14 de agosto de 2006

UN MAL EJEMPLO

24 comentarios:

bill dijo...

Did not have sexual relations with that woman, Miss Lewinsky.

mike jagger dijo...

...

mia farrow dijo...

¡Cabrón!!

sarapo dijo...

Impresionante DECONSTRUYENDO A HARRY.
Me quedo con la recomendación que le hace a la felatriz: "Deberían guardar tu boca en un museo"

chema dijo...

Título original:"Deconstructing Harry".
Título en España: "Desmontando a Harry".
De haberse estrenado hoy, en la España posmoderna de Adriá y sus tortillas, sería como dice sarapo: "Deconstruyendo a Harry".

Anónimo dijo...

Creo que Woody Allen se anticipó unos cuantos años a Gunther Grass en esto de abrirse en canal en público.

chema dijo...

Déjense de películas extranjeras.
Aquí está el verdadero cine:
¡¡Yo, Anselmo Oñate, Pichirri. En 1915... y de penalty!!...Ahora es cuando doblo.
El Allen ese hizo otras "Historias de la Radio" pero mucho peores.
Visiten:
http://www.youtube.com/
watch?v=tfBeCisCins

ch dijo...

Ha muerto "Cándido", maestro de periodistas.

ch dijo...

JLGM en LVA:
Los buenos días perdidos
Recuerdo bien aquella memorable excursión a Staten Island. No fue hace mucho tiempo, pero fue en otra época. Tengo ante mí una fotografía, Marcos y Xuan contemplan desde el transbordador el perfil de Manhattan y ni siquiera prestan especial atención a unas torres que ya parecen humear y prefigurar la tragedia. Pronto iba a cambiar la historia del mundo y también, por motivos diversos, nuestra pequeña historia. Pero aquel año las torres y nuestra camaradería nos daban la impresión de ser igualmente eternas.

Durante la corta travesía yo recitaba en broma el comienzo de un cuento de Baroja: «Eran trece los hombres, trece valientes curtidos en los peligros y avezados a las luchas de la mar. Con ellos iba una mujer, la del patrón». Pero nosotros no éramos trece, solo cinco, y la mujer no era del patrón ni de nadie.

Aquel viaje de otra época más feliz fue primero un viaje en el tiempo. Un lento autobús nos llevó, a través de la isla, hasta Richmond Town, la antigua capital, donde la gente seguía vistiendo como en los años iniciales del siglo XIX. Visitamos la escuela, el Stephens General Store, un bazar abierto en 1837 que servía también como estafeta de correos, la oficina del sheriff, la iglesia y el cementerio, al otro lado del río Mill Pond... Y la gente que nos saludaba, que se detenía a charlar con nosotros, vestía a la usanza de otro siglo, pero no por motivos religiosos, sino porque aquella antigua población se había convertido en un museo. Las gentes de Richmond Town se ganaban la vida viviendo como vivían sus antepasados. Eran los guardianes del pasado en la ciudad del futuro. Llega un momento de la vida en que uno sueña con esa utopía: que nada cambie, que todo se mantenga eternamente. Pero igual de frágiles resultan amores, costumbres y altas torres.

Un lento paseo por los verdes caminos de la isla -bromeando, riendo, deteniéndonos a veces a contemplar un pintoresco recodo, una flor rara- nos llevó hasta el Jacques Marcháis Center of Tibetan Art. Ese es su nombre oficial, que conocimos luego. Lo que nosotros vimos fue un templo tibetano, con su tranquilo jardín, su Buda rodeado de ofrendas, los monjes rapados que discurrían sigilosos. No llegaba ningún ruido en aquel apacible día de verano, solo el distante chirrido de las cigarras y el cercano murmullo de una fuente. De la América inquieta y agresiva de los pioneros habíamos pasado al Oriente de la contemplación. Nos quedamos en silencio, cada uno en su mundo, fuera del mundo. Hicimos nuestras ofrendas, formulamos nuestra petición al orondo Buda sonriente que todo lo comprendía, que todo lo perdonaba. Yo pedí que aquella límpida camaradería nunca se interrumpiera, que el azar que había entretejido un puñado de vidas no se entretuviera nunca, como un niño caprichoso, en destejer o, peor aún, en romper de un tijeretazo los hilos que las unían.

Pero había que decidirse a volver, y volvimos dejando allí algo de lo mejor de nosotros mismos. Poco a poco fueron apareciendo casas dispersas entre el verde, desapareció la soledad, volvimos al autobús. Otra vez las vueltas y revueltas por la isla, los viajeros que subían y bajaban. En una parada se detuvo más tiempo. Y de pronto Xuan se puso en pie y dijo: «Me gusta este lugar. Vamos a comer aquí. Luego continuamos». Y sin pensarlo dos veces todos le seguimos. ¿Qué lugar era aquel? Cuatro edificios destartalados, unos pocos árboles y unos bancos en el centro, una pequeña tienda, grupos de ociosos que nos miraban con curiosidad... Habíamos bajado, sin duda, en una plaza de pueblo donde todos se conocían. «Me temo que aquí no están acostumbrados a recibir muchas visitas de turistas», dije yo. «Mejor. Mirad, un restaurante. Y tiene buena pinta», dijo Xuan. A mí me parecía que tenía una pinta infame, pero no dije nada. Yo ya echaba de menos las calles protectoras de Manhattan. El restaurante, una especie de cantina con dos o tres mesas, era mexicano. Fuimos los únicos comensales. Los clientes entraban y salían en busca de comida para llevar. Todos nos miraban con curiosidad. Pero la comida era buena y abundante. Disfrutamos charlando, riendo, alborotando. El camarero, al principio muy serio, se divertía con nosotros y también la cocinera que de vez en cuándo dejaba los fogones para preguntarnos si nos gustaba lo que nos había servido. Nos quedamos hasta muy tarde.

En algún momento, a mitad de la comida, me fije en una mujer muy joven, muy morena, vestida de negro, que se había sentado en una esquina. Se parecía a Dolores del Río. O eso pensé yo. Todos acabamos mirándola a hurtadillas, incluso Silvia. Era de una belleza y de una elegancia insólitas en cualquier parte, pero más en aquel lugar.

Acabamos bebiendo tequila, invitación de la casa, y cantando con los dueños. Nunca lo habían pasado tan bien (nosotros tampoco). Teníamos que volver. Lo prometimos. Pero de momento lo que nos resultaba difícil era marcharnos. Una tormenta se había formado repentinamente y llovía como yo nunca había visto llover. Imposible moverse. Había que esperar a que se calmara. Pero en el restaurante iban a cerrar. Imposible encontrar por allí un taxi, y menos con aquel tiempo. Y entonces una destartalada furgoneta aparcó junto a la puerta. Tocó el claxon. La hermosa mujer de negro, a la que no habíamos visto marcharse, estaba al volante y nos hizo una seña para que subiéramos. No lo dudamos dos veces. «Gracias, gracias. Martín ya estaba aterrado y reprochándome que nos hubiéramos parado aquí», dijo Xuan.

«¿Tenéis prisa? ¿Qué os parece si tomamos una copa?».

Antes de que yo pudiera responder «mucha» se me adelantó López-Vega: «ninguna». Y la furgoneta entró en el jardín de un espléndido caserón. Bajamos aturdidos, sorprendidos. La mujer no nos había dicho su nombre. «Tienes cara de llamarte Guadalupe», bromeé yo. Y ella: «Pues me llamo Rosario».

Nos llevó a un salón de grandes ventanales, nos sirvió de beber, trajo una guitarra. Apareció un amigo suyo que se puso a tocarla (muy bien). Luego cantó ella, todos cantamos, bebimos, fue llegando más gente. Se había hecho ya de noche y la fiesta cada vez estaba más animada. Yo pensé que iba siendo hora de pensar en retirarnos. «¿Qué prisa tienes?», me dijo López-Vega. Pero yo fui recolectando visualmente al grupo. Me faltaba uno. «¿Has visto a Marcos?», le pregunté a Silvia. Ella con un gesto me señaló hacia uno de los ventanales. Había quedado una noche hermosa, perfumada, con una inmensa luna. En un rincón del jardín, Marcos y Rosario, con las manos juntas, se miraban amorosamente. No hacía falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que aquel era un mal momento para interrumpir. La fiesta estaba, por otra parte, cada vez más animada. Seguía llegando gente. Y siguió llegando gente hasta que llegó la policía. La mayoría de los invitados, a los que no sé quién había invitado, escaparon por la parte de atrás de la casa. Unos pocos, entre ellos nosotros, acabamos en comisaría. Nos frotábamos los ojos aturdidos. ¿Qué lejos estaba la luminosa mañana en que tomamos el transbordador en Battery Park!

Regresamos a Manhattan al amanecer del día siguiente, después de que Rosario lo aclarara todo. Volvíamos como si volviéramos de una guerra.

«Estas cosas se cuentan y no se creen», dije yo. Y Marcos, que era el que menos cansado parecía, añadió sonriendo maliciosamente: «Volvemos jodidos, pero contentos».

sarapo dijo...

Se fue Cándido, se fue.
En los años 8o era el perejil de todas las salsas.

asurbanipal dijo...

GM intenta recrear la famosa escena de aquella noche en el Lago Como, creo, cuando entre nieblas, bromas y juegos, Lord Byron, Keats y Percy B. Shelley hicieron un concurso de cuentos que ganó Shelley con su FRANKENSTEIN.

La secuencia descrita por GM tiene un aire tan forzado, tan sometido y tan controlado que le resta verosimilitud.

Simón Suerte dijo...

Si mal no recuerdo Desmontando a Harry, fue la primera pelicula de Woody que fuimos a ver juntos Correctora y yo. Desde entonces no faltamos a la cita anual con Allen, sólo se nos escapó una película: Acordes y desacuerdos (que dicen que es de las mejores).
Su última obra Match Point me pareció enorme, ópera en vez de Jazz, Londres en vez de Nueva York, y menos humor del habitual, pero el mismo buen artesano detrás de la cámara.

yo dijo...

Acordes y desacuerdos no es de las mejores. Es una película discreta, tan discreta como Sombras y niebla...

James Boswell dijo...

"GM intenta recrear la famosa escena de aquella noche en el Lago Como, creo, cuando entre nieblas, bromas y juegos, Lord Byron, Keats y Percy B. Shelley hicieron un concurso de cuentos que ganó Shelley con su FRANKENSTEIN."

Soy algo mayor que los de la quinta romántica. Pero puedo asegurarle que Keats no estaba en la reunión que promovió la producción de relatos góticos. Básicamente el "Frankenstein" de Mary Shelley y "el vampiro" de Polidori.
Una buena aproximación al tema: "Remando al viento" de Gonzalo Suárez.

sarapo dijo...

Voy a entonar un canto albanéeeeessssssss¡¡¡¡¡¡

catalino dijo...

Pues hoy ni sale el yo-tuve un video en este ciber.
Parto de aquí mañana. Lento voy a hacer una diagonal de tres en raya camino de la barbacoa.
Adios cuerpos, paisajes, edificios singulares que dejan pasillos al aire,la vista y las voces.

Anónimo dijo...

Catalini, ¿fan dan go?

Viejo Casale dijo...

Ha muerto Faas Wilkes. DEP

ASURBANIPAL dijo...

EN EL LAGO LEMAN

En el verano de 1816, el poeta Percy B. Shelley y su esposa Mary se reunieron con Lord Byron en Ginebra, en una casa frente al lago Leman. A instancias de Lord Byron, para animar una velada tormentosa, decidieron que cada uno inventaría una historia de fantasmas. La más callada y reservada, Mary Shelley, con tan sólo dieciocho años, dio vida a quien sería su personaje más famoso: el doctor Frankestein. Al cabo de un año completaría la novela, hoy en día un clásico imperecedero de la literatura de terror. La historia es bien conocida: un científico decide crear una criatura con vida propia a la que luego rechaza. Metáfora sobre la vida, la libertad y el amor,

sarapo dijo...

Efectivamente:

Todo comienza en un día lluvioso, cuatro amigos se encuentran encerrados en una casa a la orilla de un lago, y de por medio, un reto; ¿Cúal de los cuatro conseguirá ser aquel que consiga relatar la mejor historia de fantasmas?. Esto que podría considerarse el inicio de una película de terror para adolescentes, de un relato con poco futuro o incluso una recopilación de capítulos de “El club de medianoche” resultó ser el escenario ideal para dar a luz la magnífica obra literaria Frankenstein de “Mary W. Shelley". Estos cuatro amigos no eran otros que la propia autora, el marido de la misma, "Percy B. Shelley", "Lord Byron" y el médico de este, "John Polidori", que en 1816 en una de las escapadas a una mansión junto al lago Leman, acosados por el tedio, y la inspiración del temporal que les acompañaba decidieron dar inicio a tan particular apuesta. Se podría decir que en esta pequeña contienda se hallaron victoriosos Mary W. Shelley con Frankenstein y Polidori con “Los Vampiros” ambos consiguieron gracias a sus respectivas obras el mayor reconocimiento hallado hasta el momento.

sarapo dijo...

Lo siento, Casale.

Fernando Terreiro dijo...

Frankenstein es maravilloso. Señalar aquí las diferencias sustanciales entre el monstruo de Frankenstein literario, un ser que sufre su deformidad, que aprende a hablar y de hecho habla con gran belleza y que demanda de su creador, pra poder ser algo, que este se manifieste como tal, es decir, como creador, como padre. Un ser que de hecho no tiene nombre porque no puede tener nombre aquel del que reniega su mismo creador.

El Frandestein del cine (el de Whale, por supuesto) es un ser anegado por la materia horrorosa de la que viene y de la que no puede desvincularse. Un ser, ante todo, ajeno al lenguaje, incapaz de comprender que la materia no es indiferente, que el lenguaje establece entre ella diferencias vitales y humanas. Por ejemplo entre una flor y una niña. Nosotros sabemos que no es lo mismo arrojar a un lago los pétalos de una flor o arrojar a una niña. Nosostros comprendemos la metáfora, él no.

Ambos monstruos encuentran su punto culminante en la genial película de Erice "El espíritu de la colmena"

James Boswell dijo...

Bueno, "Frankenstein" es una novelita aburrida. La cosa de Polidori podría mejorarse. El fantástico me aburre. Al igual que Vargas Llosa, prefiero una novela negra a una gótica y el erotismo a la ciencia-ficción ("La orgía perpetua"). En todo caso, y para salvar algo de la quema, señalemos el "Monje" de Lewis o "Melmoth el errabundo" de Charles Maturin.

El bueno era Byron. De ahí que pasara del concurso. Su "Lara" (sobre todo) se mantiene modernísimo. Una historia de amor potentísima. No así "Caín" y "El Corsario".

En fin, me voy al pub con el ogro Johnson.

chema dijo...

JLGM:
Aparición en la Piazza del Popolo.

Yo también, como los pastorcillos de Fátima, fui testigo de una aparición. Ocurrió en la Piazza del Popolo, un oscuro atardecer de otoño,entre las dos iglesias iguales y distintas que marcan el comienzo de la Via del Corso.

La Porta del Popolo, al otro extremo, fue durante siglos la puerta de entrada a Roma. Antes de la invención del ferrocarril, por ahí entraron todos los visitantes ilustres, de Cervantes a Goethe.

«No creo que haya una ciudad -escribió Carlos de Brosses en 1739- cuya entrada por tierra prevenga tan favorablemente. La puerta es el vértice de un triángulo que forma una plaza pública, en medio de la cual hay un obelisco de granito, el mismo que estaba en otro tiempo en el circo, y debajo del obelisco una fuente. La base del triángulo presenta como punto de vista la abertura de tres calles largas y rectas, dispuestas en pata de ganso, cuyas extremidades están separadas por dos iglesias con cúpulas semejantes. De las tres calles, las dos colaterales van a parar, la una, a la Piazza de Spagna; la otra, al puerto del Tíber, llamado Ripetta; la del medio, mucho más larga, va recta hasta el palacio de San Marcos, situado casi en el centro de la ciudad».

A mí me gusta cruzar esa puerta, admirar esta plaza como la admiraban los recién llegados, y ver a un lado los jardines en pendiente del Pincio, al fondo de la Via del Corso las blancas columnas de Il Vittoriano. La calle de la izquierda es la Via del Babuino, en uno de cuyos portales (alude a ello en 'Pandémica y celeste') tuvo Gil de Biedma su particular aparición.

Caminaba yo distraído, pensando en Goethe y en Sade, que también entraron en Roma por este mismo lugar, cuando sentí un inmenso fogonazo, un súbito flash celeste, y de pronto el mundo se detuvo. Como si la plaza y todos los que circulábamos por ella nos hubiéramos convertido en una fotografía en blanco y negro. Sólo una figura resplandecía, entre Santa Maria de Montesanto y Santa Maria dei Miracoli, con todos los colores del arco iris. Es inútil que intente describirla. A lo que más se parecía era al Dios femenino que deslumbra en los mosaicos prerrafaelitas de San Paolo Entro le Mura, en Via Nazionale, obra de Edward Burne-Jones.

La aparición duró un instante o una eternidad, luego el mundo volvió a ponerse en marcha, y lo que yo tenía ante mí, sonriente y preguntándome una dirección, era una jovencita muy rubia, muy transparente, casi inmaterial, con una pesada mochila a la espalda. La dirección era fácil: Via Margutta, 33. «Es aquí al lado», le dije. «Yo voy en esa dirección. Si te parece, te acompaño». Me ofrecí galantemente a llevarle la mochila, pero ella, por suerte, no aceptó. Al ayudarle luego a bajarla, vi lo que pesaba. Me habría puesto en un apuro. Pero para ella no suponía esfuerzo alguno.

El 33 de Via Margutta era un antiguo caserón que había sido dividido y subdividido en estudios y apartamentos. Esa dirección me sonaba y al atravesar el descuidado jardín recordé por qué. Allí vivió en 1936 César González Ruano. En 'Mis casas' alude al «romántico jardín interior, de sonata de Valle-Inclán» y a la vista desde la terraza de su estudio (una pieza enorme, con dos ventanas y parte del techo de cristal): el perfil dorado de las cúpulas en un laberinto de tejados y azoteas.

Me despedí de Ingrid en cuanto logramos dar con el portero y éste le entregó la llave del apartamento de una amiga, que se lo prestaba por unos días. Muy guapa, de una belleza a la vez saludable y frágil, ella no era la milagrosa aparición que había hecho detener el mundo por unos instantes, que nos habría hecho, a mí y todos los que circulábamos por la plaza en aquel momento, caer al suelo de rodillas si hubiéramos sido capaces de movernos. Un dios o una diosa se había encarnado en ella. Ahora era sólo una tímida estudiante finlandesa que venía por primera vez a Roma y se alojaba en casa de una pintora, amiga de sus padres, que por motivos familiares no podía estar allí para recibirla. Me la encontré al día siguiente sentada sola en los bulliciosos escalones de la plaza de España. No iba a estar mucho tiempo sola. Dos o tres morenos moscones romanos rondaban por allí. Pero yo fui más rápido y me acerqué a saludarla. Como no conocía a nadie, y se sentía un poco perdida, me sonrió como a un viejo amigo. Me ofrecí a hacer de guía y ella aceptó encantada. Nada me gusta más que ver con ojos nuevos lo que nunca me canso de ver. Ingrid tenía una maravillosa y contagiosa capacidad de admiración, se fijaba en pequeños detalles que a mí me pasaban inadvertidos. No entramos en ningún museo. Las calles eran suficiente museo.

Cenamos el primer día en el Largo dei Librari, muy cerca del Campo dei Fiori. Se trata de una pequeña plaza que yo descubrí leyendo en 'La Repubblica' un artículo de Marco Lodoli. Es una plazoleta que tiene mucho de escenario teatral, con la iglesia de Santa Barbara incrustada como una gema entre las casas del fondo. De Roma en miniatura, creo recordar que la calificó Lodoli: un concentrado de calma y confusión, de geometría y desorden vital. Allí hay un escondido restaurante que sirve unos filetes de bacalao, que acompañados de un vaso de vino blanco y fresco, contribuyen a la perfección del mundo.

La sobremesa se alargó todo lo posible, y luego hubo un demorado paseo en una noche que a mí me habría gustado que no tuviera fin. Cuando nos íbamos acercando a Via Margutta, empezó a entrarme una extraña preocupación. ¿Me invitaría a subir? ¿Tendría que acostarme con ella? La verdad es que no me apetecía nada. La larga charla, la intimidad, lo a gusto que me sentía a su lado, había producido un paradójico efecto anafrodisíaco. Ingrid pareció dudar, pero no hubo invitación. Se despidió con un rápido beso y un musitado gracias. La vi escapar como si huyera.

Luego, cuando tuvimos más confianza, hablamos de ello. «Temí que quisieras acostarme contigo». «¿Temías o deseabas?». «Temía, temía, no me apetecía nada». «Pues a mí tampoco». «¿Hombre! Creí que los españoles eran más galantes».

Le conté a Ingrid la aparición en Piazza del Popolo. Se sonreía incrédula: «Todas esas historias de diosas y dioses no van conmigo. Yo soy muy escéptica. Lo que pasa es que te gusté cuando me viste por primera vez, te parecí una belleza exótica, y luego cuando me fuiste conociendo viste que sólo era una estudiante de dieciocho años, no muy espabilada, y te desilusioné por completo». Yo no sabía qué decirle. «Me encariñé demasiado pronto contigo, eso es todo. Generalmente me pasa después de la segunda o tercera noche, o a veces después de la primera. En cuanto me encariño con alguien desaparece el deseo». Y ella, sonriente: «O sea que yo tengo que ser mala, muy mala, contigo para que me desees. ¿De haberlo sabido antes...!» Y me hizo un gesto amenazador con la mano.

Cuando la acompañé al aeropuerto, cuando la vi alzar sin esfuerzo alguno la enorme mochila que a mí me costó bajar del taxi, supe que su fragilidad era engañosa, supe que Ingrid era capaz de detener el mundo y de hacerlo girar sobre uno de sus dedos.

Creo que lo supe, o lo sospeché, siempre y por eso nunca dejé de ser cortés y paternal y algo distante con ella. Tenía miedo.

Demasiada felicidad no es de este mundo.