22 de agosto de 2006

PERIODISMO: CARTON Y PIEDRA (II)

TRIBUNA: ARCADI ESPADA
¡Oh, my god!
ARCADI ESPADA
EL PAÍS - Última - 12-01-1995


Se sabe desde el primer hervor del hombre que la pregunta es un método de conocimiento fundamental. De ahí que las dictaduras la prohíban y de ahí que en los rigurosos protocolos reales se anote la imposibilidad de dirigir preguntas al monarca. La pregunta es uno de los instrumentos fundamentales de la policía y, por supuesto, de los jueces. La pregunta está en la raíz del arte. Y, desde luego, el periodismo es poco más que preguntas. El periodismo evita hacer preguntas de respuesta obvia, de ésas que in variáblemente favorecen una res puesta encabezada por: "Me alegra que usted me haga esa pregunta". Para saber, estrictamente para saber, no cabe preguntar a Felipe González, por ejemplo: "Señor Felipe González, ¿organizó usted el GAL?". Esa pregunta sólo tiene una respuesta posible y las preguntas de ese tipo no son" en puridad, preguntas.Cuando Iñaki Gabilondo preguntó eso a Felipe González, todo el mundo supo enseguida que aquello no era estrictamente una entre vista. Que aquello ni siquiera tenía que ver con la política. Que aquello, en fin, era un psicodrama. Un psicodrama favorecido por el medio televisivo donde se producía. Un psicodrama donde el especialista, a través de la pactada violencia de su método, sugería a su paciente la interpretación de un papel concreto: el papel de un hombre injustamente acusado de cosas horribles. El paciente, con toda modosidad, se prestó a ello. Parece mentira, pero, se prestó a semejante retórica de la persuasión. Se merece, pues, lo que no ha tardado en llegarle: el mazazo demoscópico. La mayoría de españoles no le cree. Se lo merece por haber abandonado la política en brazos de la teología. Se lo merece por haberse creído, ¡santo cielo!, lo que el apóstol Benegas le llamara: "Dios", nada menos.

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Gabilondo
R. SÁNCHEZ FERLOSIO
EL PAÍS - Última - 14-01-1995


Tiene razón Espada al decir que la pregunta de Gabilondo era ficticia, porque sólo tenía una respuesta posible. Pero no siempre hay que despreciar los simulacros. Si la pregunta explícita era, en efecto, una ficción, no lo era a mi entender el contenido implícito del mero acto de hacerla, que podría ser este: "Diga delante de las cámaras si se cree usted por encima de que yo pueda hacerle aquí públicamente esta pregunta"; y, cualquiera que fuese la respuesta explícita, el mero acto de responder, como tal acto en sí mismo, implicaba a su vez por parte de González la aceptación de que no se consideraba por encima de una pregunta semejante. Empezando así, con "la Primera en la frente", Gabilondo puso a González en su sitio, en el sitio que, a su juicio tenía que exigirle para dar a la entrevista la única forma de validez que, en tanto que inevitable simulacro, podía justificarla: en el sitio de cualquier otro sospechoso interrogado. Si yo fuese un demócrata, en modo alguno tendría por ociosa esta comedia, sino por muy oportuna y hasta edificante.El que en las juras de Santa Gadea. Alfonso VI pudiese cometer perjurio no menoscaba el valor institucional del hecho de que el rey mismo, en cuanto sometido a la isonomía y la isegoría de la democracia medieval -sólo vigente entre el estamento nobiliario, pero incluyendo al rey-, pudiese ser obligado a responder de sus acciones. De modo análogo, el gran mérito de Gabilondo -a despecho del carácter de ficción de la entrevista y del posible, motivo del entrevistado- está en haber dado al público esta muestra de que un jefe de gobierno también está sujeto a verse interrogado por un "simple" periodista. Alguien dirá: "¡Sólo faltaba que no lo estuviese!"; eso es, en efecto, lo que se supone de derecho, pero no está de más, en modo alguno, y menos en un caso tan vidrioso, que se demuestre de hecho.

29 comentarios:

Anónimo dijo...

JLGM-LVA-220806.

La princesa Merovingia

Una de mis más recurrentes pesadillas durante la infancia era volver un día a casa y no ser reconocido, «¿A quién buscas, niño?», me preguntaría mi madre. Y mis hermanos más pequeños, escondidos tras sus faldas, me mirarían a hurtadillas. De mayor, mi pesadilla es otra: que la gente que quiero, que los lugares familiares, se conviertan de pronto en extraños.

Era amigo de Iván desde hacía más de diez años, desde que le di clase en Filología y me enseñó sus primeros versos. Ahora vivía en Madrid y siempre que volvía a Avilés me llamaba. Aquella mañana habíamos quedado en una cafetería de la plaza Álvarez Acebal. Llovía. Yo me acercaba por los arcos de la calle de San Francisco cuando de pronto tuve la sensación de que la ciudad se había convertido en otra, que me miraba como si no me reconociera.

Iván no me recibió con la sonrisa habitual. Me saludó con una especie de gruñido, apuró el vaso de whisky que tenía ante él y, apenas me hube sentado, comenzó a increparme: «Tú te crees que los demás somos juguetes que puedes manipular a tu antojo». Nunca le había visto así. Siempre sonriente, siempre con una palabra amable en los labios. Me dejaba sus versos, escuchaba atento mis sugerencias (y las tenía en cuenta), elogiaba con entusiasmo que parecía verdadero lo último mío que había leído. No necesito añadir que era una de las personas con las que me encontraba más a gusto. Ahora por un momento temí que su agresividad dejara de ser sólo verbal. Y, como en una pesadilla, no podía defenderme: todo lo que me decía me lo había dicho yo en las noches de insomnio.

Cuando me levanté para irme, quiso hacer lo mismo, pero se desplomó sobre la silla. Estaba muy borracho. Me escabullí rápidamente como si no le conociera.

Por la Casa de Cultura entré en el parque de Ferrera. Cuando yo comencé a estudiar el bachillerato, a los diez años, tenía que rodearlo todos los días para ir a clase. Entonces no estaba abierto al público. Por el enorme portalón que daba a la calleja del Marqués, atisbábamos su interior. Grandes árboles, secretos senderos, ruidos misteriosos. Me parecía el bosque de los cuentos. Un día dos o tres amigos logramos escalar el alto muro, casi un lienzo de muralla, que lo rodeaba. Yo propuse saltar al interior, pero nadie se atrevió. Lo hice solo al día siguiente. El parque no era como ahora. Había zonas muy descuidadas, casi salvajes, la maleza cubría los caminos.

Audaz, como un personaje de los cuentos que me leían de niño, me acerqué hasta el palacio. La zona más próxima estaba ajardinada. Se oía una fuente, se deshojaba una rosaleda, cantaba un ruiseñor. O así ocurre, por lo menos, en mi recuerdo. De pronto se abrió una de las puertas y un grupo salió alborotando. Yo me escondí tras un árbol. Eran tres niños y una niña. Iban vestidos con ropas de otra época. Por la puerta abierta se oía música. Quizá se estuviera celebrando una fiesta, un baile de disfraces. Yo los miraba con envidia. La niña debía tener mi edad, aunque aparentaba mayor, los niños no pasaban de los seis o siete años. Era muy guapa, pelirroja, de una belleza incitantemente exótica. Creo que esa fue la primera vez que me enamoré. Una mujer salió a buscarlos. Cuando entraban, la niña se volvió de pronto y me vio, pero entró en la casa sin decir nada. Leí luego un cuento que hablaba de una princesa merovingia que ponía complicadas y crueles pruebas a sus pretendientes y ese fue el nombre que le di a quien desde entonces tuvo un papel principal en mis fantasías.

No volví a verla hasta algunos años después, cuando yo estudiaba sexto de bachillerato. Por aquel entonces el instituto Carreño Miranda era masculino; otro instituto, el Menéndez Pidal, era femenino. Pero había, no sé por qué, algunas clases mixtas, como las de historia del arte, que se celebraban en el salón de actos para proyectar diapositivas. Los alumnos nos sentábamos a un lado del pasillo y las alumnas a otro. Cuando se apagaban las luces y el profesor se entusiasmaba con la arquitectura gótica o los cuadros del Greco, los más audaces pasaban al otro lado y las clases de iniciación al arte se convertían en otra clase de iniciación. Una de las alumnas, la que más éxito tenía, era mi princesa merovingia. Su belleza adolescente resultaba tan esplendorosa que seguía brillando al apagarse la luz. Todos querían sentarse cerca de ella, pero ningún alumno lo consiguió. Iba siempre rodeaba de una corte que espantaba a los moscones. Yo la admiraba de lejos. Cuando ella miraba hacia mi lugar, creo que ni siquiera me veía.

No volví a saber de ella, pero seguí soñando con ella. De joven yo era muy tímido, especialmente con la mujeres. A las únicas a las que me atreví a acercarme, y siempre con poca suerte, era a las que se le parecían.

No volví a verla hasta esa mañana en que la realidad, mi pequeño mundo, pareció volverse irreconocible. Avanzaba hacia mí por la vereda central del parque. Avanzaba majestuosa, acompañada, como en los tiempos del bachillerato, de su corte: dos mujeres más jóvenes que la seguían respetuosamente a un paso de distancia. La reconocí de inmediato, aunque estaba irreconocible, como si su rostro se hubiera convertido en una caricatura. Quizá era sólo que ahora tendría cincuenta años y yo seguía recordandola a los dieciséis. «Soy la madre de Iván», me dijo. «¿Podemos hablar un momento? Usted no me conoce, pero en mi casa estamos hartos de oír hablar de usted. Hubo un tiempo en que mi hijo no hablaba de otra cosa».

Y hablamos por primera vez en el mismo lugar en que yo, escondido tras un árbol, había quedado deslumbrado al verla. Hablamos. Y el divertido, sonriente, despreocupado Iván se fue convirtiendo en otra persona. «No sabe bien el daño que le ha hecho», me dijo Lola, que ese era -por fin lo supe- el castizo nombre de la princesa merovingia. «Cualquier crítica suya le hacía entrar en uno de sus ciclos depresivos; intentó suicidarse tres veces», «Nunca supe nada», «Nos hizo prometer que nunca le diríamos nada. Pero ya está bien, no se preocupe. El psiquiatra nos dijo que usted no tenía culpa ninguna, que todo era debido a un trastorno obsesivo. Que podía haberle dado por cualquier otra persona. Pero de momento es mejor que no se vean. Si le llama, busque algún pretexto para no verle», «Acabo de estar con él», «¿Y cómo lo ha encontrado?», «Irreconocible», «Son las medicinas, le van muy bien, pero a veces las mezcla con el alcohol».

El rostro de Lola se había ido dulcificando, quizá porque ya no lo comparaba con el de mis fantasías. De pronto sentí que volvía a ejercer sobre mí la misma fascinación que la primera vez, cuando yo me perdí en el bosque de los cuentos y los sueños y la descubrí en una fiesta a la que no había sido invitado.

«Procuraré no ver a Iván, ya que le causo al parecer tan mala influencia. Pero me interesa saber cómo sigue. ¿Te importa que te llame alguna vez para preguntarte por su salud?», «En absoluto. Tú no lo recordarás, pero nos vimos hace mucho tiempo, y en este mismo parque, que todavía no estaba abierto al público...», «¿Ah, sí? ¿Cómo fue eso?», dije yo con mi mejor sonrisa.

La pesadilla había terminado. El mundo volvía a estar bien hecho.

7:00 AM

Fernando Terreiro dijo...

Estoy más de acuerdo con Arcadi que con Ferlosio. Aquello fue más una pantomima que un rito. En el rito hay purificación, o catarsis o cambio de un estado a otro, y allí no hubo nada. Todo quedo como estaba. González acompañando a Vera y Barrionuevo a la cárcel, las manos sucias como antes.

Estaba yo en C.O.U. El primer año con chicas en el colegio lo que provocaba un gran desconcierto. En un examen de Hª Contemporánea una de las pruebas es un mapa mudo (¿no son todos los mapas mudos?). Mi amigo J. A. se deja copiar el examen entero por una de aquellas muchachas (cosa que a mí no me habría dejado aún llevando diez años en la misma clase), lo que tiene el lamentable resultado de que reproducen alguna burrada de forma idéntica. La profesora le interroga.

- J. A. ¿reconocerás que les has copiado el examenn a X. o que te has dejado copiar?

- Señorita, mi dignidad profesional me impide decirla que sí.

El suspenso fue irrevocable, pero ya le gustaría a González poder dar una respuesta como esa, haber quedado tan rematadamente bien frente al elenco femenino de la clase.

viejo casale dijo...

Ja,ja. Yo tengo una anécdota parecida pero al revés. A mi lado se sentaba una chica bastante feucha que además no tenía labios. Un día empezó a exigirme que le soplara. Y yo, en lugar de dejarle copiar, empecé a deshuevarme. Aún me acuerdo. La pobre chica decía "sopla, sopla". Pero como no tenía labios y enmarcaba mucho la boca yo oía "sopa,sopa". Huelga decir que al rato empezó a decirme: "joputa, joputa". El profesor nos echó. A ella por hablarme. A mi, preso de un ataque de risa.
Años después me la encontré una noche en un after de Russafa. Llevaba los labios operados. Al verme, giró la cara. Muy ofendida ella.

ch dijo...

¿Qué ha pasado con la columna de Gª Martín hoy?
Está por duplicado en lo de ayer (la segunda vez como anónimo) y lo mismo en lo de hoy ahí arriba.

chema dijo...

¿Recuerdan la medalla Fields que se menciona en "El indomable Will Hunting" por haberla ganado el profesor de Will?

Pues aquí un ruso que la ha rechazado:

http://www.elmundo.es/
elmundo/2006/08/22/
ciencia/1156244249.html

DamaOscura dijo...

Muy buena la anécdota de Casale!
Yo me dejé copiar alguna vez. Fíjense, en una ocasión un niño sacó sobresaliente en ciencias naturales gracias a que le dejé mirar mis hojas de examen; la maestra no se dio cuenta de la trampilla, ni siquiera cuando el muchacho saltó de alegría y me plantó un beso en mitad de la clase...
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Curiosidad -no malsana- : quién era la chica que atendió al/la acompañante de foca? Yo estuve la noche antes...y aviso a la Atenas del Cantábrico: vuelvo este viernes por la noche.
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Saludos a todos y pásenlo bien. Les sigo.

Dum Dum Pacheco dijo...

De vuelta.

Gabilondo debe dar miedo. Sólo Federico y decenas de tertulianos le critican, pero se suelen cuidar de mencionarle. En parte,debe ser, que es más dificil criticar su forma de hacer las cosas.

Espada es un analista, pelín farragoso, del mundo de la faction. La transparencia literaria también es inteligencia. Sobre el "batacazo demoscópico", sin comentarios.

devisita dijo...

El hecho de acatar la prohibición de crítica a los que salen toditos juntitos en la foto anual de familia da una idea bastante exacta del periodismo nuestro.

Probablemente me haya pasado con el sol este verano.

chema dijo...

Damaoscura, ayer en el CSQ la foca (o su acompañante) fue atendida por una encantadora compañera cuyas iniciales en el sistema (informático) son MLA.
No sé si la conoces.
Fue atendida antes del turno que le toca a usted este viernes por la noche.

lafoca dijo...

Inexplicablemente, jeje, el sistema (informático) coincide con el cuño de la receta: MLA.

MLA también debe de estar pagando la hipoteca porque esta tarde volvía a estar de guardia. Creo que ya no tendremos que ir más.

mecanikong dijo...

Perdonen, esto es para chemari. No nos funciona el correo, recibimos pero no enviamos. No se preocupe por las páginas web visitadas. Si viera las de alguno que sustituí, con negras comiéndose de todo y, en fin, hasta videos muy, pero que muy cerdos.
Un amigo me copió un comentario de texto para demostrar que el profesor le tenía manía. Y era cierto, él suspendió con un cuatro mientras yo tuve un seis. Mi amigo reclamó alegando que la copia era idéntica en todo, y que el motivo del suspenso era la ojeriza, ya que el profesor no se había dado percatado de la trampa. El profesor se llevó los comentarios y le devolvió el suyo con una coma resaltada en rojo que el mío no tenía. Mi amigo insiste aún hoy que la coma la puso el profesor. Don José Moure Moure era un santo, y gallego de Ourense.

sarapo dijo...

Hola, Hola a Don DumDum... Parece que ya va cayendo la gente al baile, jejeje.

sarapo dijo...

Seis cesados en Leganés. ¡Qué gracia que tiene el Opus, joder¡.

sarapo dijo...

No entiendo lo que dice Doña Devisita...

sarapo dijo...

¿MLA? ¡solución ya¡

sarapo dijo...

R., cariño,estoy bien. Mañana vuelvo.

lafoca dijo...

¿Cómo no lo va a entender? Claro que como nunca sé cuando habla usted en broma o en serio...

devisita dijo...

Pues la foca (o su acompañante) deberían pedir hora (cita previa).
Salvo que se trate de dos urgencias seguidas, claro.
Que no sea nada.

devisita dijo...

Sarapo, realmente no puedo decirle más.


(JJ: también amortizando la hipoteca o de cabreteo por ahí?).

devisita dijo...

Chiste de Forges en EP en relación con el Congreso de Matemáticas.

¿Ande andan Pablo y Ana?.

Calculo que a lo suyo -de ellos-, haciendo caso omiso a la resolución del problema (si ya lo dijo ella, como el Palomo, ella se lo guisa y se lo ...)

devisita dijo...

Ay Foca !, que se me olvidaba, gracias por el Aguaviva. Fetén.

(Alguna otra recomendación en Canary Islands.?)

lafoca dijo...

Me he perdido ¿Devisita no era (es) Licenciada en Derecho o abogada? Le aclaro: la primera visita (tocaya) fue una urgencia, la de hoy una cura con la enfermera y MLA también se interesó por la cura.

De Canarias sólo conozco Lanzarote y las demás comidas las hicimos en sitios baratitos o comprando el salchichón y el pan en el supermercado. Aguaviva nos dejó sin presupuesto, que somos pobres.

chema dijo...

JLGM-LVA-230806:

Literaria Ronda

«No hay buena acción que no reciba su merecido», dije yo en voz alta como colofón a una historia que me volvía una y otra vez a la cabeza. Estábamos en los jardines del hotel Victoria, sobre el hondo Tajo del Guadalevín, unos cuantos poetas. Nos acompañaba, en estatua, otro poeta, que también tenía habitación junto a las nuestras.

«Pues tú nunca recibirás tu merecido», me respondió Brines, «porque nunca has hecho una buena acción».

«Alguna habrá hecho...», sugirió María Victoria, siempre tan generosa.

«¿Meter malos poetas en sus antologías?», sugirió Abelardo.

Todos, de vez en cuando, cometemos alguna buena acción, aunque sea por descuido. Hace dos años estuve por primera vez en Ronda en otro congreso literario. Ya ni recuerdo el tema. Sólo recuerdo las interminables lecturas poéticas, de las que me escapaba siempre que podía. Y el deslumbramiento inicial de la ciudad, tan literaria que con ella sólo se puede hacer mala literatura. Incluso Borges me parece que fracasó en el poema que inicia uno de sus últimos libros, 'La cifra'. Lo titula Ronda y tiene el acierto de no hablar de bandoleros ni de la Serranía, ni del hercúleo Puente Nuevo, ni de la paciencia del río capaz de horadar montañas. Se fija sólo en la presencia del Islam, y después de una de sus habituales enumeraciones nos dice en lo que se convierte «aquí, en Ronda»: «un cóncavo silencio de patios, / un ocio del jazmín / y un tenue rumor de agua, que conjuraba / memorias de desiertos». Parece que Borges, «en la delicada penumbra de la ceguera», no distinguía Ronda de Córdoba ni de cualquier otro lugar de resonancias árabes.

Una noche tan hermosa como esta, en la que no apetecía irse a dormir, salí yo a pasear. Recorrí el Paseo de los Ingleses y llegué hasta la Alameda, siempre bordeando el Tajo, con la Serranía enfrente iluminada por la luna. Era todo demasiado hermoso como para tratar de hacer literatura. En la Alameda hay una especie de templete colgado sobre el abismo. Entré en él. La vista no podía ser más espectacular. Aquel parecía el palco de honor de los suicidas. Lanzarse desde allí sí que era salir del mundo por la puerta grande. Me di cuenta entonces, con cierto susto, de que no estaba solo. Una sombra se había movido en un rincón. Era una mujer. A ella también parecía haberle asustado mi presencia. Se marchó rápidamente, pero no sin permitirme observar un rostro joven en el que brillaban algunas lágrimas. Quizá había interrumpido una fúnebre resolución, quizá lo intentaría más tarde. Salí tras ella. Caminaba lentamente, con la cabeza baja, por el borde del precipicio.

«Perdone que me entrometa. ¿Puedo hacer algo por usted?»

«Nadie puede hacer nada por nadie».

«¿Por qué no se va a casa a dormir? Mañana verá las cosas de otra manera».

«Antes que volver a mi casa, prefiero irme al infierno».

Caminábamos juntos, muy juntos. Yo me había puesto a su lado y ella se había acercado a mí, de manera que yo habría considerado incitadora si no la atribuyera a la inconsciencia de la desesperación. Tuve miedo. «Si ahora me agarra con fuerza y salta, no podré librarme y caeré con ella. Quizá no quiera morir sola». Ni siquiera se me ocurrió pensar que lo que pudiera querer era no dormir sola. Por eso procuré llevarla delicadamente hacia el centro del paseo y le propuse que durmiera esa noche en un hotel, en mi hotel, por ejemplo, y que dejara cualquier decisión para otro día.

«He salido sin dinero. A donde yo pensaba ir no lo necesitaba...»

«En el hotel Victoria tampoco. Yo me hago cargo de su habitación, ya me devolverá usted el importe».

«No sé si seré capaz de dormir sola...»

Cualquier otra persona menos ingenua que yo habría sabido en seguida de qué iba aquello, pero a mí el ambiente de Ronda me tenía fascinado y me imaginaba ser un Quijote que socorría doncellas desvalidas.

En la recepción del hotel nos encontramos con una poetisa cordobesa, no voy a decir su nombre, que volvía desesperada de la aburrida vida nocturna rondeña. Le conté que traía una invitada, pero que había un problema porque el hotel estaba completo. «¿Una invitada y no la llevas a tu habitación? Pero ¿cómo entendéis las leyes de la hospitalidad los críticos? Esta señorita se queda conmigo, si no tiene inconveniente».

Y no, la presunta suicida no tenía ningún inconveniente, aunque ella preferiría vagar por las calles, el único sueño que le apetecía dormir era ese del que no se despierta nunca. «Pobrecita», dijo la poetisa cordobesa abrazándola enternecida, «vamos a ver cómo me las arreglo para hacerte comprender que también hay cosas bonitas por las que merece la pena vivir».

Pero por la mañana tenía otra opinión de la desvalida doncella. Me despertaron gritos (su habitación estaba en el mismo pasillo que la mía) y un jaleo de puertas y de pasos. «¿La muy puta!» fue lo primero que le oí decir. Al parecer la suicida se había levantado tempranito y se había llevado todo lo que había encontrado de valor: dinero, tarjetas de crédito, algunas joyas... Pero no se había conformado con eso. También había tenido tiempo de forzar la cerradura de otra habitación. El poeta que la ocupaba no iba a escandalizar. Era Rilke, el huésped perpetuo de hotel Victoria. La ladrona se llevó, entre otros recuerdos, la cuenta del hotel, como si quisiera invitar al autor de las 'Elegías de Duino', siempre dispuesto a dejarse invitar por las damas.

«Bueno», dijo Brines, «quien recibió su merecido en ese caso no fuiste tú».

No termina aquí la historia. A la poetisa, de la que yo me había reído en alguna reseña, sin duda para vengarse, le dio por decir que yo le había presentado a la mujer, lo que era cierto, que yo había insistido para que la acogiera en su habitación, lo que era falso, en fin, que tuve que ir a declarar a la comisaría y poco faltó para que me empapelaran como cómplice.

«Esas buenas acciones que reciben su merecido», dijo María Victoria, «casi nunca son buenas acciones».

Lo peor de todo es que me volví a encontrar a la mujer. Se llevó un dedo a los labios, me apartó a un lado donde nadie nos veía y me alargó un sobre. ¿También ella me consideraba su cómplice!

«Supongo que no aceptarías el sobre», dijo Abelardo, «bastante tienes con los que te alargan los malos poetas para que los incluyas en tus antologías».

Por supuesto que no acepté el sobre. ¿Faltaría más! Pero si una invitación a tomar una copa en su casa. Pura cortesía. Estábamos en el más amigable coloquio cuando sonó el telefonillo. «Es mi marido que se ha olvidado las llaves. Tienes que marcharte». Me puse la ropa tan rápido como pude. Solo ya en la calle me di cuenta de que me faltaba la cartera. ¿Pero cualquiera volvía a buscarla!

mecanikong dijo...

En casa seguimos con interés el debate suscitado en la Villa del Adelantado, Avilés para los que aún no lo sepan, a raíz de la expulsión del Teatro Palacio Valdés de una mujer por amamantar a su hijo de 11 meses durante el espectáculo. Al niño también lo botaron. Yo no me veo.

asurbanipal dijo...

Entre las muchas cosas inusitadas que acaecen en el patio de butacas del Palacio Valdés durante la temporada de teatro, el amamantamiento es una más y de las más sencillas. Pido cámara oculta que muestre todo lo que sucede para que callen los castos.
Que uno no se vea no debe ser óbice para no ver a nadie.
Un saludo desde el Sur.

mecanikong dijo...

No veo que sea un problema de castidad, y al que amamantar le parezca algo incasto tiene un problema. Para mí sería un problema de vergüenza propia y, no voy mucho al teatro, pero los niños menores de un año pueden llegar a llorar mucho y ser impredecibles.
Gracias por contestar.

thunderbird dijo...

Esto de Gabilondo y Espada es un rollo viejo y coñazo. Gabilondo es un cobarde integral... creo que algo así les llamó Rushdie a quienes se negaron a defender a los autores de las caricaturas de Mahoma. Espada tiene SUS lectores. Pues pa él y pa ellos.
Ferlosio es indigesto hasta en la merienda. Es decir Ferlosio y ....zzzzzzzzzzz.

chema dijo...

Yo no veo aceptable que un lactante entre en un teatro por la distorsión que puede causar a espectadores y actores.
La explicación de ayer del concejal de turno era de aurora boreal: "Se le vendió una entrada al bebé permitiendole el paso porque en ese momento el funcionario no sabía que hacer".
Ante la duda se le vende la entrada y hacemos caja.

Nada tiene que ver con lo de amamantar, a estas alturas no se escandaliza nadie por ver una teta.
También me repatean los cursis que salen ahora en el periódico diciendo lo bello y hermosísimo que es ver a un lactante mamando.

Hoy empeiza la feria de la cerveza y mañana la del ganado. Avilés arde en fiestas.

Ártabro dijo...

¡Hola! Últimamente les sigo pero no digo ni pío. La razón es que llevo unos días con las contradicciones instaladas en el núcleo neuronal (suponiendo que éste exista).
Leo algunas opiniones y, a veces, estoy completamente de acuerdo. Las releo y, coño, encuentro que estoy en absoluto desacuerdo.
¡Joder, en estas condiciones no puedo opinar!. Ya me veo rebatiéndome a mí mismo cinco minutos después de haber colgado un post.
Deben ser los calores de agosto y lo efectos de los “malos humos galaicos”.
Espero con ansiedad la llegada de septiembre.

Durante este mes, lo mejor, los artículos de GM que Chema y Mecanikong (en el papel de becaria) nos han colgado puntualmente todas las mañanas.

El viernes cita en la zona cero. Elementos identificativos: por un lado un ejemplar atrasado de “Mundo Obrero” en la mano izquierda y por el otro un “rojo” VADEMECUM bajo el brazo.