27 de agosto de 2006

EL FACTOR HUMANO (XVII)


Artabro, Catalino y Simón Suerte en Compostela. Gracias a los tres.

19 comentarios:

mecanikong dijo...

Entrañable, chicos.

Simón Suerte dijo...

Si Mecanikong, se trató de uno de esos entrañablesencuentros que guardas para siempre en el album de los recuerdos.

Viejo Casale dijo...

Lo sorprendente es que Catalino no esté en el mundial de basquet convocado. Es alto, alto...

Catalino dijo...

Sarapo... menudo regate inesperado.

Fernando Terreiro dijo...

Lo bueno hubiese sido un video con audio. ara cuando esa escrituración, Simón, o es un trabajo ciclópeo.

asurbanipal dijo...

Deduzco que Catalino es el alto.Casale ¿cómo sabe que los otros no son enaneles?

sincomentarios dijo...

Crecen las ventas de tabaco. Crece el número de muertos a causa del maltrato doméstico. Crecen los enanos.

chema dijo...

Una reunión estupenda para el final de un agosto maravilloso.
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Jambrina, estás tardando en hacer un post sobre Natascha Kampusch.

ch dijo...

Elvira Lindo hoy:
Es verdad que hace 15 años el mundo de los medios de comunicación era más inocente. Todo el país era más inocente. Haber sido guionista de las Mamachicho o escritor de Humor amarillo parece hoy haber trabajado en Barrio Sésamo. No sé si eres más desafortunado tú, trabajando con 50 años en un programa de la casquería cotilleril, que una persona recién salida de la Facultad. Al fin y al cabo tú sabes distinguir lo malo de lo bueno pero qué pasa con todo ese batallón de jóvenes que dan sus primeros pasos periodísticos en la estación del AVE esperando descubrir algún famoso al que meterle la alcachofa en la boca.
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El artículo completo está disponible en elpais.es

ch dijo...

Como me han dejado solo y pensando en que nos sobra espacio van 2 artículos de Elvira.

(1)

Correo electrónico

ELVIRA LINDO

EL PAÍS - 26-08-2006
Querida E:

No puedo decir que no me hubieras avisado. Nueva York, como decía Saul Bellow, es Bangkok en verano. O a lo mejor es más Nueva York que nunca, esa ciudad asfixiante de Arthur Miller. De pronto te sientes en un verano de otra época, con gente en camiseta en las escalerillas de incendios y familias que toman el fresco bajándose la silla a la calle. El mes de agosto se me ha ido volando y no sé si este tiempo me ha servido para encontrar a algún tipo de salida. Fue iluso pensar que los viajes nos revelan soluciones a problemas que nos traíamos en la maleta. La mayoría de las veces sólo sirven para aparcar lo que te atormenta. Tengo cincuenta años, me digo, y al decírmelo me sube un escalofrío por la espalda. Nueva York, tú lo sabes, te hace ser muy consciente de que no eres joven. Por un lado, te da vitalidad, por otro, te la resta porque percibes que es una ciudad para aventuras juveniles. Ya no tengo edad. Mi viejo proyecto de venir aquí y buscarme la vida tendrá que ser archivado en la carpeta de las ilusiones frustradas. Pienso también en lo que me espera cuando vuelva. He trabajado toda la vida en la tele, un contrato tras otro. Ahora, una vez más, estoy en paro. No me preocupa esa situación, tengo suficientes contactos como para reengancharme a algo, el problema es que por primera vez me planteo a qué. Las cosas que me han ofrecido están relacionadas con ese mundo del cotilleo. Sabes que yo siempre he hecho lo que me echaran, que he dicho que sí a cualquier cosa, que no tengo prejuicios en trabajar en concursitos horteras o galas del sábado, pero no sé si sería soportable, a mi edad, trabajar a favor de la crueldad y de lo más reaccionario. Me pregunto si los gays hemos llegado hasta aquí para contemplar cómo el sacar a los famosos del armario se convierte en una operación punitiva que conduce a la burla pública. Acusar, como si fuera pecado, a las folklóricas de bolleras; hacer juicios paralelos a los de la justicia; apoyar la codicia de cualquier imbécil que quiere sacar tajada a costa de difundir secretos de otros; mofarse de los familiares de los que pagan sus pecados en la cárcel y actuar bajo ese indecente y demagógico pretexto: ¡lo hacemos por el pueblo! Aún no entiendo cómo nosotros, tan batalladores y siempre alerta para denunciar estereotipos ofensivos, no hemos señalado el hecho de que las maldades suelen estar en boca de gays que amenazan con una sonrisita en los labios y elevando la ceja, confundiendo el ingenio con la mala hostia. Es como rubricar a diario ese indignante tópico que siempre nos persiguió, que somos "malas" por naturaleza (¡tienen lo peor de las mujeres, se decía antes!). Reconozco que los años me han vuelto más moralista: ya no creo en el mensaje inocente. Ahora sé que todo ese lenguaje se alimenta de la vileza y contribuye a envilecer, a crear un clima insano. Ya sé que la tele tiene un botón, pero me descorazona pensar que hay tanta gente a la hora de la comida oyendo hablar del "coño" de la Pantoja, como si tal cosa. ¿Era esto la libertad de expresión?, ¿no se puede hacer nada, está todo fuera de control? Pero a quién le vas a hablar de horarios infantiles. Ya estamos hechos a que lo cruel sea moneda corriente y la intimidad esté desprotegida. En fin, en estas estoy, deshojando la margarita, porque me temo que tendré que elegir entre el dinero o la tranquilidad de conciencia. Por lo demás, paseo y vivo alguna situación memorable: vi a Julia Roberts comprando muebles en ABC y me duché en la calle con una boca de riego. ¿Se puede pedir más? Besos y perdón por el desahogo.

(Cuando leí esta carta, o una que era muy parecida a ésta, apagué el ordenador y me fui a la cama desolada).

chema dijo...

(2)
El que recibe las bofetadas


ELVIRA LINDO

EL PAÍS - 27-08-2006
Querido amigo:

Tú en la sauna neoyorquina, yo en la sartén madrileña. Mi alma de lagarto resiste mejor el calor marrón de la meseta, por insano que sea. No me quedó muy claro si ayer me pedías algún tipo de consejo. A mí, durante años, me pasó como a ti, trabajé en aquello que me salía, no podía plantearme si el trabajo me gustaba o no. Es verdad que hace 15 años el mundo de los medios de comunicación era más inocente. Todo el país era más inocente. Haber sido guionista de las Mamachicho o escritor de Humor amarillo parece hoy haber trabajado en Barrio Sésamo. No sé si eres más desafortunado tú, trabajando con 50 años en un programa de la casquería cotilleril, que una persona recién salida de la Facultad. Al fin y al cabo tú sabes distinguir lo malo de lo bueno pero qué pasa con todo ese batallón de jóvenes que dan sus primeros pasos periodísticos en la estación del AVE esperando descubrir algún famoso al que meterle la alcachofa en la boca. ¿Qué piensan sus padres, estarán orgullosos por el mero hecho de verlos por la tele o se preguntarán para qué coño pagaron una carrera de cinco años? Esos jóvenes se curtirán como periodistas pensando que los términos "investigación", "fuentes bien informadas" o "interés público", están relacionados con el trabajo que hacen a diario, con lo cual terminarán por no encontrar diferencias entre su oficio y el de un investigador del SIDA. Mirémoslo con optimismo: ahora mismo, España, ese país atrasadísimo en materia de investigación científica, disfruta de un periodismo lleno de "investigadores". Si toda la energía que pone a diario esa juventud en rastrear los secretos ajenos la pudieran emplear en hacer algo hermoso seríamos otro país. Y que conste que una de las cosas más nobles de este mundo es entretener al público. Benditos sean los cómicos. Los cómicos, por cierto, viven atemorizados. Los cómicos, como cualquiera, tan vulnerables a esta fiebre, desprecian profundamente lo que están haciendo ciertos programas aunque no se atrevan a decirlo en voz alta. En cuanto al estereotipo de gay malévolo, estoy contigo, se ha convertido en un clásico televisivo. Sospecho que hay gente, cuyo trato con homosexuales es nulo, que pensará que todos se comportan de la misma manera. Pero lo peor es cómo a diario se alienta el rencor hacia el que ha conseguido algo en la vida, hasta el punto de extender la idea de que es justo que el famoso muerda el polvo. ¿Tiene la obligación un empleado de banco de confesarle a su director y a sus clientes que es gay? ¿Por qué ha de tenerla entonces el actor con su público? El otro día, no sé si lo leíste, se publicó un artículo del profesor Laporta sobre esa polémica asignatura de educación cívica. No podía estar más de acuerdo: ¡bienvenida sea!, pero una asignatura no cambiará nada si no hay un compromiso social de no alentar la zafiedad. Hay una película de los años treinta muy ilustrativa sobre lo que es la risa y la crueldad: El que recibe las bofetadas, se llama. Trata de un hombre que trabaja de payaso tonto en un circo, el que recibe las tortas del payaso listo. Niños y padres ríen con este primitivo espectáculo cómico. Un día el payaso está enfermo, tanto, que en una de esas bofetadas cae al suelo y ya no se levanta. El público está tan envilecido con la diversión que en ningún momento se percata de que el payaso ha muerto. Pues en esas estamos, enseñando a media España a reírse de quien está en el suelo. Pero aún me queda la duda: ¿qué haría yo si me viera en tu situación, en paro, y sin otra posibilidad de trabajo que sumarme al carro de la malevolencia? No lo sé. Ayer por cierto me escribieron antiguos compañeros de la tele que se sintieron identificados con tu carta, así que gracias por dejarme publicarla. Un beso desde este Madrid donde disfrutamos de las últimas noches solitarias.

sarapo dijo...

Chema, mañana trataremos la grave crisis del teatro.

chema dijo...

Ya era hora.
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La entrevista a Manuel Fraga, en el abc.es de hoy, es cosa de ver y leer.

ch dijo...

Recibo varios mails reclamando la recopilación de JLGM.
Aclaro que lo recibirán el 31 de Agosto por la tarde-noche, o el 1 de Septiembre a más tardar.

Un saludo y hasta mañana.

ch dijo...

JLGM-LVA 280806:

Alta Syros

Me gustan los lugares que se me parecen. Por ejemplo, Ano Syros, Alta Syros, apiñada, retorcida sobre sí misma en la empinada ladera de una colina. Todas sus casas miran al mar, pero no para ver su belleza ni su utilidad, sino su peligro: era el camino de los piratas, de los cosquistadores, de la gente de fuera, que nada bueno traían. Cuando voy subiendo por la escalera que se tuerce y se retuerce, que parece volverse infinita, de vez en cuando he de detenerme para tomar aliento. Veo entonces el puerto y el caserío que queda a mis pies: la derramada, floreciente, indolente y activísima Hermúpolis, la ciudad de Hermes, la ciudad del comercio.

A Alta Syros la fundaron los cruzados, allá por el siglo XII o XIII, no sé bien, y por eso es un enclave católico en territorio ortodoxo. En la guerra por la independencia de Grecia la isla de Syros, en el centro de las Cícladas, se declaró neutral: ella no estaba ni con los griegos ni con los turcos. Francia la ayudó a mantener esa neutralidad.

Pero a la neutral Syros comenzaron a llegar refugiados de las otras poblaciones griegas, su puerto se convirtió en el más activo del Egeo, de todo el Mediterraneo oriental. La altiva Alta Syros, abroquelada, encerrada en sí misma, no quiso saber nada de esos advenedizos. Y tuvieron que fundar otra ciudad, a la que dieron nombre en asamblearia votación.

Tres o cuatro metros separan ahora una ciudad de otra, pero esos tres o cuatro metros de rala hierba siguen siendo una frontera. Entramos en otro mundo y otro tiempo cuando los atravesamos. El dragón que alancea San Jorge en la fortificada catedral que domina Alta Syros es el dragón de la modernidad, de lo que viene de fuera, de lo que nos dice que la vida puede ser algo más que ciega rutina, tradición y trabajo.

Alta Syros ve, como tantas veces lo vio en tiempos medievales, al enemigo acampado a sus pies. Pero esta vez el cerco será largo: ha llegado para quedarse. Yo admiro las casas blancas, las cúpulas azules, los secretos jardines y los palacios neoclásicos de Hermúpulis. Contemplo la aduana y el espigón del puerto, los incesantes ferries de la compañía Blue Star que van hacia Atenas, hacias las otras islas. Entre la bruma, entreveo el Lazareto, construido para que los viajeros, sobre todo los que venían de Egipto y de Turquía, pudieran pasar sus días de cuarentena. Tenía treinta y dos apartamentos, todos independientes, con cocina, alcoba y baño. Los ilustrados vecinos de Hermúpolis querían demostrar desde el principio que todo el mundo era bien recibido, y a los posibles enfermos se les trataba como enfermos, no como criminales. Luego fue prisión, y en él hacían escala los presos políticos que la dictadura llevaba a la isla de Iaros, pero con eso ya nada tenía que ver el Ayuntamiento de Hermúpolis, capaz en un primer momento de tratar de igual a igual con el gobierno griego, y por eso el edificio en que se alberga el más grande y majestuoso de toda Grecia.

Al fondo, entre la bruma, adivino las otras islas: la voluptuosa Mykonos, la devota Tinos, la deshabitada Delos, el ombligo del mundo.

Todo el tiempo libre, que era casi todo mi tiempo, lo pasaba sentado en una terraza del puerto, viendo entrar y salir los barcos, hojeando distraídamente algún libro, escuchando a algún envejecido Ulises que me contaba anécdotas de sus viajes.

Pero de vez en cuando hacía penitencia: subía solo hasta Alta Syros, donde la gente me miraba recolosa, donde, cuando entraba a beber algo en una taberna de hombres solos, todo el mundo callaba, hostil, hasta que yo terminaba mi consumición y salía.

Al contrario que en Hermúpolis allí los extranjeros no eran bien venidos. Las casas se amontonaban de tal manera unas sobre otras que nunca se sabía si se estaba en la calle o en un patio, dentro o fuera. Pero yo seguía ascenciendo y ascendiendo por aquel laberinto. La ciudad baja, conforme yo me elevaba, se iba volviendo más y más seductora.

Me detuve a descansar en una fresca terraza con emparrado. La vista era tan hermosa que daban ganas de quedarse allí para siempre. De pronto sentí una molestia, una incomodidad en la espalda. Me volví: una mujer de negro había abierto la parte superior de la puerta y me estaba mirando, me estaba echando. Saludé, no me respondió, pero siguió mirándome fijamente hasta que me alejé.

«Los más jóvenes -me contaron luego- bajan a Hermúpolis a divertirse, claro. Y a buscar trabajo. Pero muchos, en cuanto pueden, se vuelven a la colina. Y hay gente mayor que tiene a gala no bajar nunca, no tener trato con los intrusos».

¿A qué volvía yo, una y otra vez, a aquella territorio sofocante y hostil? Se agradecía, al alcanzar la cumbre, el frescor de San Jorge, el silente susurro de plegarias, el olor a incienso.

Por el otro lado, la colina estaba cortada a pico, parecía inaccesible. Pero no lo era del todo. Una blanca y diminuta capilla ortodoxa había logrado encaramarse a un cerro: el enemigo acechaba por todas partes.

Sí, me gusta Alta Syros porque se me parece, aunque no lo parezca. Sentado en un banco de Agios Georgios, en un fresco silencio que parece al margen del tiempo, hago recuento de mi vida.

He acariciado la belleza del mundo, pero siempre estaba de paso, siempre tenía prisa por volverme a mi castillo, cerrar ventanas, atrancar puertas, sentirme a salvo.

La felicidad es una tentación en la que caigo a menudo. Sobre todo desde que tengo cierta edad. Cuando era joven, podía resistirla más fácilmente.

Ahora no desdeño ningún fruto, ni el aún no maduro del todo y un poco ácido ni el que está ya casi a punto de pudrirse, empalagosamente dulzón.

Ahora no anticipo rechazos ni los considero una ofensa. Educadamente pido, mejor sin palabras que con ellas, procurando no molestar. Educadamente doy las gracias y saboreo lo que me ofrecen. También doy las gracias cuando no caigo en gracia y discretametne procuro quitarme de delante.

Pero estoy de paso, siempre estoy de paso. Acepto albergue para una noche, para dos o tres, luego tengo que seguir mi camino, aunque haga abrase el ciego sol, aunque nieve, aunque lo que me apetezca sea seguir sentado en el jardín mientras mi anfitrión, en la cocina, prepara la cena y yo me relamo anticipando el postre.

Casi siempre me dejan, y lo paso mal, pero si no lo hacen lo paso peor. Yo soy quien tiene que irse, por muy bien que lo esté pasando. Para no volver.

Siempre regreso a Alta Syros. A la fortaleza, al castillo. «¿Qué vas a hacer allí?», me pregunta Grigoris, extrañado. «¿Por qué no quieres que te acompañe?».

A veces pienso en invitarle a que venga conmigo. No a Alta Syros, a España. Fantaseo, pero nunca me decido a prononérselo. Demasiado absurdo para que acepte, me digo. De sobra sé, sin embargo, que si no se lo propongo es porque quizá acepte.

«¿Qué voy a hacer a Alta Syros? Nada. Pero allí me siento a salvo», «¿A salvo de qué?», «No sabría decir. Quizá de la vida. Sé que estoy de paso y no quiero encariñarme demasiado con nadie. Ni siquiera con ella».

Terreiro dijo...

Sporting 1 - Valladolid 3. Directos como un cohete a primera.
La selección a por el Mundial. Viva el baloncesto

Ártabro dijo...

Los artículos de Elvira Lindo muy buenos.

Reflexión

Hace 2000 años el pueblo romano iba al circo a ver como en la arena las fieras devoraban a los cristianos. Para que hubiera variedad tenían otro programa: echar a la arena un grupo de esclavos-gladiadores, armados hasta los dientes, para que se mataran entre ellos.
Pasado el tiempo nos fuimos “civilizando” y así desde la Edad Media en adelante “el mayor espectáculo del mundo” consistía en la multitudinaria asistencia a las ejecuciones públicas.
Pues bien, hoy en el “avanzado”, cultural y tecnológicamente, mundo occidental las sumarísimas ejecuciones son virtuales. El móvil es el mismo: “panem et circenses”. Las consecuencias, aunque no haya sangre, para los “enjuiciados-sentenciados-ejecutados”, todo en uno por el mismo precio, son algunas veces peores. Se ha sustituido el león, la soga, la lanza… por la insidia, por el se dice…, se comenta…, y ya está, desde ese momento millones de espectadores que babean con las miserias ajenas (sean éstas ciertas o no) se dedican a continuar con el sano ejercicio de arruinar la “honra y la dignidad” de la víctima de turno. Eso sí, sólo durante unos días, o semanas, esto dependerá del tiempo que tarden en encontrar otro “famoso-culpable”.
La pregunta: ¿Habría circo romano, ejecuciones públicas, modernas ejecuciones virtuales, si el pueblo (el personal) les diera la espalda? Parece obvio que no: para que haya espectáculo son imprescindibles los espectadores. Luego a la hora de buscar culpables habrá que mirar en todas las direcciones.
La solución del problema no pasa por ejecutar a las Ana Rosas de turno si no por dejarse de hipocresías y dar la espalda al espectáculo. Pero…ja, ja.

Fernando Terreiro dijo...

No olvidemos que las víctimas verdaderas, esclavos y ejecutados, iban a la muerte forzados. Ahora esas falsas víctimas obtienen pingües beneficios en la arena rosa. Artabro, lo fundamental es lo que usted dice. Apretar el botoncito, un gesto que parece casi heroico en este mundo en el que vivimos. Una batalla perdida

El otro día sin ir más lejos entré con unos amigos en un bar de apariencia irlandesa. En una enorme pantalla estaban echando, sin volumen siquiera, Salsa rosa.

Anónimo dijo...

MUY INTERESANTE Y AGRACIADAS REFLEXIONES, SIGAN USTEDES ASÍ