21 de agosto de 2006

PERIODISMO: CARTÓN Y PIEDRA (I)

Iñaki Gabilondo (San Sebastián, 1942) ha sido el hombre más influyente de la radio española y desde la transición política un punto de referencia del periodismo autóctono. Su estilo radiofónico siempre anduvo más cerca de la contención anglosajona que de las voluptuosidades mediterráneas. Y siempre su talante humano estuvo más tocado por el hecho y la duda que por la opinión y el dogma.
La carrera de Gabilondo incluye los premios más importantes y una fidelidad sin resquicios a la cadena Ser donde empezó a trabajar y donde ocupó diversos cargos directivos. Ha trabajado poco tiempo en la televisión pública. Pero fue intenso. El intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 le cogió como jefe de informativos. Su aparición en pantalla, aquella misma tarde, tuvo concisión, nervio y temple y contribuyó a la confianza general. Una sobria e inolvidable aplicación de sus máximas virtudes periodísticas en un tiempo extremo.


CANCELO UNA DEUDA QUE TENGO CONMIGO MISMO. IÑAKI GABILONDO NUNCA ME HA DICHO DEMASIADO. QUIZAS LO QUE MENOS ME HA GUSTADO DE SU TRABAJO, APARTE DE LOS FAMOSOS TRES DÍAS DE MARZO EN LOS QUE RECONOCE HABER COMETIDO ERRORES-PERO MENOS QUE OTROS-ES LA FAMOSA ENTREVISTA A FELIPE GONZÁLEZ EN LOS ALBORES DEL AÑO 1995.
ES UNA DUDA Y UNA VACILACION PERSONAL. ME SORPRENDE LA IMPUNIDAD CON LA QUE GABILONDO SE HA MANEJADO ENTRE SUS COMPAÑEROS DE TRABAJO. MIENTRAS A CUALQUIER OTRO COMPAÑERO LE LLUEVEN LAS CRITICAS HAN SIDO ESCASISIMOS LOS MOMENTOS EN LOS QUE ALGUIEN SE HA PERMITIDO CRITICAR LAS INTERVENCIONES-HUMANAS- DE GABILONDO.
HACE UN PAR DE MESES LEYENDO UN LIBRO DE FERLOSIO ME TOPE CON UNA CRÍTICA EXPLÍCITA DE LA FAMOSA ENTREVISTA A GONZALEZ,HECHA POR ARCADI ESPADA. FERLOSIO RECONOCÍA LA SUTILEZA DE ESPADA PERO PENSABA QUE ENTREVISTAS ASÍ, ADULTERADAS, ERAN NECESARIAS EN UNA DEMOCRACIA. RECUPERÉ LA RESPUESTA ORIGINAL DE ESPADA, LA COLUMNA DE SÁNCHEZ FERLOSIO E INCLUSO UNA RECIENTE ENTREVISTA DEL LOCO DE LA COLINA A GABILONDO DONDE ESTE AFIRMA ESTAR ORGULLOSÍSIMO DE SU INTERVENCION: NO HABÍA OTRA PREGUNTA POSIBLE. TAMBIEN, POR ESA EPOCA, ESPADA INSISTE Y FORMALIZA SU OPOSICION HACIA CIERTO TIPO DE ENJUAGUES ENTRE EL PERIODISMO Y LA POLITICA. FINALMENTE ME DIO POR RECORDAR EL CUERPO A CUERPO QUE MANTUVIERON ARCADI E IÑAKI EN LAS AÑORADAS PAGINAS DE EL PAIS HACE UN PAR DE AÑOS.
LOS HECHOS.LA CONTIENDA. LA COMPETENCIA INTELECTUAL Y PROFESIONAL.LA VIDA.



Felipe González

«¿Organizó, autorizó o toleró usted
la guerra sucia del GAL?»

Felipe González (Sevilla, 1942) había sido la gran esperanza del socialismo español durante la transición. Su triunfo electoral del 28 de octubre de 1982 había levantado una desconocida oleada de ilusión en el futuro del país. Comenzaba entonces un gran esfuerzo de modernización y de integración en Europa. El Partido Socialista Obrero Español volvió a conseguir mayoría absoluta en los comicios de 1986, pero en 1989 perdió, por un escaño, esa ventaja decisiva y a partir de las elecciones de 1993 se vio obligado a pactar con los nacionalistas catalanes (Convergència i Unió, CiU) para dar estabilidad al Gobierno.
Después de más de una década en el poder, el Gobierno socialista pasaba por sus momentos más delicados. Las distintas tramas de corrupción, aireadas en la prensa y espoleadas por el Partido Popular (José María Aznar) e Izquierda Unida (Julio Anguita), crearon un ambiente político irrespirable. Uno de los principales casos que afectaron al Gobierno de Felipe González fue el que protagonizaron los Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL). Esta banda terrorista parecía vinculada a los aparatos policiales del Estado y había cometido diversos crímenes desde 1983 (hasta 29 asesinatos y varios secuestros). Era la «guerra sucia» contra ETA. La principal cuestión en este caso era dilucidar si el Gobierno había planeado y organizado los GAL en el ámbito estatal o era la aventura criminal de sujetos aislados.


A continuación se transcribe la histórica entrevista que Iñaki Gabilondo hizo a Felipe González el día 9 de enero de 1995 en TVE.

—El GAL está en el centro de la actualidad, en el centro de la actualidad judicial, de la actualidad política, de la actualidad económica, en el centro de todo. Y mientras los procesos judiciales siguen su camino, creo que no se puede perder ni un minuto, señor presidente: es necesario tratar de despejar las incógnitas básicas de la credibilidad. Me va usted a permitir que le pregunte directamente: ¿organizó usted el GAL, señor González?—Jamás. Jamás se me hubiera ocurrido. Yo soy un demócrata de toda la vida, convencido de que sólo se pueden utilizar instrumentos democráticos para luchar contra el crimen.
—¿Autorizó usted la guerra sucia contra ETA?
—Nunca autoricé, ni nunca encubrí esa guerra sucia. Es más: he ordenado al ministro de Justicia e Interior [Juan Alberto Belloch] que interpongan una querella contra quien hace una afirmación respecto del Gobierno como la que hoy ha aparecido en prensa.
—¿Toleró usted en algún momento eso porque le estaba resultando útil en la guerra contra ETA?
—Repito que en ningún caso. Ni lo toleré, ni lo consentí, ni mucho menos lo organicé, obviamente.
—Felipe Alcaraz [dirigente de Izquierda Unida] dice que ya está claro, que Felipe González es la X.
—Pues yo creo que el señor Alcaraz tendrá que asumir su propia responsabilidad y demostrarlo.
—¿Está usted muy enfadado?
—No, enfadado no estoy. Yo no suelo enfadarme. Lo que pasa es que tengo convicciones que son muy profundas y no estoy dispuesto a que las ponga en entredicho nadie, ni Felipe Alcaraz ni nadie, y mucho menos, dos condenados, como han sido condenados por los Tribunales de Justicia en sentencia firme1.
—¿Comprendió usted o entendió que naciera el GAL?
—En absoluto. Ha habido episodios de ésos en la democracia y yo nunca he hecho ningún tipo de cobertura, ni siquiera explicativa. Siempre he condenado cualquier acción que no sea una acción legal.
—En las últimas semanas han surgido muchas voces que han tratado de contextualizar lo ocurrido para «comprenderlo», entre comillas. ¿Está usted entre los que... se explicarían esas actuaciones contextualizando lo que ocurrió en 1983?
—Yo no he hecho ninguna contextualización. La lucha contra el terrorismo es una lucha desigual, lo he dicho muchísimas veces, porque nosotros tenemos que utilizar los instrumentos de la ley y los terroristas utilizan todos los instrumentos para matar o para extorsionar, hasta el punto que ha habido muchas víctimas del terrorismo, muchas: 867. Por consiguiente, estamos en una situación muy dura o hemos vivido y vivimos una lucha muy dura contra el terrorismo, pero yo no he contextualizado nunca esa lucha que siempre he pretendido que sea una lucha democrática y una lucha transparente.
—Señor presidente, ¿y por qué sabe usted que no se va a descubrir nada que afecte al Gobierno?
—Mire: recuerdo que un periodista me hizo una pregunta estando de visita en una residencia de ancianos... Exactamente me dijo: «¿Y si se demuestra que el Gobierno ha participado, de alguna manera, en la creación de los GAL?». Y yo contesté: «Mire usted: ésa es una hipótesis imposible, porque nunca lo ha hecho. Por consiguiente, es imposible que algún día se pueda demostrar eso».
—Vamos a ver... ¿La cúpula de la lucha antiterrorista es Gobierno?
—La cúpula de la lucha antiterrorista son funcionarios, no son Gobierno, pero son funcionarios que dependen del Gobierno en todas las luchas contra el terrorismo, y me parece que siempre han cumplido con absoluta lealtad y con una gran fidelidad a la democracia.
—El director general de la Seguridad del Estado, ¿es Estado?2.
—Es Estado, sin duda alguna, claro. No se puede decir que sea Gobierno, pero, desde luego, es Estado. Y me parece que ha prestado un gran servicio a la sociedad española.
—Acabamos de saber que ha sido decretada la orden de detención para el secretario personal del señor [Rafael] Vera, por el asunto del dinero... Se están produciendo al parecer en los procesos de investigación aproximaciones que estarían implicando a personas que difícilmente se pueden considerar ajenas al Gobierno...
—Mire... Hoy han dicho en la prensa, esta mañana, que el Gobierno ordenó el pago de doscientos millones de pesetas a los señores Amedo y Domínguez, y yo he dicho al ministro de Justicia, inmediatamente, que presente una querella contra quien hace esa afirmación, porque es absolutamente falsa, no tiene ningún fundamento.
—¿Si lo hubiera ordenado un ministro del Interior podríamos decir que el Gobierno estaba implicado?
—Sin duda. El ministro del Interior forma parte del Gobierno, pero es que no es verdad.
—¿Y un secretario de Estado no tiene una responsabilidad de gobierno?
—Sin duda es una responsabilidad próxima al Gobierno, porque cuando se habla del Gobierno es el Gobierno. Pero, bueno, de todas maneras... la información es falsa y el propio secretario de Estado lo ha dicho.
—Si pasados los días se terminara descubriendo la responsabilidad de personalidades de la cúpula de determinados ministerios o del Ministerio del Interior...
—Mire usted: es que eso no forma parte de un talante democrático. Parto de un presupuesto democrático que me parece que todos tenemos que defender: presumir la inocencia de las personas y no la culpabilidad. Cuando se demuestre la culpabilidad de una persona, podremos decir: «Hay una sentencia firme condenando a una persona». Es el caso del señor Amedo y del señor Domínguez. Pero no es el caso de los demás. ¿Cómo podemos hacer hipótesis que presuman la culpabilidad de personas que han tenido una gran responsabilidad en la lucha contra el terrorismo?
—¿No nos podemos sentir inquietos los demócratas de este país? Pudiera darse esta circunstancia y, por tanto, necesitamos que el presidente del Gobierno...
—Vamos a ver: sería mucho más inquietante que estuviéramos presumiendo la culpabilidad como demócratas. Eso sería la Inquisición: tendríamos que demostrar la no culpabilidad simplemente por una imputación que no tiene fundamento. Los demócratas no podemos dar credibilidad a lo que digan dos condenados en declaraciones a un medio.
—Lo que pasa es que no solamente es lo que digan dos condenados en declaraciones a un medio, es que en este momento están detenidos. Aunque actúa sobre ellos la presunción de inocencia, están detenidos, y se cita a grandes personalidades de la lucha antiterrorista que nos hacen temer que pudieran darse evidencias que terminaran siendo verdaderamente carga de dinamita contra...
—Vamos a ver: de nuevo le digo que hay que presumir la inocencia de las personas, como es natural en democracia, incluso cuando están en una situación de privación de libertad. Y hay que respetar, y respetar seriamente, la independencia de los jueces que, bajo su responsabilidad, toman esa decisión. Y yo estoy dispuesto a respetarla, pero desde luego no estoy dispuesto a hacer un juicio de valor ni estoy dispuesto a condenar a ninguna persona simplemente porque un juez haya decidido la privación de libertad.
—Usted, por tanto, no tiene absolutamente ninguna pista, ningún dato: no sabe absolutamente nada de los GAL, absolutamente nada.
—No. Yo sé lo mismo que sabe usted y lo mismo que sabe mucha gente porque se ha informado mucho.
—Pero no más.
—Pero ¿por qué voy a saber más?
—¿No tiene... digamos, información...?
—Ha habido investigaciones judiciales, que siempre han sido investigaciones acompañadas del esfuerzo de la Policía para esclarecer los hechos, y eso es lo que ha ocurrido con el GAL desde hace diez años u once años, desde que esta historia empieza. Por consiguiente, ha habido una participación de la propia fuerza de la Policía judicial en el esclarecimiento de los hechos. Por tanto, ¿qué es lo que tienen que saber los ciudadanos? ¿Que el Gobierno está detrás del GAL, como se dice? ¿O como he oído decir a un señor, que yo soy el «señor X»?3. Espero que esta persona asuma su responsabilidad, espero que la asuma seriamente. Los ciudadanos tienen que saber que eso es falso, radicalmente falso, y como es falso, vamos a reaccionar querellándonos contra quien lo afirma.
—Deduzco entonces que usted tiene el máximo interés en que se exclarezca absolutamente todo lo que tiene que ver con el GAL.
—Sin duda, sin duda alguna.
—Por tanto apoya y anima al señor [Baltasar] Garzón4 a que continúe con...
—Yo no tengo por qué animarlo. Él tiene una misión que cumplir y debe cumplirla. Lo que tengo es que respetar su actuación y su independencia; y eso lo tiene absolutamente garantizado, y lo sabe muy bien el señor Garzón.
—Si pasado un cierto tiempo se dedujeran implicaciones de personalidades del Ministerio del Interior, responsables de lucha antiterrorista, ¿usted seguiría considerando que el Gobierno no está implicado? ¿No estaría implicado en este caso?
—Repito que usted parte de una hipótesis que me parece peligrosa en democracia: es la hipótesis de presumir que puede haber implicaciones de responsables...
—No, no... En caso de tener implicaciones, presidente, en caso de tener implicaciones... Es el sentimiento de muchos ciudadanos de este país.
—¿Qué diferencia hay entre «en caso de» y «presumir»? Yo creo que hay que presumir la inocencia de las personas. No se trata de contextualizar nada. Es natural que la lucha contra el terrorismo, que no ha acabado todavía, sea un tema muy serio en el país; es un tema muy serio. Por consiguiente, hay que tener respeto a las personas que luchan contra el terrorismo, arriesgando su propia vida. Incluso en una situación de dificultad como la actual, hay que presumir la inocencia de esas personas. Pero, en todo caso, si los jueces establecen cualquier responsabilidad, cualquiera, yo asumiré la responsabilidad que a mí me corresponda, de eso no le quepa la menor duda, y siempre lo he dicho y lo he hecho políticamente.
—Apelo en este momento al demócrata y al hombre que cree en el Estado de Derecho: ¿cómo calificaría a un Gobierno que hubiera practicado la guerra sucia contra el terrorismo? Porque yo creo que se han comentado algunos ejemplos internacionales con alguna admiración.
—Yo creo que eso no tiene justificación. Así de claro.
—Este tema está afectando a todos los asuntos y nos lleva directamente al asunto de los fondos reservados y del dinero. ¿Usted no tenía noticia de que hubiera un dinero que se estuviera pagando a nadie?
—Es que yo creo que no es verdad. Yo creo que no es verdad. Mire usted, sobre los fondos reservados le voy a decir algo que me parece serio: todos los países democráticos necesitan el uso de fondos reservados para defender a las instituciones democráticas en el Estado de Derecho, todos, no hay ni una sola excepción. ¿Qué es lo que ocurre? Que mentir sobre fondos reservados es muy fácil. Yo a veces tengo la tentación de decir: «Bueno, ¿por qué no le explico a la gente qué pasa con los fondos reservados?». Pero, claro, no sólo el sentido de la responsabilidad, sino la propia Ley prohíbe a los responsables políticos hablar de fondos reservados. Es muy fácil, por consiguiente, hacer imputaciones sobre fondos reservados. Hay incluso un procedimiento judicial abierto; esperemos a ver qué es lo que dicen los jueces, pero, desde luego, lo que tiene que quedar perfectamente claro para todo el mundo es que los fondos reservados en todos los estados democráticos se utilizan para la defensa del propio Estado democrático. Y no hay una sola excepción, ni una sola excepción. Y son reservados porque no se puede declarar su naturaleza y eso lo comprende todo demócrata. Claro, quien no entiende qué es la democracia, no lo entiende o puede estar utilizándolo de manera torticera.
—Sí... Lo que no he entendido muy bien es por qué ha dicho usted que es falsa la imputación de que había un dinero que había viajado camino de Suiza para pagar...
—Repito. La imputación de esta mañana ha sido clara: el Gobierno ha ordenado que se pague no sé qué cantidad, doscientos millones de pesetas..., a los señores Amedo y Domínguez. Eso es falso. Y, además, lo vamos a demostrar, porque nos vamos a querellar contra quien lo ha dicho. Por tanto, vamos a demostrar judicialmente que es falso.
—Volveríamos, tal vez, a la discusión de qué sería Gobierno. ¿El Consejo de Ministros actuó como tal?
—Gobierno es un concepto que legalmente está acuñado, como es natural. Pero repito: en su conjunto, la imputación es falsa. Y, desde luego, no estoy dispuesto a tolerar en absoluto la imputación que se hace al Gobierno, porque como es falsa y nunca el Gobierno ha tomado una decisión de esa naturaleza, naturalmente quien dice esa falsedad tendrá que responder.
—Este asunto está afectando de una forma sustancial a casi todo en este país: la economía está dando unos disgustos de grueso calibre, la Bolsa se ha venido abajo, lleva haciéndolo bastantes días, la peseta ha llegado a sus mínimos frente al marco alemán, hoy también, el Financial Times y el Wall Street Journal dedican editoriales a nuestro país y hablan de incertidumbre, de inquietud, de desasosiego...
—Despejemos las incertidumbres que no son necesarias. Yo creo que hay una cierta repercusión de la situación política en la situación económica. Creo que es más importante controlar el déficit, desde el punto de vista de la evolución del cambio de la moneda o de la evolución de las expectativas, eso es más importante que toda esta discusión que tenemos. Y creo que es así para todos los mercados internacionales. Y como tenemos una absoluta voluntad de controlar el déficit, y se va a ir demostrando semana a semana, mes a mes, esa situación de los mercados irá cambiando. La situación de la economía es mejor de lo que habíamos esperado hace sólo seis, siete u ocho meses; el crecimiento va a ser de un 2 por ciento y hoy ya se sabe la noticia de que habrá ciento cincuenta mil parados menos en el año 1994. Quiero recordarle que esperábamos ciento veinte mil más; por tanto, la diferencia es sustancial y esto va a continuar así. Lo que pasa es que yo creo que no se le puede dar pábulo a aquellos que dicen que hay una crisis política que afecta a la recuperación de la economía porque hay dos personas condenadas que están haciendo imputaciones en declaraciones de prensa. Tenemos que tener un poco de firmeza, de serenidad, y de seriedad, como responsables políticos, porque esto no puede afectar a nuestro país, no puede afectar a la marcha de la economía y, menos, a la estabilidad. ¿Por qué va a afectar a la estabilidad política?
—Por cierto... ¿tiene usted una opinión sobre la razón por la que Amedo y Domínguez han recuperado, de repente, la memoria?
—No. Mire, yo no debería dar ningún tipo de opinión que interfiriera ni directa ni indirectamente en lo que puede ser una tarea judicial. Por consiguiente, ¿por qué voy a dar una opinión? Cada ciudadano se hace su composición de lugar. ¿Que han dicho una cosa antes y ahora dicen otra...? También es una valoración que tienen que hacer los jueces y que tienen que hacer los tribunales. Si yo hiciera una valoración, probablemente alguien pensaría que estoy interfiriendo, y como no tengo ningún interés...
—Perdone... ¿y comparte el punto de vista de [José] Barrionuevo, de que Garzón está movido por intereses non sanctos en esta investigación?
—Hombre, Barrionuevo es una persona a la que se le han hecho una serie de imputaciones, y tiene derecho a defenderse. Yo creo que ha sido un muy buen ministro del Interior, asumiendo una responsabilidad muy seria, como es siempre el Ministerio del Interior. Pero yo no comparto su opinión sobre los jueces, yo creo que... incluso... creo que sus opiniones están en el límite del debate político. Teniendo derecho cada uno a opinar lo que quiera, yo creo que no debía haber dado esa opinión. Por consiguiente, si lo hubiera pensado, en el caso de que hubiera pasado, se lo debería haber reservado y no haberla dado.
—Por cierto, ¿cómo acabó usted con Garzón?
—Pues yo no acabé mal. No hace mucho tiempo que lo vi, no hace mucho tiempo que lo vi, por otras razones, porque presidía una fundación de ayuda a pueblos indígenas o algo así. No hace demasiado tiempo que lo vi.
—¿Y en ese tiempo no se produce un «¡A por ellos!», un «cueste lo que cueste», un «vale todo»?
—No, no, no. Le vuelvo a repetir que quien impute al Gobierno una responsabilidad en ese sentido, está, simplemente, mintiendo, está falseando la realidad. El Gobierno ha actuado de acuerdo con la legalidad y ha actuado desde convicciones democráticas profundas en la lucha contra el terrorismo; y, desde luego, ha actuado, repito, en términos muy desiguales, porque los terroristas tienen muchas ventajas cuando se lucha democráticamente contra ellos.
—Muchas gracias, señor presidente del Gobierno.

*Fuente : Diario El País

15 comentarios:

chema dijo...

Perdona Juanjo, pero no he leído lo que has colgado.
Esa entrevista la ví en su día y no voy a recrearme.

¿Se puede hablar de política? Al fin y al cabo es una de las dos o tres cosas de las que sé hablar (y mal).
Cuando la ví solo pensé que el presidente del gobierno había cumplido el expediente con un periodista adicto al régimen, y nada más.
Luego vino lo del presidente del gobierno (que ya era ex-presidente, Felipe, vamos) acompañando a un ex-ministro del interior y a un ex-secretario de estado de seguridad a las puertas de la cárcel donde cumplirían (es un decir) condena por detención ilegal (léase secuestro).
El fin de los tiempos para el socialismo español, que ahora ni se saben ellos lo que son.

Respecto a Gabilondo, su influencia y su estilo, solo decir que nunca he entendido como se mide eso de la influencia de un periodista y que su estilo nunca me ha gustado. La verdad es que lo tengo poco oído y menos visto en su canto del cisne de cuatro (póngase la c al revés).

A su favor hay que recordar que cuando murió uno de sus colegas de mañanas radiofónicas en otra emisora, fue el único periodista de PRISA que descolgó el teléfono para dar el pésame a familiares y amigos (al menos eso dijo la familia del fallecido),y mira que hay periodistas en PRISA. Mientras el cañón Bertha de Polanco le dedicaba a Antonio Herrero un cuarto de página par.

foca agradecida dijo...

Pues como no voy a hablar de política, sólo darle las gracias a la médico que esta tarde estaba de guardia en el CSQ. Por su profesionalidad, que se le supone, y por su tacto y amabilidad.

chema dijo...

¿Era rubia? ¿Y de unos 26 años?

chema dijo...

Confusión.
De unos 30 - 31 más bien.
Le daré yo las gracias, porque no creo que lea este Blog.

chema dijo...

Foca ¿algún problema de salud? ¿se encuentra usted bien?

lafoca dijo...

De unos 30 años, bajita, delgadita y un encanto. Yo sólo iba de acompañante.

chema dijo...

Mañana investigaré quien era la profesional.

sarapo dijo...

No es mi intención hablar de política, tampoco es mayor problema.Intento replantear una vieja polémica: ¿tienen o no sentido ciertas preguntas? ¿hay una cultura de buenos entrevistadores en España?
LO siento, pero las entrevistas es que son mi pasión más brutal.

chema dijo...

Todas las preguntas tienen sentido.

No conozco buenos entrevistadores en España. En cualquier caso "El Loco" mejor que Gabilondo y la peor la Gemio.

¿No tiraba el YouTube de Quintero+Gabilondo?

Mañana más JLGM.

devisita dijo...

Iñaki: SER o no ser.

sarapo dijo...

¡Hola, hola¡¡¡¡¡¡¡¡ recién llegados de las vacaciones ¡¡¡
Mañana con calma seguimos. Nos vamos a dormir, ella y yo. Hoy me he comprado un traje para la boda de setiembre. Me lo vendió el mismo dependiente que me colocó el traje que usé en la boda de Simón Suerte. De aquella me hizo elegir entre un Volvo y un Mercedes, no quiso enseñarme el Ferrari.Elegí el Mercedes.
Hoy me ha dicho: "¿Eres el novio o el que reparte los puros?"Le he dicho que no. Y me ha dicho "Pues entonces vas a ser de esos tres o cuatro invitados que brillan con luz propia. Vas Madrid, eso es , vas Madrid."
Lo de la luz propia se desprende del color de mi corbata. Prometo fotos.

SARAPO dijo...

No se la pierdan: UNA HISTORIA DE BROOKLYN. INCREÍBLE, INDEPENDIENTE, AMERICANA.

devisita dijo...

Le tenía que haber contestado que era el que "dispensaba los porros!" (Madrid de Vallecas)

Queremos, del traje: diseñador, color, etc.

Y, con todo lujo de detalles también, la descripción de los zapatos.

Por cierto, en un par de días, nos vamos para Milán. Por si ...

chema dijo...

JLGM-LVA-220806.

La princesa Merovingia

Una de mis más recurrentes pesadillas durante la infancia era volver un día a casa y no ser reconocido, «¿A quién buscas, niño?», me preguntaría mi madre. Y mis hermanos más pequeños, escondidos tras sus faldas, me mirarían a hurtadillas. De mayor, mi pesadilla es otra: que la gente que quiero, que los lugares familiares, se conviertan de pronto en extraños.

Era amigo de Iván desde hacía más de diez años, desde que le di clase en Filología y me enseñó sus primeros versos. Ahora vivía en Madrid y siempre que volvía a Avilés me llamaba. Aquella mañana habíamos quedado en una cafetería de la plaza Álvarez Acebal. Llovía. Yo me acercaba por los arcos de la calle de San Francisco cuando de pronto tuve la sensación de que la ciudad se había convertido en otra, que me miraba como si no me reconociera.

Iván no me recibió con la sonrisa habitual. Me saludó con una especie de gruñido, apuró el vaso de whisky que tenía ante él y, apenas me hube sentado, comenzó a increparme: «Tú te crees que los demás somos juguetes que puedes manipular a tu antojo». Nunca le había visto así. Siempre sonriente, siempre con una palabra amable en los labios. Me dejaba sus versos, escuchaba atento mis sugerencias (y las tenía en cuenta), elogiaba con entusiasmo que parecía verdadero lo último mío que había leído. No necesito añadir que era una de las personas con las que me encontraba más a gusto. Ahora por un momento temí que su agresividad dejara de ser sólo verbal. Y, como en una pesadilla, no podía defenderme: todo lo que me decía me lo había dicho yo en las noches de insomnio.

Cuando me levanté para irme, quiso hacer lo mismo, pero se desplomó sobre la silla. Estaba muy borracho. Me escabullí rápidamente como si no le conociera.

Por la Casa de Cultura entré en el parque de Ferrera. Cuando yo comencé a estudiar el bachillerato, a los diez años, tenía que rodearlo todos los días para ir a clase. Entonces no estaba abierto al público. Por el enorme portalón que daba a la calleja del Marqués, atisbábamos su interior. Grandes árboles, secretos senderos, ruidos misteriosos. Me parecía el bosque de los cuentos. Un día dos o tres amigos logramos escalar el alto muro, casi un lienzo de muralla, que lo rodeaba. Yo propuse saltar al interior, pero nadie se atrevió. Lo hice solo al día siguiente. El parque no era como ahora. Había zonas muy descuidadas, casi salvajes, la maleza cubría los caminos.

Audaz, como un personaje de los cuentos que me leían de niño, me acerqué hasta el palacio. La zona más próxima estaba ajardinada. Se oía una fuente, se deshojaba una rosaleda, cantaba un ruiseñor. O así ocurre, por lo menos, en mi recuerdo. De pronto se abrió una de las puertas y un grupo salió alborotando. Yo me escondí tras un árbol. Eran tres niños y una niña. Iban vestidos con ropas de otra época. Por la puerta abierta se oía música. Quizá se estuviera celebrando una fiesta, un baile de disfraces. Yo los miraba con envidia. La niña debía tener mi edad, aunque aparentaba mayor, los niños no pasaban de los seis o siete años. Era muy guapa, pelirroja, de una belleza incitantemente exótica. Creo que esa fue la primera vez que me enamoré. Una mujer salió a buscarlos. Cuando entraban, la niña se volvió de pronto y me vio, pero entró en la casa sin decir nada. Leí luego un cuento que hablaba de una princesa merovingia que ponía complicadas y crueles pruebas a sus pretendientes y ese fue el nombre que le di a quien desde entonces tuvo un papel principal en mis fantasías.

No volví a verla hasta algunos años después, cuando yo estudiaba sexto de bachillerato. Por aquel entonces el instituto Carreño Miranda era masculino; otro instituto, el Menéndez Pidal, era femenino. Pero había, no sé por qué, algunas clases mixtas, como las de historia del arte, que se celebraban en el salón de actos para proyectar diapositivas. Los alumnos nos sentábamos a un lado del pasillo y las alumnas a otro. Cuando se apagaban las luces y el profesor se entusiasmaba con la arquitectura gótica o los cuadros del Greco, los más audaces pasaban al otro lado y las clases de iniciación al arte se convertían en otra clase de iniciación. Una de las alumnas, la que más éxito tenía, era mi princesa merovingia. Su belleza adolescente resultaba tan esplendorosa que seguía brillando al apagarse la luz. Todos querían sentarse cerca de ella, pero ningún alumno lo consiguió. Iba siempre rodeaba de una corte que espantaba a los moscones. Yo la admiraba de lejos. Cuando ella miraba hacia mi lugar, creo que ni siquiera me veía.

No volví a saber de ella, pero seguí soñando con ella. De joven yo era muy tímido, especialmente con la mujeres. A las únicas a las que me atreví a acercarme, y siempre con poca suerte, era a las que se le parecían.

No volví a verla hasta esa mañana en que la realidad, mi pequeño mundo, pareció volverse irreconocible. Avanzaba hacia mí por la vereda central del parque. Avanzaba majestuosa, acompañada, como en los tiempos del bachillerato, de su corte: dos mujeres más jóvenes que la seguían respetuosamente a un paso de distancia. La reconocí de inmediato, aunque estaba irreconocible, como si su rostro se hubiera convertido en una caricatura. Quizá era sólo que ahora tendría cincuenta años y yo seguía recordandola a los dieciséis. «Soy la madre de Iván», me dijo. «¿Podemos hablar un momento? Usted no me conoce, pero en mi casa estamos hartos de oír hablar de usted. Hubo un tiempo en que mi hijo no hablaba de otra cosa».

Y hablamos por primera vez en el mismo lugar en que yo, escondido tras un árbol, había quedado deslumbrado al verla. Hablamos. Y el divertido, sonriente, despreocupado Iván se fue convirtiendo en otra persona. «No sabe bien el daño que le ha hecho», me dijo Lola, que ese era -por fin lo supe- el castizo nombre de la princesa merovingia. «Cualquier crítica suya le hacía entrar en uno de sus ciclos depresivos; intentó suicidarse tres veces», «Nunca supe nada», «Nos hizo prometer que nunca le diríamos nada. Pero ya está bien, no se preocupe. El psiquiatra nos dijo que usted no tenía culpa ninguna, que todo era debido a un trastorno obsesivo. Que podía haberle dado por cualquier otra persona. Pero de momento es mejor que no se vean. Si le llama, busque algún pretexto para no verle», «Acabo de estar con él», «¿Y cómo lo ha encontrado?», «Irreconocible», «Son las medicinas, le van muy bien, pero a veces las mezcla con el alcohol».

El rostro de Lola se había ido dulcificando, quizá porque ya no lo comparaba con el de mis fantasías. De pronto sentí que volvía a ejercer sobre mí la misma fascinación que la primera vez, cuando yo me perdí en el bosque de los cuentos y los sueños y la descubrí en una fiesta a la que no había sido invitado.

«Procuraré no ver a Iván, ya que le causo al parecer tan mala influencia. Pero me interesa saber cómo sigue. ¿Te importa que te llame alguna vez para preguntarte por su salud?», «En absoluto. Tú no lo recordarás, pero nos vimos hace mucho tiempo, y en este mismo parque, que todavía no estaba abierto al público...», «¿Ah, sí? ¿Cómo fue eso?», dije yo con mi mejor sonrisa.

La pesadilla había terminado. El mundo volvía a estar bien hecho.

Anónimo dijo...

JLGM-LVA-220806.

La princesa Merovingia

Una de mis más recurrentes pesadillas durante la infancia era volver un día a casa y no ser reconocido, «¿A quién buscas, niño?», me preguntaría mi madre. Y mis hermanos más pequeños, escondidos tras sus faldas, me mirarían a hurtadillas. De mayor, mi pesadilla es otra: que la gente que quiero, que los lugares familiares, se conviertan de pronto en extraños.

Era amigo de Iván desde hacía más de diez años, desde que le di clase en Filología y me enseñó sus primeros versos. Ahora vivía en Madrid y siempre que volvía a Avilés me llamaba. Aquella mañana habíamos quedado en una cafetería de la plaza Álvarez Acebal. Llovía. Yo me acercaba por los arcos de la calle de San Francisco cuando de pronto tuve la sensación de que la ciudad se había convertido en otra, que me miraba como si no me reconociera.

Iván no me recibió con la sonrisa habitual. Me saludó con una especie de gruñido, apuró el vaso de whisky que tenía ante él y, apenas me hube sentado, comenzó a increparme: «Tú te crees que los demás somos juguetes que puedes manipular a tu antojo». Nunca le había visto así. Siempre sonriente, siempre con una palabra amable en los labios. Me dejaba sus versos, escuchaba atento mis sugerencias (y las tenía en cuenta), elogiaba con entusiasmo que parecía verdadero lo último mío que había leído. No necesito añadir que era una de las personas con las que me encontraba más a gusto. Ahora por un momento temí que su agresividad dejara de ser sólo verbal. Y, como en una pesadilla, no podía defenderme: todo lo que me decía me lo había dicho yo en las noches de insomnio.

Cuando me levanté para irme, quiso hacer lo mismo, pero se desplomó sobre la silla. Estaba muy borracho. Me escabullí rápidamente como si no le conociera.

Por la Casa de Cultura entré en el parque de Ferrera. Cuando yo comencé a estudiar el bachillerato, a los diez años, tenía que rodearlo todos los días para ir a clase. Entonces no estaba abierto al público. Por el enorme portalón que daba a la calleja del Marqués, atisbábamos su interior. Grandes árboles, secretos senderos, ruidos misteriosos. Me parecía el bosque de los cuentos. Un día dos o tres amigos logramos escalar el alto muro, casi un lienzo de muralla, que lo rodeaba. Yo propuse saltar al interior, pero nadie se atrevió. Lo hice solo al día siguiente. El parque no era como ahora. Había zonas muy descuidadas, casi salvajes, la maleza cubría los caminos.

Audaz, como un personaje de los cuentos que me leían de niño, me acerqué hasta el palacio. La zona más próxima estaba ajardinada. Se oía una fuente, se deshojaba una rosaleda, cantaba un ruiseñor. O así ocurre, por lo menos, en mi recuerdo. De pronto se abrió una de las puertas y un grupo salió alborotando. Yo me escondí tras un árbol. Eran tres niños y una niña. Iban vestidos con ropas de otra época. Por la puerta abierta se oía música. Quizá se estuviera celebrando una fiesta, un baile de disfraces. Yo los miraba con envidia. La niña debía tener mi edad, aunque aparentaba mayor, los niños no pasaban de los seis o siete años. Era muy guapa, pelirroja, de una belleza incitantemente exótica. Creo que esa fue la primera vez que me enamoré. Una mujer salió a buscarlos. Cuando entraban, la niña se volvió de pronto y me vio, pero entró en la casa sin decir nada. Leí luego un cuento que hablaba de una princesa merovingia que ponía complicadas y crueles pruebas a sus pretendientes y ese fue el nombre que le di a quien desde entonces tuvo un papel principal en mis fantasías.

No volví a verla hasta algunos años después, cuando yo estudiaba sexto de bachillerato. Por aquel entonces el instituto Carreño Miranda era masculino; otro instituto, el Menéndez Pidal, era femenino. Pero había, no sé por qué, algunas clases mixtas, como las de historia del arte, que se celebraban en el salón de actos para proyectar diapositivas. Los alumnos nos sentábamos a un lado del pasillo y las alumnas a otro. Cuando se apagaban las luces y el profesor se entusiasmaba con la arquitectura gótica o los cuadros del Greco, los más audaces pasaban al otro lado y las clases de iniciación al arte se convertían en otra clase de iniciación. Una de las alumnas, la que más éxito tenía, era mi princesa merovingia. Su belleza adolescente resultaba tan esplendorosa que seguía brillando al apagarse la luz. Todos querían sentarse cerca de ella, pero ningún alumno lo consiguió. Iba siempre rodeaba de una corte que espantaba a los moscones. Yo la admiraba de lejos. Cuando ella miraba hacia mi lugar, creo que ni siquiera me veía.

No volví a saber de ella, pero seguí soñando con ella. De joven yo era muy tímido, especialmente con la mujeres. A las únicas a las que me atreví a acercarme, y siempre con poca suerte, era a las que se le parecían.

No volví a verla hasta esa mañana en que la realidad, mi pequeño mundo, pareció volverse irreconocible. Avanzaba hacia mí por la vereda central del parque. Avanzaba majestuosa, acompañada, como en los tiempos del bachillerato, de su corte: dos mujeres más jóvenes que la seguían respetuosamente a un paso de distancia. La reconocí de inmediato, aunque estaba irreconocible, como si su rostro se hubiera convertido en una caricatura. Quizá era sólo que ahora tendría cincuenta años y yo seguía recordandola a los dieciséis. «Soy la madre de Iván», me dijo. «¿Podemos hablar un momento? Usted no me conoce, pero en mi casa estamos hartos de oír hablar de usted. Hubo un tiempo en que mi hijo no hablaba de otra cosa».

Y hablamos por primera vez en el mismo lugar en que yo, escondido tras un árbol, había quedado deslumbrado al verla. Hablamos. Y el divertido, sonriente, despreocupado Iván se fue convirtiendo en otra persona. «No sabe bien el daño que le ha hecho», me dijo Lola, que ese era -por fin lo supe- el castizo nombre de la princesa merovingia. «Cualquier crítica suya le hacía entrar en uno de sus ciclos depresivos; intentó suicidarse tres veces», «Nunca supe nada», «Nos hizo prometer que nunca le diríamos nada. Pero ya está bien, no se preocupe. El psiquiatra nos dijo que usted no tenía culpa ninguna, que todo era debido a un trastorno obsesivo. Que podía haberle dado por cualquier otra persona. Pero de momento es mejor que no se vean. Si le llama, busque algún pretexto para no verle», «Acabo de estar con él», «¿Y cómo lo ha encontrado?», «Irreconocible», «Son las medicinas, le van muy bien, pero a veces las mezcla con el alcohol».

El rostro de Lola se había ido dulcificando, quizá porque ya no lo comparaba con el de mis fantasías. De pronto sentí que volvía a ejercer sobre mí la misma fascinación que la primera vez, cuando yo me perdí en el bosque de los cuentos y los sueños y la descubrí en una fiesta a la que no había sido invitado.

«Procuraré no ver a Iván, ya que le causo al parecer tan mala influencia. Pero me interesa saber cómo sigue. ¿Te importa que te llame alguna vez para preguntarte por su salud?», «En absoluto. Tú no lo recordarás, pero nos vimos hace mucho tiempo, y en este mismo parque, que todavía no estaba abierto al público...», «¿Ah, sí? ¿Cómo fue eso?», dije yo con mi mejor sonrisa.

La pesadilla había terminado. El mundo volvía a estar bien hecho.

7:00 AM