3 de diciembre de 2005

VICTIMOLOGIA

El mundo, sobre todo nuestro querido mundo occidental, cambió el día 11 de Septiembre de 2001 tras los atentados integristas islámicos contra los EE.UU.
La asistencia en salud mental fue uno de los servicios que mayor esfuerzo tuvo que realizar para atender a las numerosas víctimas de los atentados.
El 11 de Marzo de 2004, Madrid volvió a conocer la dureza de la ofensiva terrorista proislamista. En realidad, Madrid era ya una ciudad veterana en digerir muertes tras atentados terroristas pero nunca de tamaña magnitud.
En el año 2005, Londres fue la ciudad elegida por los bárbaros para continuar matando.
Las víctimas del terrorismo.
Al hilo de estos atentados, saltó a la palestra un concepto que la psiquiatría norteamericana había desarrollado para aglutinar una serie de trastornos emocionales que aparecían en soldados veteranos de la guerra de Vietnam: el trastorno por estrés postraumático.
Los teóricos de la psiquiatría y de la psicología se pusieron rápidamente manos a la obra y empezó a circular un notable caudal de información sobre cómo tratar a las víctimas, sobre cómo ayudar a la población asustada, etc.
La clase política no ha sido ajena a la importancia estratégica que comporta el tratamiento mediático de los atentados y sobre todo, de las secuelas. Y ha alentado la proliferación tanto de asociaciones de víctimas como la continua aparición de las mismas para dar fe de las bondades del Estado protector de sus hijos.
Entre todos, han ido construyendo una ciencia que los profesionales PSI no han tardado en bautizar: la Victimología.
Ahí queda la palabra. Del contenido poco se sabe pero sí de la rápida aparición de expertos victimólogos provenientes de variopintas ramas del saber.
Sobre las exageraciones y distorsiones que se han cometido en nombre de la asistencia psicológica a las víctimas del terrorismo se podría escribir un libro. De hecho, se escribirá. Empezando porque parece demostrarse que las intervenciones psicológicas que se han venido realizando hasta ahora y que se diseminan como la pólvora allí donde hay un suceso traumático, producen más daño que beneficio. Dicho de otra manera, son más perjudiciales que beneficiosas.
Pero casi todo son oídos sordos ante los estudios que no nos interesan.
Entre tanto dislate, el psiquiatra neoyorquino Luis Rojas Marcos ha puesto un poco de prudencia. En concreto, una notable dosis de prudencia.
Y ha advertido que la excesiva presencia mediática de la víctimas, por ejemplo puede retrasar la curación de los sujetos mas vulnerables.
O sea, que puede ponerse en riesgo la curación que tanto ansiamos conseguir.Y para ello ha tenido que encararse con los menos culpables de tanta distorsión: con los que sufren.
Rojas lo dijo:

TRIBUNA: LUIS ROJAS MARCOS
¿Condenados a víctimas perpetuas?
LUIS ROJAS MARCOS
EL PAÍS - Opinión - 28-07-2005

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En los países de Occidente, las víctimas de desgracias gozan hoy de una consideración social sin precedentes. Nunca las personas que han sufrido atrocidades a manos de sus semejantes han sido recipientes de tanto respeto, empatía, solidaridad y generosidad por parte de los ciudadanos, de los líderes sociales y de las instituciones públicas y privadas.
A través de nuestra historia, incontables hombres, mujeres y niños han sido acosados, martirizados o asesinados intencionalmente por compañeros de vida, pero hasta hace poco solían pasar desapercibidos fuera de su entorno familiar. La razón es que el uso de la fuerza bruta para solventar disputas o aplacar frustraciones era una práctica corriente y moliente. Además, para la gran mayoría de los habitantes del planeta la resignación ante los desastres constituía un mecanismo fundamental de supervivencia. La justicia y la dicha eran ilusiones póstumas. "Bienaventurados los perseguidos y los que lloran porque de ellos es el reino de los cielos", se rezaba.
Gracias a los avances de la civilización en todas sus facetas, vivir una vida razonablemente libre, segura y completa ha dejado de ser una utopía y se ha convertido en una expectativa normal y hasta en un derecho. No es de extrañar, pues, que cada día más personas se indignen ante las noticias de seres inocentes agredidos injustamente. Otro factor que ha contribuido al auge de la preocupación social por los perjudicados por la violencia fue la divulgación en la década de los ochenta del diagnóstico de estrés postraumático, verdadero emblema de los graves trastornos emocionales que afligen a personas que viven situaciones extremas de terror e indefensión. Los síntomas más frecuentes de esta dolencia incluyen la repetición incontrolable de las imágenes del ataque sufrido, la tristeza, el aislamiento social y las fobias a situaciones que puedan traer a la memoria lo sucedido. Esta alteración mental afecta principalmente a quienes padecen en sus carnes tales asaltos, pero también puede afligir a sus seres queridos y a los testigos de los sucesos.
En los últimos años se han multiplicado las asociaciones creadas por las víctimas. En Estados Unidos, por ejemplo, hay registradas unas 300 organizaciones sin ánimo de lucro muy activas, con cientos de sucursales esparcidas por todo el país, que utilizan el término víctima en su nombre oficial. Llama la atención que, en esta sociedad, la rivalidad para conseguir recursos o influencia política es tal que con frecuencia las asociaciones desvían su ira destinada al verdugo original y la dirigen en contra de agrupaciones competidoras hermanas.
A lo largo de mi vida profesional he podido constatar muchas veces la buena labor que ejercen estas organizaciones a la hora de proveer apoyo psicológico, social y material a aquellas personas abatidas por terribles desventuras. Está demostrado que cuando nos vemos obligados a afrontar los daños que ocasionan los desastres humanos, sean del tipo que sean, todos nos beneficiamos del amparo y del soporte de los demás. Las personas que se sienten parte de un grupo solidario superan la adversidad mucho mejor que quienes se encuentran solos, aislados o, aún peor, rodeados de un coro de escépticos. Que nuestros semejantes validen la realidad de la experiencia desdichada y legitimen sus efectos, nos reconforta y desde luego facilita el restablecimiento. Asimismo, la unión afectiva con otros perjudicados por la misma calamidad es provechosa porque estimula el sentimiento de universalidad. "Esta tragedia no me ha ocurrido a mí sólo", solemos pensar.
Sin restarle un ápice a los méritos y beneficios que aportan las asociaciones de víctimas, como ocurre con las mejores medicinas, con los adelantos tecnológicos más valiosos o con los movimientos sociales señeros, creo que no es prudente ignorar sus posibles efectos secundarios. Me explico.
En mi experiencia, el papel estelar y el intenso protagonismo que adquieren algunos colectivos de agraviados pueden retrasar la rehabilitación psicológica de sus miembros más vulnerables. Es comprensible que para ciertos individuos no sea fácil renunciar al poder moral y a las prebendas sociales, políticas o económicas que a veces otorga la filiación a estos grupos. Pero quienes se acogen al estado corporativo de víctima corren el peligro de desatender sus necesidades emocionales. Una situación preocupante es cuando los dolientes incorporan las ganancias secundarias a su estilo de vida cotidiano. El estatus de víctima se convierte, así, en algo por lo que vivir y en algo por lo que morir.
La solidificación y el enquistamiento del carácter de víctima suponen un pesado lastre que debilita y estanca a las personas en el ayer doloroso, manteniéndolas esclavas del miedo, del rencor y del ajuste de cuentas. La obsesión crónica con los malvados que quebrantaron sus vidas les impide cerrar la herida y pasar página. Pasar página no implica negar ni olvidar el ultraje, sino entenderlo como un golpe doloroso ineludible, de los muchos que impone la vida, lo que facilita su inclusión en la propia autobiografía como una terrible odisea, pero una odisea que fue superada.
Es un hecho que los perjudicados por sucesos traumáticos que obtienen el pasaporte de víctima temporal se recuperan mejor que aquellos que, consciente o inconscientemente, se aferran a esta nacionalidad por un tiempo ilimitado. En general, quienes pasan del estado subjetivo de víctima al de superviviente en un periodo aproximado de un año, y perciben los agravios del ayer como crueles desafíos que vencieron, retoman antes el timón del barco de su vida.

Como el recorrido impredecible que sigue la hoja al caer del árbol, el rumbo de nuestra vida a menudo se altera por infortunios inesperados que quiebran nuestro equilibrio vital y nos convierten en víctimas. En estas circunstancias, la mejor ayuda que podemos recibir es la que incluye comprensión, apoyo, respeto y estímulo para recuperar cuanto antes la capacidad de forjar, nosotros mismos, nuestro destino.


Luis Rojas Marcos es profesor de psiquiatría de la Universidad de Nueva York.

2 comentarios:

Chema Ledo dijo...

Juanjo Jambrina:"El 11 de Marzo de 2003, Madrid volvió a conocer la dureza de la ofensiva terrorista proislamista"
El tiempo pasa rápido amigo Juanjo, pero aquel jueves negro fue en 2004.
Es curioso pero el otro día un amigo intento convencerme de lo mismo, me explicaba que lo de Madrid fue en 2003 y que podía asegurarlo porque Zapatero ganó las elecciones 3 días después y ya está a la mitad de legislatura.
El 11-M fue en 2004, claro que parece mucho más.
Por lo demás todo correcto.

TheoSarapo dijo...

Gracias, Chema. Ayuda inestimable. El tiempo, el implacable...