4 de agosto de 2006

IL CAIMANO

34 comentarios:

TheoSarapo dijo...

Sigue siendo el mejor. A Prodi, al sosegado Prodi, Moretti le da miedo.

Foca ¿Dónde se puede encontrar a ese cubano para pagarle unas birras?

lafoca dijo...

Pues si usted busca la foto en google imágenes seguro que le sonará y si no le suena de verlo por la calle pues a poco que usted camine por la Villa tropezará con él.

Fernando Terreiro dijo...

Me callo. Moretti no me gusta demasiado y con La foca ya he discutido demasiado.
Lo del Tube funciona perfectamente.

ch dijo...

De este yo me quedé en "Caro Diario" y en la "Habitación del hijo"

viejo Casale dijo...

Debo decirles que desde ayer ya nunca más podré ser el pastelero trotskista. Ayer pusimos fin a 100 años de tradición familiar. Mi yo sentimental está herido en un lugar difuso, posiblemente allí donde anida el héroe que nunca fui. Esa hubiera sido mi tarea en la vida: preservar y prolongar el oficio familar: llevarlo más allá de lo cotidiano. Pero me faltó espíritu, vocación, fuerza de voluntad. Preferí la rutina de una oficina a la épica nocturna del obrador. Ayer, mientras mi madre firmaba los papeles del traspaso sentí algo parecido al dolor. Ahí había una mujer ejemplar, viuda desde hace 16 años, trabajadora infatigable, heroina real de su tiempo, diciendo adiós a buena parte de su vida. A 40 años de esfuerzo y tesón. Le quedan aún años para medio disfrutar. A eso me acojo. Pocas personas merecen tanto una jubilación digna y anticipada como ella. Pero sé, porque para algo es mi madre, que ayer fue un día muy triste para ella. Hubiera preferido no jubilarse y que yo asumiera el mando. Lo sé, precisamente, porque nunca me lo dirá. Es grande hasta para respetar las elecciones ajenas. Te quiero mamá. Que lo sepas.

ch dijo...

Un fuerte abrazo, amigo Casale.

Ártabro dijo...

Casale eres grande hasta cuando te emocionas. Es realmente duro el momento, una tradición familiar de 100 años es mucha tradición. El consuelo de tu madre es que tiene un hijo cojonudo (desertor de la tahona, pero cojonudo).

mecanikong dijo...

Usted será siempre nuestro pastelero trotskista. Un beso, y otro para su madre.

Simón Suerte dijo...

Bravo, bravísimo, señor Casale.

Fernando Terreiro dijo...

Le comprendo Casale. Comprendo su dolor y comprendo, también, su elección.

ch dijo...

JLGM en LVA:

Siempre la misma historia

Me gusta llegar a Roma en tren para recuperar la emoción de la primera vez, y siempre llego en tren, aunque llegue en avión.

El ajetreado laberinto de Termini, sombras que se cruzan presurosas, cada una a su destino, y luego la deslumbrante cristalera que se abre a la Piazza del Cinquecento. Pero aún queda otro laberinto más antes de estar verdaderamente en Roma: esta primera plaza no es sino una estación de autobuses al aire libre.

Roma no empieza, para el que llega en tren y sale a pie de la estación, hasta la Piazza della Esedra, con sus solemnes soportales decimonónicos y su escandalosa fuente de las Náyades. Mi primer recuerdo, caprichos de la memoria, es siempre para Baroja, que en un hotel de esta plaza semicircular alojó a los personajes de su novela 'César o nada'. Ese hotel, después de años de abandono, ha sido restaurado y es ahora un hotel de lujo. Nunca me he alojado en él, pero algunas veces he tomado algo en el bar, de viscontiano nombre, Tazio, que ocupa su planta baja. En la esquina opuesta de los soportales hay otra terraza bastante menos glamourosa, la de un Mcdonald's (algún día contaré la pequeña comedia de enredo que cierta noche, un algo talludito Tazio de por medio, transcurrió entre una y otra).

Dejo la Piazza della Esedra, o de la República, y bajo por Via Nazionale, la calle mayor de la Roma capital de la Italia unida. Lleva hasta Piazza Venezia y los foros imperiales, pero yo no la sigo hasta el final. Giro a la derecha por la Via delle Quatro Fontate. Antes de saludar las cuatro fuentes, entro un momento en San Carlino, la más audaz y prodigiosa fantasía de Borromini, casi una miniatura.

Historiadas verjas del palacio Barberini, Piazza Barberini, Via del Tritone. Siempre que camino por aquí creo ver abrirse la ventana de un entresuelo y a una mujer que se asoma a ella y a Anselm Feuerbach, un joven pintor italiano, que encuentra, súbitamente deslumbrado, el rostro ideal para sus cuadros clásicos.

La mujer se llama Anna Risi y está casada con un zapatero del Trastevere. Sus amigos la llaman Nanna y así la llamará Feuerbach, quien a partir de aquel mismo momento no hizo otra cosa que pintarla y admirarla. Ella fue Lucrecia Borgia, fue Ifigenia, fue todas las heroínas de la Antigüedad, pero fue sobre todo Nanna. En el Wallraf Richartz Museum de Colonia está su más hermoso retrato. Vale la pena ir hasta allí para admirar su perfil.

Nanna fue modelo y amante de Feuerbach durante los mejores años de su vida. Su encuentro fue un reencuentro. Él la saludó desde la calle y ella sonrió y bajó en su busca y no volvió nunca más con su marido al cuchitril del Trastevere. Yo no desciendo por la Via del Tritone. Con Nanna en la cabeza sigo por Via Sistina hasta Santa Trinitá del Monti. El obelisco con la cruz como último jeroglífico, la escalinata siempre florida de indolente juventud, las cúpulas doradas, las torres, los tejados de Roma... Siempre me detengo aquí algún tiempo, soy hombre de ritos, y luego bajo para tomar un café en el Greco.

Feuerbach, antes y después de conocer a Nanna, visitaba con frecuencia este local. ¿Estuvo ella alguna vez aquí? Yo no puedo olvidar el retrato de Colonia: las nítidas líneas de la frente y las mejillas; la fortaleza del cuello; el ademán augusto de la mano cubriendo el pecho; el rodete de negras trenzas brillantes recogidas bajo la red; la melancolía y la fuerza de esta mujer de pueblo digna de encarnar a cualquier diosa.

Pero una vida, por corta que sea, dura más que una eternidad, si esta es amorosa. Feuerbach regresó a Alemania y Nanna no quiso, o no pudo, acompañarlo. Luego se fue a vivir a Viena y allí, durante largos años, el joven misántropo, el bohemio apasionado de los clásicos, se convirtió en un negro profesor, en un defensor del cada vez más acartonado academicismo.

Nanna siguió su vida, entre un pintor y otro, y se fue perdiendo en los recovecos de la memoria. Como diosa, o como ella misma, seguía refulgiendo en los cuadros e iluminando la única parte de la vida de Anselm que éste podía considerar verdaderamente vida. Pero cualquier vida no es una mala novela por entregas que escribe un aplicado folletinista. Y a la calenturienta imaginación de ese escribidor se le ocurrió urdir un último encuentro entre el pintor y su modelo.

Regresó Anselm a Roma y precisamente en la esquina de Via del Tritone con Piazza Barberini se le acercó a pedirle limosna una desastrada, maloliente mendiga. Sin dignarse mirarla, volviendo la cabeza hacia otro lado, puso el afamando académico unas monedas en su mano, y apresuró el paso. «Mejor así», pensó Nanna, que sí le reconoció.

Después de mi primer paseo por Roma, después de aquel paseo que ahora repito cada vez que regreso a Roma, volví a la estación. Había calculado mal el tiempo: faltaba aún más de una hora para la salida del tren. Era un todavía sofocante atardecer de verano. En un pequeño jardín junto a las termas la gente buscaba la sombra y se tendía a descansar sobre la yerba. Allí me senté yo fatigado. Pero no pude descansar: tras tantas maravillas recién descubiertas, la mejor me aguardaba allí, descuidadamente tumbada muy cerca. Miré discretamente, volví a mirar, no podía dejar de mirar. Nunca me ha sido fácil entrar en conversación con desconocidos. Entonces me era más difícil que ahora. Pero pasaba el tiempo, se acercaba la hora de marcharme, nunca me perdonaría no haberlo intentado.

Al final, sin pensarlo, se me ocurrió la solución más trivial. «¿Tienes hora, por favor?». Pero era verano y en sus brazos desnudos se veía claramente que no llevaba ningún reloj; el mío, en cambio, se mostraba claramente en la muñeca izquierda. Al momento me di cuenta de mi estupidez. Me puse rojo, traté de balbucear una excusa. Pero muy sonriente y muy calmosamente se sentó sobre la yerba, cogió mi brazo, miró mi reloj y me dijo la hora. Y luego añadió: «¿Tienes mucha prisa?».

En realidad, faltaba ya poco para que saliera el tren. Pero dije: «Ninguna, ¿y tú?».

Anselm Feuerach no es ahora un pintor demasiado prestigioso. Pero la memoria tiene sus caprichos y yo, siempre que llego a Roma, pienso en él y en Nanna y en aquella historia que empezó sobre la yerba el verano de la primera invasión del Líbano (¿Era la primera? No fue, desde luego, la última) y de la expulsión de los palestinos con Arafat a la cabeza.

Si te volviera a encontrar, yo, al contrario que el pintor, sí que te reconocería. Por mucho que hubieras cambiado. Aquel verano del 82, como éste de un cuarto de siglo después, ardía Beirut y los mismos eran los verdugos y los mismos las víctimas. Tú querías volver a luchar con los tuyos, pero no te fue posible. Y en medio de aquella impotencia y aquella desolación, algunos raros instantes logramos alcanzar el paraíso.

Siempre que vuelvo a Roma, siempre que atravieso la cristalera de Termini, inicio el mismo paseo y espero siempre, al volver a la estación, encontrarte. Lo que este verano encuentro es el espanto de entonces.

Simón Suerte dijo...

Chema yo también me quedé con esas dos películas, la primera la vi en Santiago durante la carrera, la segunda cómodamente sentado en la butaca de mi piso, en un dvd prestado por Mecanikong XY. Ambas me gustaron. La última resultó ser durísima, además de un buen retrato de las diferentes fases por las que pasa un ser humano para acabar elaborando un duelo.

chema dijo...

20ºC(se preve máxima de 24ºC)
83%Humedad.
Me voy de boda todo el día.Uff...

Simón SUerte dijo...

Disfrute usted del evento matrimonial señor Ledo, ya nos contará.

viejo casale dijo...

Yo siempre juego a ser Nanni
Moretti en Valencia, Pero claro, no es lo mismo.

Fernando Terreiro dijo...

Desde luego, me le imagino en su Vespa buscando la playa en donde asesinaron a Pasolini. Imposible. En cambio la banda sonora de Keith Jarrett puedes sonar en su ipod.

Catalizo dijo...

Casale es el único a imitar hablando de sí mismo. Ayer me acordé de ti paseando ... como si quisiera estar cerca.
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Puntos geodésicos, hitos, mojones.

El enamorado de la Osa Mayor
Sergiusz Piasecki.

En Reno. Papel lija. Al que tengo miedo de abrir por si se rompe el viejo encolado del lomo. En la contraportada dice que Sergio, encarcelado, desapareció cuando Polonia fue ocupada por los alemanes. Misterio añadido: feliz hallazgo que cierra un mito.

No debe ser mala la novela de aventuras y en cada reedición (yo me la compro) no hay Babelia, ABCD.. en que no aparezca una buena crítica; de Mercedes Monmani? es la última, para Acantilado, que he leido y no hay tal cierre de mito...
Dejo el resto de libracos[no poner lista] y vuelvo a leerla.

Han cambiado los nombres de los personajes (hacer lista y comparar)

Nunca me decepciona al repetir:
Hay maquinistas y mujeres: Bombina, Fela.
Hay una frontera y mucho peligro.
Hay camaraderia y personajes con mote.
Hay conversación y tira al monte.
Hay una constelación.
Hay corta prosa sincera que es poesia.
¡Ay! que me estoy metiendo en terreno pericoloso y seguro que ya conocen este clásico de antes de la crisis del panorama de la literaturas europeas y el Existencialismo. Tararííí.

(Recién, pa ti, por el abrazo)

Viejo Casale dijo...

Todos los veranos voy un domingo a la piscina del expohotel. Es ya una tradición parecida a la de tirar la cabra desde el campanario. Dejo a E. en el trabajo, recojo a mi hermano y nos elevamos al cielo de la ciudad. Impresiona ver desde el agua el sky-line de Valencia, con las grúas al fondo y la leve línea azul del mar un poco más allá. Es una visión que roza lo onírico, sublime y evocadora. El hotel está en una esquina privilegiada, con la ciudad vieja en frente y el jardín del río en primer plano. Pero lo que más me sorprende es la indiferencia de los turistas. Toman el sol y se bañan pero no se asoman al abismo de la ciudad que asoma bajo sus pies. Juro que no puedo entenderlo. Se pierden lo mejor del escenario.

Anónimo dijo...

Casale, déjelos que así disfruta usted más y mejor. Hay que tirar un poco de ese gen que todos, queramos o no, llevamos dentro.
Hay que conocer ese Expohotel, como hay que conocer Benidorm o como hay que conocer un edificio imposible que constructores gallegos han plantado en plena playa de Valdoviño (la Coruña.
¿Para qué necesita corifeos si ha sido usted capaz de reinventar una ciudad agónica?

Y yo me alegro de su decisión, por usted y por su madre.

sarapo dijo...

Usuario anónimo_un servidor

Ártabro dijo...

Sarapo, es usted casi ubicuo: un día en Cánada, otro Bilbao, el mismo día o casi en León, después Canarias, después…; y ahora Valdoviño a 16 km de Ferrol.
Ese edificio monstruoso, brutal, cuesta trabajo creer que haya sido levantado con la complicidad de un arquitecto. Pero cuando uno recorre tanto la Galicia de la costa como la interior se encuentra con miles de ejemplos de eso que aquí ha sido acertadamente bautizado como “feismo”. Parece que el nuevo gobierno de la Xunta empieza a tomar cartas en el asunto y ha empezado a paralizar obras en varios municipios. No estoy muy seguro de que la cosa tenga remedio. El mal, la enfermedad, parece terminal y ¿de que vale dejar de fumar cuando el tumor nos invade los pulmones?

Ártabro dijo...

Sarapo, es usted casi ubicuo: un día en Cánada, otro Bilbao, el mismo día o casi en León, después Canarias, después…; y ahora Valdoviño a 16 km de Ferrol.
Ese edificio monstruoso, brutal, cuesta trabajo creer que haya sido levantado con la complicidad de un arquitecto. Pero cuando uno recorre tanto la Galicia de la costa como la interior se encuentra con miles de ejemplos de eso que aquí ha sido acertadamente bautizado como “feismo”. Parece que el nuevo gobierno de la Xunta empieza a tomar cartas en el asunto y ha empezado a paralizar obras en varios municipios. No estoy muy seguro de que la cosa tenga remedio. El mal, la enfermedad, parece terminal y ¿de que vale dejar de fumar cuando el tumor nos invade los pulmones?

lafoca dijo...

El cubano de los primeros comentarios, en las páginas centrales de LVA.

paco maigo dijo...

Artabro, aunque quede feo ya que a mí nadie me ha llamado, le diré que el viaje es uno de los mejores inventos de la cultura occidental.
Si usted piensa que el nuevo gobierno gallego hará algo por cambiar las cosas le animo a que visite el litoral asturiano, "gestionado" por el PSOE desde tiempo inmemorial.
Le animo a que encuentre un prao para construir y a que nos diga el precio.
En Galicia han paralizado los planes para cambiar de constructoras, poco más.
Leía ayer en Sanxenxo la historia del PLAN VIGO 2025, esa ambición de Corina Porro, una alcaldesa a respetar por lo literario de su nombre. Puede equipararse al inmenso pelotazo derivado del PGOU que se extenderá`por los alrededores de Gijón. En esta tierra gijonesa IU y PSOE van de la mano, que todos tienen que comer.
Hace años que los pájaros no maman, querido Artabro.

sarapo dijo...

Foca, no lo encuentro. ¿La Voz de Asturias o en La Voz de Avilés?

sarapo dijo...

Artabro, buena tierra la suya, buena tierra.

lafoca dijo...

Coño, parezco tonta. Pongo LVA y me quedo tan pancha. La Voz de Avilés.

chema dijo...

JLGM en LVAv.7 de agosto de 2006.

Paisaje con figuras

A veces ante una situación inútilmente complicada no nos queda más remedio que desaparecer durante un tiempo.
Había corregido ya las pruebas de mi libro sobre Venecia para la colección Cosmópolis, de Pre-Textos, y Manuel Borrás me dijo: «Ahora a ir pensando en un nuevo libro sobre otra ciudad».
No lo pensé dos veces. Me fui a La Habana, menos en busca de algo que huyendo de lo que dejaba atrás: jugando, jugando me había enredado al cuello la cuerda de una relación (o de una relación y media) que amenazaba con ahorcarme.
La vez anterior que había estado en La Habana no había estado en La Habana. Refugiado en un cómodo hotel contemplaba la ciudad a vista de pájaro, desde la terraza con piscina frente al Parque Central y el Capitolio, y de tarde en tarde hacía alguna limitada excursión por el exterior, para mí poco más que un hermoso decorado (a pesar de la cochambre) lleno de pintorescos, pululantes, agobiantes extras. Esta vez quería vivir la ciudad como uno más de sus habitantes. Unos conocidos me dieron el teléfono de familiares suyos que vivían en Centro Habana y estos me alquilaron una habitación en su apartamento. El edificio, nada habanero, una construcción convencional en la esquina de las calles N y 27, me desilusionó bastante. La habitación era estrecha, orientada al sur, una agobiante sauna. Me costó pasar la primera noche. Pensé en buscar de inmediato un hotel. No lo hice.
Leyendo luego un libro de Abilio Estévez (lo compré en la Plaza de Armas por un precio absurdo: dos o tres veces lo que costaría en España) me enteré que en aquel edificio de apariencia tan impersonal habían vivido dos de los más ilustres habaneros: José Rodríguez Feo y Virgilio Piñera, casi puerta con puerta. De Rodríguez Feo sabía yo poco, apenas que era amigo de Lezama y que financiaba 'Orígenes' hasta que ambos se enfadaron por un artículo de Juan Ramón Jiménez que arremetía contra Vicente Aleixandre y que uno quería publicar y el otro no. Los cuentos retorcidos, asfixiantes de Virgilio Piñera me fascinaban y me repelían al mismo tiempo.
Pero no fue por haber contado con tan ilustres vecinos por lo que me quedé en aquel edificio. Había también, en mi insatisfacción de entonces, un sentimiento de culpabilidad que se apaciguaba un tanto con el castigo. Y castigo, insoportable castigo, era la falta de aire acondicionado, el que de la ducha cayera solo un hilillo de agua o que cortaran el agua en el momento más inesperado, el quedarse sin luz y no poder leer ni dormir en toda la noche.
Me fui acostumbrando, me fui mimetizando, me fui tranquilizando. La calle N desembocaba en La Rambla, el bulevar de los cines, las discotecas y el Copelia; la calle 27 seguía hasta El Vedado. Al principio paseaba mucho por La Habana Vieja, luego le fui cogiendo gusto a la provinciana animación de La Rambla, con sus parejas de novios, sus busconas, sus chicos solitarios que se dejan invitar fácilmente. También me gustaba pasear por las arboladas calles de El Vedado, imaginarlo cuando era un fresco, perfumado, apartado paraíso burgués.
La Rambla terminaba en el Malecón. Yo lo recorría cada atardecer, cada noche en la que no podía dormir. Alguna vez paseaba en traje de baño y dejaba que las refrescantes olas que saltaban el pretil me cayeran encima una y otra vez.
Seguía comprando libros, más por rutina que por otra cosa. Los acariciaba, los hojeaba, pero no podía concentrarme en su lectura. Lo único que me entretenía algo eran los libros de memorias. Me interesó especialmente uno de Vicente Pérez Rosales de título redundante, 'Recuerdos del pasado'. Lo abrí al azar y me encontré con las páginas en que el autor, un joven chileno, visita en Burdeos el zaquizamí de un español exiliado: sesentón, algo grueso, cabeza grande, abultada nariz, ojos pequeños, labios gruesos y tez blanca; cuando llaman a la puerta acaba de escribir bajo el título de una comedia de Lope: «Apariciones, bellezas y disparates sin fin». Encontrarme de pronto con Moratín me dio la impresión de viajar en el tiempo.
Eso es lo que hacía yo en La Habana, viajar en el tiempo para huir de mí mismo. Escuchaba a unos y a otros, las quejas sofocadas, las protestas de fidelidad, las diatribas contra Estados Unidos, toda la morralla propagandística. Yo no decía nada, me limitaba a prestar atención, pero quien hablaba conmigo siempre me tomaba por uno de los suyos. El silencio era visto como claro signo de aquiescencia.
Poco a poco lo más pintoresco de la ciudad, aquello que tanto me había llamado la atención la primera vez, se fue borrando. La Habana iba dejando de ser La Habana para ser sólo una ciudad tan dura, tan áspera, tan invivible -y tan secretamente abrazadora- como cualquier otra.
Si sigo aquí -me dije-, me convertiré en un habanero más y seré incapaz de escribir un libro sobre La Habana, seré incapaz de escribir una línea sobre cualquier cosa. Me sabía bien aquella dulzona desgana.
Paseaba por el Malecón un atardecer especialmente gris. Había habido tormenta, una áspera tormenta tropical que no había llegado a la categoría de ciclón; restos de las ramas de los árboles dejaban constancia de su paso. Aquel tramo, cerca del Paseo del Prado, siempre bullicioso, estaba desierto. Solo dos figuras se recortaban sobre el horizonte. Un negro, de pie sobre el pretil, se quitaba la ropa, quizá para arrojarse al agua; a poca distancia, sentado con los pies hacia fuera, un joven le miraba; en medio, la distante silueta de un barco.
Me quedé mirando yo también, un poco retirado, un poco escondido. «Hermosa, airosa y aérea» vio Cernuda a La Habana: un espejismo. Yo había dejado de verla como todos la veían -coloreada y vital, buscándose la vida sin dejar de beber y de danzar- para ver en ella sólo un fatalismo, una desgana que rimaba con la mía.
En el descolorido y desierto Malecón asistía de pronto, una vez más, pero como si fuera la primera vez, a la caligrafía del deseo, esa sigilosa pregunta cuya respuesta nadie sabe.
En aquellos minutos al acecho aprendí más cosas de La Habana que en todos los libros que había leído sobre la ciudad.
Pero si escribiera un libro no podría hablar de ellas. Nada que valga la pena decir puede ser dicho. Ni de La Habana ni de ninguna otra parte.
En aquellos tensos, interminables minutos, en aquel tiempo fuera del tiempo, aprendí que cualquier ciudad es un autorretrato.
Y que todo autorretrato es el retrato de un desconocido.

chema dijo...

Buenod días.
20ºC. 88% de humedad.
Se espera máxima de 24ºc.
Nubes dispersas.

Ártabro dijo...

Gracias, Chema, por colgarnos todos los días el artículo JLGM, un placer, un regalo para los sentidos.

majarniego dijo...

Para Pipurrax et alii:

Una amistad, nueva directora de la AEM. Viene de EMEA.

recién llegada dijo...

Llego con algunos días de retraso, y me pregunto si voy a tener que comprar el Collins, obras completas, para poder entender los post a partir de ahora :-) Me quito el sombrero ante el comentario de Casale, por siempre sangre de pastel. Y sonrío por el detalle de Catalino. Gracias.

Viejo Casale dijo...

Parece que El anfitrión se ha quedado en el Sella. Cambio de tercio ya por favor.

Gracias a todos por sus amables palabras. Son un tesoro.

catalino dijo...

VºBº
Menos mal que Casale y Chema no fallan. El nueve es luna llena con mar.

Me iría a Pésaro. Es Agosto. Rossini.

(Hoy me dieron un alegrón vía mail).