
Juanjo Jambrina, psiquiatra en Gijón (www.tierralibertad.blogspot.com),
me pide que resuma mi "Ensayo sobre el sentido común (dirigido a la
multitud democrática)", la que fue mi tesina del Máster en Humanidades en la UPF
de Barcelona (sigo la terminología de Bolonia), aprobada en junio de 1999
y publicada en una pequeña editorial local de mi pueblo en noviembre o
diciembre de 2003.
El trabajo consta de tres bloques, y sendos breves prólogo y epílogo.
El primer bloque se titula "Aproximación al sentido común" y se desglosa
en dos capítulos cada una. El primero se titula "Incipit tragedia" y el
segundo "Crítica de la razón vital". Empiezo por tanto sosteniendo una
filosofía trágica, o mejor dicho, un planteamiento trágico de la comprensión
racional de la realidad. Entonces mis conocimientos estaban todavía en proceso
de formación y busqué una perspectiva filosófica de estilo ensayístico.
Quiero decir que afronté el conocimiento de lo real desde el punto de vista de
la disposición (racional) de ánimo, sea esta optimista, pesimista o
trágica (y para ello sigo a Clément Rosset), que es en fin la que sostiene el
trabajo.
En el segundo capítulo, como indica su título, procuro llevar a cabo
una reflexión crítica sobre la noción orteguiana de razón vital, en
concordancia
con la filosofía trágica antes apuntada. Y en este punto es cuando por
primera vez hablo de "sentido común" y finalmente de sabiduría
(filosófica), como amor al saber de lo real, cerrando pues este primer bloque de
tanteo y aproximación. Por si pudiera servir de indicador, dicho primer bloque
se abre con una cita del Savater de "Ética como amor propio" que dice así:
"El sentido común es el arte de descubrir y aprovechar la composibilidad de
lo posible, por hablar una vez en leibniziano". Huelga decir que casi toda
esta primera sección del libro es más bien anti-leibniziana, anti-hegeliana
y anti-heideggeriana, y más bien trata de recorrer el hilo de la
tradición que sigue, la del materialismo trágico de Demócrito, Epicuro, Lucrecio,
Spinoza o el ya mencionado Rosset, entre otros contemporáneos.
El segundo bloque se titula "La alegría del sentido común" y consta a
su vez de dos capítulos, enunciados como "Nobleza práctica" y "Anatomía del
entusiasmo". En esta segunda sección se trata de elaborar, ya digo que
de forma más ensayística que académica, aunque no sin fundamentos, una
teoría ética del sentido común, o por decirlo en kantiano, una teoría del uso
práctico del sentido común estudiado en el primer bloque. La noción
clave de este segundo bloque es la de "acción" ("praxis"), y en concreto la de
acción moral, y la de "virtud". Hay en este primer capítulo alguna reflexión
de cariz literario sobre la figura del "héroe", en sintonía con los
ensayos de Savater sobre el valor moral de semejante "encarnación trágica de la
virtud". En el segundo capítulo intento profundizar en el concepto de
"autonomía", o sea, en las implicaciones prácticas de los conceptos
éticos clásicos. Y se tratan la autonomía, el entusiasmo, el amor propio, la
dignidad (y el derecho), y en fin, la alegría. En este bloque ético del
ensayo es donde más "Savater" hay, pero la cita que lo encabeza es de
Nietzsche: "¡Permaneced fieles a la tierra, hermanos míos, con el poder
de vuestra virtud! ¡Vuestro amor que hace regalos y vuestro conocimiento
sirvan al sentido de la tierra! Esto os ruego y a ello os conjuro" ("Así habló
Zaratustra").
Y así llegamos al tercer bloque del trabajo, titulado "Sentido común y
libertad". Aquí se trata de política. Y hay mucho Spinoza y algo del
Stuart Mill de "Sobre la libertad". Bien, los dos capítulos de esta tercera
sección se titulan respectivamente "Por una democracia mundial" y "Sobre la
tolerancia". En el primero, busco razones para la ley, lo público,
trato el lenguaje y el dinero, y finalmente elaboro una teoría política de la
democracia y del Estado de derecho. En la segunda parte, planteo
asuntos como la desobediencia civil, y acabo definiendo el sentido común en su
uso político como "amor libre", ese viejo concepto libertario tan querido y
tan demagógicamente usado. Y al final está la tolerancia, una crítica del
concepto de tolerancia civil: en definitiva una teoría sobre la
convivencia libre en la que la educación adquiere un papel fundamental. En este
tercer bloque, ya lo he dicho, saqueé a Spinoza sobre todos, pero ahí está aún
Kant con su idea de Estado democrático mundial y de paz perpetua, con la que
finalizo el trabajo. Esto, ahora mismo, lo suscribiría con muchos más
matices, próximos a Hanna Arendt. Mejor una federación mundial de
democracias que una democracia mundial. Mejor en el sentido de resultar
más viable históricamente y de permitir menos ambigüedades demagógicas y a
la postre anti-democráticas. La cita que introduce este tercer bloque es
el conocido párrafo sobre "la finalidad del Estado" del "Tratado
teológico-político" de Spinoza.
El subtítulo del trabajo, ese "dirigido a la multitud democrática"
entre paréntesis, es un homenaje a Tom Paine y a su libro "Sentido común",
cuyo subtítulo, circa 1776, rezaba: "Dirigido a los habitantes de América".
Hoy, como señala el antropólogo Marc Augé, ya no nos dirigimos solo a un
pueblo o a una nación, sino a un mundo, a todo el mundo. De paso, recuperamos y
revitalizamos el viejo concepto spinoziano de "multitud", que el
filósofo italiano Paolo Virno contrapone al de "pueblo soberano". Pero estas
cosas ya son asuntos que he tratado con más detalle -estamos trabajando en ello-
en ocasiones posteriores.
No es, bien que lo siento, un libro (o librito) fácil de leer, o mejor
dicho, de seguir. Lo redacté a salto de malta, mientras aún estaba
leyendo obras que inmediatamente utilizaba luego para el trabajo, mientras a la
vez me ganaba unos dineros haciendo de teleoperador, en un momento de mi
vida bastante difícil. Por eso me pareció que la idea era la "idea mejor
pensada del mundo", y fui feliz cuando lo escribí y lo acabé, esto a los 25
años te hace sentirte un genio, pero aunque algunas digresiones y la intuición
-o hipótesis- fundamental del trabajo no son, como se suele decir, moco de
pavo, el ensayo tiene muchas, quizá demasiadas imperfecciones formales,
y algunas no solo formales. No conseguí convencer a Pre-Textos para que
me lo publicaran; en Barcelona, la persona en que pensé para presentarlo, no
acabó de entenderlo. Así que cuatro años más tarde lo co-publiqué con un
modesto editor local y Josep Pradas tuvo la gentileza de presentarlo en
Vilanova.
Gracias a internet y en especial al blog de Arcadi Espada he podido
darlo a conocer a más gente (antes ya se había vendido algún ejemplar en
Barcelona, en Madrid o en Valencia, sobre todo en librerías de ateneos y cosas
así). El resto los he regalado. Repito que sin ser los "Principios matemáticos
de la filosofía natural" de Newton, el "Ensayo" plantea y llega a profundizar
en cuestiones, sobre todo filosófico-políticas, de primer orden. Pienso,
por tanto, que su esforzada lectura bien puede valer la pena, a fin de
cuentas, para quien esté interesado en estos asuntos.
Ahora agradezco a Juanjo Jambrina que me haya obligado a escribir este
muy sucinto resumen retrospectivo.