viernes, marzo 31, 2006

NEVER MORE




@Se cumplen 30 años. En Argentina gritan NUNCA MAS. Esperemos que así sea. Y Rodolfo Walsh ya no está para contarlo.
Así hablaban:
"Un terrorista no es sólo el portador de una bomba o una pistola, sino también el que difunde ideas contrarias a la civilización cristiana y occidental" General Jorge Rafael Videla.
"Primero vamos a matar a todos los subversivos, después a sus colaboradores; después a los indiferentes y por último a los tímidos" General Ibérico Saint Jean.
"¿Cómo puede sacar información si usted no aprieta, si usted no tortura? ¿Usted cree que hubieramos podido fusilar a 7000? Al fusilar a tres no más, mire el lío que el Papa le armó a Franco?" General Ramón Díaz Bessone

Estos días se publica MEMORIA DEL MIEDO, de A. Graham-Yooll. Un periodista intenta explicar cómo la sociedad argentina de la década de los setenta pudo sobrevivir en medio del miedo.


@"Sería interesante estudiar la psicología de quienes crean blogs, pues sospecho que en muchos casos se trata de seres con el deseo voyeurista de analizarse, fascinados por el espectáculo cotidiano de sus vidas, o de sus ideas u obsesiones, dejando ver una pizca de megalomanía disfrazada de amor al debate, un ego hipertrófico escondido tras conceptos como la alegría de compartir o lo hermoso que es interactuar sanamente con los demás, ¡oh, los demás!, esa entelequia en nombre de la cual todo se justifica." escribe un tal Santiago Gamboa.

jueves, marzo 30, 2006

EL CUERPO Y EL ASMA

Amelie Nothomb, escritora francesa aunque nacida en Kobe (Japón) nos cuenta su anorexia en "Biografía del hambre", libro que será objeto de discusión en otro momento. A Amelie Nothomb se le hace demasiado caso en los medios de comunicación. Su escritura, coincido con Gándara, es algo parecido a la inanidad. Sus manifestaciones públicas a cual más absurda. Babelia le dedicó hace poco una larga entrevista. Nothomb también dijo alguna cosa curiosa como que en la adolescencia había palabras que le provocaban crisis de asma:
"¡Era una repugnancia absoluta! No soportaba que nadie las dijera, me producían una angustia terrible, un desagrado que afectaba mi cuerpo. Ahora conservo esa capacidad de odio por ciertas palabras, pero el oírlas ya no me provoca trastorno. Es el caso de la horrible "hormona".
Horrible palabra hormona.




Pero asmático famoso, honrado y sincero, Proust. No mentía Proust cuando le decía a su madre "Prefiero tener crisis de asma y gustarte que no tenerlas y no gustarte".
Ya se sabe, el cuerpo, como el algodón, no engaña.
Para eso se hicieron las emociones, para luchar por existir. Nada de lujos.

miércoles, marzo 29, 2006

JOAN MARGARIT

Joan Margarit (1938) es un estupendo poeta catalán. También es Catedrático de Arquitectura en una universidad de Barcelona y creo recordar que fue el arquitecto que diseñó la reforma del estadio de Montjuic para las Olimpiadas de 1992.
Casi toda su obra está escrita en catalán lo que tal vez explique su desconocimiento por parte de los lectores en castellano aunque ya está traducida casi toda su obra.
A mí me parece un tipo interesante, con una poesía cuando menos comprensible, muy influida por la sombra de Jaime Gil de Biedma. Hace unos días Margarit contaba en EP su idea de la poesía de forma breve y concisa:"En el fondo, entender un poema no es más que meterse en él y salir luego. Si sales más ordenado y más consolado de lo que has entrado, lo has entendido...". Me parece concluyente y taxativo. Fuera juegos estéticos. Me gusta, ya digo, Margarit.
Sé que ha publicado un libro titulado "Cálculo de estructuras" que no he leído aunque sí que conozco el anterior libro, de título "Joana" pleno de un tenso emotivismo desplegado en torno al recuerdo de una hija suya fallecida con 30 años.
Hace un par de semanas Margarit anduvo por Gijón en un recital poético que juntó a un puñado de autores nacionales.
No sé qué tienen los recitales poéticos que a la mayoría de la gente le producen una inmensa "verguenza ajena". Yo he ido a varios. Recuerdo con deleite los primeros años de la "Poesía para vencejos", reunión poética que se celebra anualmente en La Bañeza (León). Me gusta la poesía y me gusta que los poetas lean sus poemas. Esto es así desde que en "El desencanto" escuché a Juan Luis Panero declamar folio en ristre aquella épica elegía a su padre Leopoldo Panero. ¿Cómo avergonzarse por leer en público lo que uno ha escrito en privado para el público?
No lo entiendo.
Bien, no sé que fue lo que hizo Margarit en Gijón pero el caso es que este domingo nuestro querido poeta JL García Martín relató en su A DECIR VERDAD la crisis pitiática y la urticaria que le produjo la lectura de poemas de Joan Margarit en Gijón, a cargo del propio Margarit. Parece que ya JLGM había sido especialmente duro con el último libro de Margarit, pero tener que escuchar al propio autor "impostando cadencias" fue demasiado para GM. No recuerdo las palabras exactas pero viene a decir algo así como que Margarit ya ha sacado demasiado partido poético de experiencias personales traumáticas como para que insista en el tema recurriendo al falsete declamatorio en público. ¿Qué coños haría Margarit? inquiero.
Bueno, la interesante crítica de JLGM a JM puede aclarar alguna cuestión.
Yo, sensualista sensu estricto, digo que me gusta la poesía de Margarit, me gustan los recitales poéticos y que los poemas sobre el peral limonero, el olmo seco o la zarza de espinos me dejan frío, como indiferente y cansino.




Addenda: Plaza Rovira es uno de mis poemas margaritenses preferido. Rovira, ex alcalde barcelonés, es el señor de la foto tomada en la susodicha plaza barcelonesa.




Edad Roja, J. Margarit, 1995
Plaza Rovira

Bajo los plátanos grises
las hojas secas, al rozar la acera,
dan un leve rumor de batería.
Me recuerda la música en el café
de la plaza, donde su gabardina
debe esperar, encima de una silla,
después de tanto tiempo, mi amor.
Siempre he buscado una misma mujer,
la misma ciudad, una misma historia
escuchada entre el ruido ajeno y frío
que hacen las hojas secas en las losas.

martes, marzo 28, 2006

AULLIDO


El verso se lo apropió el maldito Leopoldo María Panero pero es original, totalmente original, de Allen Ginsberg. "He visto a los mejores miembros de mi generación destruidos por la locura..". Eran otros tiempos. Parece que había gente brillante entre aquellas generaciones. Gente que pensaba que las cosas podían cambiar, gente con ideas y tal.Hace ahora 50 años que Ginsberg aulló sus quejas. Y aunque la gente se ponía casi de todo, el "Aullido" de Ginsberg fue requisado en algunos estados de EEUU, acusado de obsceno. Hoy, las cosas han cambiado. Se ponen multas por fumar tabaco pero el Aullido de Ginsberg lo pueden leer hasta en los parvularios. La inversión del tiempo. El peso del pulmón. ¡Lo que vale un pulmón¡
Ginsberg señala en su verso capital una relación muy aireada, sospechada, pero nunca confirmada: la que suele establecerse entre la creación literaria y la locura. Casos de todos conocidos: Dostoievski, Plath, Kafka, Poe, Byron, Shelley, Keats, etc. Hay un largo listado de poetas que se han suicidado y podrían llenarse unos cuantos capítulos de Salsa Rosa dedicados a las neuras de los escritores y a sus perversiones. Hay veces que la censura social de determinadas actitudes vitales acaba anegando la percepción de la obra del artista, como pasaba este fin de semana con el reportaje que EP Viajero le dedicó a la casa de Emily Dickinson. Sonaba a la visita a la casa de una persona solitaria y asocial de carácter. Sé que la Dickinson no se casó pero su poesía, que no conozco demasiado, no me parece nada triste.
He leído algo sobre esa relación perniciosa que plantea Ginsberg entre genio y locura. Lo que puedo decir es que el creador lo es "pese a" los problemas mentales y no "gracias a". El tener problemas de nervios no ayuda para casi nada. Esto es una opinión personal, es cierto.
Convencido de mi incapacidad para la creación literaria me dedico a ver los toros desde el tendido de sombra. Me apasiona la interfaz entre la literatura y "lo mental". Mas que los escritores y sus vidas atormentadas o no, me interesan sus obras. Me gusta ver como dibuja la literatura un duelo, tal y como hace CS Lewis en "Una pena en observación". Y por extensión, me atrae la repercusión y la lectura que los medios de comunicación hacen de los problemas mentales.
En este terreno he coincidido con gente muy interesante. No somos legión pero casi. Sé que una lectura psicológica/psiquiátrica de lo cotidiano está muy presente en la literatura, en la poesía, en el cine. Y yo, por ahí, navego a gusto.
CARLOS REY es una de esas personas que dedican tiempo y esfuerzo a reflexionar sobre la recíproca relación entre lo literario y lo psíquico. Carlos Rey es un psicólogo barcelonés que ha plasmado sus comentarios en un librito titulado OTRAS LECTURAS que le ha publicado el Colegio de Psicólogos de Barcelona. Carlos Rey piensa que la literatura permite comprender mejor esa parcela de lo humano llamada SUBJETIVIDAD donde no llega el lenguaje científico. Carlos comenta libros, películas, comenta temas: el duelo, la melancolía, la pena, la paternidad, la adolescencia, etc. desde el relato literario. Encontramos libros y películas conocidos por casi todos ( Si esto es un hombre, Leolo, etc ). Aparte, Carlos aporta mucha bibliografía poco conocida pero muy sugerente sobre estos temas tan apasionantes.
Cada día creo con más firmeza que el conocimiento teórico del psiquismo humano, del comportamiento humano puede beneficiarse mucho del cine y de la literatura.
Por cierto, hoy ya no hay peligro de generaciones brillantes pero ¿existe algún Ginsberg?

lunes, marzo 27, 2006

BRU-MAS










El pasado viernes día 24 de Marzo, el físico Antonio Brú pronunció una conferencia en Gijón acerca del estado actual de sus investigaciones sobre el tratamiento del cáncer. Tema especialmente sensible y delicado. Brú fue presentado por el Vicerrector de la Universidad de Oviedo, Santos González, catedrático de Algebra, lo que me ha parecido un exceso y una temeridad. Brú, a nivel científico, es un personaje bajo sospecha y no se hace ningún bien a la comunidad científica apoyando como "jinetes solitarios" a personas que NO HAN DEMOSTRADO NADA.
Sobre dicho evento Pablo y Ana hacen una jugosa crónica en el post de ayer.
Si se mira bien, con detenimiento y distancia, la historia de Brú no puede ser más chusca y detestable. Desde el nacimiento de su interés por el cáncer.
No entiendo porqué hay chanzas al respecto de los "polvos de Meléndez" y sin embargo, a Antonio Brú se le presenta en olor de multitudes.
Pocas veces a alguien con tan poco logrado se le conceden tanta relevancia.
He buscado a Antonio BRU en el MEDLINE, principal base bibliográfica en Medicina. No lo he encontrado. Sí que he encontrado dos referencias a Antonio Brú hechas en la prestigiosa revista médica The Lancet. La primera reseña la hace Xavier Bosch en 1999. La segunda un tal Burton, en The Lancet ya en su edición ONCOLOGY en el año 2001. Aporto ambas. Si alguien tiene interés en leerlas íntegramente, se las envío gustoso. Dos citas de pasada a su trabajo y en ambas se insiste en que todo está POR DEMOSTRAR.
Pero ¿Y si Brú no quisiese oir? ¿y si fuese sordo? Insisto ¿Por qué, Brú, por qué?
Brú, Meléndez Hevia, Biobac... nos falta la pandereta y el oso. Eso es todo. Esto es todo.


LOS ARTICULOS


Physicists describe new way to study tumours
Xavier Bosch

THE LANCET 2 de Enero de 1999
A new way to describe tumour behaviour based on fractals may provide the theoretical foundations for a new antitumour experimental model, says Juan C Lacal, president of the Spanish Association for Cancer Research. This new approach may eventually alter the way anti-tumour drugs are designed.
Fractals are patterns, either real or mathematical, that look similar at different scales. For example, the network of airways shows similar branching patterns at progressively higher magnifications. Many phenomena– eg, crystal growth, forest fires, heart fibrillation–can be described in terms of fractals.
Now, an interdisciplinary team of Spanish scientists has applied fractal analysis to tumour growth and has come up with a surprising result. Antonio Brú, a theoretical physicist at the Centro de Investigaciones Energéticas y Medioambientales (Madrid, Spain), and colleagues studied the growth of four brain-tumour cell lines in vitro, concentrating on the C6 rat astrocyte glioma cell line.

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Volume 2, Issue 5 , May 2001, Page 253 LANCET ONCOLOGY


Fractal tumour contours question therapy strategies Adrian Burton




The contours of tumours are fractal, tumour growth is linear, not exponential, and we may need to revise radiotherapy and chemotherapy strategies. These are the emerging conclusions of a multidisciplinary research team from Madrid, Spain.

In 1998, the group, led by Antonio Brú, a physicist at the Energy, Environment and Technology Research Centre (CIEMAT), Madrid, Spain, published a report describing, in mathematical terms, the changing contours of tumour-cell colonies growing in vitro. Scaling analysis (a mathematical tool for treating fractals) was used to show that the dynamics of colony growth belonged to the well-documented ‘molecular beam epitaxy’ (MBE) class—a property shared with growing crystals. In a conference at Madrid's Complutense University, Brú reported on accumulating evidence that these dynamics might also describe tumour growth in vivo.












@¡De qué maneras tan diversas el héroe, o el antihéroe, va siendo modificado en un relato tanto por el devenir del discurso literario como por el discurrir de la trama¡

sábado, marzo 25, 2006

REUNION


"Nada resulto fácil: ni ganarnos la vida, ni cumplir las promesas, ni el amor, ni el engaño, ni sentir el calor de un joven cuerpo al lado." (J. Margarit)

viernes, marzo 24, 2006

¡NOTICIA BOMBA¡

EL AMOR DURA TRES AÑOS, es un libro de Fredric Beigbeder. El autor se explica al respecto:
"Este libro aborda la contradicción que existe entre el amor y el mundo actual: cómo nuestra civilización del deseo, hedonista, destruye los sentimientos. Tal vez porque el amor es demasiado subversivo, lo cierto es que, entre el placer y la felicidad, se empuja a la gente a que escoja lo primero. Vivimos en la época del zapeo amoroso. Consumimos muchos productos, constantemente, y ello nos conduce a consumir también personas..."


@Tiempo de prohibiciones. Si te portas bien, estarás sano. La vida en el carnet de puntos ¿Dónde estás, Skrabanek? El profeta es Tom Waits y su The piano has been drinking, not me, not me, not me, not me, not me....




@ JAIME GIL. "Este tiempo no es el mío."

En un viejo país ineficiente,
algo así como España entre dos guerras
civiles, en un pueblo junto al mar,
poseer una casa y poca hacienda
y memoria ninguna. No leer,
no sufrir, no escribir, no pagar cuentas,
y vivir cono un noble arruinado
entre las ruinas de mi inteligencia.



@Cada día tengo más miedo a dejar de escribir. He conocido a gente que me decía: 'Aquella época en que escribía...' y a otros que esperan un ràpido desenlace de esta historia. Es un miedo que tengo hoy. Por eso escribo este post.

jueves, marzo 23, 2006

ANTONIO BRU

Una hipótesis matemática brillante y una hipótesis fisiopatológica plausible aunque no tan novedosa. Entre hipótesis.
Ya va siendo hora de que Antonio Brú conteste alguna pregunta. Estas, dibujadas por la lógica de una cabeza prudente, por ejemplo:

-¿Admite que es ineludible realizar un ensayo clínico?
-¿Qué patología ha elegido y por qué?
-¿Qué intervención terapéutica propone para grupo experimental y control?
-¿Cómo va a medir la eficacia del tratamiento propuesto?
-¿Cómo piensa financiar el ensayo?
-¿Qué problemas ha tenido con el protocolo en el Hospital Ramón y Cajal?

Yo, que no soy periodista, añadiría más: ¿Por qué, Brú?







@Y en este sentido valga decir que en un estudio fechado en 1967, los psiquiatras Leckie y Withers demostraban estadísticamente que muchos pacientes internados con un ataque de apendicitis, acababan de masturbarse media hora antes.

miércoles, marzo 22, 2006

LA SEGUNDA MUJER


Luisa Castro es una poetisa gallega nacida en Foz, precioso pueblo de la provincia de Lugo, en el año 1966. He seguido la evolución de la poesía de Luisa Castro desde que publicó sus famosos "Versos del eunuco" allá por el año 1986, cuando un servidor comenzó a interesarse de forma abierta por todo lo que llevase acento gallego. Y hay fotos de esto. Dado que he leído varios poemarios más de Luisa Castro, puedo considerarme como uno de los españoles con mas conocimiento sobre el tema Luisa Castro (algo es algo).
A finales de los años 90 parece que Luisa Castro casó con un conocido profesor de Filosofía llamado Xavier Rubert de Ventós, de pensamiento tan despampanante como su apellido. Ya no supe más de aquella chica monilla y seductora que abandonando el bretemoso Lugo se largó a vivir a Barcelona. Con motivo de la publicación de su libro "Viajes con mi padre" en el año 2003 comentó en alguna entrevista que se había separado del filósofo. Para entonces su exmarido había devenido en alto intelectual orgánico de los socialistas catalanes. O sea, que había pasado a mandar bastante y a estar demasiado ocupado como para entretenerse con los elegantes ripios de la chica de provincias.
"Viajes con mi padre" es un buen libro. Creo que es lo mejor que ha escrito la señorita Luisa. Un libro elegante, franco y ...autobiográfico. Aunque le llama "novela". No sé porqué.
Pues resulta que ahora Luisa ha escrito otra novela titulada "La segunda mujer" en la que cuenta con pelos y señales la zapatiesta conyugal que se ventila una pareja: un hombre de 57 y una mujer casi 20 años más joven. Los que les conocen opinan que Luisa lo que ha hecho es contar su propia experiencia, su relación con uno de los eximios inductores del Estatut de Cataluña. Y vuelve a insistir en el género de ficción.
La novela es mala, como apresurada. No es que uno tenga devoción por el ideólogo catalán pero si Luisa Castro quiere que todos sepamos que Rubert de Ventós es un hijo de mala madre, que es un maltratador psicológico (?????)y tal pues puede recurrir al bonito género del diario personal, de la autobiografía o incluso, casi a las memorias personales. Yo empezaría a tomarme en serio lo que cuenta. La novela, la FICTION, esa perdición, es lo que tiene, que inventa mundos sutiles, como pompas de jabón...
Hace un par de años la simpar Nevenka Fernández recurrió a la pluma y la elaboración psicoanalítica, oportunista y escasamente rigurosa de JJ Millás para soasar al alcalde ponferradino Ismael Alvarez, que había sido su amante y principal valedor ( de Nevenka).
El extrañamiento de Nevenka y esta "Segunda mujer", con ser casos diferentes, aparecen unidos por un magma común: la endeble veracidad de ambos libros.
Nevenka, apoyada por la oposición municipal, llevó el caso a los Tribunales y obtuvo cierta compensación y rescatar algún crédito. Luisa Castro debiera haber hecho lo mismo. O haber escrito FACTION, s´il vous plait. Callarse.


@Allá se van la dos, revueltas en el retrato de Leautaud: "...esa inmensa inmundicia moral y física llamada amor...".


@¿Es a mí?:
"Suele el apologista de sí mismo apostillar sus páginas diarias con un apotegma. Así pues, la ventosidad le sale meliflua y peligrosa, pues de común el que escribe diarios, memorias y autobiografías, mancha bastante los calzoncillos"
(J. L Moreno Ruiz)

martes, marzo 21, 2006

ANOCHE

Ayer tarde, funeral. Todo en la más estricta normalidad. Entiéndase, si se puede llamar normalidad a esa frialdad austera, sobria con que se celebran los entierros en mi tierra natal. Agua de marzo, frío de invierno, tierra roja, sol a ratos, que era fuego de vida. Mística y desvalimiento.
La fatiga de volver a casa. La llamada de la carne, la llamada de la selva. La incertidumbre. Uno no sabe si ha hecho bien yéndose de allí. El caso es que cuando vuelvo siento una paz muy especial. Y es que por fin, eres alguno "de los nuestros" porque no has tenido conciencia de ser nunca de ningún lugar. De vuelta, otra mala noticia. Otro que se va en breve. Y que ya-no-volveremos- a- vernos. Y la vuelta a casa. Dos horas en la noche. Cansancio y sueño en breve, piensas. Pero nada. Muerte, maldita muerte, maldita suerte. Y ,agitado en la noche, veo pasar a los corceles negros, a los corderos blancos. Y recuerdo siempre de manera inexplicable los huesos de los muertos, esos huesos que lavan los arroyos y regatos. Hasta me visita Rosalía, con su salmodia promorte, "ese barro mortal que envuelve el alma" pero incapaz de lidiar con estos toros a la luz de la luna. Rosalía también tenía miedo "tengo miedo de una cosa que vive y que no se ve". Rosalía, Rosalía, era creyente ferviente. Yo no.
Anoche,en fin, acuciado por la crueldad de la memoria¡joder¡, soñé que volvía a Manderley.

lunes, marzo 20, 2006

INTERLUDIO LILA. Por Catalino


"¿Y todos estos años de intervalo? ¿O es acaso ahora el intervalo?"
(P. Gimferrer, Interludio azul)


My dear, these things are life.

domingo, marzo 19, 2006

LA ARTABRIA


Muiño de marea das Aceas de Lembeie (Por ARTABRO MIRON)

Construido, en el siglo XVIII, en un hermoso paraje de la ría de Ferrol, en el municipio de Narón. Situado en el “camino inglés” ruta que seguían los peregrinos que, procedentes en su mayoría de las Islas Británicas, desembarcaban en los puertos del noroeste gallego.

Acea, en castellano aceña.- Palabra de origen árabe con la que en toda España se denomina a los molinos harineros situados en los cauces de los ríos. En Galicia y Asturias se denomina así a los molinos harineros situados en la orilla de una ría y que muelen aprovechando el flujo y reflujo del mar.






Ferrol, melodía eterna (Por SIMON SUERTE).

El puerto de Curuxeiras, el Ferrol antiguo, preborbónico y al lado los Arsenales construidos en el XVIII.

sábado, marzo 18, 2006

LAS CAMPANAS DE AVILES. Por Mecanikong

Mucho se ha dicho sobre lo que fue, lo que es o lo que será Ensidesa, pero apenas se ha escrito sobre cómo fue posible Ensidesa. Para quienes procedemos de culturas sin industria, las fábricas, las grúas y las chimeneas que cercan Avilés siguen llamándonos la atención. Ese estado de ánimo que Ventura definió cuando las palabras tenían un sentido compartido, léxico familiar, como "¡verdadera industria pesada¡".
Hay, en esa verdadera historia, episodios especialmente llamativos, por lo cruento y por lo ignorado. Uno de ellos hace referencia a la creación de los pilares sobre la que se sustentaron las fábricas de la siderurgia asturiana, o sea, sobre cómo fue posible la construcción de acerías y baterías de cok en un lugar tan imposible como los márgenes de una ría.
Para entender cómo creció todo nada mejor que repasar la primera infancia.


(Gracias eternas al Dr. Ledo, fotógrafo de todo)





¿POR QUIÉN DOBLAN LAS CAMPANAS?


1950 parte en dos la historia y la sociedad de Avilés. La geografía y la vida avilesina previas estaban marcadas por la ría, una especie de tranquilo fiordo, un espejismo dentro del Mar Cantábrico, que dividía la comarca en dos orillas: una urbana y otra de marismas.
Aunque el siglo XX se inició bien para Avilés con la llegada del progreso en forma de ferrocarril y el salto de su puerto a la modernidad, la gloria fue efímera. Pocos años más tarde la salida del carbón de las cuencas mineras al mar se la llevaron Gijón y su puerto. Avilés continuó, como siempre, viviendo de la pesca (¡sardines vives y guapes!, decían las mujeres de los marineros del barrio de Sabugo), de la agricultura y ganadería, y de industrias más o menos pequeñas como la Real Compañía de Minas de Arnao, la fábrica azucarera y la industria portuaria que comerciaba con harinas y cereales. La vida social se centraba en los chigres y en el Teatro Palacio Valdés, se construyó el Hospital de Caridad con la aportación de los filántropos indianos,...La historia iba pasando despacio por Avilés. Se podría pensar que la villa era una Arcadia feliz durante la primera mitad del siglo XX sino fuera (toma mazazo histórico) por la Guerra civil, la “fame” y el estraperlo de los años 40.
En el verano de 1950 una Siderurgia Nacional de enormes proporciones (la Empresa Nacional Siderúrgica Sociedad Anónima, ENSIDESA) se instalaba en Avilés. En 1951 la draga de succión holandesa Pax hizo su aparición estelar en la ría para desentrañar las marismas y dejar paso a las “campanas”. Los “cajones indios”, verdadero nombre técnico de las campanas, eran estructuras de hormigón hincadas en el barro en las que, a base de aire comprimido, se creaba el vacío permitiendo el trabajo de una brigada de hombres metidos en su interior. Fue el principal medio para resolver una tarea tan compleja como la de afirmar muy pesadas estructuras más allá del movedizo suelo ribereño. Los esteros de la ría se poblaron de ellas hasta donde alcanzaba la vista. Se levantaron más que en toda España hasta aquellos días. Avilés asistía a la creación de un gigante.



Las condiciones de trabajo en el interior de las campanas eran terribles. Hubo accidentes. Hubo muertes. Las secuelas debidas a compresiones inadecuadas eran frecuentes: hemorragias, rotura de tímpanos, daños en las articulaciones. Eran obreros a los que “se les metía el aire en los huesos”. En torno a las campanas se fue creando una leyenda negra que contaba que los muertos reales eran muchos más que los confesados por el Régimen. Los “campaneros” eran en su mayoría emigrantes procedentes de León, las Castillas, Extremadura, Galicia y Andalucía. Según cuentan los que vivieron aquella época, algunos carecían de documentación oficial (los sin papeles de entonces), otros eran ex-presidiarios o habían sido sacados de las cárceles para realizar estos trabajos, otros habían sido perdedores de la guerra, muchos habían abandonado el campesinado para buscar fortuna. Avilés parecía un pueblo del Oeste americano en tiempos de la fiebre del oro. Tantos muertos y tantos accidentes serían imposibles de silenciar, pero es verdad que la identidad de algunos campaneros no figuraba en ningún censo o registro, la llegada de emigrantes era masiva y difícil de contabilizar (éstos vivían hacinados en una ciudad incapaz de acomodarlos) y las autoridades franquistas silenciaron determinadas catástrofes. Así que el único accidente mortal del que queda constancia escrita llegó a finales de 1954. Una filtración de agua quebró el vacío y el bloque de hormigón de una de aquellas campanas sepultó, según la prensa de entonces, a seis trabajadores que trabajaban cimentando a trece metros de profundidad. Sus cuerpos aparecieron dos días después. Los campaneros fueron leyenda y recuerdo indeleble.
Ningún avilesino de entonces puede olvidar el ruido de los pilotes de hormigón, día y noche. La verdad es que “las campanas” sonaron a rebato para cambiar la historia de Avilés. En 10 años (de 1950 a 1960) la villa pasó de 21.000 habitantes a unos 50.000. En 1965 la población era de 68.000 habitantes, y en 1970 de 82.000. Con ENSIDESA, “la fabricona”, llegaron los poblados de trabajadores (el Estado, tan paternalista, no quería ni un obrero descontento, ni descontrolado) y el rejuvenecimiento de la población. Hasta la crisis de los setenta-ochenta Avilés experimentó un crecimiento económico que nadie puede poner en duda. Se manejaba dinero.



Volvemos atrás. En 1951, un año después de la llegada de la draga Pax, una foca errante se internó en la ría de Avilés, hecho que fue considerado como señal de prosperidad ante el nuevo futuro industrial de la ciudad. La foca se convirtió en un personaje: lo mismo se la podía ver tomando el sol en lo que luego fue muelle siderúrgico, que zambulléndose en busca de las anguilas que poblaban en abundancia nuestra ría, para salir luego a la superficie a comer. Un día tal como vino, se fue. Hoy nos queda su pétreo recuerdo en el Parque del Muelle, que puede asociarse tanto a auge económico como a decadencia medioambiental, aunque la simpática foca no tiene culpa de las supersticiones de los avilesinos.
ENSIDESA fue un gigante hasta para contaminar. La industria mató la ría. No fue la única víctima. Cuando la industria alcanzó el cenit de su producción, Avilés padeció también los mayores niveles de contaminación conocidos. Tanta que sólo la ciudad polaca de Katowice, por entonces ejemplo de los males provocados por los demonios del Este, podía superar a la nuestra en los niveles de contaminación.
La variedad de contaminantes era interminable: partículas sólidas, dióxido de azufre, óxidos de nitrógeno, hidrocarburos, fluoruros, amoniaco, trimetilamina,…Anualmente se emitían a la atmósfera de Avilés, sólo en partículas sólidas, 25.000 toneladas. En los períodos de buen tiempo, cuando los vientos soplaban del noreste, dirección de la fábrica siderúrgica con respecto a la ciudad, el peligro era máximo. Las situaciones de emergencia extrema se repetían al menos dos veces al año (en agosto y diciembre).



Por aquellos años si es que se hacían mediciones nadie lo sabía (tampoco importaba demasiado). Cuando se iniciaron, revelaron una situación de emergencia permanente. En 1979 los niveles de materia sedimentable eran de más de 10.000 mg/m2 y día. El límite legal permitido era de…300.
La ciudad era una trampa para la salud, un atentado permanente para la higiene. Las placentas negras recogidas en los paritorios de Avilés salieron a la luz ante los ojos de asombrados expertos que ponían a nuestra ciudad como ejemplo vivo de los males que la industrialización salvaje y mal planificada provocaba entre la población.
Los avilesinos se acostumbraron al aumento de la patología respiratoria, al escozor de los ojos, a un bochorno que a veces no era normal, a no ver nunca fachadas limpias y a entender de partículas sedimentables que caían sin cesar a tierra y que, sin preguntarles más filiación, todo el mundo sabía que eran “carbonilla”.

..........

¿Y ahora qué? Bueno, un poco de apatía, un poco de ilusión, un museo blanco, el saneamiento de la ría, la aparición de palacios tras la negrura de las fachadas, el desmantelamiento de las empresas...El fin de una época.

¿Y la salud? A veces me preguntan si no habrá tanto cáncer en Avilés por la contaminación. No sé que contestarles. Me encojo de hombros.

¿Y la economía? Los nietos e hijos de los siderúrgicos emigran, ya no hay tanto trabajo en la villa. Otros nos quedamos.



viernes, marzo 17, 2006

DE LA CONJETURA A LA CIENCIA.

Se dice fácil pero pocas veces nos arrancamos a escribir. Dos prestigiosos psiquiatras tinerfeños lo han hecho. Contra los polvos mágicos adelgazantes de Meléndez, pero sobre todo, contra los poderes que sostienen los polvos de Meléndez. Porque lo importante es explicarse cómo fueron posible los polvos de Meléndez.




Publicado en El Día de Tenerife en el día 9 de marzo de 2006



DE LA CONJETURA A LA CIENCIA.
Por Francisco Rodríguez Pulido y Cecilio Hernández Sotomayor



EN ESTA ÍNSULA, en días de huracanes y lluvias, también han ocurrido otros fenómenos atmosféricos. Esta vez en forma de polvos orales. Últimamente hemos leído artículos y entrevistas cuyos enfoques abarcan una batalla en una amplitud de terrenos diferentes. Todos con su propia logia, lógica y códigos. Cada posición se ha protegido de esta atmósfera con lo mejor de que dispone. Así, unos y otros se han protegido a partir de diversos discursos cuyos argumentos oscilan desde lo legal, lo ético, lo clínico y la seguridad hasta -lo menos- lo biográfico y la defensa de unos puestos de trabajo cualificados. Consideramos que no nos podemos saltar la historia de la medicina, la de la propia ciencia, e incluso la del propio desarrollo de la economía de mercado, como si nunca hubiese ocurrido lo que ocurre aquí. Un amplio número de personas cargadas de ilusión por su vivencia de mejoría, un académico con una creencia novedosa, la administración del Estado vigilando la seguridad y todos nosotros tomando los polvos en las tertulias.

A nadie se le oculta que la medicina no sólo es un arte y una ciencia; bien lo sabemos los que día a día nos dedicamos a esta labor. La medicina también es un espectáculo y un negocio. Señalar esto último no tiene para nosotros un significado de ilegitimidad, es, simplemente, constatar, por ejemplo, que las operaciones de transplante de hígado o la reparación estética de una cara por mordedura de perro tiene un enorme impacto social y mediático tendente al infinito, aunque de ello se beneficie un porcentaje muy reducido de la población. En cambio, lograr la inserción laboral de las personas con esquizofrenia, que beneficia a un alto número de personas y sus familias, tiene objetivamente una menor repercusión. ¿Cómo desde lo espectacular no van a tener impacto -más en una ínsula deseosa de productos tecnológicos, para sí y para la otra orilla africana- los efectos beneficiosos de unos polvos? El efecto de la propaganda mediática es irresistible en este contexto, para unos y para otros, todos con sus propios intereses. La propia credibilidad que, por sí misma, otorga la palabra impresa, actúa como una mancha de tinta en las mentes de los que sueñan con la mejoría de sus pesares.

Ahora bien, la lógica de la investigación científica se guía por el principio de falsabilidad de K. Popper. Éste tiene sus propios procedimientos en todas las disciplinas. Como en física la ley de la gravedad. Y a este principio y sus procedimientos demostrativos está sometida también la medicina en sus diferentes niveles de estudio, desde el análisis de los cambios en los estilos de vida (dieta, ejercicio físico, consumo de drogas, etc.), al estudio de las secuelas de las enfermedades. La medicina, en su devenir, inicialmente, observando la vida animal, las heridas de guerra y abriendo los cadáveres hasta la incorporación de nuevas tecnologías, ha seguido unos caminos que sigue unas reglas, no por capricho, sino como una conclusión de la madurez alcanzada por el avance del pensamiento científico. Por lo que el pensamiento científico no se construye sólo en base a lo observado, sino también a lo demostrado, pasando así de la creencia a la evidencia. Esto significa que si bien es cierto que por medio de la intuición, la observación y la práctica del ensayo y el error, la medicina ha avanzado, hoy en día la exigencia de las buenas prácticas exige unos procedimientos científicos, y lo que es más importante, que otros investigadores tengan la oportunidad de realizarlo, lo repliquen con el mismo procedimiento y obtengan los mismos resultados. Además, para valorar un hallazgo no sólo es condición el respeto a la metodología con sus reglas y su réplica, sino que también es menester que el tiempo de observación de lo probado implique un valor exigible. Muchas veces, artificios como el efecto placebo u otras medidas enmascaran a corto plazo los resultados, siendo valorable entonces el efecto real del hallazgo a más largo plazo, con lo que inicialmente la hipótesis se nos convierte en una creencia no demostrada. Más aún cuando la hipótesis de partida es un producto tan sensible que mejora un amplio espectro de enfermedades, cuyos fundamentos fisiopatológicos son complejos y no del todo demostrados. Y no hablemos ya de la contribución del efecto placebo a corto plazo. Ese efecto donde las personas de por sí colocan una expectativa de mejora que incluso, hoy día, puede objetivarse por imagen cerebral: cómo se modifican nuestras conexiones neuronales, al igual que ocurre con los medicamentos. No hay nada clarificado: cuál es el tamaño del efecto de todas las estrategias propuestas; con qué productos se ha realizado la comparación; quién ha replicado el estudio siguiendo la misma metodología; cuál ha sido el tiempo de seguimiento, así como el análisis de los abandonos. Son éstas las cuestiones que cualquier científico que se precie, y más viniendo del ámbito académico, debería clarificar urgentemente. No para convencer a los demás, sino para garantizar la solidez de su posición.

Decíamos inicialmente, sin acritud, que la medicina y sus anejos se han convertido en un negocio, por lo que en este terreno también hay un interés por todas las partes. Unos claramente explicitados y reconocidos y otros, a lo mejor, emergentes e implícitos. Unos, por la amenaza de lo que me podrían quitar si prospera esta iniciativa, y otros por lo que podría ganar. Es una lucha también en el terreno de la economía de mercado. Unos, con una tecnología de bajo coste, pero, antes o después, con alto rendimiento económico, aunque se disfrace de beatitud; y otros, con una alta tecnología y unos beneficios hasta ahora garantizados, parapetados en el cientifismo. Cabría preguntarse si esta competencia rompe hoy las reglas de la economía de mercado. Lo lamentable es la miopía de unos para hacer lo que es idóneo, sin premuras ni algaradas, y de los otros, por una sordera universitaria, con enormes dificultades para integrar estas iniciativas novedosas exigiendo un código de buenas prácticas antes de comunicar a la sociedad cualquier hallazgo socialmente relevante. La universidad, como institución, es la gran perdedora de esta atmósfera.

Fuese como fuese, los sueños del éxito o del fracaso, para unos o para otros, se pueden convertir en una enorme pesadilla. Nos preguntamos cómo se mirará a Canarias después del "huracán aminoácido".

jueves, marzo 16, 2006

A LOS QUE AMAN. Por Theo Sarapo



La cineasta Isabel Coixet es autora de dos grandes películas sobre el Amor: “Cosas que nunca te dije” (1995) y “A los que aman” (1998).
“ A los que aman” es mi preferida. Se trata de una historia ambientada en el Siglo XVIII en la isla de Mallorca (en realidad, Galicia). Un médico que no ejerce su profesión se ve atraído por una mujer enferma. Incapaz de curar la grave enfermedad de la mujer y sobre todo, incapaz de conseguir que ella le ame, el doctor asiste con resignación a la muerte de su amada. Y con la muerte llega el consuelo pero no el olvido. Es mejor amar que ser amado. Amo, luego existo.
Recuerdo que alguien escribió por entonces que era una magnífica película para distinguir amor, pasión e instinto. Y es cierto. Así de certera es la taxonomía que exuda la cinta. Un buen guión sostiene una trama atractiva. Una buena fotografía y una buena música. Y mucho amor, mucho, mucho amor.
¡Y no me digan que en la vida real, en la faction, no pasan ésas cosas¡. No sean desconfiados y no tengan en cuenta la antropología de Josep Pla, sobre todo al hablar del amor, de las mujeres. Que él no pudiera ser feliz con una mujer no le autoriza para ser tan terrible con las relaciones amorosas. Y además, queda claro que quiso a Aurora Perea, el garrepa, ese impostor.
Hasta que llegó Sarapo.
Tuve noticias de Theo Sarapo por una canción de Carlos Cano titulada A PARIS:
....La vida color de rosa. El amor de un loco y una mariposa. La historia de Theo Sarapo el oso de trapo que amaba a una diosa. No pierda el tiempo en sufrir hay que aprender a volar. Olvide, viva feliz que sólo en París se puede olvidar.....
Pero ¿quién era Theo Sarapo?
El bueno de Theo fue el último amor de la gran Edith Piaff. El era un peluquero griego. Cuando se conocieron en 1962, ella tenía 47 años y él tenía 26. Su nombre real era Theophanis Lamboukas aunque por decisión de Edith pasó a llamarse Theo Sarapo, que en griego significa, “te quiero”. Se casaron aunque su amor duró un año y un día. Piaff falleció en octubre de 1963. Piaff le había transformado en actor y cantante. Sarapo sostenía a Piaff, muy envejecida, en los escenarios y le ayudaba con sus canciones.Tras morir Piaff, Sarapo quedó nombrado heredero universal de un imponente emporio de....deudas. Tuvo que escuchar, en silencia, cómo era acusado de haberse aprovechado del mal estado de la cantante y de haberse quedado con toda su fortuna.Sarapo pagó religiosamente lo que Edith debía y cuando se vió libre se suicidó estrellándose con su coche. Era el año 1970. Fue enterrado en el Pere Lachaise, al lado de Edith Piaff. Sarapo, al igual que Montand, solía vestir de negro, color oficial de los existencialistas franceses. El cantante Alberto Cortez, que conoce bien la historia de Theo Lamboukas, eligió llevar siempre en sus actuaciones la camisa negra en homenaje a ellos, a los que aman.




PD. Gracias al amigo Protactínio por la fotografía, inédita en la blogosfera.

miércoles, marzo 15, 2006

CONVERSACIONES CON FERNANDEZ (II)

Oye, Fernández, que ya se me pasó el susto con el constructivismo y con Ginés Morata. Poco a poco me voy tranquilizando y voy comprendiendo que todo encaja en el Sistema; el Sistema, como Microsoft en aquel chiste, es "un anillo para controlarlos a todos". Pura conspiranoia, pero ya sabes que me pongo muy nervioso y a veces, hasta pierdo los papeles. Pero comprende que uno tenga sus temores porque uno no es un dios menor. Uno es uno, apocado y ansioso, bien lo sabes. Y además, he sabido por letra de Matt Ridley qué es lo que nos hace humanos. Encontré su famoso libro por 7 euros en una edición de bolsillo. Yo había leído GENOMA, del propio Ridley y me había parecido un tostón. Este otro, el "Qué nos hace humanos", es una delicia, muy divertido, lo lees en dos patadas, te relajas y empiezas a situarte en mitad de camino en la batalla. Y te da un poco de seguridad. El conocimiento. No el Sistema. El Sistema genera dependencias y desconfianzas. Por supuesto que somos Sistema. Nervioso.
Los miedos, las fobias. Cada día hay más, dicen en el supermercado y en Urgencias. ¿Será el estrés? Y encima la gente no soporta que les digas que su dolor de cabeza o de barriga no es real, que es una cuestión nerviosa, me cuenta una buena profesional que toma ansiolíticos como avellanas.
Yo creo que sí. Que hoy reina una fobia, la ecmofobia y una filia, la estultofilia de la que habla una señora llamada López Mondéjar desde Murcia. La pasión por la ignorancia. El deseo de ser engañados. Lástima que sea inconsciente. Ya sabes que yo no creo.
Te dejo. Me voy con la música de Joni Mitchell que me mandó Chema Ledo "Both Sides Now". ¡Qué romántico es Chema¡ Casi oficial y caballero.

martes, marzo 14, 2006

CATALOGO DE LECTORES (por Fernando Terreiro)

CATÁLOGO DE LECTORES

Vale. Lo confieso. Ya es hora de acabar con la farsa. Yo no soy escritor. Yo soy camarero. Por tanto mi deber no es inventar improbables ficciones, ni la de ser un espejo que plasme por medio de las palabras justas la realidad que pasa por alguno de tantos caminos. Mi labor es otra, la que todos conocen. Pero, al menos, me reservo el privilegio de contemplar el mundo desde este otro lado de la barra. De observar con minuciosidad y sin hartazgo. No el de atender a las enteradísimas conversaciones, no el de escuchar las confesiones de infinidad de gentes. Los oídos cerrados. Mi privilegio es observar.

Observar las nimiedades que hacen de este espacio repleto de música y de humo un lugar irrepetible. Observar, por ejemplo, el periódico, cómo pasa de mano en mano, y ser testigo privilegiado de los cientos de actitudes que la gente puede adoptar cuando le tiene ante sus ojos. Aquel hombre que se apresura a cogerlo de la barra, que lo abre por cualquier página, incluso a veces, sin apenas darse cuenta, por la primera, para que su mirada se quede extrañamente atrapada en un punto del horizonte, de esa lejanía inmensa que se encuentra allá, en la pared del otro lado del bar. Mientras que la página del periódico permanece quieta, con sus inmutables noticias clamando por decir algo al forastero singular, esperando con la paciencia que solo pueden tener las palabras impresas que esa mirada abandone ese punto desconocido de un universo concentrado en algún lugar muy preciso de aquella pared, en alguno de sus mil matices del color amarillo, el cual se diría que posee la clave de, al menos, una parte de la existencia. Y muchos minutos después cerrar el periódico, devolverlo a la barra, pagar, gracias, gracias. Salir a un mundo exterior diminuto comparado con el increíble infinito de aquel matiz amarillo. El refresco intacto, aún encima de la mesa.

O aquel otro que coge el diario precipitadamente, que se sienta en aquella mesa desde la que puede controlar la entrada del bar. Que pasa las hojas de dos en dos, de cuatro en cuatro, sin importarle en absoluto la página que tuvo la dudosa suerte de comparecer por breves momentos ante su mirada. Sin dar ocasión a las palabras a dar cuenta de su importancia, de su paciencia, quedando ellas allí, volteadas, víctimas de su pasividad impresa, víctimas de su propio ser de tinta, mientras los ojos del hombre pasan con rapidez de un lugar a otro con ansiedad, de la puerta a la improbable noticia de sabe Dios que otra sección del diario que tampoco es capaz de sujetar su mirada. Hasta que finalmente el hombre se levanta con enloquecida celeridad, dejando el periódico abandonado, con las páginas de economía a la intemperie de la luz de la tarde y del aire aun sin demasiada carga. Sin despedirse, la cerveza pagada al ser servido, los restos de espuma en el cristal del vaso completando el abandono, para terminar paseando arriba y abajo de la calle, su silueta apenas visible en rítmicos momentos, a través de la ventana del bar.

Y éste otro del café cortado que fija su mirada en una sola página y no levanta la vista para nada. Las manos en el borde de la mesa y contra el pecho, los pies cruzados, las lentes fijas en el papel mientras pasan los minutos, uno tras otro, incansables, y la vista sigue fija en esa pagina en las que yo no había advertido el menor interés. ¡Pobre de mí! que tampoco después, leyendo con mayor atención todas aquellas palabras de transparente lenguaje periodístico, había conseguido comprender los largos minutos, la sublime observación, el detenimiento puntilloso que habían merecido de ese hombre que al final bebió un café frío, cerró el periódico con gran cuidado, lo colocó en el lugar de la barra donde lo había encontrado y se despidió con cortesía mientras el camarero ya buscaba la página leída, intentado encontrar esa explicación que aquellas sencillas palabras, pero tan opacas para el no iniciado en que sé yo, no le darían.

En último término están los casos extremos. El joven que con un enorme café con leche a su lado sacaba su cuaderno y tomaba, con verdadero ahínco, apuntes de las incautas noticias que se ofrecían con inocencia a sus ojos, mientras que él, antes de comenzar a escribir, siempre meneaba la cabeza de un lado a otro como no pudiendo creer aquellas palabras que iba descifrando, o bien ponía una sonrisa interesante, mientras perdía su mirada en la ¡como no! asustada pared amarilla. Una sonrisa de inteligencia exuberante que parecía querer decir: no, si esto ya lo sabía yo que iba a suceder, dejando a esas palabras de supuesta actualidad sumidas en un total desconcierto, mientras intentaban mirar por el rabillo de sus propios ojos de tinta negra que era lo que el joven apuntaba en su cuaderno después de cada trago de su café con leche, grande y muy caliente.

O el loco, pues no podemos olvidar que para ellos también existen los bares. Aquel hombre gordo y siempre con la camisa desabrochada casi hasta el ombligo, que con su cerveza o su vaso pequeño de licor se topaba con el periódico en la barra y se sentaba en una mesa frente a él, pasando las páginas con un algo de apresuramiento en el que, sin embargo, se podía adivinar cierta pausa cuando leía algunos de los titulares, elegidos con el desorden que imagino que será propio de los locos. Y, de repente, las hojas dejaban de pasar. Su atención se detenía en cualquier sección, en cualquier página, en cualquier noticia, y comenzaba a reír. Su pecho casi desnudo comenzaba a subir y bajar con fuerza, sus dientes enloquecidos afloraban en una carcajada silenciosa y algo triste, como triste era su gesto cuando, todavía riéndose, levantaba la vista del periódico y me miraba con una mirada que no se compenetraba bien con aquella risa, una mirada que era una desesperada petición de sentido que yo, un sencillo camarero, no podía darle.

Porque hoy me quite la máscara. Nunca fui escritor. Y por eso me limito a observar y a describir lo que veo. Que sean otros, por favor, los que imaginen una vida para todos estos lectores del periódico. Que sean otros los que imaginen al hombre abandonado que no consigue explicarse las razones de su nueva soledad, los que cuenten la historia del hombre enamorado que no sabe si ella acudirá a esa primera cita, del que sabe Dios que cosas pretenderá olvidar al menos durante los minutos que pasa sentado en ese bar, tomando cualquier consumición, con el periódico delante. Que otros escriban las razones de los cuadernos y de todas las locuras que yo ni siquiera soy capaz de imaginar.

Yo solo puedo poner mi mirada, un escenario decente, un café que procuro que resulte tan cremoso como amargo.

lunes, marzo 13, 2006

CONVERSACIONES CON FERNANDEZ

@Días en que repiquetea monótono y monocorde el canon prodarwinista, genes egoístas, el instinto del lenguaje, qué nos hace humanos. Días en que uno se encuentra con el término "constructivismo" por doquier, colgando de labios belfos. Días en que Scott Attran se estrella contra Humberto Maturana. Yo recuerdo a Watzlawick,ojo del observador, construyendo el constructivismo: "La ciencia clásica se había propuesto como misión investigar el mundo en su realidad objetiva, independiente de lo humano. Esto significaba que para llegar a este mundo sin sujeto, debía ser alejada de él toda contaminación subjetiva, por tanto también el observador. Desde principios del siglo XX se multiplicaron las dudas sobre la posibilidad de realizar este propósito. Empezaba a comprenderse que un universo del que se había expulsado todo lo subjetivo, precisamente por ello dejaba de ser observable".¿La verdad estricta?
Inasible el carajal. Mental.
Porque no es de esperar que se alcance jamás un conocimiento totalmente objetivo de la realidad.
Dime pequeñeces que me siento mal, raro, como encendido...

@ BRAULIO LLAMERO.
Un periodista zamorano que tiene un excelente blog con varios enlaces a otras varias páginas personales.Todo muy trabajado y respetuoso, sutilmente liberal. Braulio tiene la buena costumbre de tolerar las "socializaciones" de su obra en la blogosfera arrabalera.Y uno le agradece su trabajo y que le hiciese a Agustín García Calvo una foto y una entrevista tan interesante como la que colgué en este blog el día 3 de Marzo.
Y sobre todo le agradezco que se tomase la molestia de aclarar mis dudas.

domingo, marzo 12, 2006

DOMINGO GRAFICO. (Chema Ledo)

sábado, marzo 11, 2006

CARMEN BALADÍA

Carmen Baladía fue la jefa del equipo de forenses que intervino en el IFEMA el día 11M de 2004. Carmen Baladía se pasó 41 horas en pie seguidas sin dormir en el pabellón de la muerte. Capitaneó los turnos de los 68 forenses que identificaron los cuerpos. Su trabajo ha pasado a la historia como modelo de profesionalidad. Tuvo que ver cómo algunos compañeros criticaron sus conclusiones al no ver satisfecha la búsqueda delirante de terroristas suicidas.
A los forenses, que estuvieron en primera línea de fuego todo el tiempo, casi nadie les ha pedido su su opinión sobre aquellos momentos. De hecho, la entrevista con Carmen Baladía que me sirve de fuente aparece en YO DONA, al lado de una excelente y corrosiva columna de M Vela Zanetti sobre BJORK.
Siguen sentado cátedra en los medios de comunicación los PSI que intervinieron con aquellos familiares. La intervención psicológica con los familiares derivó en una descoordinación llamativa dada la gran cantidad de profesionales que querían prestar su competencia para ayudar a los damnificados que en muchos casos, desde la mejor salud mental, rechazaban su ayuda. Pues ni por ésas. Me quedo con la profesionalidad de Baladía, que dice haber quedado tocada emocionalmente. ¡Cómo no¡
En fin, un recuerdo triste para aquel 11M de 2004 en el que la vida de muchas españoles cambió de rumbo. La mía, sin ir muy lejos, lo hizo.

viernes, marzo 10, 2006

UN VALS DE ESTOCADAS


@" A veces me pregunto si los recuerdos son algo que tenemos o algo que hemos perdido" (frase final de "Otra mujer", W. Allen).










@ Anda el mundo literario madrileño algo revuelto desde que Kiko Rivas publicó en www.arcadiespasa.com la primera de sus cartas contra el buen escritor que es Andrés Trapiello en las que acusa al escritor leonés de ser un "pajillero de mesa camilla" entre otras lindezas de varia lección. El pintor sevillano se siente agredido a su vez por varios fragmentos de los diarios que Trapiello publica periódicamente. No ha hecho más que caer la primera píldora de la factoría Rivas y ya se habla más en Madrid de la contienda entre los ex-amigos que del Estatú tururú.
Las refriegas entre escritores son frecuentes y suelen alcanzar un nivel de ferocidad que da mucho miedo. Ello no empece para que uno se sienta saturado de tanta descalificación "adhominem" pública. A uno le parece que la búsqueda de notoriedad y no otra cosa es lo que rebulle bajo estas reyertas.
Sobre los diarios personales hay una seria disputa acerca del nivel de literatura que pueden soportar para seguir llamándose diarios personales. García Martín hablaba en su "Dominio público" de otro incidente del bueno de Trapiello, el que tuvo con el librero ovetense Valdés tras haber contado AT el enorme interés que el hijo de Valdés mostraba por la bibliofilia a los doce años de edad. Valdés quiso ver en aquella narración de lo real, que tanta publicidad le ha hecho a su librería, una acusación velada de "explotación de menores" por parte del manzanedino (quién también fue acusado en su momento de realizar esas fechorías con sus hijos). Valdés se pasó aquel año quejándose de Trapiello a cualquiera que le nombrara al famoso diarista. Yo mismo cometí la imprudencia de preguntarle una vez y escuché su dolido soniquete. A raíz de dicho incidente, García Martín, que suele juzgar con notable acierto los hechos, concluía que con los diarios personales se podía hacer buena literatura pero también, mucho daño.
Uno piensa un poco así. Y echa en falta que a los diaristas no les preocupe algo más la literatura o el periodismo. Porque lo que pasaría si la envidia fuese tiña ya lo sabemos hace tiempo. Como también sabemos que quien tiene la lengua larga debe tener el lomo duro y que donde las dan, las toman. Pero para eso no se hicieron los diarios personales.Para eso, el programa TOMBOLA.
Pere Gimferrer, otro aludido por el genio del Torío, escribió sutilmente que la vida es "un vals de estocadas". Touché, Don Pere, touché.

jueves, marzo 09, 2006

AHORA, QUINI, AHORA



AHORA, QUINI, AHORA

Enrique Castro “Quini” ha sido uno de los grandes goleadores del fútbol español. En el Sporting de Gijón sus registros siguen sin ser superados. Cinco pichichis en Primera y dos en segunda le convierten en uno de los mejores rematadores de todos los tiempos. La afición sportinguista mantiene hacia Quini una reverencia y una admiración sin parangón. Quini sigue siendo un ídolo. Actualmente ejerce como delegado del club.
Quini jugó desde 1970 a 1980 en el Sporting y hasta 1984 en el Barcelona. Posteriormente, volvió a Gijón donde se retiró en 1987. Paradigma de futbolista luchador, ultradeprtivo y excelente compañero, se recuerda como hito histórico la única expulsión que sufrió en su vida contra el San Andrés de Barcelona en una de las temporadas que jugó con el Sporting en Segunda. La imagen mediática nos habla de una persona demasiado desinteresada, bonachona, vulnerable pero sobre todo, muy apreciada.
La vida de Quini se imbricó para siempre en la historia social española tras el secuestro que sufrió en marzo de 1981. Hace ahora 25 años.
España se estaba quitando el susto de encima tras el intento de golpe de estado del 23F cuando el día 1 de Marzo de 1981 Quini fue secuestrado en los aparcamientos del Camp Nou. Aquella noche Quini inició un cautiverio de 25 días que han marcado su vida de forma irrevocable como reconoce en varias entrevistas realizadas en esta última semana.
Una mirada retrospectiva sobre aquellos momentos. Pocos sucesos sueltan tanto polvillo sobre el funcionamiento de una sociedad. Un polvillo blanco que cae sobre los hombros.
Secuestran a Quini unos obreros con problemas de liquidez en una España acostumbrada a enterrar policías y guardias civiles casi a diario y que acababa de sacudirse la pesadilla de un golpe de estado. Para no dormir. Otra vez el transistor a la oreja.
Historia de un secuestro escrita sobre los hechos, escrita sobre aquella España. Cuéntame la historia, Carlos Prieto:
“El Atlético de Madrid que presidía el polémico doctor Cabeza era el líder. Le perseguía el Barcelona, que aquel día recibía en el Camp Nou la visita del Hércules. La victoria azulgrana le situaba a sólo un punto de los 'colchoneros', con el aliciente de que al domingo siguiente el Barça jugaba en el Calderón.
Pero la historia se frenó tras el partido. Quini, que había conseguido dos goles y comandaba la clasificación de máximos goleadores con dieciocho tantos, salía del estadio dispuesto a dirigirse al aeropuerto de El Prat para recoger a su mujer Mari Nieves. En el momento en que iba a abrir su coche le encañonaron con un revólver, le introdujeron por la fuerza en la parte trasera del automóvil y le colocaron una capucha negra. «Tenía un Ford Granada automático y los secuestradores no sabían ni conducirlo. Eran currantes, que no tenían una peseta. Confundían el pedal del freno con el del embrague. Casi nos matamos». Posteriormente, le metieron en una caja de madera y en una furgoneta DKW (¡OJO A LA DEKAUVE¡) y lo trasladaron a Zaragoza.
Mari Nieves, su mujer, se desesperaba en el aeropuerto. Quini no llegaba. Entonces decidió tomar un taxi que la llevase a casa. Una vez en su domicilio, llamó a José Ramón Alexanko, capitán del Barcelona, y uno de los mejores amigos de 'El Brujo'. No había explicación. Luego se puso en contacto con Óscar Segura, su representante, que también desconocía el paradero del jugador. La situación comenzaba a ser alarmante y deciden avisar al presidente José Luis Núñez, quien pone el caso en conocimiento del Gobernador Civil Josep Cordech. Aquella interminable noche, Núñez, Gaspar, Segura y Alexanko durmieron en casa de Quini, para acompañar a Mari Nieves en su sufrimiento. (¡INCREÍBLE COMITÉ DE CRISIS¡ REPASEN NOMBRES)
El calvario continuó al día siguiente. La noticia ha corrido como un reguero de pólvora y decenas de periodistas y curiosos velan ante el domicilio del jugador. Mari Nieves está destrozada y precisa incluso la asistencia de un médico para tranquilizarla. La tensión aumenta. A las tres de la tarde, el 'Batallón catalano-Español' (OJO AL BCAE) reivindica el secuestro mediante una llamada al diario 'La Vanguardia'. «Un equipo separatista no puede ganar la Liga», dice el interlocutor de este grupo. Todas las noticias son falsas. Por fin, a última hora, una carta y una cinta confirman el secuestro.
El día tres por fin los secuestradores se ponen en contacto con Mari Nieves. Los secuestradores piden cien millones. (REIVENDICAN EL SECUESTRO EN NOMBRE DEL PRE).
Mientras se intensificaban las gestiones para resolver el secuestro, la plantilla del Barcelona mostraba su solidaridad con su compañero. «No jugaré en el Calderón. Además de piernas tengo corazón», afirma el alemán Bernd Schuster. El vicepresidente Casaus decía por su parte: «Estoy dispuesto a dar mi vida por su libertad» (OJO A CASAUS). La tensión es insostenible. Los futbolistas se reúnen en el Camp Nou para rezar por su liberación (REZABAN EN TRES IDIOMAS: CASTELLANO, CATALAN Y ALEMAN).
Sin embargo, la Federación Española de Fútbol decide que el hecho no alterará el campeonato y que el Barcelona debe jugar en Madrid. La Junta Directiva del equipo catalán se reúne con los jugadores y les pide que jueguen y dediquen el triunfo a Quini. Ramírez ( UN PAQUETE TOTAL) actuó como delantero centro, con la camiseta con el número 14 en lugar de la del 9. Seis partidos disputó el Barcelona durante su secuestro y sólo fue capaz de sumar un empate. «No sé si hubiéramos ganado la Liga sin mi secuestro. Estábamos jugando muy bien, pero en fútbol no hay nada seguro». (REFLEXION EN VOZ ALTA)


25 de marzo de 1.981
A las seis de la tarde es detenido en Ginebra (Suiza) uno de los secuestradores. Confiesa donde está Quini, que está secuestrado en el subterráneo de un taller mecánico de Zaragoza. A las diez de la noche, la policía entra en el local y libera a Quini. Al cabo de diez minutos, se ponen en contacto con Mari Nieves. Rápidamente se sabe la noticia del final feliz.En aquellos momentos, en Wembley, España estaba jugando y ganando un amistoso contra Inglaterra. A las once, después de conversar con el presidente del gobierno Calvo Sotelo, Quini habla con la prensa aragonesa: "Preguntadme lo que queráis. Estoy muy contento de poderos contestar". El gobernador civil de Barcelona dice: "Si no hubiera sido por la prensa habríamos detenido a los secuestradores en seis días". Y el vicepresidente Josep Mussons afirma que "no se ha pagado rescate". (CADA UNO A LO SUYO)La gente se amontona delante de la Dirección General de Policía de Barcelona para esperar la llegada de Quini. Se canta el "Asturias, patria querida" (OJO¡¡¡) Es una fiesta. A las dos y media llega la comitiva y con un Quini demacrado, con barba y visiblemente agotado, baja de un SEAT 131 en medio de la ovación de centenares de aficionados. En el primer piso abraza a su esposa y poco después sale al balcón a saludar a todo el mundo.


«Hacía tres o cuatro días que me habían puesto una televisión en el zulo, pero apenas se veía nada. Me conformaba con oírla. Ese día jugaba España con Inglaterra en Wembley. De pronto, un hombre entró de repente. Yo me tiré contra el colchón y pensé que iban a matarme. 'Soy policía. Quini, tranquilo, eres libre'. Me abracé a él y a otros policías y rompí a llorar». ('Soy policía. Quini, tranquilo, eres libre')( ME SIGUE EMOCIONANDO ESTA FRASE).
Los mecánicos Víctor Manuel Díaz y José Eduardo Sendino y el electricista Fernando Martín fueron detenidos por la Policía Nacional y juzgados en enero de 1982. Mientras Quini había retirado los cargos contra ellos, el Barcelona reclamó 35 millones de pesetas de indemnización, al considerar que el secuestro les había privado de ganar la Liga (OTRO OJO). Los tres hombres fueron condenados a una pena de diez años de cárcel y a pagar cinco millones de pesetas a Quini, que renunció a cobrarlos. Ha pasado ya un cuarto de siglo y Quini no ha vuelto a verles”.

Bueno, pues el hecho es que Quini sigue sin querer hablar del secuestro. Los periodistas García Corredera y Rubio publicaron aquel año un libro titulado “Quini: del secuestro a la libertad” donde se describe con todo detalle lo sucedido.
El periodista madrileño Miguel Mena acaba de ganar el premio de novela Ciudad de Málaga con una novela basada en el secuestro de Quini. Como casi siempre, Quini no sabe nada aunque sí que le gustaría leer la novela.
En el fondo, el gran Quini prefiere que le recuerden desde la canción que su amigo Pipo Prendes, cantante candasín, acaba de dedicarle. Se titula “AHORA, QUINI, AHORA” y recuerda el grito unánime con que El Molinón animaba a su ídolo cuando el balón empezaba a rondar el área rival. Dicen los viejos que al oir esa letanía “hasta los equipos grandes, empequeñecían”.



"Tú sabes qué es triunfar.

Triunfar es ser Pichichi

en la conciencia, number one.

¡Ahora, Quini, ahora!

Quinocho del Nou Camp,

el nueve del Sporting,

el carisma popular"

miércoles, marzo 08, 2006

MARY McCARTHY


La autobiografía, las memorias, ofrecen una atalaya excelente desde la que apreciar la estima en que una persona se tiene a sí misma. Hace tiempo que leo todo tipo de autobiografías y diarios personales. Como diría Catalino, debe de haber algo de deformación profesional en ello. Pero ¿a quién no le interesa saber cómo funciona esa cosa llamada ser humano? Es cierto que yo me regodeo con sumo placer en la contemplación de nuestra pequeñez, tan convencido estoy de mi insignificancia. Les ahorraré detalles de la relevancia en la que tengo a la mayoría de los otros.
Volvamos a la gestión de la memoria, de los recuerdos que eso y no otra cosa es en lo que consiste hacer una autobiografía. Tenemos escritos de toda laya y variedad, que diría un clásico. La gran mayoría de los que se autobiografían lo hacen para quedar bien en la foto. Y a fe que lo consiguen. Nos suelen dejar abundantes testimonios de su fortaleza mental o profesional (Espartaco Santoni, Castilla, Juan Luis Panero, Salinas, etc); en otros casos, se alivian el vientre y salen reverdecidos (Laín) y otros, más mundanos, se limitan a describir una época, a contar chascarrillos de los amigotes y entonar el "que tiempo tan feliz..." (Pardo, Caballero Bonald, Martínez Sarrión, etc). También sirven las memorias para salir antes del talego, caso de "Camina o revienta", memorias de El Lute o para ganarse unas perrillas con las que apagar la sed en la vejez (La Mayoría)
Una de las muchas cosas que me sorprenden es que trabajando con un material tan endeble como es la memoria, tan sometido a desconfianza como son los recuerdos personales, no he leído ninguna autobiografía en la que el autor se cuestione la veracidad de lo narrado. Nadie desconfía del valor de sus recuerdos. Nadie tiene en cuenta que "la memoria siempre trabaja con el presente". Da que pensar y hace desconfiar tanta solvencia mnémica.
Mary McCarthy (1912-1989), una de las intelectuales yanquis más destacadas del siglo XX, es una gozosa excepción a esta regla. Su biografía "Memorias de una joven católica" (1958) constituye un ejemplo de solvencia personal y de aceptación resignada de los límites que impone nuestra humanidad. Trabaja con la presencia constante del "claroscuro" en su memoria o sea, que narra los acontecimientos que considera claves en su vida pero señalando que es posible que sus recuerdos no se correspondan con los hechos que en realidad sucedieron. Para ello, contrasta continuamente sus testimonios con los de otras personas y convierte su trabajo en una especie de pesquisa policíaca en busca de la verdad renunciando a su versión de los hechos. Hechos que en el caso de McCarthy fueron especialmente duros: huérfana de padres desde muy joven se crió con sus hermanos en casa de los diferentes parientes que se prestaron a acogerles en plena Depresión americana.
Para exponer su investigación se sirve de capítulos paralelos: en uno cuenta su película de los hechos y en el otro presenta sus motivos de desconfianza con lo narrado y descubre los artificios literarios que usó en el relato paralelo.Todo un hallazgo y un refresco esta señorita Mary.
Mc Carthy, por decir algo, fue buena amiga de Hanna Arendt a la que defendió cuando la comunidad judía quiso lincharla tras su libro sobre Eichmann. Escribió varias obras más aunque yo conozco sus Memorias solamente. Su nombre aparece vinculado a la homosexualidad femenina (????) aunque Félix de Azúa contaba el otro día en su blog que la buena de Mary era una "pájara de cuidado" porque le gustaba viajar en los trenes que tenían un pasillo central con una fila de asientos a cada lado. Se divertía avanzando bamboleante entre las miradas de los hombres "con todos los trapos al viento". A saber qué quería decir Don Félix.

martes, marzo 07, 2006

ALTAZOR

@Cita con el experto en psicoterapias. Nada hay mejor que te enseñen. Nada hay mejor que aprender. En el docente está gran parte de la gracia. Uno, que no la tiene, la valora más. Al café, charla de café, docencia de café, información de café, informal: lo último en cognitivismo es el "revival" de la hipnosis y de las técnicas de relajación orientales: vedas, tantras, mucha conciencia abierta por donde entre lo bueno y salga lo malo. La hipnosis que ha hecho desde siempre el maestro Colodrón, tan desfavorecido por los jueces de la historia. Los últimos gritos en psicoterapia. Miro los posos del café.

@Quiero ver en los primeros versos de ALTAZOR el gran himno que la poesía ha hecho a la ANGUSTIA DE VIVIR. Cuando la angustia atraviesa el cuerpo, cuando te bloquea el miedo, cuando se paran las bielas y sufres de la verdad.
El poeta chileno Vicente Huidobro "nació en el equinoccio/bajo las hortensias y los aeroplanos del calor" entre 1893 y 1948. Luchó en la II Guerra Mundial y se llevó del búnker de Hitler en Berlín un teléfono del dictador y una herida en la cabeza que le causó la muerte. Puso en su lápida: "abrid mi tumba, al fondo se ve el mar".
Escribió Altazor en 1931.
Altazor o el viaje en paracaídas:

Altazor ¿por qué perdiste tu primera serenidad?
¿Qué ángel malo se paró en la puerta de tu sonrisa
Con la espada en la mano?
¿Quién sembró la angustia en las llanuras de tus
ojos como el adorno de un dios?
¿Por qué un día de repente sentiste el terror de
ser?
Y esa voz que te gritó vives y no te ves vivir
¿Quién hizo converger tus pensamientos al cruce
de todos los vientos del dolor?
Se rompió el diamante de tus sueños en un mar
de estupor
Estás perdido Altazor
Solo en medio del universo

Solo como una nota que florece en las alturas del
vacío
No hay bien no hay mal ni verdad ni orden ni
belleza

¿En dónde estás Altazor?

lunes, marzo 06, 2006

EL SENTIDO DE PROGRESO

Miguel Delibes ingresó en 1975 en la Real Academia de la Lengua. Lo hizo con un discurso titulado "El sentido del progreso desde mi obra". A veces releo algún fragmento del mismo porque, por alguna extraña razón, la escritura de Delibes me llena de tranquilidad. Me pasa lo mismo con el cielo azul de León en los días soleados, con el aire transparente. Eso, concretamente eso, no he podido encontrarlo nunca en Asturias.
A veces, cada vez más veces, releo a Delibes, por quedarme tranquilo:
"Cuando hace cinco lustros escribí mi novela "El camino" donde un muchachito, Daniel el Mochuelo, se resiste a abandonar la vida comunitaria de la pequeña villa para integrarse en el rebaño de la gran ciudad, algunos me tacharon de reaccionario. No querían admitir que a lo que renunciaba Daniel el Mochuelo era a convertirse en cómplice de un progreso de dorada apariencia pero absolutamente irracional. Posteriormente, mi oposición al sentido moderno del progreso se ha ido haciendo más acre y radical hasta a bocar a mi novela "Parábola del naúfrago" donde el poder del dinero y la organización terminan por convertir en un borrego a un hombre sensible".
Miro por la ventana. Las chimeneas de la fábrica de zinc como en la portada de un disco de Pink Floyd. Quedo tranquilo.

sábado, marzo 04, 2006

HORTENSIA ROMERO

Tras leer el artículo de Arcadi Espada en EM misterioso y de los agujeros negros, titulado "Un castellano deficiente(andaluz)" me vino a la memoria uno de los libros que más me gustó en la adolescencia. Corría el año 1979 cuando el escritor gaditano Fernando Quiñones daba a luz su famoso "Las mil noches de Hortensia Romero". Al jurado del Premio Planeta les debió parecer el mejor libro de los que se presentaron a concurso, razón por la cual quedó finalista.
El argumento de Hortensia Romero es bien simple: una estudiante de sociología decide entrevistar, magnetofón mediante, a una puta andaluza de cincuenta años de edad llamada Hortensia Romero y La Legionaria de nombre de guerra. Hortensia Romero se expresa coloquialmente y Fernando Quiñones, bien consciente de la verdadera evolución de las hablas, no hace sino aplicar unas briznas de literatura al aroma de la calle andaluza que declama La Legionaria para evitar precipitarse en el tipismo facilón.
El sostén ideológico de la novela se ha revercido con el tiempo. Ya entonces resultaban patéticos los intentos de aquella socióloga por disecar "el alma y el habla andaluzas". La Legionaria de Quiñones le daba sopas con honda en ingenio y en libertad. De fondo quedaba la sorpresa y perplejidad del presunto normal, universitario, por lo que juzga aberrante, puto andaluz.
Volvemos al castellano mal hablado (andalú) tal y como lo describe ese censor televisivo del pujolismo, de los nacionales catalanes. Pocas veces se habrá visto un desprecio tan grande por lo humano sostenido en tan pocas palabras y pocas veces ha nevado tanto racismo en cotas tan bajas. Hasta en la playa. Mira lo que escribe el censor de una noche de televisión de un día cualquiera de los años noventa.
"Mira: «La primera actuación por parte de los solidarios la protagonizó un hombre afectado por el sida que hablaba en un castellano muy deficiente (andaluz)». El hombre explicó su drama. Y el nuestro, distinguiendo de inmediato entre catalanes y los que hablan andaluz, se pregunta: «¿No hay ningún catalán que pueda decir lo mismo?». La noche empezó mal pero sigue peor: «Repito que hay cada vez más castellanohablantes en el plató». Y acaba peor, en el puro fango: «Es ésta la gente insolidaria de Cataluña. La que no quiere saber nada de nuestra cultura y de nuestra lengua. Esta, por mal que nos pueda saber el reconocerlo, fue la gran victoria del verdugo de nuestra existencia, que entorpeció muchos años de progreso y dejó estas secuelas, desafortunadamente. [ ]. Yo no me siento racista, sino todo lo contrario, pero ante ciertos individuos puedo entender lo que pasa en otros pueblos que tienen un porcentaje mucho más elevado de población inmigrada. Supongo que los llegan a aborrecer y, además, si encima los que roban, venden drogas y hacen las fechorías más importantes son esta gente, pues no hay para menos. Y si no, miremos los que tienen lugar fijo en las cárceles catalanas, y veremos el índice de catalanes que se incluyen. Escaso, gracias a Dios. Realmente, no me imagino un presidente de la Generalitat negro, pero tampoco extremeño».
Lo dicho. Que vuelva Hortensia Romero.




LAS MIL NOCHES DE HORTENSIA ROMERO

___...¡Lo alegre y lo salao que era el Friti, de mearse, y la de chistes que sabía ese hombre!; que él fue el que sacó por Carnavá la copla del moqui-moqui que la cantaron Las Cotorras Borrachas, la copla con el lío de Paco el del Ibérico, ¡mujer, el Ibérico, el café del Paseo Canalejas: cuando le pasó aquello al dueño que ya él era mayor y quería a la fuerza seguir funcionando con una muy joven y!... ¿pero cómo que qué dueño?: ¡Paco, hija!... aquello que tuvieron que llevarlo por fin al Seguro a bajarle urgente el mandao, que la cantó esa copla aquel año la chirigota de Santiago Galván, la de las cotorritas:

Un industrial de esta plaza
s'ha tomado una pastilla-có
y se l'ha quedado el tranco-có
como el palo de una silla.
Moqui-moqui del trancoqui
quiquiriquiquí-cocó


___: del Friti clavao.
___O si no, que yo lo vi, cuando vistió de niño a Pepe el Chaveta tan viejo, tan chiquetito y tan feo, eso fue otro Carnavá hace más tiempo, y él salió de niñera: el Chaveta en el cochecito con su pipo, sus patincitos de lana, el sonajero, su babero de encaje, o sea, lo que es una criatura chica, y el Friti con sus medias y las naguas y el gorro ese de niñera.
___ Y le dice el Friti al Chaveta:
___-Ya tú sabes los rempujones y las bullas que se forman; en una de ésas, lo mismo te tiran del coche o te caes o lo que sea, así que va a ser mejor que te amarre, José.
___-Venga -dice el Chaveta.
___Lo amarra el Friti al cochecito, pero bien, y el biberón era el vino, un biberón muy grande, esagerao, con Valdepeñas de Casa Nicanor, y la tata se lo daba al niño, "toma, nene, toma"; la gente, tirándose al suelo.
___Y coge el Friti y, sin que el otro se diera cuenta, empieza a echarle jalapa en el vino, con lo que eso suelta el vientre y que casi ni se le nota el gusto con el vino fuerte. Y de pronto, el Chaveta: "mamá, caca", y al rato, "ay, ay, Antonio, suéltame". Y el Friti venga a darle el biberón, "toma, nene", ya por la calle La Pelota unos peos que no veas y "¡suéltame, suéltame!". Y el Friti, ese biberón: "¡Toma y calla, nene!, qué nene éste más malo..." Pero sin desamarrarlo. Y el Chaveta, por la calle Nueva, medio llorando: "¡que me cago, suéltame con tus muertos, Friti, ay!"... Y "que me cago-que me cago" y, ya en San Francisco, prrrrá, salpicando la mierda por las barandillas del coche abajo.
___Que al Chaveta, olvidársele no se le llegó eso a olvidar. No se lo perdonó. Pero nunca, ¿eh?... Lo veía y se ponía malo. Tanto es así que, la tarde que se murió el Friti, se emborrachó de la alegría, me dijeron.
___Ah, pero yo con el Friti, yo es que me tiraba al suelo, a mí me se iba el reló en la cama con él, aunque nunca le permití a las dueñas ni a nadie de que me llamaran a mí la atención, o me tocaran en la puerta, porque me tardaba con un hombre, eso nunca. Y siempre me lo respetaron.
___Huy el Friti y la catalana, qué arte... Y yo con el Friti, el tiempo que fuera, ¡si es que estaba sembrao!... Es que era... Hay que ver la que lió en Jeré. Es que era... La que armó en Jeré no se le ocurre más que a él; así con esa picardía, nada más que a él. Y luego, verlo al final como lo vi, qué lastimita me dio, parece mentira, ya casi sin poder valerse y...¿ qué, que te cuente lo de Jeré?
___Bueno, el Friti siempre andaba con cuatro o seis cachondos de aquí, los más juerguistas del mundo: Curro Villalonso, Pepito Távora el de la botica de Puerta Tierra, don Paco Ros, que le decían el Solterón (que entonces nadie gastaba güisqui y don Paco lo tenía en su casa hasta en palanganas). Julio Camargo el sastre de la Plaza Candelaria, que era compadre del Friti y ése iba siempre de baldivia, le pagaban los gastos entre todos porque tenía su gracia y sabía estar; Teodoro el de los mariscos iba también algunas veces.
___Y ellos estaban siempre a la que salta, buscándose sus fiestas y sus cachondeos aquí y por ahí afuera, porque Antonio el Friti y don Paco Ros tenían coche cuando aquí en Cadi no había más que cuarenta o cincuenta coches, fuera aparte de los de caballo, que había muchísimos. Así que se iban de fiesta a Sanlúcar y a los toros de Algeciras y a Sevilla y a cualquier sitio donde hubiera algo. O aunque no lo hubiera. Por Jeré caían mucho, allí tenían ellos unos pocos de amigos del mismo pelo...


___... se juntaban en El Gallo Azul, de la calle Larga de Jeré, y llegó a Jeré un extranjero mu orgulloso, que lo conocieron don Paco y Curro Villalonso, y empezó a irse con ellos porque le gustaba también el juergueteo, y al Friti no le hacían ni chispa de gracia los orgullos de ese hombre; lo tragaba porque no estaban todos más que pendientes de lo que cayera y de la fiesta que fuera y de pasarlo bien, pero a él no le iba a genio. Y ya mucho menos cuando le gastó Antonio una broma simpática, un dicho, que ésos se los soltaba el Friti a todo el mundo, trabalenguas de cachondeo y eso, y no se molestaba nadie. Pero el otro se molestó y le llamó malamente la atención en El Gallo Azul, delante de la gente y de los amigos.
___Y el Friti se calló su boca y se la guardó pero bien guarda; dijo: ya veras. Y esa ocurrencia que él tuvo luego y la que lió de pronto con el forasta, ¿eso?: nadie más que él en el mundo.
___Fue una noche de juerga, también en Jeré y con toda aquella banda, ya muchos días después de que el otro le hiciera el feo. Creo que estaban en La Venta La Peque y que al extranjero le cayó mal el vino esa noche y se puso de perder la vista y dormirse en el suelo o en un charco o en donde lo soltaran, porque es que era un bulto sin conocimiento.
___Entonces va y le dice el Friti a su compadre Camargo el sastre, le dice:
___-Compadre, vamos a llevarnos a este hombre a su hoté y a acostarlo para quedarnos tranquilos porque, si no, nos va a dar la noche. Ahora venimos, señores, hasta ahora.
___Lo cogen entre los dos al forasta, lo meten en el coche del Friti, y en lugar de llevarlo al hombre para el hotel donde estaba de güéspede, hace así el Friti y tira para un tapaíllo por el barrio de Santiago, que por aquella parte ya habían estado todos ellos hacía un rato grande dando una vuelta, antes de irse a lo de la Peque, y por allí y por la calle Rompechapines estaba el ambientito de las mujeres y de los ligues y eso, y habían parado allí en dos o tres bares, ya con el forasta borrachísimo pero todavía en pie.
___De manera que llegan el sastre y el Friti al tapaíllo con aquel bulto, serían la una o las dos de la noche, y el Friti habla con la encargada y le dice:
___-Mirusté qué plan, señora: un amigo de fuera que se ha puesto así con las copas, y a ver si puede de quedarse a dormir aquí. Lo deja usté tranquilo toda la noche que nadie lo moleste, y yo le pago la cama ahora.
Le paga la cama a la mujer, tiran con el tío para el cuarto, lo desnudan, lo acuestan y se saca el Friti del bolsillo un pimiento chi de esos que te abren un boquete en la lengua como t'escantilles, de los chiquitillos fuertes-fuertes, que ya lo había pedido en La Venta La Peque antes de llevarse al tajao. Parte el pimiento por la mita, le da con salivita así con el dedo pa que soltara bien esos picores, le baja al borracho los calzoncillos y le refriega un rato grande ese pimiento por el mismo ojo'l culo. Luego le pone dos billetes de veinte duros allí en la mesilla de noche, y lo dejan durmiendo y se volvieron adonde estaban los demás.
___A las doce o la una de la mañana, recala el forasta por El Gallo Azul con dos ojeras como dos pianos y la resaca en lo alto, que se había despertado en el tapaíllo y se vistió y se echó a la calle sin ver a nadie ni querer él saber cómo había llegado allí, ni decírselo a nadie.
___Y ya estaban todos los de la banda en lo que tenían que hacer y tenían que decir, porque todos eran iguales en eso: cachondeo que hubiera, allí de boca todos. Y al principio lo de siempre: "hola, buenos días", "buena la cogiste anoche", lo propio. Pero el forasta, notando que estaban todos como apuraos con él; él arrascándose la ardentía del culo de cuando en cuando, de la forma más disimulá que podía pero con toda su alma, hasta con un tenedorcito de las tapas, y los otros haciendo como que no se daban cuenta del raskayú. Pero el tío veía que le hablaban a lo justo y que, desde que él llegó, había en la mesa un ambiente raro-raro... todos callados, serios... vaya, que no estaban como siempre ni a gusto, así que acabó preguntando qué pasaba y "nada, hombre, nada", y el que le contestaba miraba para otra parte, como apurao y en un compromiso. Y ya con un mosqueo el hombre, que venga a preguntar y a preguntar qué pasa conmigo, y entonces dice el Friti medio serio y medio triste:
___-Bueno, vamos a decírselo porque así es peor. Perdona, Fulano, pero es que anoche pasamos un mal rato y una vergüenza, tú sabes como estabas, que estabas sin vista. Y entonces, en un bar por Santiago, se te echa uno encima que se conoce que le gustaste. El más loca de Jeré. Apretándote el brazo, descompuestito, y que te daba todo lo que llevara encima pero que te fueras con él... ¿cómo nos íbamos a meter nosotros en eso? Y venga y venga hasta que te fuiste con él. Ya luego no sabemos lo que pasó pero la verdá es que nos quedamos todos fríos porque no te conocíamos ese tirón ni esos ligues. Ahora: cada cual es libre de hacer lo que quiera, tú no te preocupes, tú tranquilo.
___Escucha eso el forasta, que ni era homosesuá ni le gustaban los hombres ni el ambiente de la piompa, y figúrate los cabos que amarró al minuto: sobre todo, los cuarenta duros en la mesilla de noche y esa picazón comiéndole el ojete. Se fue al momento del Gallo Azul y sin despedirse siquiera. Se levantó así encorvao y muy despacito, blanco como la paré, sin un "cuánto debo" ni un na, mirando como si se hubiera vuelto tonto... Cogió el tren esa misma noche y no volvió ya nadie a verlo por Jeré.

viernes, marzo 03, 2006

¡ASI TE VA¡




AGUSTIN GARCIA CALVO. ESCRIBE EN LA RAZON.


" Es un ten con ten difícil, porque tampoco he decidido nunca una actitud de anacoreta, de retirarme del todo de la Cultura, lo cual sería imposible. Es la actitud de seguir haciendo cosas, presentándolas, pero sin meterme del todo en el mundo cultural que odio desde lo más profundo. De manera que ése es el motivo que puede, de manera muy simple, referirse a la venta. En general, los autores que trepan, que se hacen un nombre nacional, internacional, lo que sea; simplemente son los vendidos: se venden los vendidos. "Se venden los vendidos" es un axioma económico muy elemental; y cuando uno se niega tozudamente a venderse demasiado, a no venderse del todo, la consecuencia con que el Poder le paga es que entonces se va a vender poco su obra y se va divulgar poco. Es tan lógica y natural que hay que contar con ella y no merece la pena mencionarla. "




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Uno, con los años, se va volviendo desconfiado e insoportable. Uno, con los años, quiere tener cuatro cosas claras cuanto antes y poder dedicar el resto de la vida a placeres sensuales, a leer cuentos de Marzal o a escribir en los blogs de Azúa, Espada, etc. Anda uno muy mosca con la cosa del respeto a las opiniones de los demás. Y no me refiero al problema ético de si hay que respetar o no a los racistas o a los terroristas , que es tema de otro post en otros blogs.
Dice el periodista Braulio Llamero en www.sincolumna.com que "las opiniones que 'asesinan' dialécticamente al adversario no son respetables". Bueno, pienso yo, que el problema surge cuando asesinas físicamente al adversario. No sé que es eso a lo que se refiere el periodista zamorano Llamero. No sé cómo se asesina a alguien dialécticamente pero ya reza la divisa de esta casa que es en ese terreno donde hay que dar toda la batalla manteniendo siempre a salvo a la persona que expresa unas ideas opuestas a las nuestras(las creencias ya sabemos que es mejor no tocarlas, que pueden ponerte unas bombas y tal). Y es que uno, con los años, ya se cansa de ver cómo se insulta gravemente a personas que no hacen otra cosa que oponerse a ciertas IDEAS FUERZA que todos debemos respetar y dar por sentadas antes de empezar a hablar. Y para centrar, por ejemplo, recuérdese ese periodista que le reprochaba a otro que le planteó un desacuerdo frontal en idea fuerza con un "¡así te va en la vida¡ Y es que me pasa, distancias salvas, como a Félix de Azúa, que "cuanto más atacan a Finkielkraut, más me aproximo a él".
Es necesario un escepticismo militante, proactivo, que invite a pasar por la piedra de la razón cualquier opinión y a buscar donde sea para llegar a LA VERDAD, ese mar de la tranquilidad en el que uno quiere bañarse con cuatro cosas claras encima.
No me parece de recibo aprovechar el poder para imponer estigmas y consignas de una pobreza intelectual acuciante. No me parece de recibo esquivar y evitar la confrontación ideológica utilizando esquemas cuadriculadamente prefijados desde el poder político.
Hay veces que pienso que no valgo para nada y me da por perfilar el listado de posibilidades que ofrece el dorado fracaso. Pero también empiezo a pensar que tenemos una clase intelectual dominante muy pobre. Y como dice Gándara, cuando leo a ciertos "popes" de la inteligencia española "recuerdo que en primero de facultad yo leía encantado un libro titulado "Primer amor, primer dolor".
Y yo ya sé que la hierba no es, en realidad, hierba y que el color verde no existe y que una piedra vista al microscopio deja de ser una piedra. Hierba, piedra y verde.

jueves, marzo 02, 2006

CON UN POCO DE SUERTE



El 22.10.2004 falleció a los 42 años de edad y víctima de un cáncer de pulmón el exfutbolista del Valencia CF, Sixto Casabona.
Para la inmensa mayoría, Sixto fue, es y será un desconocido. Para los gourmets del fútbol, Sixto ha sido uno de los futbolistas con más duende que hemos conocido. Breve y efímero. Jugó con el Valencia en Segunda y algunos partidos en Primera. Luego se fué al Elche y colaboró en el último ascenso de los ilicitanos a Primera formando delantera con Claudio Barragán.
El día que conocí al Viejo Casale, al gran Rafa71, la triste historia de Sixto Casabona puso un punto de emotividad a nuestra conversación. Esto puede que sea inexplicable para quienes no sean aficionados al fútbol pero es así.
Hoy me tomo la licencia de colgar el extraordinario relato de un escritor valenciano, Carlos Marzal. Crónica de una amistad
Por todos los Sixtos. Por todos los amigos que faltan.




Con un poco de suerte
In memoriam Sixto Casabona
Con un poco de suerte aquel verano –el último verano verdadero de la violenta y desconcertada juventud- habría podido ser el mejor de nuestras vidas.
Ninguno de nosotros sabía por entonces que nos estábamos despidiendo de algo. Ninguno hubiese dicho que estábamos diciendo adiós a una parte de nosotros mismos que ya no volvería, pero el caso es que así fue. Algo se marchó para siempre: sin previo aviso, sin levantar la mano para saludar desde la borda del barco que se aleja, sin una nota con su breve explicación que nada explica.
Las despedidas –eso lo aprendí más tarde- no consisten por regla general en un acto concreto, no son un hecho al que podamos atribuir su lugar, su fecha y sus protagonistas. Son un proceso, un transcurso. Uno está despidiéndose de las cosas, de las personas, de casi todo, durante casi siempre. Hasta que descubre que ya no están. La prueba de que sucede de ese modo es que cada cual tiene la certeza de que los veranos ya no son iguales a los de antes: la luna de las noches es menos anaranjada, y el jazmín aturde menos, y la piel no se electriza con la misma fuerza, y el amanecer nos sorprende a todos más cansados. No podemos decir cuándo perdimos el verano, pero lo cierto es que lo hemos perdido. No sabemos decir cuándo el verano se perdió de nosotros, pero la verdad es que no hemos vuelto a tener aquella sensación de ser invulnerables. Algo así creo que nos pasó a todos durante aquel verano de nuestra juventud.
Con un poco de suerte podríamos haber ganado, por ejemplo, el campeonato de fútbol de Portacoeli. No me estoy tomando una licencia narrativa si digo que éramos un gran equipo de juveniles. Un equipo de veraneantes formado con los viejos amigos de la urbanización, y con los amigos de los amigos, y con los conocidos de los conocidos. Todos jugábamos al fútbol durante el invierno en buenos equipos de la primera división juvenil. Quique Bru y Nacho Pérez lo hacían en el Mestalla. Rafa Guillot, José Enrique Checa, Vicente Alegre, yo mismo, en el Burjasot. Y nuestra estrella, Sixto, en el Valencia. El Valencia juvenil de Tendillo y Sixto Arturo Casabona Martínez, que era como lo llamábamos cada vez que nos daba por beber más de la cuenta, con aquel nombre suyo que podría haber servido para un generalato o para un galán de culebrón caribeño. Sixto Arturo Casabona Martínez. Durante el resto del año muchos de nosotros éramos rivales en la liga, incluso en el mismo grupo del campeonato provincial, pero cuando llegaba julio formábamos nuestro equipo de verano, para participar en los torneos de El Plantío, La Eliana y Portacoeli.
Hubo un momento en los inviernos en que nos reuníamos casi todos en la urbanización los fines de semana, y el domingo cada cual se iba a su partido. Yo dormí muchos sábados en casa de Sixto, y Sixto en la mía. Al día siguiente cogíamos su Vespa de color butano y nos íbamos a Valencia. El me dejaba de paso en Los Silos, el campo del Burjas, que era como llamábamos al Burjasot los entendidos, los que estábamos en el secreto, y él seguía hacia la ciudad.
Con un poco de suerte, Sixto hubiese podido ser no sólo el jugador profesional que fue, sino en concreto el que todos los que lo conocimos sabíamos que era. Después de aquel verano lo ascendieron al Mestalla de Tercera División, y al poco al primer equipo del Valencia. Había tenido madera de estrella desde que pudo calzarse unas botas de fútbol. Era inteligente, astuto, rápido, como muchos, pero poseía una cualidad de la que no disfrutaba casi nadie: el don. El don -ya lo sabes, quienquiera que seas- es lo que distingue a los sudorosos y esforzados trabajadores, de los ingrávidos artistas. Lo que diferencia a la marinería, del almirantazgo. A los que se postulan para la elección, de los auténticos elegidos. El don.
Sixto lo tenía. Y no se puede decir más.
Sixto tenía el don: lo derrochaba. A lo largo del tiempo me he encontrado con muchos otros individuos que también poseían su don. El don de la escritura. El don de la palabra para el engatusamiento de los demás. El don de la belleza. El don de hacer dinero. Distintas personas y distintos dones.
Quien tiene el don suele saberlo, y si la suerte lo acompaña puede llegar a convertirse en un virtuoso. Creo que Sixto no llegó a ese extremo, pero en mi memoria está fijado como si lo hubiese sido, porque yo lo vi la tarde de San José en que le marcó aquel gol al Barcelona en el campeonato nacional de liga.
Recibió el balón en la banda izquierda, lo bajó al suelo con el pecho, inició la carrera, regateó a dos contrarios a medida que se desplazaba hacia la derecha, camino de la portería, y antes de llegar al borde del área enganchó un chut seco, con trayectoria a media altura, que entró pegado a la cepa del poste contrario. Zubizarreta, durante las pesadillas que asaltan a los porteros después de su jubilación, y en donde vuelven a recibir uno por uno todos los goles que les marcaron desde el día de su debut, aún anda buscando ese balón de Sixto. Así era como solía marcar los goles en nuestro equipo de circunstancias, y así era como deberíamos haber vencido en el campeonato de Portacoeli aquel verano.
Habíamos ganado ya el de El Plantío y el de La Eliana y estábamos convencidos de que nos llevaríamos el tercero. En realidad nos habíamos paseado triunfalmente bajo los tilos. Más que a una guerra habíamos asistido a unas cuantas ceremonias de rendición incondicional en las que nos lucíamos haciendo alardes.
Puede que exista el jugador a quien no le guste deshacer a su contrario, pero a mí me encantaba. Éramos jóvenes, y la juventud es eso: prepotencia, jactancia, y la sensación de ser inconquistables. A mí me encantaba golear a los equipos contrarios. Era como si les estuviésemos diciendo en el único idioma posible: Esto es lo que os pasa por atreveros con nosotros. Era como si estuviésemos advirtiendo a los rivales futuros: Esto es lo que os va a pasar cuando la mala suerte os depare que os enfrentéis con nosotros. Por aquel entonces se lo había escuchado a Joe Frazier: lo que un boxeador quiere es el corazón de su enemigo. Y yo me sentía así: un joven boxeador elástico que les arrancaba el corazón a los once rivales del equipo contrario.
Me imagino que algunos jugaban por el mero placer de jugar, y que otros lo harían para satisfacer la orgullosa afición de sus padres. Alguno habría que no supiese exactamente por qué razón jugaba al fútbol: por la inercia de hacerlo, porque éramos una pandilla de amigos que practicaba durante los veranos la religión del deporte. Por lo que a mí respecta, yo jugaba por Marga. Jugaba por ganar, jugaba para comer el corazón de los rivales, jugaba porque me gustaba el placer de jugar, pero sobre todo jugaba por Marga. Sin esa razón todas las demás me traían sin cuidado. Marga estaba en la banda como una más de nuestras chicas, y yo jugaba por y para ella. Claro que amaba el rito de entrar en el vestuario y ver la camiseta, las medias y el pantalón doblados. Por supuesto que amaba vendarme los tobillos lentamente, después de haberme dado linimento Sloan, ponerme las espinilleras y atarme las medias por debajo de la rodilla con un cordón.
Amaba más que casi ninguna otra cosa el ruido que hacían los tacos metálicos de las botas en el túnel de los vestuarios, unos instantes antes de saltar al campo, mientras calentábamos y nos gritábamos consignas insensatas. Aquel ruido era como el de la lluvia armónica sobre un tejado construido con el material de ser felices. Amaba el olor a hierba recién segada y húmeda que te invadía los pulmones en cuanto pisabas el césped. Amaba el eco grave del balón al golpearlo. Amaba los tumultos tras el gol: aquellos amontonamientos jubilosos que nos estremecían. Sí, amaba todo aquello, pero sobre todo amaba a Marga.
Con un poco de suerte Marga me hubiera amado a mí también. Sin embargo estaba demasiado ocupada en otras cosas, demasiado distraída de todos nosotros como para amar a alguien en concreto. Marga tenía su don. Su don en grado sumo. El don de la belleza. La belleza cruel, diría yo, aunque eso lo diría ahora, muchos años más tarde. Era una criatura que se sabía bella, a la que le gustaba saberse así y que disfrutaba con el ejercicio de su poder.
Después de aquel verano he observado el uso de distintos poderes y creo que el más enigmático es el poder de la belleza. Se trata de un enigma porque es en todo azaroso, una aleatoria combinación de inextricable información genética. Se trata de un enigma, sobre todo, porque es un poder que puede someter a todos los restantes. La belleza hace que pierdan el seso los poderosos de este mundo. Supongo que la embriaguez que produce ese don a quien lo posee es el de saber que puedes arrancar el corazón de tu rival.
Supongo que, en el fondo, es un don de naturaleza pugilística, como casi todos los dones, la manera de decirles a quienes se cruzan en tu camino:
Aquí estoy yo, y voy a hacer contigo lo que quiera. Aquí estoy yo y sé que eres mi esclavo.
Marga podía haber hecho de mí lo que hubiese querido, igual que hacía de todos nosotros lo que le daba la gana. La conocíamos desde siempre. Era Marga, la vecina de allí al lado, la niña de otros veranos. Una de tantas niñas de la urbanización, una de las que montaba en bicicleta por las calles por donde nosotros íbamos en moto. Una de las chiquillas que formaban parte de la marabunta de chiquillas que seguían nuestros partidos, pero a quienes no mirábamos. O a quienes no mirábamos como solíamos mirar a nuestras chicas.
Hasta que llegó aquel verano de nuestra poca suerte y Marga había pasado a ser la criatura más hermosa que nunca habíamos visto en el mundo. Porque la urbanización, aunque supiésemos que no constituía el mundo entero, sí que representaba la mejor parte de él, el único mundo dentro del mundo que nos interesaba. Y en aquel mundo privado, diminuto y feliz ejercía Marga su poder fanático sobre todos los miembros del equipo. Sobre todo el equipo y sobre todos los miembros, diría hoy con un chiste de baja estofa del que entonces habría sido incapaz, porque el amor, por entonces, era cualquier cosa menos un chiste.
El amor era lo que me hacía salir de casa a las cuatro de la tarde, bajo el sol déspota, para rondar su chalet y aventurarme a encontrarla durmiendo la siesta en una hamaca, mecida por su propio viento. El amor era lo que me hacía tartamudear cada vez que procuraba dirigirme a ella con alguna estupidez adolescente, por el simple placer de estar hablándole. Era lo que me mantenía en vilo la imaginación durante el resto del tiempo en que no la veía, y que era casi todo el tiempo: un tiempo ingrato. Lo que me hacía jugar al fútbol. El amor era lo que me hacía saltar al campo con el mismo espíritu de los gladiadores: dispuesto a derramar la sangre propia y la de los demás. El amor era la única tarea seria en que me ocupaba. Leía libros. Soñaba en secreto con escribirlos algún día. Fantaseaba de una manera vaporosa con convertirme en una suerte de deportista escritor o de escritor deportista. Un escritor por el amor de Marga: su poeta, su cuentista, su historiador encandilado. Un deportista por el amor de Marga:
su campeón, su goleador, su inconquistable. Hoy puede que suene a chiste, pero entonces le hubiera partido la cara al que se hubiese reído de mí. Sin embargo, lo que ahora me convierte en un chiste –como muy bien adivinas, quienquiera que seas, dondequiera que leas este relato- es hacer un chiste sobre el amor, sobre mi viejo amor salvaje.
Marga había nacido aquel verano, aunque hubiese nacido diez y seis años atrás. Se nos había revelado aquel verano. Había salido de su crisálida y se paseaba entre nosotros como un monarca en los jardines de su residencia estival. Aunque era la nueva adquisición de la pandilla, en realidad nos había adquirido a todos nosotros, nos había concedido graciosamente la condición de siervos.
Antes de su metamorfosis yo había asistido a algunas transformaciones femeninas de verano. Niñas del verano anterior que encontraba convertidas en adolescentes rotundas al año siguiente. La hermana de algún amigo, que pasaba de ser una pelmaza a ser una pelmaza a la que le mirábamos las tetas y el culo. La hija de algún amigo de mis padres, que se convertía por obra y gracia del cartomante del tiempo en una presencia con volumen propio, cuando hasta la fecha no había sido más que una oquedad con nombre conocido. Sin embargo la mutación de Marga pertenecía a un fenómeno distinto. En mi delirio de amor se trataba de un alumbramiento angelical. De un advenimiento mitológico. Marga se había convertido en una criatura perfecta, con su melena rubia, sus enormes ojos almendrados, su delicada nariz esculpida a cincel por las manos más sabias y su boca carnosa, que siempre parecía perfilada y pintada con el más rojo de los carmines, porque en realidad lo estaba. Una criatura más alta que el resto de nuestras amigas, con unas tetas minerales del tamaño de las de nuestras madres más tetudas, y con unas piernas infinitas e infinitamente morenas que se perdían por debajo de su cintura de reloj de arena. Marga solía pasearse por la calle con un tanga diminuto y zapatos de tacón.
Nosotros estábamos tirados a la sombra, en una esquina, ociosos como siempre, alerta como siempre, excitados como los perros en celo que éramos siempre. Las esquinas de la urbanización eran nuestro hogar. Aparcábamos las motos en la acera y nos tumbábamos como largatos a no hacer nada. Éramos artistas del dulce hacer nada. Teníamos nuestras esquinas de mañana, de tarde y de noche. Nuestra esquina para beber. Nuestra esquina para fumar, nuestra esquina furtiva para hacer partidos de pedos en lo oscuro, provistos de gaseosa, cerillas y pantalón vaquero, el único que no se quemaba al incendiar nuestras ventosidades de metano. Eso es la juventud, eso era: vagabundeo, ansiedad, falta de perspectivas, exceso de fuerzas. La veíamos cruzar la calle con su bendito contoneo mefistofélico, sin dirigirnos ni una miserable mirada, y diez minutos después ya estábamos en la piscina de alguien, haciendo largos para aplacar a nuestro pobre perro caliente, a nuestro pobre perro feliz de infelicidades, a nuestro pobre perro enamorado. Eso es la juventud. Eso era. Cuando Marga empezó a venir a los partidos se creó entre nosotros una suerte de clima del fin del mundo. Es el clima de los desesperados. De los desesperadamente felices. De los que se figuran que no habrá mañana y que deben resarcirse de inmediato. Después de aquel verano lo he percibido en muchos otros lugares. El clima de las nocheviejas, el clima de la última juerga de ciertos congresos, el clima moral de los enfermos graves que han escapado a su dolencia. Nos volvimos locos. Con Marga jugamos como nunca.
Parecíamos un equipo de estrellas. Un equipo de estrellas en su puro significado astronómico: estrellas que se relamían en su propio brillo antes de apagarse sin esperanza. Perros locos de atar que se pensaban incandescentes astros luminosos.
Pero a decir verdad Marga no vino por ninguno de nosotros. Vino con Adolfo, el hermano de Santi, nuestro interior derecho. En aquellos tiempos Adolfo no sólo tenía una pésima leyenda en los anales de la urbanización, sino también un pormenorizado historial delictivo. Nosotros éramos unos burgueses críos ociosos durante los meses de vacaciones, pero Adolfo era un vago a jornada completa durante el completo año.
Mi padre nunca fue partidario ni de las arengas domésticas ni del fútbol, ya fuera profesional o amateur. Solía tomarme el pelo diciéndome que le hubiese desagradado profundamente que le hubiera gustado. Pero me dijo un día con la voz de los asuntos graves, con esa voz que no consistía en un consejo, sino en una orden inapelable del alto mando: No quiero verte con Adolfo. Y claro está, yo le dije: No tienes de qué preocuparte, papá, yo no voy con Adolfo. Pero la verdad es que sí que iba, porque Adolfo ejercía sobre todos nosotros un misterioso magnetismo planetario. En aquellos días Adolfo era un camello de cierto empaque, un intermediario de intermediarios, camino de convertirse en un considerable mayorista. Lo que se dice una mala compañía rodeado de malas compañías. A Adolfo y a sus colegas yo los frecuentaba cuando me daba un garbeo por casa de Santi durante mis eternas desocupaciones de zángano veraneante. Aquella casa significaba para los golfos y las calamidades lo que el santuario de Fátima para los tullidos, los desesperados y los enfermos: un lugar de peregrinación y acogida. Sus padres nunca estaban –vivían en Valencia, trabajando a destajo- y Adolfo había convertido el pequeño chalet familiar en un asilo para maleantes y en un economato de la droga. Recuerdo la vez aquella en que llamaron a la puerta una mañana y vi aparecer en el comedor de casa de Santi a dos colegas de Adolfo con la cara descompuesta, mitad de estupor, mitad de éxtasis. Acababan de atracar una farmacia. Dejaron las pistolas encima de la mesa y me imaginé que estaban aún calientes. Seguro que no las habían utilizado, pero yo las pude sentir calientes. Lo juro. Acero al rojo vivo. Después vaciaron el botín encima de la mesa, y cada cual se sirvió cuarenta y tantas gotas de un cóctel de cloruro mórfico y Haloperidol en un café, la dosis de mula de anestésicos que los médicos prescriben en casos de roturas severas, amputaciones y crisis de conciencia. Mano de santo para adormecer el diablo mundo dentro de quien sea. Eso fue al menos lo que nos dijo Adolfo, que hablaba con la erudición de un alquimista. Es decir, con la sabiduría de quien ha probado todas las recetas en carne propia.
Por casa de Santi y Adolfo vi pasar toda una fauna itinerante de la pequeña delincuencia. Vi planchas de hachís del tamaño de una buena maleta de viaje, antes de cortarlas para el menudeo. Vi a los colegas esnifando, bebiendo, haciendo chinos, pinchándose a cualquier hora del día y de la noche. Fátima no cerraba. Fátima no dormía. Pero Adolfo nunca nos dejó probar nada a Santi y a mí. Y eso que los colegas tenían un cierto sentido ecuménico de la droga: lo mejor era que todo el mundo estuviera colocado. Pero nosotros teníamos que jugar al fútbol, de modo que nada de drogas.
Puede que Adolfo fuera un vicioso y un delincuente, pero tenía del fútbol y de nuestro equipo una opinión elevada. Los chicos tenían que ganar campeonatos. Los chicos tenían que sudar la camiseta. Así que nada de drogas para los chicos. Delante de Adolfo ni fumábamos ni bebíamos. Y si nos hubiese preguntado por las pajas, me parece que le habríamos dicho que éramos mancos. Adolfo se había adjudicado con respecto a nosotros la tarea de preservarnos física y moralmente. A su manera, pero preservarnos. Podíamos ver, oír, pensar, pero que no se nos ocurriese catar. Estoy seguro de que si nos hubiese sorprendido con un cigarrillo o un porro en las manos nos hubiese aplicado su terapéutica universal para los asuntos terrestres: una buena somanta de hostias.
Cierta noche Adolfo irrumpió en uno de nuestros bailes de pandilla cogido de la mano de Marga. Yo me quise morir, a medias de emoción y a medias de celos. Llamarlos bailes sea quizá demasiado pomposo. Tampoco eran guateques: eso pertenecía a la generación de nuestros hermanos mayores o incluso de nuestros tíos. Se trataba de reuniones de infelices en un chalet sin padres, con un tocadiscos portátil y unos cuantos singles de moda. Bailábamos agarrados toda la caterva italiana de cantantes enronquecidos. Adolfo nos trajo a Marga colocada hasta las cejas de quién sabía qué. La desencajonó entre nosotros como quien deja libre un virus: el virus mortal de la lujuria. El virus mortal del deseo. El virus mortal del amor. Aquella noche yo bailé con Marga por Richard Cocciante –como quien dice-, con el corazón empalmado y la polla dura como un diamante negro. Bailé mi canción predilecta: Margarita. Te juro –quienquiera que seas, allí donde me estés escuchando- que sentía el pulso en el centro de la bragueta, en el centro de mis sienes, en el centro de mi pecho, en el centro de mi centro. Te juro que fui todo yo un amasijo carnal de pulsaciones. Pulsaciones enamoradas de perro fervoroso.
Marga no bailaba. Quiero decir que no hacía lo que las demás. Marga te hacía sentir que tú eras la música, y el movimiento, y todas aquellas quejas de plañidera italiana que nos sacaban de quicio al decir que Margarita, cuando ama, lo hace una noche entera.
Y yo no me atrevía a mirar a Marga, no fuese a adivinarme el pensamiento. No fuera que me descubriese en mi elemental silogismo de amor. Marga igual a Margarita. Cocciante igual a mí. Ergo.
Marga vino a nuestras fiestas. Vino a nuestros partidos. Bailaba con nosotros y después Adolfo se la llevaba rumbo a sus negocios. Yo no quería ni pensar en qué le hacía; es decir, no paraba de imaginar que le estaría haciendo todo lo que yo no podía hacerle. Y el hecho de decirme que Adolfo no la amaba, sino que sólo amaba corromperla aumentaba mi angustia. Mi único consuelo de idiota, mi única revancha de inútil era saber que Marga se equivocaba al rechazar mi amor, ese amor que jugaba por ella al fútbol, que leía por ella la poesía de los poetas suicidas, que perdía por ella el apetito.
La noche anterior a la final del campeonato de Portacoeli Santi despertó a toda mi familia aporreando la puerta de nuestra casa. Habíamos llegado a la final como hasta entonces: haciendo una coreografía de ballet, humillando a nuestros rivales. Yo esperaba que la tarde siguiente obtendríamos la triple corona de nuestros míticos campeonatos de verano, aunque teníamos enfrente a un buen equipo.
Adolfo se había estrellado con el coche en una curva funesta a dos kilómetros de la urbanización. Nosotros llevábamos un catastro privado de desastres en aquella curva. El accidente de un primo de un amigo en una moto. El siniestro total de un vecino de un conocido. La muerte de un exnovio de una exnovia. Adolfo y compañía se marchaban de madrugada a seguir la farra en los chiringuitos del mar. Habían dado al parecer varias vueltas de campana, y los ocupantes del lado derecho habían muerto en el acto. Marga viajaba delante, junto a Adolfo, en el asiento del copiloto. Enterramos a Marga a la mañana siguiente en el cementerio Municipal de Valencia. Recuerdo entre brumas dos cosas por encima de todas. En primer lugar, hacía un día de intratable poniente que había achicharrado las flores de las tumbas y de los panteones. En segundo lugar, que no derramé una sola lágrima. Sólo tenía un hueco en el pecho. Como si estuviese ayunando sentimentalmente desde un mes atrás. Era algo parecido a una atroz hambre sin apetencia ninguna. Cuando los albañiles terminaron de cementar la boca de su nicho, el padre de Marga no pudo escribir sobre el engrudo fresco su nombre y las fechas que resumían su paso por el mundo. María Margarita Martínez Fusach. 1963-1979.
La final de Portacoeli no fue como el resto de los partidos. Todos estábamos tristes y exaltados. La desgracia nos había inoculado en la sangre la pócima perfecta para salir a un campo de fútbol a ganar un partido: unas gotas de profunda amargura y varias cucharadas de euforia sin razón. La euforia de los vivos. La euforia de los que han escapado a la desgracia. Lo formulaba con vergüenza en el rincón más apartado de mi pensamiento, pero lo formulaba: Marga se estaba pudriendo en su tumba y yo estaba allí, con las botas de tacos de metal, con el equipaje de mi equipo de verano, con mis amigos de toda la vida. Nosotros éramos los vivos, los elegidos hasta ese instante. Los inconquistables. Marga estaba muerta, y con ella se había muerto una parte de mí, pero la parte que quedaba viva resultaba infinitamente más grande. Adolfo estaba en el hospital, con las piernas rotas, sin bazo y con la cabeza abierta, pero nosotros estábamos allí, jugando a lo que más nos gustaba. Nuestra euforia era la alegría de los supervivientes. Eso es la juventud: egoísmo, desenfreno y muerte. Vida, sinrazón y humo. Eso era.
Para la ocasión de la final, nos encontramos camuflados bajo el nombre de Hendaya a unos conocidos de la primera división juvenil: el San José de Calasanz, un equipo excelente y conjuntado. Gente que jugaba junta durante todo el año. Y se acabó el ballet. Se acabaron las florituras. Se acabó el pasear bajo la sombra amable de los frondosos tilos. Nada de goleadas ni de risitas de conejo después de adornarnos. Hubo que ponerse a trabajar, a correr. Por vez primera jugamos a remolque: nos marcaron en la primera parte, y nos pasamos el resto del partido dando y recibiendo. Fue un buen partido. Un gran partido de juveniles. Lo mejor que se podía ver por aquellos años en toda la provincia de Valencia. A diez minutos del final Sixto hizo uno de su juegos malabares y se plantó delante del portero con la pelota controlada, lo dribló y cuando fue a chutar dos gorilas del Calasanz le hicieron penalti. El árbitro lo pitó.
Sixto ha muerto ya y desde el día de nuestra final han pasado más de veinticinco años. Un cáncer de pulmón se lo llevó por delante no hace mucho, después de haber estado a vueltas con la quimioterapia durante un tiempo. Yo no lo vi en la época de su enfermedad. Me dijeron los amigos comunes que estaba calvo por los citostáticos, pero que nunca lo vieron de rodillas. Al contrario, cada vez que se lo tropezaban por la urbanización les decía que pensaba salir adelante. Él siempre sabía lo que había que hacer. Él pedía el balón y se marchaba derecho hacia la portería. Como tienen que hacer las estrellas de cualquier firmamento.
Supe de su entierro por los periódicos, y más tarde hablé con los amigos que habían asistido al cementerio. Sé que uno de sus hijos es idéntico a como era Sixto por la época de nuestro equipo. Fueron a despedirlo los viejos camaradas del Valencia. Acudió Tendillo. Y Arias, el líbero que estaba hecho de bambú y había sido el capitán de aquel partido contra el Barcelona. Ya no recuerdo los años que llevábamos sin vernos Sixto y yo. Se casó, me casé, se separó, me separé.
Hará diez o doce años nos encontramos de parranda en la discoteca Jardines del Real. Cada vez que nos veíamos, como siempre sucede con los viejos amigos de la infancia, dábamos por sentado que acabábamos de despedirnos y reemprendíamos la conversación en un punto que no hacía falta recordar. De modo que entonamos nuestro como decíamos ayer y nos contamos entre copas la vida mutua que nos habíamos perdido.
La tarde de la final Sixto colocó el balón en el punto de penalti. No hacía falta ningún concilio de emergencia para decidir un lanzador. Los penaltis los tiraba Sixto. Las faltas al borde del área las tiraba Sixto. Los corners que no quería rematar los tiraba Sixto. Pero aquella tarde me acerqué a él y le dije que yo lo lanzaría. Se lo quería dedicar a Marga. No sé que autoridad vio en mí, no sé qué resolución rabiosa, pero el caso es que se apartó y me dejó el balón sobre la mancha blanca de la cal, un poco descentrado hacia la izquierda.
Durante nuestro último encuentro en la discoteca de Jardines hicimos un recuento acelerado de nuestros avatares. Él había peregrinado por equipos de segunda y tercera división tratando de alargar su carrera: el Elche, el Palamós. Yo me había hecho profesor de literatura, para enseñar a quienes no querían aquello que no había podido aprender por mi cuenta. A la tercera copa, nos juramos que el mejor equipo de nuestra vida había sido el de los torneos de veranos, y el mejor verano de nuestra vida el de aquella final de Portacoeli. Con los vapores del alcohol nos pusimos melancólicos. Me confesó que le había faltado un poco de suerte. El poco de suerte necesaria para buscar la suerte propia. En el fútbol, en su vida privada, en los negocios.
Cuando nos despedimos me repitió que habíamos sido un gran equipo. Nos abrazamos como si acabase de marcar un gol y no me dijo nada más. Estoy convencido de todo aquello. Así te lo digo, como quiera que te llames y en donde sea que escuches este réquiem sin música: fuimos un gran equipo y también nos faltó un poco de suerte.
Todo es cuestión de un poco de suerte. Un poco más de suerte. El poco más de suerte que Marga habría necesitado para no haber subido al coche de Adolfo.
El poco más de suerte que Adolfo debería haber tenido para no salirse
en su
curva maldita. El poco más de suerte que a Sixto le habría hecho falta
para
vencer el cáncer de pulmón. El poco más de suerte que yo habría
necesitado
para no echar fuera el penalti y empatar el partido. Un palmo apenas:
tres
dedos junto al poste en mi disparo raso, seco y frío. El poco más de
suerte
que habría hecho que Marga me amase. Pero eso es la juventud, eso es la
vida: la ocasión de desear un poco de suerte. Un poco más de suerte

miércoles, marzo 01, 2006

PENSAR DESDE EL CUERPO


Cristóbal Pera, excelente escritor y Catedrático de Cirugía ha escrito un interesante libro titulado "Pensar desde el cuerpo" (Triacastela, 2006). La corporeidad, nuestro cuerpo físico, se presenta como campo de batalla de la mayoría de conflictos psíquicos. Soma y psique unidos en una sola encrucijada.
El libro del Prof. Pera, colaborador de la revista Jano, tiene varios hallazgos que merece la pena tener en cuenta.
Incorpora un enfoque múltiple desde el que contemplar la corporeidad y sus manifestaciones. El cuerpo visto desde la historia, desde la literatura, desde la medicina y desde la filosofía. Un panóptico curioso e inédito.
Hay capítulos interesantes como los dedicados al cuerpo perforado o al cuerpo ante el espejo; capítulos previsibles, como la vejez de los cuerpos o los cuerpos al límite y capítulos inesperados, como el dedicado a los cuerpos huecos, por andar sin alma, donde el representante oficial es el Capitán Kurtz de Conrad y Coppola. También tenemos cuerpos enamorados, cuerpo, violencia y artefectos, cuerpos heridos, cuerpos dolidos, cuerpos enfermos. Y cuerpos algo pesados por contener demasiada masa y poder.
Y como no, cuerpos desnudos, que dice John Berger que "to be naked is to be oneself". Y lo que es más, cuerpos pornográficos-aquellos que se usan para el placer sexual convertidos en mercancía- que son distintos del cuerpo erótico porque sobre ellos gravita "lo obsceno".
Un tema apasionante éste del cuerpo y la corporeidad. Aunque habría mucho más que discutir sobre el asunto. El libro está prologado por la novelista Carme Riera y encuentra su título en un ensayo sobre el tema de Emilio Lledó que presentó el libro en sociedad hace unos días.
Otro de los grandes hallazgos del autor es el haber obviado planteamientos psicoanalíticos sobre un tema que pasaba por ser dominio casi exclusivo de los reyes del diván. Freud tiene solo cuatro entradas en el texto. Un récord.
Un fragmento de la mano de Pera: "Un cuerpo está desnudo, cuando desprovisto de cualquier tipo de artefacto que recubra al menos ciertas áreas de su geografía, se halla expuesto en su totalidad a las miradas de otros cuerpos, o bien a su propia mirada ante el espejo. Porque el cuerpo desnudo exige, para comportarse como tal, ser objeto de las miradas de otros".
Tiernos cuerpos.

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