en su furia mordía a sus verdugos. Las primeras páginas de los periódicos tienen otras prioridades que van del cambio climático a las ocurrencias de nuestros mandatarios, de las subidas de la hipoteca al inicio del fútbol. Mis amigos izquierdistas afirman la conspiración veraniega de los de arriba para relegar la muerte por sed o por agua de decenas de emigrantes a la sección de sucesos: ¿nada que ver con la economía o la política? Yo soy más pesimista e incluyo a los de abajo y a la población general en ese desinterés por las vidas y los horrores de los emigrantes.
Enfatiza Frankfurt en la importancia de «lo que nos preocupa» como paso previo al juicio moral. Si «paso de lo de los emigrantes» y desatiendo sus tragedias, ellos se convierten en invisibles y ni siquiera me acerco al cínico juicio moral con el que Mills argumentaba la superioridad del sistema de lucro capitalista: «Me disgusto mucho más cuando una tormenta inunda y estropea mi coche que cuando esa tormenta mata a diez mil chinos». Esa despreocupación ante el horror se contagia y nos deja inanes a los que protestamos. Quizá por ello no estamos poniendo como debíamos el grito en el cielo: denuncias del homicidio por unos abogados progre; mesura con la camisa de fuerza pide el Defensor del Pueblo andaluz. IU es el único partido en reclamar reflexión política.
Naturalmente hay monstruos que piden más de lo mismo. Sin salir de los muros de Gijón se puede leer una pegatina neonazi que dice algo así como «otros vendrán y de tu casa te echarán». Los jóvenes que las difunden tienen tan desierta su alma como su cráneo. Su presencia sólo nos recuerda el deber de exterminar los huevos de la serpiente. Mayor horror me producen mis conciudadanos, que llaman a la Policía cuando ven que unos rumanos ¡roban! unas mercancías depositadas en el basurero o «punto blanco» para ser destruidas. Desde la ventana y mientras llamaban estoy seguro vieron el rostro de los pobres revolviendo la basura: si ese rostro no les llevó a la compasión también carecen de alma. Supongo que toda esa población aplaudirá la nueva moda de camisa de fuerza para emigrante decretada por el ministro del ramo.