23 de agosto de 2006

PERIODISMO: CARTON Y PIEDRA ( Y III)

Se acabó el pastel. La sentencia está dictada. El periodismo ha perdido la hegemonía en el debate social. Los llamados "comunicadores" o "líderes de opinión" tienen, es cierto, una lejanísima relación con el periodismo.
Durante el mes de Junio de 2006, el primero de los comunicadores españoles, Iñaki Gabilondo concedió una larga entrevista al Loco de la Colina. La entrevista está disponible en la página de Youtube que se cita abajo aunque ha sido bloqueada la posibilidad de reproducir el vídeo en blogs, posible hasta hace una semana. En ella, Gabilondo rememora la famosa entrevista de 1995 y sigue manteniendo que "había otra pregunta posible".
Casi al mismo tiempo, Ricardo Cayuela le hizo a Arcadi Espada una larga entrevista. En ella le repreguntaba por la famosa polémica con Gabilondo y con Ferlosio. Espada sigue diciendo lo mismo aunque ha amplificado las razones de su querella contra aquel episodio.
Ferlosio, Gabilondo y Espada. Una pugna inacabada. El conflicto y la discrepancia entre tres intelectuales de calado. Algo así imagino que tiene que ser la civilización. Algo así.


II - IÑAKI GABILONDO EN TVE - [RADIOCABLE.COM]

http://www.youtube.com/watch?v=ow_Wa70J9Pc




LETRAS LIBRES. ENTREVISTA A ARCADI ESPADA::
PREGUNTA:
En La hija de la guerra y la madre de la
patria, Rafael Sánchez Ferlosio responde a
un comentario vertido por usted respecto
a la gran pregunta sobre los gal de Iñaki
Gabilondo a Felipe González. Usted dice
que la pregunta que formula Iñaki Gabilondo
es falsa porque sólo tenía una respuesta posible,
y Sánchez Ferlosio le dice que sí, vale, es falsa,
pero que en democracia estos simulacros son
necesarios
ESPADA:
Una democracia no funciona así, con
juras a San Talavera. Esa pregunta que
Iñaki planteó no tiene ningún tipo de
posibilidad de respuesta periodística,
tiene una posibilidad de respuesta teatral.
Pero yo hablo de periodismo y
naturalmente eso no fue sino un balón
listo para que el otro remate a gol con
la puerta vacía. Y hay otra cosa muy
importante, un problema que yo no
trataba en la columna, pero que para mí
es muy importante: esa es una pregunta
que no se debe hacer nunca, pero no
sólo por razones morales, sino porque
¿cuál es la autoridad que asiste a Iñaki
para hacer esa pregunta? ¿Tiene alguna
prueba de eso que dice? Es decir,
una prueba significa: ¿puede usted repreguntar
eso que dice? En el fondo,
si lo pensamos profundamente, lo que
hace Gabilondo es acusar sin pruebas.
Si usted le pregunta a alguien: “¿Es
usted un asesino, ha matado usted a
tantas personas?”. Esa persona puede
perfectamente responderle “Oiga y
¿por qué me hace usted esa pregunta,
tiene alguna prueba de lo que dice?”.
Y si usted no la tiene, pues tendría
que enfrentarse a ello. Y eso, el que
Felipe no respondiera de esa manera,
abonaría la tesis ferlosiana del teatro.
Pero claro, hay quienes no estamos dispuestos
a consentir que la entrevista
entre el principal comunicador de este
país y el presidente del gobierno sea
mero teatro.

19 comentarios:

TheoSarapo dijo...

ARTABRO: entre un vademécum ROJO y el Mundo Obrero.Conclusión: Artabro está en una biblioteca.

TheoSarapo dijo...

Por cierto, comparto el alboroto mental con Artabro. Y yo lo dije primero.

TheoSarapo dijo...

Mundo Obrero y El Alcazar eran dos periódicos habituales en cualquier quiosco leonés mediados los años 80.

TheoSarapo dijo...

Y El Imparcial...periódico ultraconservador que dirigía un tipo apellidado Izquierdo.


Lactancia teatral. ¿Qué razón hay para prohibirle la entrada la niño?
¿seguro que no era por el tema de que mamase en público?
Si la mamá fue expulsada porque el guaje hacía ruido, bien expulsada está.

TheoSarapo dijo...

Hace un par de semanas una parejade conservadoresciudadanos asturianos (sé lo que digo) afirmaron no haber podido tomar el aperitivo de forma tranquila en una cafetería castrillonense porque "una brasileña" le daba la teta al niño en público. El dueño del local les ofreció una botella de vermut gratis para que "dejasen de decir tonterías". No recuerdo que les molestasen los lloros del niño. La lactancia materna está infravalorada. ¡Tetes nes restaurantes, xa¡¡Tetes nes escueles¡

mecanikong dijo...

Esas cosas sólo pasan en Salinas de Castrillón (muy bueno lo de intentar emborracharlos, pero así no se curan). En la Villa no discriminamos las lactancias de nadie.
Y, coño, un guaje de 11 meses no ye pa llevar al teatro.

viejo casale dijo...

De mi visita a Asturias recuerdo un adhesivo que decía así: "Asturies en pelotines que guapiña yes". Genial.

chema dijo...

¿Con que se abren los archivos .dat?
Es una foto, instalo enl WinZip pensando que era lo que me hacía falta... pero nada.

Ártabro dijo...

LOs archivos .dat puedes abrirlos con Word.

chema dijo...

"LOs archivos .dat puedes abrirlos con Word".
Pues estos ni pa Dios....

La leche!!, acabo de leer en un periódico on-line que en Viena ha aparecido en el jardín de una casa un chica de 18 años. La cosa está en que la secuestraron hace 8 años y hasta ahora ni flores de donde estaba. Parece que hay un sospechoso y le persiguen, dicen que la han tenido todo este tiempo en un sótano aunque no explican como lo saben.

Ha sido leer eso y venirme a la memoria un nombre: Emanuela Orlandi. Lo he metido en el google y ahí hay un post o tres o cuatro.

Bueno, les dejo.
Hoy ha sido un día estupendo, de esos que no sabes cuando se repetirán.
Mañana más GªM, que es lo que mola.

devisita dijo...

CANARIAS 7
Economía
Las pernoctaciones en los hoteles españoles aumentan un 7,7% en los siete primeros meses

(Antes sólo iban durante la mañana?).

chema dijo...

JLGM-LVA-24.08.06.

Baudelaire y los malentendidos

Nunca había hecho tanto frío en París como en aquel invierno en que se helaban las palabras y no apetecía salir de casa. Pero yo no tenía casa. Vivía en un hotel de la rue Amsterdam, frente a la estación de Saint-Lazare, y hacía casi tanto frío dentro como fuera, o eso me parecía a mí. Salía por las mañanas, mientras arreglaban la habitación, y luego me quedaba en ella, asomado a la ventana, viendo el ir y venir de los transeúntes, envidiándolos a todos sólo por no ser yo. Envidiaba especialmente a los que, en la cálida cafetería de la estación, apaciblemente comían, bebían, charlaban.

Luego supe que, en un hotel de aquella misma calle, situado casi en el mismo lugar, el hotel Dieppe, había vivido Baudelaire sus últimos años en París. Le gustaba estar cerca de la estación porque de ella salían los trenes hacia Le Havre. Allí, al otro lado del estuario del Sena, estaba Honfleur, un pequeño pueblo de pescadores donde había disfrutado unos pocos meses de tranquila creatividad y de felicidad, quizá los únicos días felices de su vida. Baudelaire, en aquellos años finales, saboreaba una gloria mezquina que no le permitía pagar a sus acreedores. Publica la segunda edición de 'Las flores del mal', sueña con entrar en la Academia, obtener honores y dinero. Continuamente ha de recurrir a los prestamistas, incluso solicita ayuda al mismo Ministerio del Interior que había condenado sus poemas (hay quien dice que llegó a convertirse en confidente de la policía). En Honfleur estaba su hogar, una casa sobre el acantilado, con una galería de cristal que daba a un jardín de invierno y una veranda desde la que se divisaba el estuario. Allí vivía su madre, por fin viuda, por fin sin el padrastro, allí le aguardaba una habitación en lo más alto con una ventana abierta al mar.

Pero Baudelaire nunca volvió a Honfleur. Necesitaba dinero, dinero, dinero. Y no se le ocurrió otra cosa que ir a obtenerlo a la mezquina Bélgica. Dio algunas conferencias que no interesaron a nadie, como a nadie interesaron sus libros. Quiso vengarse escribiendo «páginas espantosas» que pusieran a toda la raza humana contra él.

Me imagino a Baudelaire en un hotel como este, escondiéndose de sus acreedores, sufriendo los primeros ataques de una enfermedad que acabaría haciendo añicos su prodigiosa y autodestructiva inteligencia.

Yo miraba a las gentes de la estación, adivinaba peleas, pequeños dramas, encuentros y desencuentros. Pronto me fui familiarizando con algunos rostros, que se repetían cotidianamente, salvo los fines de semana. Pero había una mujer que cenaba sola todos los días, también los domingos, cuando la cafetería se vaciaba y ella parecía doblemente sola.

Desde el otro lado de la calle, y con mi mala vista, no podía saber si era joven o vieja, guapa o fea, así que decidí bajar a comprobarlo. Se había vuelto una obsesión. Era con ella con quien hablaba en mis interminables soliloquios, a ella le contaba mis desventuras, le volvía a contar una y otra vez aquel estúpido enredo que me había hecho huir, abandonarlo todo.

«El mundo avanza gracias al malentendido -son palabras de Baudelaire-. Gracias al malentendido universal todo el mundo se pone en sintonía. Comprenderse es la mayor desgracia».

Había perdido la ilusión, eso era todo. Quise encontrarla donde una vez había sido feliz. No tuve suerte porque sólo la encuentra quien la lleva consigo.

Pero no había perdido del todo la curiosidad, y me intrigaba aquella mujer. Entré en la inmensa estación, me dejé aturdir por el barullo de la hora punta, admiré las bóvedas de hierro que había visto, entre el humo de las locomotoras, en tantos cuadros impresionistas, y busqué en la cafetería a mi desconocida. Allí estaba, en la mesa de siempre, ante un vaso de no sé qué licor. Me pareció vieja, casi una anciana (tendría más o menos la edad que yo tengo ahora). Seguía siendo una figura misteriosa, pero su misterio ya no me interesaba. Todo el atractivo que tenía desde lejos, desde la ventana de mi habitación, lo perdía vista de cerca. Una pobre alcohólica solitaria, nada más.

Se dio cuenta de que la miraba con atención. Me pidió que la invitara a otra copa. Hice una seña al camarero, pagué mi consumición y la suya y salí de allí. No me apetecía volver al hotel, no me apetecía ir a ninguna parte. ¿Y si tomara un tren, cualquier tren, el primero que estuviera a punto de partir?

Sentí que me tocaban en el hombro. Me volví. Era la mujer de la cafetería, sonriente. «Vuelva, vuelva a su hotel», me dijo, «pronto le llamarán por teléfono».

La obedecí sin pensarlo. «Han llamado preguntando por usted. Dejaron el recado de que volverían a llamar». Entraba en la habitación cuando sonó el teléfono.

Regresé a España al día siguiente. Bastaron unas pocas palabras para tachar el último capítulo de mi vida y empezar de nuevo. ¿Un error? Se arrancan esas páginas y se continúa donde habíamos quedado, en los últimos días felices.

Baudelaire, antes del definitivo viaje a Bélgica, abandonó por una temporada el hotel Dieppe. Jeanne Duval, su antigua amante, está enferma, necesita reponerse. Baudelaire -endeudándose todavía más- alquila una casa para los dos en Neuilly. Cuando llega, soñando con reanudar una relación que fue quizá la única verdadera de su vida, se encuentra, sentado junto a la mujer, a un joven mulato que fuma en pipa y le mira impasible. Jeanne le dice que es su hermano, que ha venido a quedarse con ella. Viven un tiempo los tres juntos. Baudelaire sospecha de aquel extraño hermano. Vuelve a París. Busca más dinero. Todo es poco para aquella pareja. Un día acompaña a Jeanne al médico. El hermano se queda en Neuilly. Cuando regresan no está. Se ha ido sin dejar rastro, pero antes ha vendido los muebles y todo lo que había en la casa.

«¿Era de verdad tu hermano?», pregunta Baudelaire. Pero cuando ella -la hermosa, lujuriosa mulata- va a hablar, la interrumpe: «No, no me digas nada. No quiero saberlo. La armonía del mundo depende del malentendido». Y ella, cruel: «No, no era mi hermano, le encontré en la calle, le daba el dinero que te robaba a ti, hacíamos el amor incluso cuando tú dormías o fingías dormir».

Cuando yo dormía, o fingía dormir, hacían ellos el amor. Pero no me importaba: eso era parte de la armonía del mundo.

Compartíamos piso, lo compartíamos todo. Ninguno de nosotros había cumplido treinta años. Un día, la noticia: «Nos mudamos, nos vamos a casar». Amablemente me señalaban la puerta para que yo saliera de sus vidas. «Seguiremos siendo amigos, seguiremos viéndonos».

No fui a la boda. Desaparecí de sus vidas y casi de la mía. Me fui a París y allí la vida transcurría al otro lado de la calle, tras los ventanales de la cafetería.

Pero ella me llamó, y luego él, y los dos me invitaban a que pasara una temporada en su nueva casa. «Te quedas el tiempo que quieras, como si quieres quedarte para siempre». Acepté de inmediato, sin tratar de averiguar el significado exacto de aquella invitación. La vida está llena de malentendidos que a veces no conviene apresurarse en aclarar.

catalino dijo...

VºBº
Yo ahora es que tengo mucho monte y no bajo al llano.

chema dijo...

Yo a lo mío.
El secuestrador de la niña, de la que hablaba yo ayer por la noche, se ha suicidado.

viejo Casale dijo...

como está el mundo.

Simón suerte dijo...

Tanto ruido por un pequeño mamón.

plutón dijo...

Cabrones..!!!!

Astrohungaro dijo...

-Plutón, nano, tas enterao.
-Claro, titi, man dejao "helao".
-A ti, nefesto, tan dejao "frío", pero helaos, lo que se dice helaos: a Raphel y al resto del club del TAROT. Con el culo al aire sanquedao.

Anónimo dijo...

Espero que el Sr. Chema se encuentre bien. Me atrevo a ponérles el sueño de García Martín de hoy.
Saludos a todos desde una isla.

River side drive

Imprevistos caminos llevan de un mundo a otro. Estaba yo en el cine, viendo la nueva versión de Superman (siempre he tenido debilidad por el personaje), cuando de pronto, ya no recuerdo por qué razón, Louise Lane llama a un taxi: «310 de Riverside Drive». Pero yo conozco esa dirección, yo he vivido allí, yo me he asomado muchas veces a la ventana de un apartamento del último piso desde la que se ven los peculiares depósitos de agua, tan americanos, y el Hudson sobre los tejados y uno de los pilares del Whashington Bridge (a la derecha, asoma apenas la torre neogótica de Riverside Church). Sí, yo estuve en esa dirección, en el barrio de Columbia, tan aristocráticamente estudiantil, con Louise Lane o con alguien que se le parecía mucho.

Aquel apartamento, decorado con elegancia minimalista, era de una profesora amiga mía, Marta Millanes. La última vez que estuve en Nueva York ella pasaba una temporada en España y me lo había cedido. Me gustaba aquel barrio, tan elegantemente europeo, tan París y Viena, elevado como una fortaleza sobre el depauperado Harlem. Me gustaban las resonancias lorquianas de Columbia University, la inacabada e inmensa catedral de St John the Divine, las cafeterías estudiantiles, las librerías de viejo... También Juan Ramón Jiménez anduvo por allí y de ello ha dejado constancia en 'Espacio', para muchos su mejor poema.

Una tarde, yo estaba contemplando la puesta de sol (uno de mis espectáculos favoritos en aquellos días neoyorquinos) cuando llamaron a la puerta. Me extrañó. No conocía a ningún vecino y, antes de dejar pasar a nadie, el portero te anunciaba las visitas. Abrí, sin embargo; aún no me había contagiado de la obsesión por la seguridad. Frente a mí estaba una anciana con un trozo de tarta.

«La acabo de hacer. Se me ha ocurrido pensar que le gustaría probarla y así aprovecho para presentarme. Me llamo Louise y vivo en el apartamento de la izquierda. Mi marido, murió hace años, era profesor aquí en Columbia. Especialista en Shakespeare, pero había estudiado también literatura española con Federico de Onís. Conoció a Lorca, que le dedicó uno de sus poemas. Pero le estoy aburriendo. Pruebe, pruebe la tarta con una taza de café. Ya tendremos tiempo de charlar otro día».

Y a pesar de mis protestas desapareció tan rápidamente como había venido. Llamé a mi amiga Marta, pero ella no conocía a la vecina. «A mí nadie me ha ofrecido tarta como regalo de bienvenida; creí que cosas así no ocurrían en Manhattan. Si aquí te ofrecen una tarta, seguro que está envenenada y lo que quieren es que dejes pronto libre el apartamento».

Traté al día siguiente de dar las gracias, pero nadie contestó. Pasaron varios días, ya casi me había olvidado de la mujer, cuando volví a oír unos golpecitos en la puerta. Era Louise. Traía con ella una vieja carpeta.

«Usted es español y profesor. Me imagino que le gustará leerlo. Hay también varias cartas, pero son personales. A mi marido no le parecería bien que nadie más las conociera. En el último momento me pidió que lo destruyera todo. Pero si él no se había atrevido, por respeto al poeta, tampoco yo me sentía capaz de hacerlo».

Me alargó una amarillenta holandesa en la que había mecanografiado, con alguna errata corregida a mano, un poema. Lo leí. Era un poema de amor. Y parecía de Lorca. O de un imitador de Lorca.

«¿No conserva el original manuscrito?».

«Este es el original que le envió Federico a mi marido. Eso me dijo él».

«Es extraño, porque el poeta no escribía a máquina».

«¿Quiere leer la carta que lo acompañaba? Pero prométame que no lo comentará con nadie».

Se lo prometí, aunque sin excesiva intención de cumplir mi promesas. Las cartas eran breves y convencionales. No demostraban una gran intimidad entre los destinatarios. Pero la letra y la firma eran inconfundiblementes las de Lorca.

«¿Ningún estudioso de Lorca se ha interesado por ellas? ¿No ha hablado usted con los herederos?».

«Yo conocía a su familia. Vivían en el edificio de al lado. Fui bastante amiga de doña Vicenta, hasta que dejó de hablarme. Mi marido era muy discreto para sus cosas. Pero una vez, había bebido más de la cuenta, aludió en un 'party' organizado por el decano a sus relaciones con Lorca. Mi marido tenía dieciocho años y era muy deportista y muy saludable y muy inocente. El poeta se encaprichó con él y le hacía regalos y le organizaba fiestas. A mi marido le halagaban aquella atenciones. Tenga usted en cuenta que Lorca era un seductor. Donde él estuviera todo giraba en torno suyo. Sí, sedujo a mi marido, pero no en el aspecto sexual. Cuando intentó algo en ese sentido, Arthur se quedó atónito. No le cabía en la cabeza. El poeta era para él como un hermano mayor, un héroe, un padre. El poeta insistió y mi marido le dio un puñetazo. Se habló de una caída. Pero no hubo tal, sino la respuesta a una agresión. Ninguno de los dos se refirió más al asunto. Dejaron de verse. El poeta trató de buscar una reconciliación. Escribió varias cartas, envió algún regalo. Mi marido no quiso saber nada más. Antes de marcharse a Cuba, le hizo llegar, por intermedio de otra persona, este poema. Si usted dice que no sabía escribir a máquina, seguramente se lo mecanografiaría quien le copió otros poemas, los de 'Poeta en Nueva York'. Pero este poema no está en ese libro, lo he comprobado. Tampoco en sus obras completas. Alguien les fue con el cuento de lo que había dicho mi marido a los Lorca y a partir de entonces doña Vicenta siempre encontró excusas para no recibirme. Incluso creí notar que el selecto clan de los exiliados nos hizo un poco el vacío. Entonces se tenía mucho cuidado con todo lo que pudiera manchar la memoria del poeta. Ahora los tiempos son otros».

«Sí, los tiempos son otros. ¿Podría tener yo una fotocopia de esos documentos? ¿Podría publicar un artículo sobre ellos?».

«No sé si a mi marido le habría gustado que se hablara de ese incidente. Durante años no quiso saber nada del poeta. Tenga usted en cuenta que era su héroe, la primera persona a la que había admirado de verdad. Se sintió muy herido, tenía una educación puritana. Pero luego incluso tradujo algunas de sus obras. Sólo una vez aludió a aquel episodio, y bien que se arrepintió».

«No creo que tengamos derecho a mantener inédito un poema de Lorca».

«Lo pensaré, aunque ya me queda poco tiempo para pensarlo».

Esa fue la última conversación que tuve con Louise. Cuando Marta volvió, el apartamento junto al suyo estaba libre. Le contó la historia al poeta y profesor Dionisio Cañas (que había llegado a conocer a algún antiguo amante de Lorca), pero tampoco logró dar con ella, a pesar de sus esfuerzos. Y ahora, de pronto, en la pantalla del cine una jovencísima Louise toma un taxi para ir al 310 de Riverside Drive. ¿En busca de los perdidos manuscritos de Lorca? Qué inexplicables son los caminos del azar y de la memoria.