15 de diciembre de 2005

CARTAS MARRUECAS: Opresión


OPRESIÓN
No estaban allí para escuchar a nadie. Tampoco parecía que les importara demasiado que el centenar de asistentes al acto hubiera desafiado el inhóspito frío y los gélidos rigores bien-pensantes para presenciar la presentación del Manifest de Ciutadans de Catalunya en Girona. Minucia malévola sería argüir que no habían organizado el encuentro. Filibustera afirmación resaltar el hecho de que el alquiler de la sala de actos del Hotel Melià corría a cuenta ajena. La más que evidente opresión que desde siglos pretéritos sufren los nacionalistas catalanes en su propia tierra arrebatada justifica con creces cualquier atropello liviano y circunstancial. Uno de sus cantos más reincidentes: “Ninguna agresión sin respuesta”. Y quién negará que desde la óptica del mito fundacional catalanista, desde la creación del universo paralelo nacional, los habitantes (afectos) de Cataluña ascienden a la categoría bíblica de pueblo sufrido y sufridor, siempre dispuesto a desprenderse de los grilletes imperiales. Y en eso, las autoridades pertinentes deben de darles la razón, puesto que se encargaron de que la veintena de independentistas que irrumpió en la sala pudiera representar su espectáculo durante una hora sin sufrir daño alguno y respondiendo a su gusto ante la imaginaria e imaginativa agresión atávica, protegidos por cuatro policías de paisano. Ante tal elevación gloriosa del delirio como categoría apriorística, incluso la más tozuda de las realidades tiene sus dificultades para imponerse.
Cabe reseñar, en un apunte presencial de la representación independentista, que tanto la actuación como la puesta en escena no brillaron por su originalidad. A imitación pesebrista de los usos y costumbres de la “kale borroka”, los jóvenes intérpretes, guiados por la mano sabia de dos directores en la madurez de sus carreras (algún día se entenderá el alcance de la pederastia intelectual en la forja nacionalista), irrumpieron en la sala pertrechados con esteladas, insignias de los Maulets y un espray que desprendía un hedor pegadizo. Como curiosidad incómoda, valga confesar que por la insana costumbre de meter las narices en todas partes, este cronista ocasional recibió buena ración de la aromática sustancia. Más allá de la anécdota, el guión en tiralíneas se desarrolló dentro de los márgenes de la acción prefijada. Los insultos e increpaciones se sucedían en fanática letanía: “botiflers”, “fascistas”, “traidores”, “imperialistas”, “españolistas”, “fuera de Cataluña”. Entraba dentro de la lógica discursiva que los asistentes se defendieran del alud de acusaciones llamando “nazis” al grupo de independentistas. Eso, cómo no, fue recibido como una agresión (otra más) por parte de los defensores de la tierra. Hubo algunos momentos de caldeamiento ambiental, algarabía, amago de empujón y levantamiento de silla. Pero el argumento debía seguir su curso y no podía perderse en digresiones molestas. Antes del previsible desenlace se produjo un momento de duda y silencio. Parecía como si los Maulets se encontraran incómodos y perplejos en su interpretación. Y no era de extrañar, pues las convenciones genéricas fallaron: Llevaban más de media hora apelando al yugo imperialista, a cuarenta años de dictadura, a la opresión, a la persecución, desgañitándose con insultos a los asistentes (que finalmente optaron por darles la espalda a la espera de la bajada de telón) y...¿Dónde estaban los grises? ¿Dónde la terrible violencia de las fuerzas invasoras? ¿Dónde los interminables y escalofriantes interrogatorios en húmedos subterráneos de tenebrosas comisarías? Nada. Alguno de ellos abandonó la sala para pactar, según parece, con los cuatro policías de incógnito el final apoteósico de la función. Éste fue cantar “Els segadors” con el paradójico puño alzado. A la salida los agentes pidieron la documentación a los jóvenes Maulets, que no se negaron (más bien se mostraron solícitos) a enseñar el documento de identidad nacional. Lo que sacaron del bolsillo fue un plástico de producción casera donde figuraba su nacionalidad catalana. Luego se perdieron en la noche. Liberados.

Boadella, quien había recibido la bienvenida de los Maulets con el grito de “pallaso” (ese “pallassu”, tan divertidamente nostrat y cazalloso), constató que ésa era la realidad del país y no dudó en asegurar que los asistentes realizaban “un acto heroico” con su presencia. La inteligencia aunada con la amenidad expositiva y el humor corrosivo hacen de Boadella un orador excepcional. Impecable. Habló primero de la agresión a la libertad de expresión para buscar sus motivos en el virus inoculado en forma de nacionalismo dentro de la sociedad catalana. Un virus, por otra parte, que presentaba parecidos preocupantes con el que aquejó a Alemania en los años treinta. Este virus, “fabricado en los laboratorios montserratinos”, tiene unas características determinadas: la paranoia frente a un enemigo exterior; la recuperación del pasado sobre una base histórica falsa; la condición de Cataluña de víctima única del franquismo. Durante la transición, siguió Boadella, se llegó a un pacto constitucional para la convivencia democrática en España. Pero desde los laboratorios montserratinos se emprendió una campaña para fomentar la paranoia en Cataluña. En esa función propaladora del virus, no están exentos los medios de comunicación autonómicos. El dramaturgo cito el caso de TV3 y su particular pedagogía del odio hacia todo lo que tenga referencia con España. También quiso incluir al sistema educativo catalán por obviar la realidad bilingüe de Cataluña o menospreciar en sus programas a Josep Pla, el escritor más grande del país. A la pregunta retórica sobre en qué se basa el celebérrimo hecho diferencial de los catalanes contestó con una jocosa lista que no me resisto a transcribir:
-La lengua catalana, que no deja de ser un dialecto del castellano (o viceversa)
-L’hereu y la pubilla
-Castellers y la Patum de Berga, de reciente implantación.
-La desmedida atracción por los rovellons.
-Sisar del huerto del vecino.
-La rosa de Sant Jordi
-El día de Sant Esteve.
-Botifarra amb mongetes.
-Mona de Pasqua.
Pues la verdad, tampoco hay para armar tanto revuelo identitario. Acabó Boadella con una anécdota histórica. El encuentro de De Gaulle y Tarradellas antes de que este último regresara a la Generalitat. El general preguntó al político que qué iba a hacer. “Quiero hacerlo todo menos el ridículo”, contestó Tarradellas. Y Boadella sentenció que actualmente es lo que está haciendo Cataluña: el ridículo. También estuvieron presentes Maria Teresa Giménez Barbat y Francesc de Carreras. “Por cosas como las sucedidas hoy hicimos el Manifest”, declaró de Carreras. También señaló la condición predemocrática del espíritu y la letra del proyecto de nuevo Estatut y la necesidad de un nuevo partido de centro izquierda de carácter no nacionalista.
A la salida del Hotel y en una de sus paredes laterales podía leerse la anónima pintada aseverativa: “Boadella feixista”. La sentencia brilla airada desde hace tres meses.



Jordi Bernal

6 comentarios:

James Boswell dijo...

Diga algo al respecto, Chema.

Bremaneur dijo...

Bernal, canalla, vengo corriendo del blog de Espada.

Chema Ledo dijo...

Jordi Bernal, el mejor periodista de España.

James Boswell dijo...

¡Qué cabrón!

Chema Ledo dijo...

Bernal el mejor periodista y Boswell el mejor blogger.
Un abrazo.

James Boswell dijo...

No sé yo quién es más malvado: Vinyoles o Chema.