Hace seis meses que Natascha Kampusch abandonó el zulo en el que la mantuvo secuestrada durante ocho años un tal Wolfgang Prikopil. Recuerdo con nitidez aquellos días porque lo de Natascha no nos había pasado antes. Nunca. Y desde el principio, todo fueron sombras. Hubo síndrome de Estocolmo. Un suicidio por amor. No me arrepiento de haberme escapado. Una carta puesta con cuidado en manos de la ciencia. Decían que no se había perdido nada, que se había librado de torturas mentales, como fumar o tomar copas, etcétera. Y luego, aquella entrevista un 6 de septiembre, cuando la tarde languidecía, renacieron las sombras. El psiquiatra y el periodista hermanados, hombro con hombro, Natascha a través. Llegó a parecernos Nicole Kidman. ¿Te acuerdas, Rogelio? Tamaña dosis de ficción en la realidad.
Han pasado seis meses y parece que Natascha Kampusch ha engordado unos cuantos kilos. A la escritora Rosa Montero ahora le parece una niña. Una niña obesa que se ha atiborrado de una manera casi programada y que ha sustituido el encierro de su raptor por la jaula de su propia carne. Sostiene Montero.
Por la hiriente oscuridad del «caso Kampusch» han deambulado periodistas y científicos, sobre todo, científicos del alma. Tras aquella indecorosa carta se apuraron a recaudar fondos, entrevistas mediante, para sostener el tratamiento psiquiátrico y la vida de la joven. Un puro disparate.
Han pasado seis meses y seguimos sin saber qué fue lo que pasó. Demasiada interpretación, demasiadas respuestas a porqués imposibles. Y ningún relato de los hechos. Nada. ¿Qué le pasó a Natascha? Fueron ocho años. Ocho años.
Dice Rosa Montero que lo de la Kampusch es una regresión y una protección. Que Natascha ha engordado porque se ha rendido.
Contar nuestra propia vida como si fuese una lección de psicología no es demasiado bueno. Peor es que nos la escriban otros.
Sabine Dardenne, una de las niñas secuestradas por el asesino belga Marc Dutroux en 1996, escribió un libro hace dos años. Tardó ocho años en poder hacerlo. Ocho años. Se titula «Yo tenía doce años, cogí mi bici y me fui al colegio...». Sabine eligió los hechos. La realidad. Escribió su relato tras volver a enfrentarse a su secuestrador en el juicio. Y para ahorrarse entrevistas. Cuenta Sabine que «yo me hice una terapia sola, a mí misma. Cada vez que me venían imágenes a la cabeza intentaba pensar en otra cosa y seguía adelante. Si tengo un bajón, me las arreglo yo sola. Durante los ocho años que han pasado me he dicho que la tristeza no serviría de nada. La culpabilidad tampoco. Hay que desprenderse de esos sentimientos, decirse a una misma que ya ha pasado, y que no volverá a suceder nunca más. En fin, espero».
Su libro es un relato preciso de lo que le sucedió. Es un libro terrible, sumario, aburrido y frío porque así fueron los ochenta días que pasó encerrada en un zulo. No hay palo dulce ni almíbar. Ni una sola brizna de respeto hacia el captor. ¿Cómo podría haberla? La receta de Sabine. Parece que ha conseguido rehacer su vida.
Puede que la «resiliencia», esa capacidad que tienen algunas personas para sobreponerse a la adversidad, explique las diferentes evoluciones de estas dos niñas tras su traumático pasado; pero no quería irme sin citar la insuficiencia del periodismo, que no ha sabido desanudar lo más notorio de un suceso tan excepcional como el caso de Natascha Kampusch: lo rutinario, el día a día de una niña que se hizo mujer a oscuras. Y la sobrevaloración de los profesionales,de los «psi», empeñados en gestionar, cueste lo que cueste, cualquier tragedia personal sin tomar conciencia de la limitación epistemológica de sus herramientas.
A todos, hermeneutas profesionales de sombras y profundidades, les falló Prikopil.