
Que la muerte a los 84 años de edad del arzobispo Paul Marzinkus haya tenido tan escasa repercusión mediática habla a las claras del ensimismamiento tontuno y la absoluta uniformidad en la que vive la inteligencia mundial. Y una prueba más de su burda sumisión a las leyes de la ficción despreciando el abordaje de una realidad que se empecina en mostrarse cada vez más entera y descarnada, como queriendo joder a los que le vuelven la espalda.
La vida de Paul Marcinkus es la historia de la literatura. La vida de Marcinkus contiene a Darwin, a Freud, a Nietzsche, a Pavlov y a tantos otros que hablaron sobre la concepción del hombre. En la vida de Marcinkus están todas las tragedias y comedias humanas.
La muerte de Marcinkus se ha llevado media página en la gran mayoría de los periódicos que he podido consultar: El País, El Mundo, La Razón, New York Times, La Reppublica, Le Monde, etc.
El País le encarga la necrológica a Enric González, el gran narrador del "calcio". Enric ha conocido a verdaderos marrulleros de la cancha y no debió importarle tener que retratar el cadáver de un "capo cannonieri" más.
Marcinkus nació en Cicero, barrio pobre de Chicago años 20, justo el año en que decide instalarse allí un tal Al Capone. Esta coincidencia aparece frecuentemente reseñada en las biografías de Marcinkus. Lo comenta González y uno no sabe porqué ya que esa referencia no aporta nada más.
Marcinkus era un tipo fácilmente reconocible por su aspecto físico ( dos metros de alto y ojos inmensamente azules) y apasionado jugador de golf, tenis y béisbol. Gran fumador de habanos por si a alguien le costase recordar a un ensotanado jugador de golf de dos metros de alto.
Marcinkus tuvo dos golpes de fortuna en su vida, como tienen los grandes dealers según el protagonista de Layer Cake.
En 1970 Marcinkus ya incluido en la curia vaticana, logra abortar en Manila un intento de asesinato contra Pablo VI. Es recompensado y asciende rápidamente en el escalafón vaticano ocupándose de algo que a los religiosos cuyo reino no es de este mundo siempre les ha dado como grima: gestionar el dinero. Moverse entre dioses parece que fue tarea fácil para el ascendente chicagués. En poco tiempo era la mano derecha del Papa y dirigía con notable acierto el Banco Vaticano, llamado IOR (Instituto para las obras de la Religión).
En 1974 se le relaciona con la quiebra fraudulenta del empresario Michele Sindona quien confiesa a la Policía que Marcinkus estaba creando una serie de paraísos fiscales para las finanzas vaticanas sin observar demasiado la legalidad.
Pablo VI le apoya contra viento y marea.Pablo VI muere en 1979 y cuando parece que a nuestro héroe le van a cortar las alas, fallece también Juan Pablo I, sucesor de Pablo VI. Sobre la muerte del breve Albino Luciani ha planeado la sombra del cóndor Marcinkus con demasiada fuerza.Y otra vez ¡baraka para Paul¡
Llega al Papado Juan Pablo II, abierto en política y moderado en el dogma. Lejos de limpiar la despensa, Marcinkus sale catapultado ya que el Papa polaco tiene grandes intenciones: quiere soplar y derribar el telón de acero que no le permite ver su Polonia Natal y que tanto daño le causaba a la Virgen negra de Cszeztozowa. Marcinkus empieza a desviar dinero negro vaticano a las arcas del sindicato Solidaridad de Walesa y Danuta. Eso, el papa Wojtyila nunca pudo olvidarlo. Marcinkus trepó a lo más alto hacia principios de los años ochenta.
Hasta que no pudo reponer el dinero que desviaba desde el Banco Ambrosiano el banquero amigo Roberto Calvi.En 1982, a Roberto Calvi le dio por suicidarse colgándose desde el londinense puente de Blackfriars (monjes negros). Tenía los bolsillos llenos de ladrillos.
A partir de entonces, la justicia italiana decide que Marcinkus se ha pasado de la raya y le investigan todo lo que se puede investigar en Italia: hasta que topan con la Cosa Nostra, con la Logia Propaganda Dos de Licio Gelli y con el Ambrosiano Bank del finado Calvi. La sucesión de bancos que trabajaban para Marcinkus and co. mueve a la hilaridad: el Banco Andino de Lima, el Ambrosian Group Comercial de Nicaragua y el Banco Overseas de Nassau. El bueno de Marcinkus. Hormiguita mientras otros hacían de cigarra.
En 1987 la Fiscalía de Roma decreta prisión sin fianza para el arzobispo de Chicago pero héte aquí que Juan Pablo II prefiere el cirio diplomático y arrastrar a la Iglesia a una deshonrade dimensiones incalculables antes que entregar a su aliado (tal vez al polaco no le quedase otro remedio y no pudiese rechazar las ofertas que le hacía Marcinkus).
El gran Paul se recluyó unos meses en sus castillos vaticanos hasta que la comprensiva justicia italiana retiró la orden de detención.
Entre medias, el arzobispo había tenido los cataplines necesarios para ir a Nueva
York e intentar retirar de las pantallas de cine la película "En el nombre del padre" donde se le acusaba veladamente de acelerar el paso hacia la otra vida del presidente ruso Yuri Andropov. "Marzink" es que estaba en todo.
Superado el sustillo de los carabinieri, Don Paul decidió retirarse como hacen los grandes dealers: en su USA natal. Y eligió un pueblecito discreto llamado Sun City a las afueras de Phoenix donde pasó una década larga jugando al golf, fumando puros habanos y tocando el mayor número de pelotas posible dada su afición a los deportes con BALLS.
Y allí se murió hace un par de tardes.
El cine se ha ocupado algo. Parece que Coppola le dedicó la tercera parte de El Padrino. Y un tal Giovanni Ferrara se jugó la vida eterna hace unos años tras filmar una película titulada LOS BANQUEROS DE DIOS, donde Rutger Hauer played Marcinkus.
Y parecía justo que a Marcinkus lo representase un tipo que había visto naves ardiendo mas allá de Orión...
Los periodistas, sobre todo la prensa de izquierdas tan reclamada ante la obra de Marcinkus, han estado entretenios con las jugosas declaraciones que el pobre demente Charlton Heston hace sobre el Winchester 73.
La inteligencia española, dura y atea, se derrite buscando la representación terrenal de un angelical soldado republicano que tan pronto bailaba pasodobles con su fusil como le perdonaba la vida al falangista Sánchez Mazas.
Cuestión de prioridades.