12 de diciembre de 2005

EXTRAÑAMIENTOS

Extrañamiento:"cuando el entorno aparece como irreal, nebuloso, extraño o insólito".
No había sabido de esa palabra hasta que JJ Millás la citó en su libro "Hay algo que no es como me cuentan" dedicado a la rehabilitación moral de la exconcejala del Ayuntamiento de Ponferrada, Nevenka Fernández, la popular Kenka. Sabía lo que eran las vivencias de extrañeza pero no el extrañamiento.Parece que vienen a ser lo mismo.
Millás quería definir con ese extrañamiento las experiencias psíquicas que Kenka había sufrido con el trato que le dispensó el alcalde de Ponferrada, con quién mantuvo unas tórpidas relaciones sentimentales. Las cosas no eran como pensaba, no eran como me había contado mi padre; de pronto me ví inmersa en un mundo que no era el mío, afirmaba Nevenka
Hay una parte final, violenta, de la relación que los Tribunales ya han castigado. Pero el extrañamiento tal y como se define, no creo que aparezca por ninguna parte del libro. Sobre todo si uno tiene en cuenta que Nevenka es una joven inteligente y despierta y que acepta un alto cargo político de forma voluntaria. No tiene porqué haberlo. Y prefiero pensar, por respeto al sentido común, que Nevenka era una mujer lista. Y creo que Millás cometió un grave error llenando de ficción un terreno que pedía pruebas, hechos reales, verdades contrastadas. Millás optó por lo más fácil, por la demagogia. No es raro. Su apellido aparece fusionado constantemente a "las vertientes sociales"; incluso cuando entrevista a Ronaldo. Demasiado para Gálvez.
Extrañamiento.
El domingo leía la introducción de un libro. "Un extraño para sí mismo" de Stefan Schmitz. Un brillante testimonio de como un hombre corriente se convierte en un monstruo. Eso sí que tiene que ser extrañamiento, pensé. Llamarte Willy Peter Reese, ser un soldado alemán en el frente ruso, con 20 años, en 1941. ¡Joder¡ ¡Qué no le parecería irreal a un hombre joven, poeta, gran lector y amante de la música.¡
Que de pronto se ve participando en crímenes atroces, que se sorprende riéndose cuando una mina despedaza a una mujer y a su vaca...
¡Qué no puede sentir un hombre en esa historia que no ha elegido¡
Durante 3 años Reese escribió poemas y cartas. En su último permiso, en 1944, pasó todo su tiempo en narrar su doloroso testimonio.Volvió al frente y ya no se supo más de él.
Extrañamiento.
Héroes y monstruos hechos de la misma terrible sustancia. Héroes y monstruos. Insoportable lección, pero cierta. Curiosamente, durante 50 años nadie se ha atrevido a editar estas duras confesiones de un soldado de la Werhmacht.Durísimas y difíciles de digerir. El revés de Millás y de Nevenka.

9 comentarios:

Chema Ledo dijo...

José Luis Gª Martín, ayer en LNE:
Después de la toma de Dubrovka, perdida y vuelta a conquistar por los restos del Ejército alemán, un soldado le quiso quitar a un oficial del Ejército Rojo sus botas de fieltro, que protegían magníficamente del frío. Pero estaba congelado y era imposible sacárselas. Entonces cogió un hacha y le cortó las dos piernas. Las colocó luego sobre la estufa, junto a la comida. Cuando la sopa empezó a hervir, las piernas se habían descongelado y el soldado pudo por fin ponerse aquellas botas. Los restos sanguinolentos que quedaron junto a la comida no le impidieron ni a él ni a sus compañeros disfrutar de la sopa.

Quien cuenta esta anécdota es Willy Peter Reese. En 1941, cuando fue destinado al frente ruso, tenía 20 años y era un joven poeta, gran lector, amante de la música.

No tardó en convertirse en un monstruo, en «Un extraño para sí mismo», como titula Stefan Schmitz la crónica de su aventura en Rusia, editado ahora por primera vez. Durante más de medio siglo nadie quiso saber nada de las confesiones de un soldado de la Wehrmacht. Ni de sus otras muchas obras, escritas en el frente y enviadas a su madre, que las iba archivando cuidadosamente. En 1942 escribe cuatrocientos poemas, trece trabajos en prosa, doscientas cincuenta cartas, lee cincuenta libros y recorre once mil kilómetros. En 1943 son trescientos poemas, ocho textos en prosa, trescientas cartas, otros cincuenta libros y nueve mil kilómetros.

Durante su último permiso, en el verano de 1944, Reese empleó todo su tiempo en redactar su hermoso y casi insoportable testimonio de cómo un hombre común se convierte en un monstruo. Luego volvió al frente. Y ya no se volvió a saber de él. Participó en crímenes atroces y escribió poemas, a veces a la única luz de un cigarrillo. Mientras sus compañeros alcoholizados hacen bailar desnuda a una prisionera rusa con los pechos embadurnados de grasa, él lee a Rilke. Cuando una mujer con su vaca es despedazada por una mina, ríe, como ríen todos, ante tan grotesco espectáculo. Al final, sólo el alcohol y la poesía le permitían seguir viviendo.

chema ledo dijo...

El libro de Juanjo Millás sobre Nevenka no merece ni un comentario más.
Antes leía a veces sus columnas después de leer el libro no he podido volver a hacerlo.
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Sufro frecuentes extrañamientos pero no sabía como llamarlos. No son lo que describe Millás en su libro, es otra sensación, es otra cosa que no sé decribirles...¿a ustedes no les pasa?

James Boswell dijo...

¿Y no sufrirá Millás de estreñimiento? Intelectual, digo.

TheoSarapo dijo...

Chema, se le olvidó el final de Willy Peter Reese. Venía unas cuantas líneas más adelante en el mismo artículo. Lo contaba un viejo que subía el tren en Avilés....

Rafa71 dijo...

Gracias por la recomendación.
Un día tuve un ataque de estrañamiento. De repente me ví golpeándole a un tío con una botella. Tardé días en recuperarme de aquél horror. No me reconocía. Fue una lección importante. Aún no sé que cable se peló.
saludos.

Chema Ledo dijo...

La 2º parte de lo de J.L.GªMartín, que reclama Juanjo Jambrina:
Frente a mí, en el tren que me lleva a Avilés, se sienta un ágil anciano. Mira con curiosidad el libro que he dejado a un lado, en portada la foto de un soldado alemán. Me pide permiso para hojearlo. Luego dice: «Se parece mucho a alguien que yo conocí, pero sin las gafas no puedo leer nada. Estuvimos juntos en Rusia. Yo había ido a trabajar a Alemania al final de la guerra de liberación y luego me alisté en el Ejército. Hubo buenos momentos entonces, junto a otros muy malos. Pero fue la mejor época de mi vida. Willy se pasaba todo el tiempo que podía leyendo o escribiendo. Yo le vi cambiar la ración de mantequilla por papel, que se le había acabado. O por un lápiz, cuando perdía el suyo. Los últimos tiempos fueron terribles. No podíamos tener piedad. No podíamos hacer prisioneros. Entrábamos en una aldea, reuníamos a todos los habitantes y los matábamos a tiros, o a golpes, para ahorrar balas. A veces había que rematar a algún superviviente. Y lo mismo daba que fuera un viejo, una mujer o un niño. Era casi una obra de caridad: le pegabas un tiro y dejaba de sufrir. Willy murió en Molodershno. Lo recuerdo bien. Yo estaba a su lado. Willy, como todos, hacía su trabajo sin ninguna vacilación. De pronto, su mano cambió de dirección y se voló la cabeza. Me salpicaron sus sesos. Se volvió loco, no hay que darle más vueltas. En aquella situación, con los bolcheviques pisándonos los talones, podía ocurrirle a cualquiera. A pesar de todo, y de lo que vino después, qué hermosos días aquellos. Daría cualquier cosa por volver a vivirlos».

martita dijo...

Extrañamiento...una mala pasada de la mente. Me parece que tiene que ver con alienación, pero este último término anda ya muy sobado, y se prefiere el primero.
Ahora, que el extrañamiento puede ser algo más fugaz que la alienación, un instante en que la certeza desaparece y una nueva luz ilumina el mundo cotidiano.

devisita dijo...

¿Qué sentiría la madre del extrañado mientras archibaba meticulosamente las cartas? ¿Qué le empujaría a guardar el relato de los horrores contados (y ejecutados) por su propio hijo? ¿Las ganas de perdurar a través suyo? Ella sí que debería sentirse extraña, alienada.

Melò Cucurbitaciet dijo...

Y existe la pena de extrañamiento, nada extraña