25 de agosto de 2006

EL LIGUERO MAGICO




Satánica mamarrachez de la reina del burlesque y la lencería gótica. No va más.

28 comentarios:

recién llegada dijo...

Hola a todos. El miércoles, a la vuelta, hice los deberes y escribí un comentario. En ese momento blogger se colgó y no fue publicado. Trampas del destino, supongo. Hoy me conecto y me recibe una foto. Mucho cuero negro. ¿No fue otro día el post sobre fantasías? :-)

Dum Dum Pacheco dijo...

Noticia:

"El Supremo ve improcedente el despido de un trabajador por ver porno en la oficina".

Tareas:

1-Sustituir "trabajador" por "psiquiatra".
2-Imaginar comentarios de la prensa local al respecto.
3-Debatir (de nuevo) en profundidad la diferencia entre pornografía y erotismo.

chema dijo...

¿Pero esto qué é lo que é?

Anónimo dijo...

¿Un psiquiatra no es un trabajador?

asurbanipal dijo...

El anónimo fui yo.
¿Donde está el cuero negro, querida?

catalino dijo...

Menda hoy ha conocido, por fin y de viva voz, a Ártabro (bajo la atenta y profesional vigilancia del psiquiatra Simón que no ha dejado de tomar notas en su libreta)y afirmo que es nick de mucha valía capaz de quitarme la palabra tantas veces como estimó oportuno.
Santiago de Campoestala.

Ártabro dijo...

Encuentros en la tercera…edad

La plaza de la Quintana ha sido mudo testigo del singular encuentro a tres bandas: Catalino, Simón, Ártabro. Bueno, muda solamente la plaza que Catalino y Ártabro hicieron todo lo posible por exprimir las tres horas de reunión; pausas, las mínimas, tomar aire y continuar, no era cuestión de perder el tiempo y el reloj corría como un condenado.
El encuentro sirvió también para desvelar un secreto. Yo siempre había creído, y así lo denominé alguna vez, que era Catalino I, pues no, es V.
Coño, puede que sea primero de España y quinto de Alemania. ¡menudo lío!
En fin, resumo: Catalino un gran tipo embutido en el cuerpo de un tipo grande.
De Simón no les digo nada. ¿Qué les iba a decir que yo ya no sepa? Je, je.

Nota:
Si quieren ver el lugar del encuentro, tecleen en Google: plaza de la Quintana y en la primera entrada (la de la Voz de Galicia) verán un estupenda foto, 360º, de la plaza. Al fondo delante de los soportales se ven las blancas mesas de las terrazas. Allí, exactamente allí, ocurrió todo, o casi.

Fernando Terreiro dijo...

Dos hombres dándose y quitándose la palabra sin parar, mientras, al menos uno de ello, fuma abundantemente, y cuenta historias de un pasado que toca cerca pero está lejos. El otro, más mayor, lo siento, es cpaz de interrumpirle y meter baza, tarea digna de héroes. Un tercero escucha, me imagino que dadas las circunstancias sobre todo escucha, toma notas y su mirada pugan por no ser demasiado clínica.
Pero solo son tres. Faltan las medias naranjas, aunque estemos en Galicia. ¿Y las que conozco? Y Suerte de Galeradas, y la maravillosa gallega esposa de Catalino? No sé Artabro en que situación se halla. ¿Las dejaron en casa con la pata quebrada, o ellas dijeron dejemos a estos con sus locuras, que además ya va el señor Simón para atenderles?

Simón Suerte dijo...

Una singular plaza, la más bella de Santiago por mucho que le pese al Obradoiro, un auténtico teatro granítico al aire libre. Dos actores interpretando su papel (el médico charlatán y gruñón, y el ex-sindicalista reconvertido). Un psi escriturando en directo para que nuestro blog master estuviera al tanto de las consecuencias que sus cuatro comentarios escritos deprisa y sin ganas provocan entre los ingenuos que los leemos avidamente.
Casí tres horas de charla, la peor próstata, la de ártabro (los años no perdonan), la mejor la de Catalino que habla sin cesar, pero sorprendentemente ¡SE LE ENTIENDE TODO! Y es que al gran Catalino habla bien, pero es anagramático, y por ello nadie nunca le dedicará un libro.

sarapo dijo...

Oiga, Simón: Yo nunca escribo sin ganas. Que las cosas no salgan bien no quiere decir que esté desganado. El día que lo esté este quiosco se cierra.
De todas formas, espero el testimonio gráfico.

chema dijo...

20ºC.
68% de humedad.
Hoy será un día maravilloso de esos de finales de Agosto que anuncian un septiembre templado.

Voy por lo de José Luis.

chema dijo...

José Luis García Martín en "La voz de Avilés" y "El Comercio", que son casi el mismo periódico, nos trae hoy esta pieza.

El patio del agua.

Como en casa me siento en muchas partes. Pero sólo estoy de verdad en casa cuando estoy en Asturias. O en Nápoles. El amor es sin porqué.

Nunca paso un semáforo en rojo, nunca llego tarde a las citas, detesto trasnochar. Deberían gustarme ciudades ordenadas y asépticas como Ginebra. Pero me entusiasma Nápoles.

Me sedujo desde que por primera vez puse el pie en piazza Garibaldi. Los palacios cochambrosos que se hacen sombra unos a otros, las iglesias como arca del tesoro, el Lungomare con Capri al fondo y el humeante Vesubio a un lado, la alta Cartuja de San Martino, las temerosas rúas del barrio español... Nápoles: Virgilio y Leopardi, griegos y romanos, los borbones y la camorra. Nápoles caótico y mágico.

Lo que más me ha fascinado siempre de Nápoles ha sido el palazzo Donn'Anna, ese corroído dedo que la ciudad adentra en el agua y que parece a punto de disolverse para siempre. Me he pasado horas contemplándolo: al amanecer, en el crepúsculo, incluso en la noche temerosa cuando ni una estrella brilla en el cielo y solo tímidas luces parecían entreverse en alguna ventana.

«De niña vivió en el palazzo de Donn'Anna», me dijo José María Micó al presentarme a Antonina. «Te puede hablar de él con conocimiento de causa».

«No viví yo, vivió mi abuela. Fue uno de los últimos inquilinos».

«¿Ahora no vive nadie? Algunas noches me ha parecido ver luces».

«Serán vagabundos. O fantasmas. Desde que se construyó, ese palacio ha estado habitado por fantasmas».

Antonina se ofreció a enseñarme el palacio y yo le dije que nada podía entusiasmarme más.

«Pero hay que andar con cuidado. Es peligroso. Y no sólo por su mal estado».

Quedamos para el domingo siguiente. Yo no podía dominar mi impaciencia. Antonina, cuarenta años bien llevados, pelo muy corto, un rostro que sería insignificante a no ser por los ojos, me miraba como a un niño caprichoso.

«¿Qué esperas encontrar? No es más que un caserón lleno de basura. Bueno, también es algo más, pero no todos saben verlo. Doña Ana, que le dio nombre, no fue su primera propietaria. Para muchos es el palacio de las sirenas. Tenía un doble acceso. Se podía entrar en él por tierra y por agua. Ana fue la mujer de Ramiro Núñez de Guzmán, duque de Medinaceli, virrey de Nápoles. Sus fiestas pronto se hicieron famosas. El palacio es inmenso, mucho más grande de lo que parece desde fuera. En su interior hay un pequeño teatro de la ópera, un San Carlos en miniatura. Allí se representaban obras en las que los actores eran nobles. En una de ellas, Ana y una prima de su marido, la española Mercedes de la Torre, se disputaban el amor del mismo hombre, Gaetano di Casapesenna. Pero la realidad coincidía con la ficción. Gaetano había sido amante de Ana y ahora lo era de Mercedes. Todo el mundo lo sabía en la sala, salvo el virrey. Y el falso envenenamiento se convirtió en un envenenamiento verdadero: Mercedes comenzó a agonizar delante de todos. Es uno de los fantasmas del palacio. Años después, en cuanto se hacía el silencio en el escenario comenzaban a escucharse sus lamentos. Pero no tiene sentido que nos entretengamos con esas viejas historias. El embarcadero interior, el patio al que se llegaba en barca, se convirtió, para la imaginación popular, en la sala de las sirenas. Eran muchos los que decían haberlas oído cantar, aunque nadie las había visto. Yo sí las vi, o eso me pareció. En el XIX el palacio fue pasando de unas manos a otras hasta que se convirtió, como tantos otros que una familia sola no podía mantener, en un condominio. Los inmensos salones fueron divididos, se deterioraron los frescos. Hacía tiempo que amenazaba ruina, pero algunos inquilinos se resistían a abandonarlo. Mi abuela nació en él y en él quería morir. Vivía en el último piso, al fondo, con hermosos ventanales frente al mar. Llegar hasta allí se iba haciendo cada vez más difícil: techos que podían caerte encima, suelos que amenazaban con tragarte. Mis padres no me dejaban visitarla («algún día habrá que sacarla de allí a la fuerza», decían), pero yo iba a escondidas. En realidad lo que más me gustaba era perderme por el edificio, ya casi enteramente deshabitado. Una vez oí cantos y risas. Los cantos eran los más hermosos que hubiera oído nunca. Guiada por ellos llegué hasta el patio del agua, una especie de piscina interior rodeada de una doble arquería renacentista y con un gran arco al fondo que comunicaba con el mar. Allí estaban ellas, las sirenas. No sé si tenían medio cuerpo de pez. Yo sólo les veía el torso desnudo, los largos cabellos rubios, la sonrisa luminosa. Reían, jugaban, cantaban. Una de ellas se fijó en mi cara atónita y mis inmensos ojos asombrados. Me hizo una seña para que me acercara, para que me bañara yo también. Pero me asusté y escapé corriendo. Mi abuela me dijo que parecía que había visto a las sirenas, y añadió: Yo también las he visto, no te preocupes, pero no le digas nada a nadie porque te tomarán por loca». No volví al palacio hasta mucho tiempo después. A mí abuela la internaron en un asilo. El palacio quedó abandonado. Lo utilizaron los vagabundos y alguna vez escondió algún alijo de droga. Hay basura por todas partes. Volví alguna vez, ya adulta, pero naturalmente las sirenas también lo habían abandonado. Soy muy racionalista, no vayas a pensar. Busqué explicaciones a aquel encuentro. Un yate anclado cerca y unas turistas que se habían arrojado al agua... No sé. ¿De verdad quieres entrar dentro? Ahora no hay nada que ver».

Me di cuenta de que a Antonina le había entrado de pronto miedo y de que ya no quería que hiciéramos la visita.

«Me gustaría llegar hasta el Patio de Agua. ¿Es posible?».

«Es peligroso».

«Si tú no quieres, puedo intentarlo yo por mi cuenta».

«Ni se te ocurra».

No se me había ocurrido intentarlo solo. Pensaba en Luca, que todavía era mi amigo, y que sin duda no tendría ningún inconveniente en acompañarme.

Finalmente entramos. No había mucho que ver, ciertamente. Toda la magia del exterior desaparecía dentro. Tantos años de abandono habían borrado cualquier lujo de los tiempos de doña Ana, incluso cualquier misterio. Pero llegamos al Patio de Agua. Me sorprendió su transparencia, que contrastaba con la suciedad del resto. No había sirenas, pero sí una luz especial, una resonancia extraña. Antonina se desnudó en silencio y se arrojó al agua. De pronto se puso a cantar. Era la voz más hermosa que yo había oído nunca. Me hizo una seña para que la acompañara. Pero de pronto tuve miedo (siempre he tenido miedo en los momentos decisivos) y escapé a trompicones, perdiéndome una y otra vez. Cuando salí era de noche. ¿Tanto tiempo había estado dentro? Tuve que recorrer a pie la via Posillipo, la via Caracciolo. Tardé mucho en llegar a via Toledo, donde estaba mi hotel. Me dormí con la sensación de haber escapado a un grave peligro.

Al día siguiente me dijo José María Micó: «¿Qué te pasó ayer?» Me contó Antonina que te estuvo esperando para ver el palazzo de Donn'Anna y que no apareciste.

chema dijo...

He recopilado los bellos artículos que Martín ha dado al mundo este verano.
Si bien nada se ha dicho, como estos se publican en el cuadernillo "Vivir el Verano" de los periódicos arriba mencionados, se cree que el último de la serie se publicará el 31 del corriente.

Aquellos de ustedes que deseen recibirlos (incluyendo alguno no disponible en Internet) puede hacermelo saber en este Blog o bien a mi dirección de correo que es por todos conocida.

P.D.:Horrach, si me lees no hace falta que me lo digas. Como primer admirador balear de la obra de Martín tú serás el primero en recibirlos.

Simón Suerte dijo...

Chema no se olvide de un servidor cuando reparte esos estupendos artículos.

Simón Suerte dijo...

No se altere querido sarapo, que no iba con mala uva, se que disfruta tanto con la elaboración de los post como con la lectura de nuestros comentarios.

No se preocupe que el documento gráfico lo recibirá en breve.

SARAPO dijo...

Acabo de salir de guardia. No he dormido apenas.
la de la foto es Dita Von Teese, pareja del también raro Marilyn Manson.
Visiten www.dita.net
No se lo pierdan.

Horrach dijo...

Pues te lo digo, Chema: te leo.

Ártabro dijo...

Chema:

Ártabro dijo...

Chema:
Gracias.

catalino dijo...

Doc. Chema: Silvuplé, oui;-) merci.

Anónimo dijo...

hojas libres

Fernando Terreiro dijo...

Perdonen estoy de pruebas

Fernando Terreiro dijo...

hojas libres

Fernando Terreiro dijo...

¡Funciona!

sarapo dijo...

¡Enhorabuena Fernando¡
Un placer.

sarapo dijo...

¡Enhorabuena Fernando¡
Un placer.

Fernando Terreiro dijo...

Mas que nada es que lo veía en otros blogs, los vínculos a una página sin tener que escribir toda la dirección y me pico el gusanillo.
He visto la página de la Dita. Vaya pareja Marylin Mason y ella. Y además hacen caja. A mí, ninguno de los dos me va demasiado.

Anónimo dijo...

En La Voz de Avilés. Gª Martín:

La temporada de caza

La nariz de Cleopatra, o su equivalente masculino, sigue siendo importante para explicar la historia. ¿Por qué existen hoy en día tantos museos de arte contemporáneo? ¿Por qué existe el Patio Herreriano en Valladolid y el museo ese de colorines en León? Pues porque un secretario de Estado se enamoró de un pintor. Así de sencillo. Al PP sólo le interesaba el Prado, el arte contemporáneo le parecía una estafa. Por eso llegaron a un acuerdo con el PSOE: vosotros nos apoyáis en nuestras propuestas para el Prado, que es el museo de verdad, y nosotros os dejamos el juguete del Reina Sofía. Pero todo cambió por un enamoramiento. A mí me contó cómo fue. Veía siempre al pintor, alto y joven, mirándole con cara de odio en todas las inauguraciones. Un día se acercó y le dijo: ¿Por qué me miras así? Te miro así porque me habían hecho un encargo y al llegar vosotros al poder me lo habéis retirado. Y ese fue el principio de una buena amistad que cambió el destino del arte en España.

Estábamos en el comedor del Palacio de la Magdalena. Me había tocado sentarme en la mesa de los viejos dinosaurios y escuchaba divertido anécdotas de entre bambalinas. En la mesa de al lado, jóvenes alumnos comían silenciosos. De vez en cuando, alguno de ellos nos miraba.

«Seguro que les gustaría estar aquí, como a mí me gustaría estar en esa otra mesa. Nadie está contento con su suerte».

Pasó entonces a nuestro lado una mujer de rebuscada elegancia, con el pelo coloreado y en punta. «Parece una figura de Toulouse-Lautrec», dijo Román Gubern. «Es la Italiana. En El Escorial todos la conocen. No sabía que también frecuentaba estos cursos», explicó Fernando. «Se aloja durante quince días o un mes en la mejor habitación del hotel Felipe II. Todos los veranos conoce a alguien especial a quien invita a pasar unos días en Roma, en un duplex espléndido, parte de un palacio restaurado, cerca del Campo de Fiori».

«¿También te ha invitado a ti?», dijo Rosa.

«Yo estuve allí, pero el invitado era otro. Este año parece que la pesca no ha resultado fructífera y la temporada continúa en Santander».

Cuando salí del Palacio, de regreso al hotel en que me alojaba, el Santemar, vi a la Italiana contemplando el paisaje en una zona de cierto peligro, como avisaba un cartel. Me acerqué a ella.

«Debe tener cuidado, señora. Retirarse un poco. Esta zona no es segura».

Se volvió hacia mí. De cerca, la apariencia juvenil y el esforzado maquillaje no ocultaban que se encontraba más próxima a los sesenta que a los cincuenta años.

«Me fascina esa isla. Me gustaría quedarme en ella para siempre».

«Demasiado cerca de tierra. Poca soledad tendría. A mí también me atraen los faros, pero los que están en lugares remotos y de difícil acceso».

«Yo ya vivo en una isla. Y de muy fácil acceso, me parece. Pero nadie quiere quedarse a vivir en ella. Si pasa por Roma, le ofrezco mi casa».

Yo lo único que podía ofrecerle era un café, en una de las terrazas del Sardinero. La conversación siguió cómodamente a la sombra, frente al mar. Eran cerca de las cuatro, la peor hora del día, pero soplaba una brisa agradable.

«Usted sabe muchas cosas de mí. No lo niegue. Me ha invitado para hacerme hablar, contárselo luego a sus amigos, reírse un poco de mí. Estaba comiendo con el nuevo director de los cursos de El Escorial. Me he dado cuenta de cómo me miraban al pasar, de cómo cuchicheaban».

«Le aseguro que...».

«No, si no me importa. A mí edad debería haber aprendido a vivir sola. Me entusiasma la literatura, pero nunca he sido capaz de escribir una línea. Me interesa de verdad, lo mismo que la pintura, la música. Por cierto, asistí el martes a la lectura de sus poemas. Y me parecieron conmovedores. Me entusiasma el arte, aunque las malas lenguas dicen que me interesan principalmente los artistas. Y yo no voy a negar que también me interesan. ¿Aunque hay tan pocos que están a la altura de su obra! ¿He conocido a cada canalla! Algún día me gustaría escribir mis memorias. No serían aburridas, se lo aseguro. He tratado a mucha gente importante. Ramón Gaya tenía un pequeño estudio cerca de mi casa y a veces me lo encontraba en la esquina de una placita pintando una acuarela. También fui amiga de María Zambrano. Pero es de gente más joven de la que tendría mucho que contar. De pintores, pero sobre todo de escritores. Necesitaría a alguien que me ayudara a escribir esas memorias. No se me da bien la escritura. No lo contaría todo, claro está. Guardaría para mí sola las historias más hermosas, las que rememoro cada noche, esas que me ayudan a vivir y que pueden permitirse el lujo de no ser groseramente verdaderas. Contaría las otras, las divertidamente patosas o patéticas, y aprovecharía para vengarme de algún hijo de puta, perdone la expresión. Porque me han hecho mucho daño. Ya sé lo que se dice en El Escorial, su amigo se lo habrá contado, que soy una millonaria chiflada, una ninfómana siempre de caza. Y sólo me dedico a apoyar a quien lo merece. Pero tengo tan poco ojo para la elección que nunca lo merece. He leído sus diarios. Usted sería el colaborador ideal. Pero comprendo que está muy ocupado, que no puede dedicarse a ello. Por eso le hago una propuesta. Usted está en contacto con gente joven. Seleccióneme un colaborador. A principios de setiembre estaré en Roma. Pago viaje y estancia de una semana a quien usted me mande. Se alojará en un hotel y tendremos dos o tres entrevistas. Si no congeniamos, se vuelve a España. En caso contrario, le contrato como secretario por un año. En mi casa hay un pequeño apartamento con entrada independiente. Yo le dictaría por las tardes y él trabajaría por las mañanas con ese material. Dictaría una o dos horas, no más. El resto del tiempo lo tendría libre. Para escribir su obra, para pasear por la ciudad. Creo que es una buena oferta».

«Una maravillosa oferta. Me dan ganas de aceptarla yo. Pero creo que ya no tengo edad para un trabajo así».

«Todo lo contrario. Está en la mejor edad. Los jóvenes ponen mucho entusiasmo, pero enseguida se distraen. Si no se decide y me manda un candidato, puede decirle las cosas que se cuentan sobre mí. Mejor que las sepa por usted, que no que se las oiga a otros y se asuste».

Un chico en traje de baño pasó a nuestro lado y nos saludó sonriente. Le reconocí como uno de los alumnos que me habían escuchado por la mañana. «Pero ¿no tenéis ahora clase?», «Sí, con Rosa, pero nos va a contar quién es el verdadero autor del Lazarillo y esa es una historia que ya me sé y además no me convence. Prefiero bañarme un poco a no tener que hacerle preguntas y acabar poniéndola en un apuro».

«Acércate un momento, que te voy a presentar a una amiga».

A la italiana se le habían encendido ya los ojos. Quizá no tuviera yo necesidad de enviarle ningún candidado para el puesto de secretario. Los dejé solos, charlando animadamente.