2 de marzo de 2006

CON UN POCO DE SUERTE



El 22.10.2004 falleció a los 42 años de edad y víctima de un cáncer de pulmón el exfutbolista del Valencia CF, Sixto Casabona.
Para la inmensa mayoría, Sixto fue, es y será un desconocido. Para los gourmets del fútbol, Sixto ha sido uno de los futbolistas con más duende que hemos conocido. Breve y efímero. Jugó con el Valencia en Segunda y algunos partidos en Primera. Luego se fué al Elche y colaboró en el último ascenso de los ilicitanos a Primera formando delantera con Claudio Barragán.
El día que conocí al Viejo Casale, al gran Rafa71, la triste historia de Sixto Casabona puso un punto de emotividad a nuestra conversación. Esto puede que sea inexplicable para quienes no sean aficionados al fútbol pero es así.
Hoy me tomo la licencia de colgar el extraordinario relato de un escritor valenciano, Carlos Marzal. Crónica de una amistad
Por todos los Sixtos. Por todos los amigos que faltan.




Con un poco de suerte
In memoriam Sixto Casabona
Con un poco de suerte aquel verano –el último verano verdadero de la violenta y desconcertada juventud- habría podido ser el mejor de nuestras vidas.
Ninguno de nosotros sabía por entonces que nos estábamos despidiendo de algo. Ninguno hubiese dicho que estábamos diciendo adiós a una parte de nosotros mismos que ya no volvería, pero el caso es que así fue. Algo se marchó para siempre: sin previo aviso, sin levantar la mano para saludar desde la borda del barco que se aleja, sin una nota con su breve explicación que nada explica.
Las despedidas –eso lo aprendí más tarde- no consisten por regla general en un acto concreto, no son un hecho al que podamos atribuir su lugar, su fecha y sus protagonistas. Son un proceso, un transcurso. Uno está despidiéndose de las cosas, de las personas, de casi todo, durante casi siempre. Hasta que descubre que ya no están. La prueba de que sucede de ese modo es que cada cual tiene la certeza de que los veranos ya no son iguales a los de antes: la luna de las noches es menos anaranjada, y el jazmín aturde menos, y la piel no se electriza con la misma fuerza, y el amanecer nos sorprende a todos más cansados. No podemos decir cuándo perdimos el verano, pero lo cierto es que lo hemos perdido. No sabemos decir cuándo el verano se perdió de nosotros, pero la verdad es que no hemos vuelto a tener aquella sensación de ser invulnerables. Algo así creo que nos pasó a todos durante aquel verano de nuestra juventud.
Con un poco de suerte podríamos haber ganado, por ejemplo, el campeonato de fútbol de Portacoeli. No me estoy tomando una licencia narrativa si digo que éramos un gran equipo de juveniles. Un equipo de veraneantes formado con los viejos amigos de la urbanización, y con los amigos de los amigos, y con los conocidos de los conocidos. Todos jugábamos al fútbol durante el invierno en buenos equipos de la primera división juvenil. Quique Bru y Nacho Pérez lo hacían en el Mestalla. Rafa Guillot, José Enrique Checa, Vicente Alegre, yo mismo, en el Burjasot. Y nuestra estrella, Sixto, en el Valencia. El Valencia juvenil de Tendillo y Sixto Arturo Casabona Martínez, que era como lo llamábamos cada vez que nos daba por beber más de la cuenta, con aquel nombre suyo que podría haber servido para un generalato o para un galán de culebrón caribeño. Sixto Arturo Casabona Martínez. Durante el resto del año muchos de nosotros éramos rivales en la liga, incluso en el mismo grupo del campeonato provincial, pero cuando llegaba julio formábamos nuestro equipo de verano, para participar en los torneos de El Plantío, La Eliana y Portacoeli.
Hubo un momento en los inviernos en que nos reuníamos casi todos en la urbanización los fines de semana, y el domingo cada cual se iba a su partido. Yo dormí muchos sábados en casa de Sixto, y Sixto en la mía. Al día siguiente cogíamos su Vespa de color butano y nos íbamos a Valencia. El me dejaba de paso en Los Silos, el campo del Burjas, que era como llamábamos al Burjasot los entendidos, los que estábamos en el secreto, y él seguía hacia la ciudad.
Con un poco de suerte, Sixto hubiese podido ser no sólo el jugador profesional que fue, sino en concreto el que todos los que lo conocimos sabíamos que era. Después de aquel verano lo ascendieron al Mestalla de Tercera División, y al poco al primer equipo del Valencia. Había tenido madera de estrella desde que pudo calzarse unas botas de fútbol. Era inteligente, astuto, rápido, como muchos, pero poseía una cualidad de la que no disfrutaba casi nadie: el don. El don -ya lo sabes, quienquiera que seas- es lo que distingue a los sudorosos y esforzados trabajadores, de los ingrávidos artistas. Lo que diferencia a la marinería, del almirantazgo. A los que se postulan para la elección, de los auténticos elegidos. El don.
Sixto lo tenía. Y no se puede decir más.
Sixto tenía el don: lo derrochaba. A lo largo del tiempo me he encontrado con muchos otros individuos que también poseían su don. El don de la escritura. El don de la palabra para el engatusamiento de los demás. El don de la belleza. El don de hacer dinero. Distintas personas y distintos dones.
Quien tiene el don suele saberlo, y si la suerte lo acompaña puede llegar a convertirse en un virtuoso. Creo que Sixto no llegó a ese extremo, pero en mi memoria está fijado como si lo hubiese sido, porque yo lo vi la tarde de San José en que le marcó aquel gol al Barcelona en el campeonato nacional de liga.
Recibió el balón en la banda izquierda, lo bajó al suelo con el pecho, inició la carrera, regateó a dos contrarios a medida que se desplazaba hacia la derecha, camino de la portería, y antes de llegar al borde del área enganchó un chut seco, con trayectoria a media altura, que entró pegado a la cepa del poste contrario. Zubizarreta, durante las pesadillas que asaltan a los porteros después de su jubilación, y en donde vuelven a recibir uno por uno todos los goles que les marcaron desde el día de su debut, aún anda buscando ese balón de Sixto. Así era como solía marcar los goles en nuestro equipo de circunstancias, y así era como deberíamos haber vencido en el campeonato de Portacoeli aquel verano.
Habíamos ganado ya el de El Plantío y el de La Eliana y estábamos convencidos de que nos llevaríamos el tercero. En realidad nos habíamos paseado triunfalmente bajo los tilos. Más que a una guerra habíamos asistido a unas cuantas ceremonias de rendición incondicional en las que nos lucíamos haciendo alardes.
Puede que exista el jugador a quien no le guste deshacer a su contrario, pero a mí me encantaba. Éramos jóvenes, y la juventud es eso: prepotencia, jactancia, y la sensación de ser inconquistables. A mí me encantaba golear a los equipos contrarios. Era como si les estuviésemos diciendo en el único idioma posible: Esto es lo que os pasa por atreveros con nosotros. Era como si estuviésemos advirtiendo a los rivales futuros: Esto es lo que os va a pasar cuando la mala suerte os depare que os enfrentéis con nosotros. Por aquel entonces se lo había escuchado a Joe Frazier: lo que un boxeador quiere es el corazón de su enemigo. Y yo me sentía así: un joven boxeador elástico que les arrancaba el corazón a los once rivales del equipo contrario.
Me imagino que algunos jugaban por el mero placer de jugar, y que otros lo harían para satisfacer la orgullosa afición de sus padres. Alguno habría que no supiese exactamente por qué razón jugaba al fútbol: por la inercia de hacerlo, porque éramos una pandilla de amigos que practicaba durante los veranos la religión del deporte. Por lo que a mí respecta, yo jugaba por Marga. Jugaba por ganar, jugaba para comer el corazón de los rivales, jugaba porque me gustaba el placer de jugar, pero sobre todo jugaba por Marga. Sin esa razón todas las demás me traían sin cuidado. Marga estaba en la banda como una más de nuestras chicas, y yo jugaba por y para ella. Claro que amaba el rito de entrar en el vestuario y ver la camiseta, las medias y el pantalón doblados. Por supuesto que amaba vendarme los tobillos lentamente, después de haberme dado linimento Sloan, ponerme las espinilleras y atarme las medias por debajo de la rodilla con un cordón.
Amaba más que casi ninguna otra cosa el ruido que hacían los tacos metálicos de las botas en el túnel de los vestuarios, unos instantes antes de saltar al campo, mientras calentábamos y nos gritábamos consignas insensatas. Aquel ruido era como el de la lluvia armónica sobre un tejado construido con el material de ser felices. Amaba el olor a hierba recién segada y húmeda que te invadía los pulmones en cuanto pisabas el césped. Amaba el eco grave del balón al golpearlo. Amaba los tumultos tras el gol: aquellos amontonamientos jubilosos que nos estremecían. Sí, amaba todo aquello, pero sobre todo amaba a Marga.
Con un poco de suerte Marga me hubiera amado a mí también. Sin embargo estaba demasiado ocupada en otras cosas, demasiado distraída de todos nosotros como para amar a alguien en concreto. Marga tenía su don. Su don en grado sumo. El don de la belleza. La belleza cruel, diría yo, aunque eso lo diría ahora, muchos años más tarde. Era una criatura que se sabía bella, a la que le gustaba saberse así y que disfrutaba con el ejercicio de su poder.
Después de aquel verano he observado el uso de distintos poderes y creo que el más enigmático es el poder de la belleza. Se trata de un enigma porque es en todo azaroso, una aleatoria combinación de inextricable información genética. Se trata de un enigma, sobre todo, porque es un poder que puede someter a todos los restantes. La belleza hace que pierdan el seso los poderosos de este mundo. Supongo que la embriaguez que produce ese don a quien lo posee es el de saber que puedes arrancar el corazón de tu rival.
Supongo que, en el fondo, es un don de naturaleza pugilística, como casi todos los dones, la manera de decirles a quienes se cruzan en tu camino:
Aquí estoy yo, y voy a hacer contigo lo que quiera. Aquí estoy yo y sé que eres mi esclavo.
Marga podía haber hecho de mí lo que hubiese querido, igual que hacía de todos nosotros lo que le daba la gana. La conocíamos desde siempre. Era Marga, la vecina de allí al lado, la niña de otros veranos. Una de tantas niñas de la urbanización, una de las que montaba en bicicleta por las calles por donde nosotros íbamos en moto. Una de las chiquillas que formaban parte de la marabunta de chiquillas que seguían nuestros partidos, pero a quienes no mirábamos. O a quienes no mirábamos como solíamos mirar a nuestras chicas.
Hasta que llegó aquel verano de nuestra poca suerte y Marga había pasado a ser la criatura más hermosa que nunca habíamos visto en el mundo. Porque la urbanización, aunque supiésemos que no constituía el mundo entero, sí que representaba la mejor parte de él, el único mundo dentro del mundo que nos interesaba. Y en aquel mundo privado, diminuto y feliz ejercía Marga su poder fanático sobre todos los miembros del equipo. Sobre todo el equipo y sobre todos los miembros, diría hoy con un chiste de baja estofa del que entonces habría sido incapaz, porque el amor, por entonces, era cualquier cosa menos un chiste.
El amor era lo que me hacía salir de casa a las cuatro de la tarde, bajo el sol déspota, para rondar su chalet y aventurarme a encontrarla durmiendo la siesta en una hamaca, mecida por su propio viento. El amor era lo que me hacía tartamudear cada vez que procuraba dirigirme a ella con alguna estupidez adolescente, por el simple placer de estar hablándole. Era lo que me mantenía en vilo la imaginación durante el resto del tiempo en que no la veía, y que era casi todo el tiempo: un tiempo ingrato. Lo que me hacía jugar al fútbol. El amor era lo que me hacía saltar al campo con el mismo espíritu de los gladiadores: dispuesto a derramar la sangre propia y la de los demás. El amor era la única tarea seria en que me ocupaba. Leía libros. Soñaba en secreto con escribirlos algún día. Fantaseaba de una manera vaporosa con convertirme en una suerte de deportista escritor o de escritor deportista. Un escritor por el amor de Marga: su poeta, su cuentista, su historiador encandilado. Un deportista por el amor de Marga:
su campeón, su goleador, su inconquistable. Hoy puede que suene a chiste, pero entonces le hubiera partido la cara al que se hubiese reído de mí. Sin embargo, lo que ahora me convierte en un chiste –como muy bien adivinas, quienquiera que seas, dondequiera que leas este relato- es hacer un chiste sobre el amor, sobre mi viejo amor salvaje.
Marga había nacido aquel verano, aunque hubiese nacido diez y seis años atrás. Se nos había revelado aquel verano. Había salido de su crisálida y se paseaba entre nosotros como un monarca en los jardines de su residencia estival. Aunque era la nueva adquisición de la pandilla, en realidad nos había adquirido a todos nosotros, nos había concedido graciosamente la condición de siervos.
Antes de su metamorfosis yo había asistido a algunas transformaciones femeninas de verano. Niñas del verano anterior que encontraba convertidas en adolescentes rotundas al año siguiente. La hermana de algún amigo, que pasaba de ser una pelmaza a ser una pelmaza a la que le mirábamos las tetas y el culo. La hija de algún amigo de mis padres, que se convertía por obra y gracia del cartomante del tiempo en una presencia con volumen propio, cuando hasta la fecha no había sido más que una oquedad con nombre conocido. Sin embargo la mutación de Marga pertenecía a un fenómeno distinto. En mi delirio de amor se trataba de un alumbramiento angelical. De un advenimiento mitológico. Marga se había convertido en una criatura perfecta, con su melena rubia, sus enormes ojos almendrados, su delicada nariz esculpida a cincel por las manos más sabias y su boca carnosa, que siempre parecía perfilada y pintada con el más rojo de los carmines, porque en realidad lo estaba. Una criatura más alta que el resto de nuestras amigas, con unas tetas minerales del tamaño de las de nuestras madres más tetudas, y con unas piernas infinitas e infinitamente morenas que se perdían por debajo de su cintura de reloj de arena. Marga solía pasearse por la calle con un tanga diminuto y zapatos de tacón.
Nosotros estábamos tirados a la sombra, en una esquina, ociosos como siempre, alerta como siempre, excitados como los perros en celo que éramos siempre. Las esquinas de la urbanización eran nuestro hogar. Aparcábamos las motos en la acera y nos tumbábamos como largatos a no hacer nada. Éramos artistas del dulce hacer nada. Teníamos nuestras esquinas de mañana, de tarde y de noche. Nuestra esquina para beber. Nuestra esquina para fumar, nuestra esquina furtiva para hacer partidos de pedos en lo oscuro, provistos de gaseosa, cerillas y pantalón vaquero, el único que no se quemaba al incendiar nuestras ventosidades de metano. Eso es la juventud, eso era: vagabundeo, ansiedad, falta de perspectivas, exceso de fuerzas. La veíamos cruzar la calle con su bendito contoneo mefistofélico, sin dirigirnos ni una miserable mirada, y diez minutos después ya estábamos en la piscina de alguien, haciendo largos para aplacar a nuestro pobre perro caliente, a nuestro pobre perro feliz de infelicidades, a nuestro pobre perro enamorado. Eso es la juventud. Eso era. Cuando Marga empezó a venir a los partidos se creó entre nosotros una suerte de clima del fin del mundo. Es el clima de los desesperados. De los desesperadamente felices. De los que se figuran que no habrá mañana y que deben resarcirse de inmediato. Después de aquel verano lo he percibido en muchos otros lugares. El clima de las nocheviejas, el clima de la última juerga de ciertos congresos, el clima moral de los enfermos graves que han escapado a su dolencia. Nos volvimos locos. Con Marga jugamos como nunca.
Parecíamos un equipo de estrellas. Un equipo de estrellas en su puro significado astronómico: estrellas que se relamían en su propio brillo antes de apagarse sin esperanza. Perros locos de atar que se pensaban incandescentes astros luminosos.
Pero a decir verdad Marga no vino por ninguno de nosotros. Vino con Adolfo, el hermano de Santi, nuestro interior derecho. En aquellos tiempos Adolfo no sólo tenía una pésima leyenda en los anales de la urbanización, sino también un pormenorizado historial delictivo. Nosotros éramos unos burgueses críos ociosos durante los meses de vacaciones, pero Adolfo era un vago a jornada completa durante el completo año.
Mi padre nunca fue partidario ni de las arengas domésticas ni del fútbol, ya fuera profesional o amateur. Solía tomarme el pelo diciéndome que le hubiese desagradado profundamente que le hubiera gustado. Pero me dijo un día con la voz de los asuntos graves, con esa voz que no consistía en un consejo, sino en una orden inapelable del alto mando: No quiero verte con Adolfo. Y claro está, yo le dije: No tienes de qué preocuparte, papá, yo no voy con Adolfo. Pero la verdad es que sí que iba, porque Adolfo ejercía sobre todos nosotros un misterioso magnetismo planetario. En aquellos días Adolfo era un camello de cierto empaque, un intermediario de intermediarios, camino de convertirse en un considerable mayorista. Lo que se dice una mala compañía rodeado de malas compañías. A Adolfo y a sus colegas yo los frecuentaba cuando me daba un garbeo por casa de Santi durante mis eternas desocupaciones de zángano veraneante. Aquella casa significaba para los golfos y las calamidades lo que el santuario de Fátima para los tullidos, los desesperados y los enfermos: un lugar de peregrinación y acogida. Sus padres nunca estaban –vivían en Valencia, trabajando a destajo- y Adolfo había convertido el pequeño chalet familiar en un asilo para maleantes y en un economato de la droga. Recuerdo la vez aquella en que llamaron a la puerta una mañana y vi aparecer en el comedor de casa de Santi a dos colegas de Adolfo con la cara descompuesta, mitad de estupor, mitad de éxtasis. Acababan de atracar una farmacia. Dejaron las pistolas encima de la mesa y me imaginé que estaban aún calientes. Seguro que no las habían utilizado, pero yo las pude sentir calientes. Lo juro. Acero al rojo vivo. Después vaciaron el botín encima de la mesa, y cada cual se sirvió cuarenta y tantas gotas de un cóctel de cloruro mórfico y Haloperidol en un café, la dosis de mula de anestésicos que los médicos prescriben en casos de roturas severas, amputaciones y crisis de conciencia. Mano de santo para adormecer el diablo mundo dentro de quien sea. Eso fue al menos lo que nos dijo Adolfo, que hablaba con la erudición de un alquimista. Es decir, con la sabiduría de quien ha probado todas las recetas en carne propia.
Por casa de Santi y Adolfo vi pasar toda una fauna itinerante de la pequeña delincuencia. Vi planchas de hachís del tamaño de una buena maleta de viaje, antes de cortarlas para el menudeo. Vi a los colegas esnifando, bebiendo, haciendo chinos, pinchándose a cualquier hora del día y de la noche. Fátima no cerraba. Fátima no dormía. Pero Adolfo nunca nos dejó probar nada a Santi y a mí. Y eso que los colegas tenían un cierto sentido ecuménico de la droga: lo mejor era que todo el mundo estuviera colocado. Pero nosotros teníamos que jugar al fútbol, de modo que nada de drogas.
Puede que Adolfo fuera un vicioso y un delincuente, pero tenía del fútbol y de nuestro equipo una opinión elevada. Los chicos tenían que ganar campeonatos. Los chicos tenían que sudar la camiseta. Así que nada de drogas para los chicos. Delante de Adolfo ni fumábamos ni bebíamos. Y si nos hubiese preguntado por las pajas, me parece que le habríamos dicho que éramos mancos. Adolfo se había adjudicado con respecto a nosotros la tarea de preservarnos física y moralmente. A su manera, pero preservarnos. Podíamos ver, oír, pensar, pero que no se nos ocurriese catar. Estoy seguro de que si nos hubiese sorprendido con un cigarrillo o un porro en las manos nos hubiese aplicado su terapéutica universal para los asuntos terrestres: una buena somanta de hostias.
Cierta noche Adolfo irrumpió en uno de nuestros bailes de pandilla cogido de la mano de Marga. Yo me quise morir, a medias de emoción y a medias de celos. Llamarlos bailes sea quizá demasiado pomposo. Tampoco eran guateques: eso pertenecía a la generación de nuestros hermanos mayores o incluso de nuestros tíos. Se trataba de reuniones de infelices en un chalet sin padres, con un tocadiscos portátil y unos cuantos singles de moda. Bailábamos agarrados toda la caterva italiana de cantantes enronquecidos. Adolfo nos trajo a Marga colocada hasta las cejas de quién sabía qué. La desencajonó entre nosotros como quien deja libre un virus: el virus mortal de la lujuria. El virus mortal del deseo. El virus mortal del amor. Aquella noche yo bailé con Marga por Richard Cocciante –como quien dice-, con el corazón empalmado y la polla dura como un diamante negro. Bailé mi canción predilecta: Margarita. Te juro –quienquiera que seas, allí donde me estés escuchando- que sentía el pulso en el centro de la bragueta, en el centro de mis sienes, en el centro de mi pecho, en el centro de mi centro. Te juro que fui todo yo un amasijo carnal de pulsaciones. Pulsaciones enamoradas de perro fervoroso.
Marga no bailaba. Quiero decir que no hacía lo que las demás. Marga te hacía sentir que tú eras la música, y el movimiento, y todas aquellas quejas de plañidera italiana que nos sacaban de quicio al decir que Margarita, cuando ama, lo hace una noche entera.
Y yo no me atrevía a mirar a Marga, no fuese a adivinarme el pensamiento. No fuera que me descubriese en mi elemental silogismo de amor. Marga igual a Margarita. Cocciante igual a mí. Ergo.
Marga vino a nuestras fiestas. Vino a nuestros partidos. Bailaba con nosotros y después Adolfo se la llevaba rumbo a sus negocios. Yo no quería ni pensar en qué le hacía; es decir, no paraba de imaginar que le estaría haciendo todo lo que yo no podía hacerle. Y el hecho de decirme que Adolfo no la amaba, sino que sólo amaba corromperla aumentaba mi angustia. Mi único consuelo de idiota, mi única revancha de inútil era saber que Marga se equivocaba al rechazar mi amor, ese amor que jugaba por ella al fútbol, que leía por ella la poesía de los poetas suicidas, que perdía por ella el apetito.
La noche anterior a la final del campeonato de Portacoeli Santi despertó a toda mi familia aporreando la puerta de nuestra casa. Habíamos llegado a la final como hasta entonces: haciendo una coreografía de ballet, humillando a nuestros rivales. Yo esperaba que la tarde siguiente obtendríamos la triple corona de nuestros míticos campeonatos de verano, aunque teníamos enfrente a un buen equipo.
Adolfo se había estrellado con el coche en una curva funesta a dos kilómetros de la urbanización. Nosotros llevábamos un catastro privado de desastres en aquella curva. El accidente de un primo de un amigo en una moto. El siniestro total de un vecino de un conocido. La muerte de un exnovio de una exnovia. Adolfo y compañía se marchaban de madrugada a seguir la farra en los chiringuitos del mar. Habían dado al parecer varias vueltas de campana, y los ocupantes del lado derecho habían muerto en el acto. Marga viajaba delante, junto a Adolfo, en el asiento del copiloto. Enterramos a Marga a la mañana siguiente en el cementerio Municipal de Valencia. Recuerdo entre brumas dos cosas por encima de todas. En primer lugar, hacía un día de intratable poniente que había achicharrado las flores de las tumbas y de los panteones. En segundo lugar, que no derramé una sola lágrima. Sólo tenía un hueco en el pecho. Como si estuviese ayunando sentimentalmente desde un mes atrás. Era algo parecido a una atroz hambre sin apetencia ninguna. Cuando los albañiles terminaron de cementar la boca de su nicho, el padre de Marga no pudo escribir sobre el engrudo fresco su nombre y las fechas que resumían su paso por el mundo. María Margarita Martínez Fusach. 1963-1979.
La final de Portacoeli no fue como el resto de los partidos. Todos estábamos tristes y exaltados. La desgracia nos había inoculado en la sangre la pócima perfecta para salir a un campo de fútbol a ganar un partido: unas gotas de profunda amargura y varias cucharadas de euforia sin razón. La euforia de los vivos. La euforia de los que han escapado a la desgracia. Lo formulaba con vergüenza en el rincón más apartado de mi pensamiento, pero lo formulaba: Marga se estaba pudriendo en su tumba y yo estaba allí, con las botas de tacos de metal, con el equipaje de mi equipo de verano, con mis amigos de toda la vida. Nosotros éramos los vivos, los elegidos hasta ese instante. Los inconquistables. Marga estaba muerta, y con ella se había muerto una parte de mí, pero la parte que quedaba viva resultaba infinitamente más grande. Adolfo estaba en el hospital, con las piernas rotas, sin bazo y con la cabeza abierta, pero nosotros estábamos allí, jugando a lo que más nos gustaba. Nuestra euforia era la alegría de los supervivientes. Eso es la juventud: egoísmo, desenfreno y muerte. Vida, sinrazón y humo. Eso era.
Para la ocasión de la final, nos encontramos camuflados bajo el nombre de Hendaya a unos conocidos de la primera división juvenil: el San José de Calasanz, un equipo excelente y conjuntado. Gente que jugaba junta durante todo el año. Y se acabó el ballet. Se acabaron las florituras. Se acabó el pasear bajo la sombra amable de los frondosos tilos. Nada de goleadas ni de risitas de conejo después de adornarnos. Hubo que ponerse a trabajar, a correr. Por vez primera jugamos a remolque: nos marcaron en la primera parte, y nos pasamos el resto del partido dando y recibiendo. Fue un buen partido. Un gran partido de juveniles. Lo mejor que se podía ver por aquellos años en toda la provincia de Valencia. A diez minutos del final Sixto hizo uno de su juegos malabares y se plantó delante del portero con la pelota controlada, lo dribló y cuando fue a chutar dos gorilas del Calasanz le hicieron penalti. El árbitro lo pitó.
Sixto ha muerto ya y desde el día de nuestra final han pasado más de veinticinco años. Un cáncer de pulmón se lo llevó por delante no hace mucho, después de haber estado a vueltas con la quimioterapia durante un tiempo. Yo no lo vi en la época de su enfermedad. Me dijeron los amigos comunes que estaba calvo por los citostáticos, pero que nunca lo vieron de rodillas. Al contrario, cada vez que se lo tropezaban por la urbanización les decía que pensaba salir adelante. Él siempre sabía lo que había que hacer. Él pedía el balón y se marchaba derecho hacia la portería. Como tienen que hacer las estrellas de cualquier firmamento.
Supe de su entierro por los periódicos, y más tarde hablé con los amigos que habían asistido al cementerio. Sé que uno de sus hijos es idéntico a como era Sixto por la época de nuestro equipo. Fueron a despedirlo los viejos camaradas del Valencia. Acudió Tendillo. Y Arias, el líbero que estaba hecho de bambú y había sido el capitán de aquel partido contra el Barcelona. Ya no recuerdo los años que llevábamos sin vernos Sixto y yo. Se casó, me casé, se separó, me separé.
Hará diez o doce años nos encontramos de parranda en la discoteca Jardines del Real. Cada vez que nos veíamos, como siempre sucede con los viejos amigos de la infancia, dábamos por sentado que acabábamos de despedirnos y reemprendíamos la conversación en un punto que no hacía falta recordar. De modo que entonamos nuestro como decíamos ayer y nos contamos entre copas la vida mutua que nos habíamos perdido.
La tarde de la final Sixto colocó el balón en el punto de penalti. No hacía falta ningún concilio de emergencia para decidir un lanzador. Los penaltis los tiraba Sixto. Las faltas al borde del área las tiraba Sixto. Los corners que no quería rematar los tiraba Sixto. Pero aquella tarde me acerqué a él y le dije que yo lo lanzaría. Se lo quería dedicar a Marga. No sé que autoridad vio en mí, no sé qué resolución rabiosa, pero el caso es que se apartó y me dejó el balón sobre la mancha blanca de la cal, un poco descentrado hacia la izquierda.
Durante nuestro último encuentro en la discoteca de Jardines hicimos un recuento acelerado de nuestros avatares. Él había peregrinado por equipos de segunda y tercera división tratando de alargar su carrera: el Elche, el Palamós. Yo me había hecho profesor de literatura, para enseñar a quienes no querían aquello que no había podido aprender por mi cuenta. A la tercera copa, nos juramos que el mejor equipo de nuestra vida había sido el de los torneos de veranos, y el mejor verano de nuestra vida el de aquella final de Portacoeli. Con los vapores del alcohol nos pusimos melancólicos. Me confesó que le había faltado un poco de suerte. El poco de suerte necesaria para buscar la suerte propia. En el fútbol, en su vida privada, en los negocios.
Cuando nos despedimos me repitió que habíamos sido un gran equipo. Nos abrazamos como si acabase de marcar un gol y no me dijo nada más. Estoy convencido de todo aquello. Así te lo digo, como quiera que te llames y en donde sea que escuches este réquiem sin música: fuimos un gran equipo y también nos faltó un poco de suerte.
Todo es cuestión de un poco de suerte. Un poco más de suerte. El poco más de suerte que Marga habría necesitado para no haber subido al coche de Adolfo.
El poco más de suerte que Adolfo debería haber tenido para no salirse
en su
curva maldita. El poco más de suerte que a Sixto le habría hecho falta
para
vencer el cáncer de pulmón. El poco más de suerte que yo habría
necesitado
para no echar fuera el penalti y empatar el partido. Un palmo apenas:
tres
dedos junto al poste en mi disparo raso, seco y frío. El poco más de
suerte
que habría hecho que Marga me amase. Pero eso es la juventud, eso es la
vida: la ocasión de desear un poco de suerte. Un poco más de suerte

60 comentarios:

chema dijo...

No tengo nada que aportar a este tema.
Buenos días a todos.

celia dijo...

cada cual tiene la certeza de que los veranos ya no son iguales a los de antes: la luna de las noches es menos anaranjada, y el jazmín aturde menos, y la piel no se electriza con la misma fuerza, y el amanecer nos sorprende a todos más cansados.



Mágico y sutil.
Tiene razón el autor. No es cierto que el mar sea el mismo todos los veranos.

soni dijo...

Buenos días.....ya saben que aprovecho estos momentos para saludarles...mucho curro y mi ordenata aún sin configurae...con suerte para cuando acabe este contrato me lo configuran....
El Sixto este "ye" un desconocido para mí....pena lo que le pasó....igual que a otros tantos desconocidos....
Leo el blog por alto, no me da tiempo a más....
Sigo deseando Sueños de Algodón, aunque sea por las mañanas....
Besos a todos....les añoro

soni dijo...

Sin embargo el Pelusa hay sigue al pie del cañón......bravo por él!!!

mecanikong dijo...

Me he emocionado.
Gracias.

marquesdecubaslibres dijo...

Rafa, como ve, somos muchos los que admiramos al Valencia. Incluso a pesar de esos presidentes de meyba, camiseta de tirantes y palillo.

Simón Suerte dijo...

Mecanikong gracias a su comentario me decidí a leer el largo post del día de hoy, !menos mal que lo hice¡ Fantastico, yo también me he emocionado.

Fernando Terreiro dijo...

¡Que bueno el relato! Dias como hoy esto merece la pena.
Todos los que hemos sido deportistas hemos jugdo partidos en circunstancias difíciles, de muertes próximas que nos haciían decir: hoy jugaré el partido de mi vida. Luego a lo mejor lo hacías, o a lo mejor el rival era mejor y por mucho que hicieses...

Por otra parte obvio es decir que todos emos amado. Que todos hemos realizado tantos calentamientos con el rabillo del ojo puesto en la banda para ver si ella estaba allí. Qué te sentías el único de ese conjunto de adolescentes en ebullición con alma de poeta.

Fernando Terreiro dijo...

Prometo a partir de hoy corregir todos mis textos antes de postearlos.

Pierino dijo...

Sixto y Terra Mítica. Por el mismo camino.

soni dijo...

Eso también lo prometí yo, Fernando y no lo hago....
ATS ya se fue a las 13:30....alegría!!!!!....llega a las 9:30 y se va a las 13:30.....eso sí: es majíssssima!!!
Siento no aportar nada al post de hoy, pero desconozco al personaje y , con perdón al Valencia no lo sigo....
Besitos y que den las 15:00 de una vez!!!!!!!!

fanny dijo...

Si hago balance, considero que soy afortunada por la época, país, amigos y familia que me ha tocado en la lotería de este caprichoso mundo.
Aquí y ahora.
Como decía mi tía: para atrás ni para coger impulso.

fanny dijo...

Catalino: las chicas ya hemos comprado café y naranjas.
Vd pone la flor?.
Le esperamos.

pipurrax dijo...

Pobre Marga. Sucumbió al encanto de los sociópatas.

TheoSarapo dijo...

Me encanta la precisión con la que se describe la vida en el vestuario de un equipo de fútbol. Me encanta cómo se describe la brutalidad de la adolescencia.Me encanta cómo se describe la contemplación de la adoelscencia. Me encanta el tono distante y escasamente cálido del relato.
Y sí, como dice pipurrax, me gusta cómo se perfilan los psicópatas en nuestras historias personales.
Mi generación queda retratada con acierto, pienso yo, ahora que contemplo una foto de los juveniles del Atlético de León de donde un par de centrocampistas se borraron hace tiempo.

Caín dijo...

Suelo vagar de blog en blog, leo y leo, con una agradable sensación de invisibilidad. Sólo aquí me he hecho carne. Leyendo el texto de hoy recuerdo el porque.

Soni, Chema: No basta con ver la afoto para escurrir el bulto con excusas cutres. Lean el texto. Si después de eso tampoco tienen nada que decir es que están muertos. Y no seré yo quien los resucite, no estoy para esfuerzos vanos.

El ártabro mirón dijo...

Qué adolescente no tuvo una Marga en su vida, quién no sufrió el tremendo mazado, la patada en la cara, la inexplicable (teníamos diecisiete años y éramos inmortales), pérdida de un amigo inseparable., quién no soñó durante meses con ese amigo que se presentaba todas las noches en nuestros sueño y nos convencía de que todo había sido un equívoco, que el realmente seguía vivo. Quién no esperaba ansioso la noche para volver a hablar con Javier, para reanudar la conversación que había sido abruptamente cortada por el despertador. Quién no volvió a sufrir de nuevo la pérdida cuando dejó de presentarse a la diaria cita nocturna.
Jambrina, me ha hecho usted llorar, pero se lo agradezco.

TheoSarapo dijo...

Me alegro de que les guste la historia pero el autor se llama CARLOS MARZAL y es un conocido escritor valenciano. Y valencianista. Otro conocido de Rafa 71. Como el buen Gallud y sus humoradas.

Rafa71 dijo...

Ufffffffffff. No lo esperaba. Gracias Juanjo.

chema dijo...

Caín dijo:
Soni, Chema: No basta con ver la afoto para escurrir el bulto con excusas cutres. Lean el texto. Si después de eso tampoco tienen nada que decir es que están muertos. Y no seré yo quien los resucite, no estoy para esfuerzos vanos.
_________________________________
Por alusiones.
Que estoy muerto, en el sentido en que usted lo dice, es algo que pienso con cierta frecuencia y tal vez sea así. Pero no le corresponde a usted decírmelo.
No he escrito después de ver la foto como dice, tal vez es lo que suele hacer usted. Lo he leído y hace unos minutos lo he vuelto a leer.
¿Se supone que me tengo que emocionar?
Un equipo de fútbol, una muchacha, un chico que se enamora de la muchacha, un accidente de coche, un delincuente y uno que falla el penalti.. Vale.
Que en la vida hace falta suerte... ya me había dado cuenta.
A lo mejor es que me sé desgracias peores, a lo mejor es que podría contarlas pero no me da la gana.
Hasta puede que usted tenga una inaudita facilidad para juzgar a los demás y decirme a mí que estoy muerto.
Yo me reservo mi juicio sobre usted.
Sus esfuerzos, vanos o no, se lo mete por donde le quepan.

Me voy a jugar al fútbol, entre otros con Jambrina y la verdad es que lo del fútbol cada vez me gusta menos. Creo que soy de los que van por inercia...no hay chicas en la banda.

Buenas tardes a todos, también para usted caín.

Caín dijo...

Chema: Compruebo que está usted vivo y tiene la sangre caliente. Enhorabuena. Piense que mi comentario nunca se basa en la realidad, sólo en mis impresiones tras lo que leo.Ya sabe que: cuando un desconocido te regala flores, eso es....impulso.

marni dijo...

Soy afortunada, las desgracias no me han acompañado en la vida, sòlo algunas que yo me he querido imaginar.
Caray, Chema, ya me gustaría volver a ser chica de la banda o de la grada , aunque fuera por un día y mirar a los chicos jugando, corriendo y transpirando...y mirando de reojo.

marni dijo...

Hoy he oído comentar que los médicos se volvían/nos volvíamos más biologicistas cuanto más vapuleados habían sido(sentido) por sus pacientes. Esto lo decía un psiquiatra, en concreto hablando de psicofármacos versus psicoterapia, pero es extensible a otros campos de la medicina como por ejemplo la de familia.Yo estoy de acuerdo.¿Qué opinan ustedes?

Simòn Suerte dijo...

Marni, no lo tengo tan claro, mi experiencia personal me dice que son los médicos más biologicistas los que peor tratan a los pacientes, ya desde el inicio de su practica clinica, y por eso acaban en el biologicismo, por que es donde más comodos se encuentran. Y son sus actitudes prepotentes y con una total ausencia de empatia las que generan la mayor parte del vapuleo, en más de una ocasión merecido (en mi residencia roté con muchos médicos que se merecian muchas más malas contestaciones de las que recibían). Por supuesto que hay pacientes gilipollas, e insoportables, pero son una minoría, no podemos justificar nuestra mala leche contra la generalidad de los pacientes por unos pocos imbeciles.

Rafa71 dijo...

Estuve en aquel partido. En la grada de pie. Entonces se vendían más entradas de las disponibles y el gol provocó una avalancha brutal. Fue un enorme e inesperado golazo. Lo cierto es que no era Zubizarreta el portero, sino Urruticoechea. El también infortunado Urruticoechea, que como la mayoría de ustedes sabe murió en accidente de coche en la madrugada del 24 de mayo de 2001. Inolvidable fecha: justo en ese momento, miles y miles de valencianistas volvíamos de Milan.

El ártabro mirón dijo...

Fernando Terreiro dijo...

Prometo a partir de hoy corregir todos mis textos antes de postearlos.

Fernando, ni se le ocurra, no sea insolidario: ¿qué quiere? Dejarme a mi sólo de “pringao”.
Deje las correcciones sintácticas y estilísticas para Jambrina, que es un perfeccionista.

mecanikong dijo...

La verdad es que a los médicos de familia nos faltan a veces las ganas para intentar otro tipo de tratamientos que no sean las pastillas. Un caso típico es la prescripción de ansiolíticos y antidepresivos en la ansiedad y el insomnio. A nosotros nos consultan muchos síntomas que son debidos a problemas de la vida diaria, que en principio no deberían tratarse farmacológicamente, o si de hace, debería ser por breves periodos de tiempo e intentando que el paciente no se enganche a la pastilla. Pero...Falta tiempo en la mayoría de las consultas (5-7 minutos por paciente), la gente demanda pastillas milagrosas para ayudarles a afrontar los problemas cotidianos, ¡a veces quieren solucionarlos ya!, y no estamos bien formados en psicoterapia.

¿Por qué siempre las Margas se enamoran de los cantamañanas?

marni dijo...

No, no, esta persona se refería al "vapuleo" del paciente enfermo, la hostilidad, la rabia que proyecta sobre el terapeuta y el desconcierto (el "queme" a lo largo del tiempo)que en este se produce.Para ser más exactos, la conversación empez´ó hablando de los borderline.
Caín, ¿qué es lo que le anima a hablar en este blog, que no en otros?
Arturo, casi todos nos avergonzamos al menos de alguna parte de nuestro cuerpo.

Caín dijo...

Estas son mis razones, Marni:
1)Los cuentos del juanjosé me gustan.
2)En la mayoría de los blogs, interesantes o no, no escribe nadie (0 comments). Supone una excesiva responsabilidad y alteraría el tono de cualquier intervención.
3)Los participantes, en general,no me impresionaron como "profesionales del comentario". Este habitat, me parece espontáneo y amateur. Eso me gusta.
4)Me hicieron reir las batas blancas.
5)Catalino.

chema dijo...

Cualquier médico de familia por muy biologicista e incluso por muy torpe que sea hace más psicoterapia con un paciente que la que haga el psiquiatra.
Simplemente el paciente se presenta en la consulta del médico de familia cuando le quiere con solo pedir cita e incluso sin pedirla y se le dedica mucho más tiempo y se practica más psicoterapia que el psiquiatra con sus 20 minutos cada 4 meses.
He dicho.

El ártabro mirón dijo...

Caín, los cuentos de Juan José le gustan, vale, pero el de hoy le ha tocado especialmente. Se palpa en el ambiente, flota por el blog: ni una gota de acidez, respuestas ponderadas y medidas que rayan con ese paternalismo que tanto le disgusta. Sospecho que en su vida también hay una Marga y/o un Sixto.
Sincérese hombre, aproveche el “impulso” aunque sólo sea literario.

El ártabro mirón dijo...

Chema no ponga la mano en el fuego por todos los médicos de familia. Los hay muy buenos, buenos, regulares, malos y...el mío que me atiende dos minutos y después de diez años aún no sé de que color tiene los ojos. Nunca los levanta de la mesa.

chema dijo...

Yo voy a beber un Ribera del Duero.
Jambrina, Mecanikong, Soni y Damaoscura (los nicks más cercanos) están invitados... los demás también.

Caín dijo...

Estoy borracho, Artabro y me ha dado llorona. Esa es mi coartada. Tras este etílico paréntesis, retomo la quijada. Ya veo que el dolor le pone.
Chema, ¿toi invitado?

chema dijo...

Acerquese Caín, todavía podemos arreglar nuestras diferencias.
El Ribera me pone más vivo.
:-)

recién llegada dijo...

Leyendo el inmejorable relato de hoy me venían a la memoria los veranos cuando niña. En un pueblo pequeño por aquel entonces (hoy casi Manhattan por culpa del urbanismo), donde había pandillas de "veraneantes" y de "los del pueblo", cuando las comillas implicaban aún cierto tono. Nos agrupábamos por edades, y mirábamos a la de los mayores con envidia y admiración, porque a ellos les dejaban hacer más cosas y...por qué no admitirlo, en ella siempre estaban los chicos más guapos, que invariablemente hacían surf, por los que acabaríamos suspirando al menos una vez al día durante todo el verano.
Empezaba la adolescencia y mi grupo se trufó de adolfos y de la extraña sensación de hacer cosas prohibidas,para acabar diciendo no.

mecanikong dijo...

Ejem, ejem,...que digo yo que hoy tiene usted razón EN TODO, Chema.
Los médicos de familia, sin ojos ni piernas, hacemos la mejor psicoterapia del mundo.

fanny dijo...

Por vacilar:
para relatos de estío...
Verano Azul.
Bea se enamoró de Pancho.
Y al pobre Pancho, la realidad le superó.

devisita dijo...

Vds que saben mucho de esto.
¿Podrían señalar las reglas no escritas de los blogs?
P.ej.:
- prohibido el tuteo

1, 2, 3...

pipurrax dijo...

En realidad el futbolista de la foto ya tiene cara de muerto.

TheoSarapo dijo...

Pipurrax, no sea malo. Hay que contar al personal que Pipurrax también conoció las mieles del fútbol y las carreras por la banda. Le decía el trainer: "tú, de delantero centro, que tienes la cualidad de la altura".

catalino dijo...

Vengo echando el bofe; corriendo la banda; hablando sólo; maldiciendo.
¡Las que me he perdido! Malvados sinos del currante; empero...
las que me quedan en el cerebro,
cerebelo y bulbo sin bajar a los palillos para darle al cuero.

Orden.
dama oscura (le pongo si sale entre las sabanas de holaanda)
Caín, (si el amor es puro no importa el seso)
¡qué nervios! meboqueao.

Les debo:

Un parto en primera linea.
Mi partido ( el que no olvido) en los Escolapos de Valencia.
Paseo nudista del Cabo de gata.
Fuuuuu... tantas y tantas dendritas con axones activados en línea.

fanny dijo...

Todas las noche en TCM a las 21:00 horas canarias un peliculón:
Cayo Largo (hoy), La Jungla de Asfalto (ayer), El Halcón Maltés(antes de).
¡Buena suerte!

pipurrax dijo...

El entrenador de nuestro equipo El SEIPROL (seguridad y protección laboral), lo que prefería eran los patadones al cielo: ¡qué rica va! le oíamos decir.

DamaOscura dijo...

Por fin tengo un ratín para disfrutarles…
Hoy cambié el momento sofá-familia-tele por leer el relato. No sé si hice lo adecuado; lo cierto es que me encantó. Luego le doy un achuchón a la mami para compensar.
Creo que todos nos hemos sentido un poco identificados con la historia de Carlos Marzal; la mayoría lo habéis dado a entender. En mi caso, los veranos de adolescente transcurrieron en Cudillero y pueblos cercanos. Jugaba al fútbol muy de vez en cuando (no metía goles, pero sabía estorbar al contrario) y Marga se llamaba Daniel. Sólo a los catorce se puede suspirar así por alguien. Yo le sacaba 10 centímetros de altura y probablemente unos 15 kilos de peso, pero para una soñadora eso era lo de menos. Dos diarios llené hablando de lo que sentía por aquel chavalín.
Menuda panda éramos; a su lado, los de verano azul, unos principiantes. Cuántas excursiones en bici, a la playa, al monte y adonde llegásemos. Cuántas partidas de billar. Cuántas escapadas a medianoche. Siempre me sumergía en aquellos ojitos de agua...
Pero Daniel se fue con la prima de mi mejor amiga, que era delgada (más bien ruinuca, que diría mi abuela) y superchachi. Fernando, el otro chico del grupo, intentó robarme el beso que había guardado y soñado para Dani.
Aunque tiempo después logré, por fin, tenerle entre mis brazos, ya no fue lo mismo. Mi amor adolescente había caducado.
Buenas noches a todos. Gracias por leerme.

Fernando Terreiro dijo...

Mi historia:
Yo he jugado a baloncesto. Durante algunos años se organizò una Liga Nacional Universitaria que no cuajó porque esto no son los EE.UU. ni nosotros éramos jugadores para la NBA. Pero no éramos malos. El primer año ganamos la liga en una fase final allá en Oviedo (siempre nos alojábamos en un hotel en un pueblo que se llamaba El Berrón). el segundo año fuimos segundos, nos ganó la UPV y fue mi mejor temporada y mi mejor fase final, en Málaga.

El tercer año Isidoro tuvo cáncer. Murió muy poco antes de ir a Canarias a jugar la fase final en La Laguna. Era un tío noble y sano que no parecía universitario. Como su plaza estaba pagada (tenía ficha y era uno más aunque no jugó ni un partido) su novia vino con nosotros a la fase final y le pagaron el viaje a una amiga. Por supuesto estábamos conjurados para quedar primeros para dedicárselo a ella y a Isidoro. Señalar al cielo como hacen los que meten un gol y se les ha muerto alguien. Pero nuestra cuesta abajo nos venció y quedamos terceros. Yo jugué fatal. No recuerdo ni siquiera quien nos ganó ni a quién ganamos. Solo me queda el recuerdo de las tardes por la isla, viajando en un coche de alquiler unos cuantos del equipo y las dos chicas, de subir el último día el Teide como si fuera el Everest por la tremenda resaca. No las volvimos a ver, de vez en cuando, como hoy, el recuerdo de Isi me asalta y no sé muy bien que hacer con él, como con los de todos los amigos que murieron jóvenes.
Los jueves voy a jugar un partidillo, el maldito gemelo no se me cura y no aguantó ni quince minutos. O puntos 0 rebotes demasiados años.

catalino dijo...

C.,s.,f.,m.,r'll.,d.,d. hoy estoy muy cansado. Dejo abierta y limpia la cafetera, sé que la aprieto mucho y no puedes abrirla aunque la pongas en el pecho; haz tú el café y maquíllate al volver que estaré la tarde y la noche en casa.

Les leo, saludo, me acuesto, seguiré...

(Gallupin Gallupin no me tires de la lengua...)

soni dijo...

Buenos días: Caín, por alusiones: tal vez esté más muerta que viva....como no me conoce no me juzgue, please....semana muy mala y poco tiempo para lñeer los post...espero hoy poder escribirles a la tarde con calma.
Como dice mi queridísssimo Chema: HAY DESGRACIAS MUCHO PEORES...cada uno vive su desgracia personal...como una vivencia horrible...luego llegan los problemas e salud serios y a uno todo le parece una payasada....disculpe que me preocupe más por mi propia salud y la de allegados co grandes problemas que por la de eses futbolista, que a decir verdad: me es indiferente....tan indiferente como una "gallina" (pobres gallinas, pero tengo unamigo que cdice que son insulsas e indiferentes y me hace gracia).
Lo dicho, buenos días a todos y al final de la cta si tengo time les escribo.
Si no nos vemos a la tarde-noche.
Chema: siento haber declinado ayer su invitación a un Ribera del Duero...céame, no era el mejor día.
Besos y buena mañana a todos.

soni dijo...

Fernando, como puede ver sigo publicando sin repasarlo y me como y añado letras al tun-tun. Enequéctica.
Lo dicho: Buenos Días

fanny dijo...

Buenos días!
El temporal de estos últimos días arrastró 400.000 metros cúbicos de arena en la maravillosa Playa de Maspalomas.
La pobre playa se ha quedado de pena.
Los recuerdos se fueron al fondo del mar.

Ventura dijo...

Jambrina, ya tengo los billetes para el 23. Las invasiones bárbaras, más que el declive del imperio americano.

dum dum Pacheco dijo...

Con un poco de suerte. Buenísimo. 10 sobre 10.

Simón Suerte dijo...

Siempre he sido más bien torpe jugando al fútbol, lo cual me colocaba automáticamente en los últimos puestos de escalafón social de la clase. Recuerdo como siempre era elegido el penúltimo en los eternos partidos que jugábamos en el recreo, veinte contra veinte en un campo de piedras y con un balón prestado por el profesor. Por eso, pronto huí al baloncesto, al balonmano, y al karate, donde me defendía mucho mejor.
Mi me mejor recuerdo deportivo lo tengo en el baloncesto, en 7º EGB yo militaba en el Ibáñez Martín B, lo que indica que había un Ibáñez Martín A, los mejores, nosotros eramos los descartados, los de peor nivel. En la liga entre escuelas ellos quedaron segundos, nosotros penúltimos. Pero hubo un trofeo para celebrar el aniversario del colegio, y como por obra del destino alcanzamos la final en la que nos enfrentamos, como no, al equipo A. Ellos no tenían ninguna duda de su victoria, siempre nos habían ganado, eran mejores. Pero, nosotros hicimos el partido de nuestra vida, nos entraba todo, defendíamos como leones, estuvimos delante en el marcador durante todo el partido de forma clara. Aún recuerdo la expresión del rostro de los A, mezcla de rabia, impotencia y sorpresa,sobre todo esto último; aún recuerdo nuestra alegría y nuestros abrazos al finalizar el partido; aún recuerdo el gesto de satisfacción del entrenador después de una temporada, en la que habíamos sido vapuleados una y otra vez por el rival… pero ese día... sí tuvimos suerte.
De eventos tristes como el fallecimiento de dos amigos, con menos de 25 años por el cáncer, prefiero no hablar en el día de hoy.

soni dijo...

Buenas tardes ya....acabado el trabajo del día...pendiente delas 15:00 horas.
Mucha tensión y tristeza se respira en este blog de ayer y hoy....mucho de nada y mucho de todo...
Experiencias dolorosas las tenemos TODOS...más vale obviarlas y seguir tirando pa alante...la vida es muy jodida, y según nos hacemos maduritos mucho peor....Caín, siento decirle que el post no me aporta nada que no sepa; simplemente no tengo nada que opinar al respecto.Las tragedias propias y ajenas las vivimos a diario por nuestra profesión y nuestras vivencias....sé que le soy antipática, pero no es mutuo, simplemente le veo demasiado seguro de sí mismo....suerte???.....no sabría qué decirle.No obstante yo también le invito al Ribera del Duero.
Chema: como siempre estupendo.
Como dice Aute al iniciar las "Cuatro y diez": "que Dios reparta suerte y va por ustedes".....
Espero verles a la tarde.

El ártabro mirón dijo...

REIVINDICACIÓN DEL BLOGGERO CAÑERO
Últimamente, algunos de los bloggeros habituales, entre los que me incluyo, nos revolvemos ¿molestos?¿Heridos en nuestro amor propio? En fin, no sé por qué causas, pero nos revolvemos tras las incisivas intervenciones de Caín. Bien sé que Caín, no necesita amigos, ni enemigos, que lo defiendan , se basta el solito para hacerlo. Aun así quiero romper una lanza en su favor.
El blog de Jambrina ha tenido, en muy pocas semanas, un gran éxito que supongo habrá superado sus expectativas más optimistas. A mi juicio éstas son las claves:
1.- El propio Jambrina y los inteligentes, amenos y variados post que ha ido colgando.
2.- Los amigos de Jambrina. Un grupo excepcional por su número, formación, sentido del humor, sus aportaciones al blog y la capacidad de asimilación de las nuevas incorporaciones.
3.- Los amigos de los amigos de Jambrina tan valiosos como los anteriores.
4.- Las nuevas incorporaciones, los que fueron llegando en un lento goteo (aquellos a los que la “Buena Nueva” nos llegó por diferentes vias) y que, en un notable número, se fueron haciendo habituales aun sin pertenecer a la cofradía fundadora.
5.- El huir de la controversia política.
Todo lo anterior está muy bien pero, en la virtud incluía el riesgo; éstas condiciones, por sí solas, podían convertir el blog en un grupo complaciente de amiguetes, un coto cerrado del buen rollito, un lugar para mirarse el ombligo. CONCLUSIÓN: de no existir Caín, había que inventarlo. Él es prácticamente el único que pone el contrapunto cuando el almíbar amenaza con ahogarnos. Confieso mi admiración por su facilidad para sintetizar, con sólo una escueta y acertada frase, todas las intervenciones del día (no puedo olvidar el resumen magistral que, en sólo tres líneas, hizo el día de los pingüinos homosexuales). En capacidad de síntesis, pero con otro estilo, sólo se le parece Catalino.
Confieso que algunas veces una terrible sospecha cruzó por mi cabeza ¿no será Caín, el mister Hyde del doctor Jekill (Jambrina)? ¿En su plan magistral, no estaría incluida la creación del personaje? Pero...no, imposible, ambos son genuinos, ambos diferentes y, en mi opinión, ambos imprescindibles.

Jorge dijo...

Hola. soy de Elche y decir que la historia narrada es realmente buena y nos recuerda a todos un poco de como hemos vivido la vida , como eramos de jovenes.Si ante no habia escrito aquí y firmado mi pequeño relato era por que no habia visto esta pagina.Los aficionados al elche y los de aquella epoca vamos que si lo recordabos,,,no sabeis las veces que se oyeron los cantico en la temporada 87/88 en el entonces campo del elche nou estadi, hoy Martinez valero aquello de,, sixto gol,sixto gol,sixto gool, sixto gol, sixto gol,sixto gool, sixto gol, sixto gol, sixto gool six,,,to,,, gooollll!!!!!, vaya que si lo recuerdo y muchos lo recordaremos de los que acudiamos al canpo en aquella epoca.Sixto,, realmente te recordamos allí donde estés,,y en en el ultimo momento la suerte te fue esquiva y te fuiste, pero seguro que en algun sitio estaras jugando y metiendo golazos como los que metias vestienlo la camiseta blanqui verde.siempre nos acordaremos de ti,,, creo que en muchos aspectos de la historia relatada muchos nos hemos sentido edintificados,, y yo tambien tuve ese amor de verano o de intstituto o ese primer amor de adolescencia que no sé si por ser el primero o por que nunca se olvida,,,,yo la encontré en el instituto,, el de la asuncion allá por 1990, primeros de octubre
primero de bachillerato y estaba sentada a mi derecha, la primera vez que la vi, ella estaba de perfil,fue la cosa mas bonita y que mas me ha gustado que he visto y veré... Se llamaba y se llamará supongo, por que hace 10 años que no la veo,, Clara Vanessa Campello Gomis,, nunca la olvidaré.Ella x aquel entonces 14 años, yo 15
nunca la olvidaré . ella tenista, yo atleta por aquel entonces, de los buenos de la comunidad, mas tardé fui ciclistatambien federado. No recuerdo nunca haber tenido con ella una conversacion de acercamiento,,nada, realmente solo me conformaba con verla..No supe acercarme, muy timido yo x aquella epoca,,malos entendidos años despues tuve un ultimo encuentro con ella, realmente embarazoso,,, un amigo le gastaba bromas x telefono y yo no sabia nada,fue la ultima vez que crucé algo con ella.Es y será lo que siempre quise, pero no fue para mí, actualmente no sénada de ella,,,( su padre tiene una empresa de flores que le sirve todo a la familia rela creo). Bueno. si alguna vez lee esto ella cosa poco problable, decirle que me arrepiento si x algn mal ententido ella piensa wue en algun momento le hice algun tipo de daño y que me acuerdo de ella siempre. Jorge antolin ,,, se acuerda de ti vanessa, con dos ss como a ti te gustaba que escribiesen tu nombre,,,un beso vanessa

sara dijo...

bueno quiero agradecer lo bonito que ha sido el relato,pero a veces la vida no es tan bonita yo fui parte importante en la vida de sixto ese hombre excepcional al que todo el mundo quisimos y hoy agradezco que tengo una hija de el que de por vida tendre ese trcito de el,quisiera si me pudierais ayudar a que mi hija pudiera tener contacto con sus dos hermanos sixto y sergio a los que yo quise mucho y mi hija de tan solo 7 años quiere conocer para mi es duro porque las cosas por circustancias no salieron bien el no reconocio a la nena pero ella quiere saber de sus hermanos y pienso que es algo normal ella sin conocer a su papa habla de el como a el le hubiese gustado sabe todo la historia que hizo su papa en el valencia y lo bueno que fue y lo que lo queria todo el mundo pero lo hecha mucho de menos llora y llora y para mi es duro le prometi que buscariamos a sus hermanos y esta historia la cuento este verano gracias

GUILLERMO dijo...

Hola Sara, soy Guillermo (Café Sorolla), no tengo muy buenas noticias para tí. En la última misa celebrada por la memomoria de Sixtet (gracias a sus incondiocionales madre y hermana, Isabel y Mabel), me dijeron que tanto Sixto como Sergio hace más de un año que no van a verla y no hay forma de hacerse con ellos.Lo siento. Ahora le diré al tal Pipurrax este que tenga un poquito de respeto por los que no están. Alguien dice que juegas o has jugado al futbol (aunque si tu equipo juega con "patadones al cielo" , no me digas como vais clasificados...)Volviendo a tu lamentable y desafortunado comentario:"el de la foto tiene cara de muerto", leo entre lineas algo de envidia y no sana precisamente, de cualquier forma, curiosa debe ser la cara de tu padre. Carlos no está mal tu relato, pero tal vez tenias que haber escrito un cuento de amor y adolescencia y no poner en primera plana la foto de Sixto, que por cierto falleció el 9-10-2004 en el hospital de Alicante donde trabaja su hermana Mabel. Al entierro también acudió su gran amigo Voro (actual delegado del VCF),algún directivo de su época, familiares, y SUS AMIGOS.Te diré algunos datos más sobre la vida futolística de Sixtet: 1.- 3 años Pichichi con el Mestalla 2.- Con el VCF, en Noviembre de 1985 era Pichichi con 7 goles por delante de Hugo Sanchez entre otros (por cierto lo entrevistaron en Estudio Estadio)La ficha por ser canterano era de 1.500.000 ptas. Ficharon a Wilmar Cabrera, Sanchez Torres, etc. con fichas muy superiores, fue dejando de jugar (politiqueo)y al final se quedó con 9 goles. 3.- Como dice RAFA 71 aquel gol del que hablas al Barcelona se lo colocó al malogrado Urruti. 4.- Descendió, pero también ascendió con el VCF. 5.- VCF 83-84 / 84-85 / 85-86 / 86-87 6.- ELCHE 87-88 / 88-89. En la Temporada 87-88 (ascenso del ELCHE) fue Pichichi con 21 goles. En la actualidad es el máximo goleador de la historia del ELCHE, superando los 19 goles del mítico Vavá. 7.- CARTAGENA 89-90, donde no terminó la temporada. Carlos no quiso alargar su carrera deportiva como tu dices, pero si disfrutaba y mucho del fútbol. La prueba la tienes en que se dejó el Cartagena antes de terminar la temporada y una vez aquí en Valencia su amigo "EL CHATET" (Paco Monterde)que en ese momento entrenaba al Valbonense le pidió jugara en su equipo. Así lo hizo. Al mismo tiempo hicimos un equipo de FUTBOL-7 "CAFÉ SOROLLA" donde lo ganamos práticamente todo (los trofeos los exponia en el café, pero ahora no me queda otra que tenerlos guardados en cajas) mi casa es más pequeña de lo que quisiera, aunque tego una foto en el comedor de los dos, multitud de fotos y sobre todo muy buenos recuerdos de nuestra gran amistad. Siempre estás en mi mente Six.Un abrazo. Carlos, no se quedó calvo, por los efectos de la quimio se le cayó el pelo pero le volvió a crecer. Le estirparon un tumor del pulmón del tamaño de una pelota de tenis, aunque "mala suerte": tenia metástasis. De cualquier forma Carlos gracias por acordarte de una gran persona y fiel amigo como lo fue SIXTO. Una última cosa Carlos: igual nos hemos visto alguna vez, yo he veraneado durante 25 años en Monte Alcedo y me acuerdo de los hermanos BRU.

GUILLERMO dijo...

ME CONFUNDÍ CARLOS , LA FECHA DEL FALLECIMIENTO DE SIXTO FUE EL 10-10-2004.

Anónimo dijo...

Gracias,Gillermo por intentar ayudarme a localizar a los hermanos de mi hija.Mi telefono es 665182202 cualquier noticia te agrAdeceria que me la trasmitieras. Mi hija es sixteta para mis amigas se pAreCe mucho a el,ella se llama Carla porque Sixto siempre decia que su primera novieta se llamaba asi y ese nombre le gustaba mucho. Gracias soy Sara